La noche que encendimos Nueva York 73
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Eden

El calor de la playa todavía me late en la piel, el olor a sal, a crema solar, la sensación de las conchas entre mis manos; sin embargo, el aire ahora parece haber cambiado.

Es denso.

Pesado.

Me embebo de él con una sola mirada, cómo el bañador le cae peligrosamente bajo sobre las caderas, cómo solo lleva abrochados un par de botones de la camisa de mangas cortas blanca, cómo tiene el pelo alborotado.

Es mi sueño. Siempre lo ha sido. Y, mal que me pese, mensaje para la Eden del futuro: siempre lo será.

Alex se da cuenta, como cada vez, como siempre, como si pudiese leer en mí tan rematadamente bien que resulta casi ofensivo. ¿Qué me salva de mandarlo al infierno? Que es completamente mutuo.

—¿Por qué no pides lo que quieres, Lockhart? —pregunta con la voz más ronca y esa sonrisa llena de suficiencia que me vuelve loca en el peor sentido y en el mejor.

Déjate llevar. Hasta el final.

—Quiero tu camiseta —pido y consigo que mi voz suene mucho más valiente de cómo me siento realmente—, pero no quiero esta.

El frunce el ceño, un segundo.

—¿Y cuál quieres?

Giro la cabeza hacia la cama, donde la camiseta que llevaba esta mañana antes de que nos marcháramos a la playa está tirada de cualquier forma sobre la fina colcha blanca.

—Quiero la que huele a ti.

La frase me sale bajito, casi un susurro, pero da exactamente igual. Alex traga saliva despacio, masculino, sin levantar su mirada de mí. Sus ojos se oscurecen y el gris acero se convierte en grafito, casi en negro.

Suelta la camiseta limpia, dejándola caer sin importarle absolutamente nada. Da el paso que lo separa de mí con una parsimonia depredadora, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que desprende su cuerpo.

Levanta sus manos grandes y cálidas tan lentamente que duele. Cuela sus dedos entre el tirante de mi vestido de verano y mi piel, provocando que un delicioso escalofrío me recorra la columna, los brazos, y se concentre en mi vientre.

Los desliza hacia abajo y el vestido cae con un silbido hasta arremolinarse a mis pies.

Alex me recorre de arriba abajo con la mirada. Pienso que va a tocarme. Ya no soy capaz de respirar con normalidad, pero entonces da un paso atrás. Arrugo la frente completamente descolocada y lo observo caminar hacia la cama, recoger su camiseta usada y volver hacia mí.

El corazón me rebota con fuerza en el centro del pecho.

Mis ojos se clavan en cómo sus nudillos retuercen la tela azul entre sus manos con una mezcla de deseo y contención, de control e instinto.

Se detiene de nuevo frente a mí. Mi respiración se transforma en una suave ristra de jadeos.

—Levanta los brazos —me ordena.

Obedezco, hechizada. Alex desliza la prenda sobre mi cabeza. La sensación es brutal, la suave tela tapa mi cuerpo mientras su olor me envuelve aislándonos un poco más del mundo, haciéndome un poco más adicta a él.

Saco la cabeza y mi mirada busca la suya, que ya me esperaba. Todo es muy íntimo, casi reverencial, porque me está vistiendo cuando sé, por la tensión de su cuerpo, que se muere de ganas de desnudarme.

Nos miramos. Es demasiado complicado de poner en palabras porque en realidad todas sobran; es actuar sin pensar, dejarse llevar, sentir.

Con la mirada fija en su mano, Alex me agarra de la cintura y firme, despacio, me acerca a él.

Vuelvo a quedarme sin aliento como cada maldita vez que ha hecho eso.

Mis ojos quedan a la altura de la base de su cuello y allí es donde miro mientras mis manos suben por sus brazos hasta casi llegar a sus hombros, mientras mi respiración se acelera más y más.

—Mírame —me ordena.

Obedezco, mi corazón y mi cuerpo han decidido antes que mi mente. Inclino la cabeza hacia atrás y obtengo mi recompensa: sus increíbles ojos, su increíble mirada, él.

Su respiración es pesada y una punzada de placer eléctrico enciende mi vientre.

Nos gira en un solo movimiento y me hace caminar hacia atrás, un paso, dos, con su boca demasiado cerca de la mía, con su mano en mi cadera, con sus dedos apretando mi piel por encima de su camiseta.

La parte de atrás de mis rodillas choca contra el lateral del colchón. Alex respira hondo, forzando a su autocontrol a seguir en la partida. Mi cuerpo protesta, mi corazón también porque lo que quiero es que lo pierda. Lo quería en la playa y lo quiero ahora.

Da un paso atrás.

—Quédate ahí —dice señalando la cama con un golpe de cabeza—. No te muevas.

Camina hacia la esquina de la habitación, agarra el sillón bajo oscuro por el respaldo y lo arrastra por el suelo hasta colocarlo a un par de metros de mí.

Me deslizo hacia atrás por el colchón sin poder apartar la vista de él hasta que mi espalda choca con el cabecero. Mis dedos retuercen la tela de su camiseta como si fuera mi ancla.

Alex se deshace de su camisa y se deja caer en el sillón.

Estira sus piernas largas, abriéndolas en una postura que derrocha una masculinidad apabullante, perezosa y peligrosa a la vez.

Apoya la nuca en el respaldo de piel, pero sus ojos no se desvían de los míos ni un milímetro.

Siento que estoy a punto de arder, aunque no comprenda cómo ni por qué.

Despacio, disfrutando de todo lo que me hace sentir solo con estar, de cómo su cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio, una genética envidiable y el estrés del trabajo me llama; se lleva la mano al estómago y empieza a bajar agónicamente lento hasta encontrar la cintura de su bañador.

Dejo escapar un jadeo rápido. El sonido resulta ensordecedor en el silencio de la habitación. Sus abdominales se contraen y se tensan al recostarse un poco más, dibujando esas líneas perfectas en sus caderas que bajan hasta esconderse bajo la tela.

Se desata el cordón, la cintura del bañador se abre suavemente y él se lo baja lo suficiente para liberar su erección, grande y dura, que se tensa contra su abdomen.

Se rodea con la mano y el contraste de su piel bronceada por el sol contra sí mismo me marea. El placer se vuelve líquido dentro de mí.

Marca el primer movimiento, lento, firme.

Es alucinante.

—Mírame —me ordena como ha hecho antes. Su voz se vuelve más áspera; su respiración, trabajosa, densa por una necesidad que me hace temblar.

Yo no aparto la mirada, no podría hacerlo aunque mi vida dependiera de ello porque nunca había estado delante de un espectáculo mejor. Sus bíceps se marcan con el propio movimiento, con el esfuerzo de contenerse mientras veo sus hombros dibujar el ritmo de su mano.

Pero lo mejor es cómo él me mira a mí. Me siento una diosa. Poderosa. Me siento como si fuera lo único que él quiere mirar el resto de su vida.

—No tienes idea de cuántas veces he imaginado esto —susurra, acelerando el ritmo de su mano. Su respiración errática es la cosa más sexy que he oído jamás—. Mirándote a ti. Solo a ti. Con mi ropa puesta.

Mis ojos bajan hacia su mano y la excitación se multiplica por mil. Está expuesto, atractivo, demostrándome lo que le hago sentir. Eligiéndome.

Me muerdo el labio inferior, tirando del cuello de su camiseta para respirar su olor, demasiado excitada, con unas ganas demasiado grandes consumiéndome poco a poco. Hace demasiado calor.

La tensión en sus brazos aumenta. Sus movimientos se vuelven más rápidos, más urgentes. Alex echa la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea tensa de su cuello mientras su respiración se convierte en un abismo de jadeos rotos.

Está llegando al límite y yo sigo hipnotizada, disfrutándolo, sintiendo una punzada tras otra entre mis muslos, deseándolo todavía más.

Pero se para. Respira. Salvaje. Sus bíceps tiemblan visiblemente por el esfuerzo titánico que le exige esta muestra de autocontrol.

Abre los ojos, me busca, durante dos segundos enteros solo hace eso, mirarme mientras su mano se aleja de su erección; mientras apoya cada una de sus palmas en los brazos del sillón y se levanta como un rey haciéndolo de su trono.

—Quiero correrme después de haber estado dentro de ti —gruñe—, después de haberte follado hasta que tú te hayas corrido conmigo dentro.

Camina los dos metros que nos separan lleno de esa seguridad que siempre lo envuelve, determinado.

Hinca una rodilla en el colchón, se inclina sobre mí y, antes de que pueda procesarlo, me agarra con firmeza por la parte posterior de las piernas.

Tira de mi cuerpo hacia él con una facilidad pasmosa, hasta tumbarme por completo en el centro de la cama.

Ya no hay distancia. Ya no hay sillón.

Alex se cierne sobre mí, atrapándome bajo el calor de su cuerpo de infarto. Sus manos van directas a mis caderas, sujetándome con una necesidad que me hace cerrar los ojos, disfrutarlo y gemir.

Me besa. Por fin. Mi recompensa. La que llevo deseando... En realidad da igual porque incluso cuando me está besando quiero que siga haciéndolo, que me jure que nunca va a parar.

Nuestras bocas se persiguen despacio, con fuerza, intensas. Instinto puro y nada más porque ya nos hemos besado deprisa, ya lo hemos hecho desesperados y ahora nos estamos devorando, saboreándonos, y, por Dios, no podría haber nada mejor.

Abro suavemente las piernas, le hago espacio y gimo contra su boca cuando lo siento encima de mí. Ya no sé respirar. Mi corazón ya no sabe latir. Ya solo somos esto.

Su mano sube por mi costado, levantando su camiseta a su paso, liberando mi piel, dejándola en contacto con la suya.

—Alex —gimo completamente perdida.

Me acaricia el estómago, su mano grande y caliente bajando por mi piel.

Llega a mi bikini. Sus dos manos. Tiran de él.

Levanto las caderas para que pueda quitármelo, él sigue el movimiento con las suyas para no tener que separarnos y me mira con una media sonrisa divertida, llena de seguridad, de él.

Se deshace de la parte de abajo de mi bañador, del suyo justo antes de sacar un condón del bolsillo.

—Ted —murmura y esa media sonrisa aparece otra vez.

Me alegra que alguien viniera lo suficientemente prevenido a estas vacaciones.