La noche que encendimos Nueva York 74
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Eden

Tiro de la sábana antes de que el pensamiento cristalice en mi mente, me envuelvo con ella y salgo disparada.

—Eden —me llama Alex reaccionando en menos de un segundo y levantándose también, pero yo ni siquiera lo escucho.

Corro hasta las escaleras, bajo. Necesito controlar lo que estoy pensado porque ahora mismo siento como si mi propia mente me estuviese atacando. Más recuerdos. Más ideas con las que no quiero quedarme, pero no se van. No se van.

Tropiezo en el último escalón y corro hasta el salón, pero una vez que estoy allí tampoco sé a dónde ir.

Estoy triste, demasiado.

Nerviosa, demasiado.

Tengo demasiado, miedo.

Duele demasiado.

—Eden —la voz preocupada de Val me hace volver.

Me giro con el corazón latiéndome en la garganta, sintiendo todo lo que siento, pero además enfadada conmigo por haber huido de esa habitación, de Alex.

La veo de pie, a unos pasos de mí, y de pronto recuerdo que estaban aquí y veo a Ted mirándome tan preocupado como mi hermana, a Mellow exactamente igual.

Me quedo quieta. Callada. Ni siquiera sé cómo explicar qué está pasando.

En ese momento se oyen pasos acelerados y Alex aparece corriendo en el salón. No mira a nadie, solo me busca a mí.

—Eden —me llama bajo, preocupado, con la respiración acelerada por la carrera porque solo ha perdido el tiempo justo de ponerse el bañador para salir tras de mí, sin camiseta, descalzo.

Yo me quedo mirándolo en cuanto lo veo, con unas ganas tremendas de romper a llorar. No quiero perderlo. No quiero que piense que ya no quiero estar con él porque, Dios, eso es lo único que quiero, pero... pero...

Él ve que la situación ha empeorado, que estoy un poco más al borde.

—Eden —vuelve a llamarme a la vez que echa a andar decidido hacia mí y, maldita sea, no me he sentido más protegida en toda mi vida.

—Para, Alex —la voz de Ted suena como es tremendamente raro oírla, seria, dura, mientras se planta delante de él.

Alex se detiene por inercia con la mirada demasiado preocupada sobre mí, furioso con él porque no lo deje llegar hasta mí, abrazarme, cuidarme.

—Quítate de en medio.

—No hasta que me expliques qué coño ha pasado para que esté así.

—Apártate. Ya —ruge.

Y Alex no está enfadado como otras veces, es diferente, es más instintivo. No le están tocando la empresa, ni su posición. Le están impidiendo llegar hasta mí cuando sabe que lo necesito más que nada, aunque yo misma haya salido huyendo.

Ted también lo entiende. Aprieta los dientes, maldice por lo bajo y se aparta, confiando en estar haciendo lo correcto.

Alex echa a andar decidido en cuanto tiene la oportunidad, pero a unos pasos de mí la rabia desaparece, la agresividad. Su expresión se suaviza e incluso esboza una tenue sonrisa para, de alguna manera, tratar de transmitírmela a mí.

Se coloca de espaldas al sofá, dándome algo de intimidad con su propio cuerpo. Da un paso más, pero me deja espacio alrededor.

—Nena —pronuncia esa palabra inclinándose para que nuestros ojos estén a la misma altura—, ¿quieres contarme lo que ha pasado? Sea lo que sea, puedes confiar en mí —me asegura—. Y si no quieres hacerlo, tampoco pasa nada. Es como antes, ¿recuerdas? Nos elegimos o no vale.

Yo niego con la cabeza, rápido.

—No hagas eso, por favor.

Alex frunce el ceño.

—¿El qué?

—No seas tan bueno conmigo —prácticamente lo interrumpo.

—¿Y cómo quieres que sea? —plantea socarrón para intentar llevarme a un terreno donde me sienta cómoda.

—¡No quiero que seas nada! —estallo—. ¿No lo entiendes? Ha sido mejor de lo que había imaginado.

Alex me mantiene la mirada. Se humedece el labio inferior, hay quien diría que tratando de poner en orden esta locura que encima le estoy contando de la peor manera posible, pero él ya lo ha entendido.

Lo fácil sería decir que esto va de Chicago, de Camille, de la estúpida fiesta de compromiso, pero tampoco es verdad.

Se trata de mí. De que antes me entregaba con todo, sin guardarme nada, y lo que pasó me hizo resguardarme, no de forma evidente, pero sí dentro de mí.

Ahora las cosas han vuelto a cambiar, como un maldito océano destrozando una presa.

Y si elijo quererlo, elijo ir con todo, porque con él no sé hacerlo de otra manera y entonces...

también lo estoy arriesgando todo, exactamente como aprendí que duele más.

—Estar contigo es un millón de veces mejor de lo que había imaginado y no me refiero solo al sexo, es tenerte cerca, es reírme contigo. Por Dios, me encanta reírme contigo y discutir contigo.

—¿Y qué problema hay? —replica esforzándose en que su voz siga sonando tranquila, convencerme de que podemos tener una oportunidad cuando por dentro está odiando tener que hacerlo, dolido consigo mismo porque fue él quien la jodió—. A mí también me encanta hacer todo eso contigo.

—Alex —lo llamo desesperada. Siento las lágrimas a punto de caer y me alejo un par de pasos porque lo necesito demasiado para tenerlo cerca y que no lo estemos aún más—. Si me destrozas otra vez, no voy a superarlo.

—No va a pasar —responde con una convicción absoluta, negando también con la cabeza.

—No lo sabes.

Estoy siendo injusta, lo sé, me ha demostrado que las cosas ya no son como antes, muchas veces, todos los días, y sé que él también lo sabe y me siento como una persona horrible, ¡pero no puedo dejar de tener miedo!

Sin embargo, Alex no se rinde, no se enfada, sigue mirándome a los ojos.

—No va a pasar —repite sin dudar.

—¿Cómo lo sabes?

Alex da un paso hacia mí a la vez que traga saliva. Veo que está jodido, que le está doliendo, pero su seguridad brilla con fuerza porque está hablando de nosotros.

—Porque para mí tú estás aquí —dice marcando un punto alto con la mano— y lo demás ni siquiera está.

El corazón me late con fuerza. Me muerdo el interior de las mejillas luchando por no llorar.

—Joder, te quiero, Lockhart. Te quiero con todo. Hasta el final.

Usa la misma frase que arriba y parecen situaciones distintas, pero no lo son. Maldita sea, no lo son. Arriba lo hemos dado todo y aquí él ha vuelto a hacerlo. Y tiene razón: o nos elegimos o no vale.

Y él me está eligiendo a mí.

Y yo quiero elegirlo a él. Siempre a él.

Salgo disparada, la sábana cae por el camino, pero ya no me importa. Me lanzo a sus brazos rodeando su cuello con los míos y hundiendo la cabeza en su piel mientras que Alex me agarra sin dudar, rodea mi cintura con sus manos y me estrecha con fuerza.

—Yo llevo queriéndote toda mi vida, Vandervilt —respondo—, y te prometo que voy a seguir haciéndolo.

Asusta, mucho, demasiado. Pero también es llegar a casa. Y voy a confiar en mi hogar.