73 #2
Vuelve a besarme, baja por mi mandíbula, se hunde en mi cuello. Calienta mi piel, me muerde, la lame con veneración y yo me derrito lentamente y ardo y quiero más y podría morirme ya porque moriría feliz.
Recorre el camino a la inversa. Vuelve a mi boca y se queda cerca, demasiado cerca. Nuestros alientos jadeantes se entremezclan.
Me mira a los ojos.
—Dime que esto es lo que quieres —me pide, arrastrando cada sílaba por el esfuerzo físico de pronunciarlas—. Porque, si no es así, paro ahora mismo.
Mi respiración es un caos, pero aun así una sonrisa completamente admirada, feliz, se cuela en mi boca.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Y qué hacemos si paramos? —lo torturo un poco.
—Te beso hasta que salga el sol si me dejas —responde y veo a su autocontrol trabajando a destajo, pero no hay dudas—. Vuelvo a esa silla si es lo que quieres. O nos duchamos, bajamos y vemos una película. Aquí no hay reglas. Nos elegimos o no vale.
Lo miro a los ojos. Sería imposible desearlo más de lo que lo hago ahora.
—Estoy en el único sitio en el que quiero estar —sentencio y me enamoro un poco de mí por lo segura que me siento, lo libre.
Él sonríe.
—Menos mal, joder —confiesa—. Necesito estar dentro de ti más de lo que necesito respirar.
Su mano baja por mi costado, vuelve a mi estómago. Siento el placer diluirse con la sangre de mis venas.
Desliza sus dedos en mi sexo.
Gimo. Fuerte.
Cuela un dedo en mi interior.
—Estás muy mojada, nena —dice contra mi boca y la manera en la que me habla, la voz ronca, lo que dice, me está volviendo completamente loca—. Te ha gustado que me follase mi mano mientras te miraba. Por eso ya estás lista para mí.
Automáticamente me sonrojo. Automáticamente lo ve.
Aparto la mirada. Alex me besa en la mejilla, tomándose su tiempo, sube hasta mi oído.
—Cada vez que te sonrojas, quiero follarte —susurra—. Así que imagínate lo poco que me estás ayudando ahora mismo.
Sonrío, casi una risa, y despacio vuelvo a subir la cabeza buscando sus ojos grises.
—Eres jodidamente perfecta.
Me besa con fuerza y yo le devuelvo el beso. Rodeo sus caderas con mis piernas. Pierdo mis dedos en su pelo. Esconde sus manos bajo su camiseta. Me acaricia por todos lados. Me hace arquear la espalda contra él. Me hace gemir.
No sé si son minutos, días, porque sabe demasiado bien para que importe.
Rompe el envoltorio del preservativo con los dientes, se lo coloca en cuestión de segundos y pierde la mano entre los dos. La anticipación, la excitación, las ganas pesan demasiado y cierro los ojos para poder controlarlas.
Pero entonces oigo su voz.
—Mírame —otra orden. Otro hechizo—, quiero verte la cara cuando me hunda dentro de ti.
Me cuesta un mundo, pero consigo volver a abrirlos, mantenerlos así mientras el deseo me está reclamando, jugando conmigo, haciéndome arder.
Paseo mis dedos por sus bíceps con mis ojos fijos en el movimiento. Subo mi mirada hasta sus hombros, su mandíbula, sus ojos, y me quedo ahí, para siempre.
Y entonces me embiste y llega hasta el fondo.
—¡Alex!
El placer se convierte en mi única y absoluta realidad.
Alex solo necesita estar dentro de mí para ser incapaz de contenerse. Se vuelve salvaje y el dominio deja de llegar del control para nacer del instinto porque, el control, lo ha perdido ya. Sonrío. Misión cumplida.
Hinca los dedos con fuerza en mis caderas.
Gimo al sentirlo, al imaginar las marcas en mi piel, al morirme de gusto.
Me eleva un poco. Cambia el ángulo. Sale. Entra. De verdad. Embistiéndome con una potencia y una velocidad arrolladoras.
En mitad del ritmo implacable, una de sus manos sube con firmeza hasta la base de mi cuello.
Sonrío porque ya me había dado cuenta de cuánto le gusta hacer eso, de cuánto me gusta a mí que lo haga.
No aprieta, nunca lo hace. No me asfixia, jamás.
Su mano es grande y me envuelve de una manera que me excita.
Es posesivo, firme, me expone, pero también me siento jodidamente protegida.
—Dime de quién eres —ordena, con esa voz tosca y áspera que me vibra directamente en el vientre mientras se mueve dentro de mí.
—Tuya —gimo, echando la cabeza hacia atrás contra la presión de su mano, perdiendo el sentido de la realidad mientras la cama tiembla bajo su imparable ritmo—. Soy tuya, Alex.
—Maldita sea, sí que lo eres —sentencia y sus embestidas se vuelven aún más profundas, implacables, mientras se inclina sobre mí, dejando sus labios muy cerca de los míos, casi besándome—. Y yo soy tuyo, nena —responde con una media sonrisa engreída y la voz jadeante—. Hasta el final.
Su camiseta sobre mi piel se arruga contra mi pecho con cada envite.
Verlo encima de mí, con los músculos de los hombros contraídos por el esfuerzo, sentir los de su espalda bajo las yemas de mis dedos, completamente adueñado de mi cuerpo y de mis gemidos, ¡Dios!
No quiero nada más. No necesito nada más.
—Por favor, no pares —le suplico como si fuera una oración.
Alex vuelve a sonreír.
—Nunca. Ni aunque el mundo estuviera ardiendo, joder.
Cada embestida es un latigazo de electricidad que me recorre la espina dorsal, rozando ese límite perfecto donde la dominación más pura se encuentra con la adoración.
No hay un solo rincón que no lo reciba como si acabase de volver a casa, que ya lo eche de menos.
—Alex —mi voz se rompe en un lamento agudo, incapaz de articular nada más.
Estrecho mis piernas con más fuerza alrededor de su cintura sin ni siquiera pensar, hace una vida que dejé de hacerlo, buscando más profundidad, más de él.
Él lo nota al instante. Sus ojos destellan con un triunfo primitivo. Sus dedos se hunden con más fuerza en mis caderas, fijándome contra el colchón mientras da tres embestidas brutales, seguidas, que me hacen perder el sentido de la gravedad.
—Quiero ver cómo te corres —gruñe contra mi boca—. No te atrevas a cerrar los ojos.
Amalfi desaparece, el piso de abajo, las vacaciones... Todo se reduce al calor de su piel salada y a la presión insoportable que se expande en mi vientre, que ya no puedo contener, que amenaza con desbordarlo todo.
—¡Alex! —grito.
Un espasmo violento me sacude entera y mi visión se nubla cuando un orgasmo me atraviesa desde los dedos de los pies a la cabeza. Me garro desesperada a su espalda. Gimo su nombre, una y otra vez, sin parar.
Eso es el detonante final para él. Alex hunde la cara en mi cuello y, ahogando un alarido sexy y masculino, da un último empuje ciego, hundiéndose tan adentro que siento que me toca el alma.
Su cuerpo entero se tensa, rígido como el acero mientras se corre dentro de mí en pulsaciones largas y calientes.
Nos quedamos suspendidos ahí, el tiempo sigue sin importar. Siento el corazón de Alex desbocado contra el mío mientras los últimos ecos del placer nos devuelven lentamente a la realidad de la habitación.
El silencio regresa roto solo por el sonido de nuestras respiraciones acompasándose, tratando de encontrar calma.
Siento el peso reconfortante de su cuerpo y sonrío. Acabo de encontrar otra de mis sensaciones favoritas.
Pasan apenas un par de minutos cuando se mueve despacio, casi perezoso. Se apoya en sus antebrazos para no aplastarme y me mira desde arriba. Sus ojos ya no están oscuros ni salvajes; han vuelto a su gris habitual, pero ahora brillan con una suavidad tan intensa que me encoge el pecho.
—¿Estás bien, nena? —susurra, apartándome un mechón de pelo de la cara con una delicadeza que contrasta brutalmente con la fuerza de hace unos minutos—. ¿Te he hecho daño?
Sus dedos me acarician el cuello mientras sus ojos lo siguen, asegurándose de que no hay el más mínimo rastro de que lo ha hecho; hace lo mismo con la piel de mis caderas.
—Estoy genial —consigo decir, y mi voz suena glotona, flotando en una nube de endorfinas—. Mejor aún.
Una media sonrisa ilumina su rostro. Besa la punta de mi nariz antes de salir de mí con cuidado y yo suelto un pequeño quejido por la pérdida repentina. Se tumba en el colchón y tira de mi cuerpo obligándome a recostar la espalda contra su pecho.
Me acomodo en el hueco de su hombro de forma instintiva, natural, y nuestras piernas se enredan de la misma manera. Sus brazos largos me rodean por la cintura, atrapándome contra él, y sus manos grandes se asientan sobre mi vientre por encima de la tela arrugada de su camiseta negra.
Me besa la coronilla, aspirando el olor de mi pelo.
—Creo que es el momento justo en el que uno de los dos debería decir «Por fin» —comenta socarrón.
Suelto una risa suave, entrelazando mis dedos con los suyos sobre mi estómago. El contraste de su mano enorme contra la mía me hace sentir completamente protegida.
Ya es de noche y las luces de las calles de la ciudad, de los bares, de los coches y las motos se cuelan por la ventana dejándonos en una agradable penumbra.
El verano sigue ahí fuera, pero a ninguno de los dos nos importa.
Respiro hondo, con los ojos cerrados, relajada, feliz...
Pero...
Algo se cuela de pronto. Un pensamiento. Una sensación. Un recuerdo que odio. Y luego otro. Y el miedo. Y quiero respirar, pero ya no puedo.
Alex lo nota enseguida.
—Nena —me llama.
Pero yo no respondo. No puedo. Quiero dejar de pensar, pero eso tampoco puedo hacerlo.
—Nena —repite y empieza a sonar preocupado.
Intenta girarme con mimo para verme la cara, pero yo me aparto con brusquedad y me pongo en pie.
—No —casi grito.
—Eden, mírame —me pide esforzándose en que su voz suene reconfortante.
No lo miro. No puedo. Y soy consciente de que llevo su camiseta, pero me siento demasiado expuesta, demasiado vulnerable. Estoy demasiado asustada.
—Por favor, nena, mírame —vuelve a pedirme, sonando firme, tranquilo, aunque sé que no se siente así en absoluto. Lo único que quiere es calmarme—. Solo mírame y respira. Soy yo. Estoy aquí.
Pero es que ese es el problema, que es él, que está aquí.
Ese es el puto problema.