La noche que encendimos Nueva York 72
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Alexander

—Alex, mira este —me llama Eden por enésima vez.

Estamos caminando de vuelta a la villa y, mientras lo hacemos, ella va revisando sus mejores adquisiciones.

Observo el pequeño cristal pulido por el agua que tiene entre los dedos.

Después vuelvo a mirarla a ella. Eden sigue teniendo sal en la piel, el pelo revuelto por el mar y esa sonrisa de felicidad que parece que quiero ver una y otra vez.

—Es literalmente un cristal, nena.

Ella abre mucho los ojos indignadísima y yo siento que he tenido esta conversación muchas veces esta tarde.

—Tiene forma de corazón.

Resoplo una risa bajándome las gafas de sol apenas.

—Claro. Cómo no iba a tenerla.

Le quito el cristal de la mano y me lo guardo directamente en el bolsillo de la camisa antes de seguir caminando. Es la manera más rápida de terminar esta conversación, pero ella sonríe inmediatamente a mi lado.

Y, joder, ahí está otra vez esa sensación rara en el pecho porque me hace mirarme dentro y me doy cuenta de que no lo he hecho por terminar la conversación, ha sido porque quería tener algo de ella, algo que le hiciera ilusión.

Es peligroso, pero no me asusta. Si es con ella, no lo hace. Para nada.

Ted camina apoyado en Mellow como si hubiera vuelto de Vietnam.

—Alex —me llama.

Me giro. Quizá necesita ayuda o está cansado. Caminar por aquí no debe de resultarle fácil.

—¿Qué?

Pero él está sonriendo de oreja a oreja.

—Te he visto —me avisa.

Pongo los ojos en blanco.

—Si te empujo, desde aquí llegas rodando a la playa.

Él asiente condescendiente, como si solo estuviese poniéndome a la defensiva y él hubiese decidido concederme el gusto.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

Eden empieza a reírse y yo me paso las manos por el pelo para no subirlo de una carrera al acantilado y tirarlo desde allí.

El resto del camino pasa igual, Eden hablando, yo escuchando, disfrutando de las vistas y tocándola, mucho, cada vez que tengo una oportunidad.

Mi mano en su espalda cuando subimos las escaleras de piedra, en la cintura cuando pasa demasiado cerca del borde del camino, el brazo rodeando sus hombros cuando se acurruca contra mi costado.

Su mano tirando de la mía para enseñarme algo que le parece increíble.

Me sale solo y a ella también y ninguno de los dos se esfuerza ya en disimular. No queremos.

***

Cuando llegamos a la villa, el cielo ya está anaranjado sobre Amalfi. Llevo a Ted hasta el sofá y él se deja caer dramáticamente.

—Siempre lo sospeché, pero ahora lo confirmo —dice al aire, como si fuera una actriz francesa de los años treinta en su lecho de muerte dictando sus últimas voluntades a los presentes alrededor de su cama—: Mi vida es mucho más dura en vacaciones. Necesito alcohol, graffa y compasión.

—Solo tenemos alcohol —dice Val caminando hacia la cocina.

—Yo sé dónde hay croquetas de patatas —apunta Mellow.

—Me vale —responde Ted resignado.

Mellow se ríe como Eden, aunque ella además está muy concentrada dejando las conchas, como si se tratara de un tesoro arqueológico, en una pecera redonda vacía que encontramos entre la decoración de la casa.

Yo me quedo mirándola, otra vez. Me importa menos que nada.

El vestido se le mueve con el viento que entra desde la terraza, aún tiene el pelo húmedo, pero es que todo eso da igual.

No va de eso, joder. Ni siquiera de besarla o de tocarla, aunque me muera de ganas, muchas, de hacer las dos cosas.

Va de que la quiero cerca, incluso cuando estamos bajo el mismo techo, como ahora, porque eso no me vale, la quiero a mi lado en todos los putos sentidos.

Eden se gira hacia mí con una sonrisa porque estoy seguro de que sentía que la estaba mirando.

—¿Qué?

Ladea la cabeza y con ese simple gesto estoy perdido.

Ni siquiera lo pienso.

Camino hasta quedarme frente a ella. La miro a los ojos. Sonrío.

—Repite conmigo —le digo solo a Eden—. Hoy nos toca ducharnos primero —añado para todos los demás.

Ella me mira embobada un segundo, esa mirada que me hace sentirme como un campeón, con una sonrisa justo después.

—Hoy nos toca ducharnos primero —repite.

—Subimos.

—Subimos.

¿Los demás nos miran? Seguramente. ¿Yo los miro? Ni por asomo. La cojo de la mano y tiro suavemente de ella, caminando un par de pasos por delante, guiándola hasta la planta de arriba, hasta nuestra habitación.

Cierro la puerta, con seguro, conozco a los tres cabrones que he dejado abajo. Al volverme, Eden está acuclillada revolviendo las cosas en su maleta abierta en el suelo.

La observo con las manos metidas en los bolsillos.

—¿Puedo preguntar qué estás haciendo?

Ella levanta las manos y resopla exasperada.

—No entiendo para qué me molesto en hacer la maleta si después no recuerdo meter nada de lo que necesito.

—Eso es porque necesitabas espacio para las conchas —replico.

Ella intenta mirarme mal, pero acaba sonriendo.

—Son unas piedras geniales.

—No lo duda nadie —contesto.

—Claramente, tú —se queja.

Vuelvo a sonreír.

—¿Qué quieres? —pregunto yendo hasta mi maleta.

—Una camiseta para estar cómoda, enorme, por favor. Mi vestido sigue mojado.

Me agacho, cojo una de mis camisetas y vuelvo a incorporarme. Eden ya está de pie. Se la tiendo, ella la coge pero, cuando tira para quedársela, yo no la suelto.

Eden sonríe, casi ríe, pensando que estoy haciéndola rabiar.

—Alex —protesta.

Pero entonces se da cuenta de cómo la miro y su sonrisa poco a poco va cambiando a curiosidad, a deseo, a que estamos solos, cerca.

Doy un paso más.

Muy cerca.

—¿Y si te dijera que no necesitas una camiseta?