La noche que encendimos Nueva York 71
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Valerie

—Eden ha conseguido convencer a Alex de bajar hasta la orilla después de una negociación absurda de siete minutos —pone el dato sobre la mesa Ted, con su tobillo en alto como si fuera el Luis XVI de la playa mientras los tres los observamos.

—Porque Eden siempre consigue que la siga —replico.

Siempre.

—¿Francesco habrá muerto?

Mellow rompe a reír.

—Lo pregunto por si tengo que ir llamando al capitán para que tenga preparado el jet y vosotras correr a por nuestros pasaportes. No quiero ir a la cárcel en Italia. Soy demasiado guapo.

—Creí que eras tú el que quería gritar que eres americano y tienes tus derechos mientras agitas tu pasaporte.

—Sí, pero quiero hacerlo por algo normal, como que aquí no tengan un Costco donde poder comprar un bote gigante de agujeros de rosquillas... Las cosas que nos importan realmente a los estadounidenses —contesta vehemente haciéndonos sonreír a las dos—, no por un crimen internacional.

—No ha muerto —interviene Mellow—. Alex se habrá plantado allí, le habrá metido el miedo en el cuerpo a nuestro amigo Frank y se habrá camelado a Eden.

—Nuestra amiga Eden ya estaba perfectamente camelada. Lo estaba provocando para que saltara.

Se me escapa una sonrisilla. La verdad es que estaba siendo bastante obvio para todos, excepto para Alex.

—El único que no se daba cuenta era Alex.

—No piensa con lucidez cuando se pone en plan territorial —especifico.

—Y ahora está con ella en la orilla, muerto del asco, pero sin volver —sentencia Ted y los tres volvemos a mirarlo.

Alex camina unos pasos por detrás de Eden, con las gafas de sol puestas, las manos en los bolsillos del bañador y esa calma arrogante tan suya mientras ella va descalza por la orilla, inclinándose cada pocos pasos para recoger conchas pequeñas y piedrecitas pulidas por el mar.

Completamente concentrada.

Completamente feliz.

Y Alex no le quita los ojos de encima ni un segundo.

—Estoy fascinado —continúa Ted mientras recoloca el tobillo vendado sobre una toalla doblada. Yo me levanto para ayudarlo.

—¿Por qué? ¿Por el hecho de que lleve siguiéndola veinte minutos como un guardaespaldas millonario?

—No. Por lo tranquilo que parece mientras claramente quiere asesinar a todos los hombres menores de cincuenta años de esta playa.

Rompo a reír. Tiene razón. Cada vez que algún hombre mira demasiado hacia Eden, Alex se tensa apenas. Muy poco. Un detalle mínimo. Una mandíbula apretándose. Los hombros endureciéndose. Nada exagerado, pero suficiente para los que lo conocemos lo suficiente nos demos cuenta.

Lo más divertido es que, con toda probabilidad, no sea consciente de que lleva haciéndolo toda la vida. En Amalfi solo parece más consciente de ello, si es que eso tiene algún sentido.

Eden se acuclilla cerca del agua recogiendo una concha blanca diminuta, el vestido se le sube por los muslos con el movimiento y Alex se queda muy quieto, observándola.

Ted suelta una carcajada.

—¡Miradlo! ¡Acaba de reiniciarse!

Mellow y yo también nos reímos. ¡Es imposible no hacerlo!

—No, no, espera —pide Mellow—. Mi parte favorita es cómo intenta fingir normalidad.

Porque Alex, aparentemente, sigue exactamente igual detrás de las gafas de sol. Seguro. Impecable. Pero por dentro tiene un huracán. Una mezcla imposible entre lo que le provoca ella y lo que le provoca lo que mi hermanita le provoca al mundo.

Un grupo de treintañeros italianos pasa muy cerca de Eden y uno de ellos la recorre de arriba abajo al verla agachada en la orilla.

Error.

Alex empieza a caminar otra vez, directo hacia ella.

—Ahí va —digo con una sonrisita.

—Es literalmente un documental de lobos —añade Ted.

Eden levanta la vista justo cuando Alex llega a su lado y, al verlo, sonríe, pequeño, familiar, completamente ajena al caos que ha desatado.

Le enseña orgullosa la concha que recién ha rescatado.

—Mira qué bonita.

Alex no mira la cocha, la mira a ella, después al italiano que por fin ha dejado de girarse mientras se aleja y vuelve a prestar atención a sus amigos.

Se fija en la concha, medio segundo.

—Humm —contesta.

Eden entrecierra los ojos inmediatamente.

—No estás escuchándome.

—Claro que sí.

—¿Qué he dicho?

Alex le quita la concha de la mano tranquilamente y después, agarrándola de la cintura, en un movimiento que parece sacado de un libro romántico, la acerca apenas a él, solo que a Eden, ese «apenas», acaba de destruirle la estabilidad.

—Que aparentemente has decidido coleccionar conchas y arruinarme las vacaciones.

Ted se deja caer dramáticamente sobre la tumbona.

—Dios mío. Está coladísimo.

Yo vuelvo a abrir el libro intentando concentrarme en lo que tenga que contarme Sally Rooney.

—Siempre lo ha estado —les recuerdo—, pero tardó mucho en darse cuenta.

Mellow contempla cómo Alex vuelve a acariciarle distraídamente la cintura mientras Eden habla sin parar, feliz, enseñándole otra concha.

—Lo mejor es que ella ahora no tiene dudas —sentencia con una sonrisa maliciosa.

Eden sigue caminando por la orilla como si acabara de adoptar oficialmente el papel de coleccionista marina profesional.

Tiene las manos llenas de conchas, cristalitos pulidos por el mar y piedras pequeñas que, según ella, tienen «mucha personalidad».

Los tres sonreímos cuando la oímos asegurarle a Alex emocionadísima que piensa dibujarlas todas.

Él camina a su lado con una expresión de paciencia resignada, pero una vez más sigue ahí, con ella.

—Alex siempre ha sido así con ella —dice Ted y una sonrisa suave, de las auténticas, no las que pone cuando se comporta como un aristócrata decadente, se cuela en sus labios porque le parece realmente bonito.

Ninguna de las dos le rebate esa afirmación porque es sencillamente la pura verdad. No es nuevo que Alex la coja de la mano, que reorganice planes enteros alrededor de ella o que aparezca de la nada cada vez que un tío se acerca demasiado.

Siempre ha sido así, solo que ahora parece más evidente, más físico, más difícil de esconder.

—Dios, se han liado. —Tengo que contenerme muchísimo para no gritar.

En la orilla, Eden vuelve a acuclillarse emocionada delante de algo medio enterrado en la arena.

—¡Alex! Mira esto —le pide levantándose orgullosa con una piedrecita blanca perfectamente redonda—. Parece una miniluna.

Alex se queda mirándola unos segundos por encima de las gafas de sol.

—¿Tengo que entender que ahora también recoges planetas? —pregunta fingiéndose desdeñoso solo para fastidiarla.

—Es bonita.

—Es una piedra.

—Tu sensibilidad artística es una piedra.

—Pero tiene forma de planeta, ¿o no?

La conversación más absurda jamás ocurrida en una playa italiana, pero ella sonríe, casi ríe, y él le devuelve el gesto satisfecho por su reacción.

—Sí, están liados —sentencia Mellow—. O la persona que te dice eso te anima las frías noches de invierno o no tienes esa conversación.

—Alex la mira como si fuera lo más valioso del mundo y como si, además, quisiera comérsela viva —contribuye Ted.

—Exacto— contesto yo—. Perturbador, pero exacto.

Alex y Eden siguen alejándose con el agua mojándoles los pies.

—¿Creéis que van en serio? —pregunta Mellow.

Yo tuerzo los labios con una leve preocupación trepándome por el estómago.

—Son novios sin saberlo desde que Eden cumplió los dieciocho, así que, sí, van muy en serio, pelirroja.

Niego suavemente con la cabeza.

—Estamos de vacaciones —le recuerdo—. La vida en una villa de Amalfi no es la vida real.

—Porque no me dejáis —protesta indignado Ted.

—Hablo en serio.

Una cosa es estar aquí, con el sol, el Mediterráneo, todos juntos, y otra la vida real. Mellow baja la mirada. Ha pensado lo mismo que yo. Ted nos observa alternativamente a los dos y al final se incorpora hasta tener la espalda recta.

—¿De verdad os preocupa? —replica—. ¿Qué creéis que va a cambiar? Ya viven juntos, ya pasan todo el bendito día juntos, ya se hacen videollamadas cuando están aburridos, se cuidan cuando están enfermos y ahora, además, van a tocarse cuando no lo estén.

—Ted —nos quejamos casi al unísono.

—Superadlo.

Justo en ese momento, Alex se inclina hacia Eden para decirle algo y ella se ríe tan fuerte que casi pierde las conchas.

—Va a salir genial —asegura orgulloso Ted.

Se deja caer de nuevo sobre la tumbona, con los brazos cruzados tras la cabeza.

—¿Y si no? —plantea Mellow preocupada.

Yo también lo estoy.

—Pues mandamos de nuevo a Eden a Chicago y a Alex, esta vez, lo medicamos mejor. No quiero otra pulmonía.

—Eres lo peor —protesto a punto de echarme a reír absolutamente en contra de mi voluntad.

—No, soy un visionario. Esos dos van a estar juntos toda la vida. A Alex le quedan cantidad de horas de sufrimiento recogiendo conchas.