La noche que encendimos Nueva York 70 #2
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Me obligo a salir de la neblina mental provocada por tener al hombre más guapo que jamás he visto de cerca decir cosas como «recompensa» y «castigo». Santo cielo, me ha puesto hasta diciendo «aprendes»... y «spritz»... ¡Soy complicada!

Alzo la barbilla.

—¿Qué te hace pensar que eres el profesor que busco? —planteo.

Su media sonrisa engreída estira sus labios.

Una insolente aparece en los míos.

—Nada en absoluto —contesta otra vez con toda esa calma, pero yo sé que dentro está escondiendo un huracán y eso es lo más sexy de todo.

Mueve los dedos y me acaricia despacio el muslo, subiendo apenas un centímetro y después otro mientras estamos en el lido , mientras el camarero prepara nuestras bebidas a unos pasos, mientras Francesco está literalmente al lado.

Mi respiración se acelera y tengo que hacer auténticos malabarismos para no empezar a jadear.

—Salvo eso —sentencia—. ¿Estamos de acuerdo? —pregunta.

Yo veo sus labios moverse. Sé que ha pronunciado palabras, las he oído, pero mi cerebro no funciona. Solo hay espacio para suspirar.

—Eden —dice mi nombre con una alevosía brutal. Maldito hijo de puta—, ¿estamos de acuerdo?

¡Responde o no te recuperas!

—Sí —contesto.

—Perdona, pero ¿tú quién eres? —interviene Francesco.

—Soy Alexander —responde, pero, como ha hecho antes, aunque la respuesta es para él, me mira a mí—, su novio.

Su mirada tiene una chispa dominante, pero también otra divertida y una más desafiante. Me está retando a que diga que no lo es.

Yo me obligo a dejar de contemplarlo como si estuviera hechizada y mantenerle la mirada como una adulta funcional, a poder ser una que ya ha visto de todo.

—Lo estamos discutiendo —afirmo.

—¿Y puedo saber el qué estamos discutiendo exactamente?

Me encojo de hombros.

—Espero que se cumplan mis expectativas.

—¿Expectativas? —repite la palabra.

—Expectativas —hago lo mismo—. Ya sabes, antes de valorar otras opciones.

Su mano se mueve otra vez sobre mi muslo. Lucho por controlar la bocanada de aire que tomo. Nunca me había parecido tan atractivo, tan salvaje, como en este momento.

Alex asiente muy suavemente un puñado de veces mientras se humedece el labio inferior sin levantar los ojos de mí.

—Lárgate —le ordena a Francesco en cuanto el camarero pone su bebida, no tengo ni idea de lo que es, frente a él.

El lido , Italia, parecen congelarse en este segundo. El ambiente cambia de temperatura, pero yo sigo ardiendo mientras, fuera, el aire es glaciar.

Francesco se queda quieto, observándolo. Alex mueve despacio la mirada hacia él y sé perfectamente lo que el italiano ve: la calma que precede a la tormenta y que lo mejor que puede hacer es acatar la orden sin discutir.

Sonríe hasta casi reír y levanta las manos en señal de rendición.

—A ella le gusta cuando te enfadas —dice, y suena como un consejo, justo antes de coger su copa y marcharse.

Alex se gira hacia mí. Su mano sube un poco. Me vuelve un poco más loca y sé que eso es precisamente lo que quiere para hacerme confesar. Yo trato de resistirme muchísimo, pero la fuerza de voluntad me dura exactamente otro centímetro más arriba.

—Quería que reaccionaras —confieso.

—¿Cómo?

—Así.

Alex resopla una sonrisa.

—Me has puesto celoso a propósito.

Niego con la cabeza, rápida.

—Sí —me contradigo. Quiero pensar con coherencia, pero me lo está poniendo muy complicado—. Quería que sufrieras... solo un poquito. Que por una vez fueras tú el que viera cómo alguien liga conmigo.

Al oírme, su expresión cambia. Se llena de ternura, pero también de un poco de arrepentimiento por haberme puesto en esa posición.

—Soy una justiciera romántica. —Resoplo—. No quería llegar hasta aquí, pero en la tumbona no dejabas de contenerte.

—¿Y crees que no me estaba costando? —replica.

—Supongo que sí —lo sé—, pero yo quería ver la explosión.

Alex sonríe, a punto de reír de pura incredulidad.

—Eres un puto peligro —sentencia—. De verdad.

Niego con la cabeza.

—No. Solo quiero verte perder la cabeza por mí —me explico bajito.

Ahora entiendo lo que no entendí antes, que para mí es más que un juego, es borrar una inseguridad, tapar algo que asusta con algo que hace feliz. Nuevamente, ¿es lo más sano? No, pero ¿es lo que necesito ahora? Sí.

—¿Sabes cuándo perdí la cabeza por ti por primera vez? —replica mirándome a los ojos porque quiere que no me quede una sola duda—. Cuando tenías diecisiete años, pensé por primera vez en follarte y tuve que convencerme de que mi imaginación me había jugado una mala pasada.

Una sonrisa aún más tonta que todas las anteriores se cuela en mis labios. El corazón me empieza a latir más fuerte, mejor, y las mariposas cubren todo lo que antes me inquietaba.

—Llevo perdiendo la cabeza por ti toda la maldita vida —sentencia. Una sonrisa se despereza despacio en sus labios, la engreída, la divertida, la mía—. Pero sí lo que necesitas es que te lo demuestre...

Aparta la mano de mi pierna, coge las dos mías con las dos suyas y tira de mí. Menos de un segundo después tengo la espalda contra la columna de madera a un lado de la barra, la zona que no puede verse desde las tumbonas.

—Alex...

Y me besa con fuerza. Los fuegos artificiales explotan, como la calidez, como el calor, como el deseo, como el millón de cosas bonitas que Alexander Vandervilt me hace sentir.

Mi lugar favorito en el mundo.

Mi sitio seguro.

—¿Mejor? —pregunta con la voz trabajosa, separándose apenas unos centímetros.

—Mucho mejor —respondo con una sonrisa—. ¿Y tú?

Alex desliza la mirada sobre mí entre sus brazos y sube hasta mis ojos, deteniéndose un segundo de más en mis labios.

—¿De verdad tienes que preguntármelo?

—Quiero oírtelo decir.

No podemos dejar de sonreír.

—Cada vez que te tengo así, el mundo entero puede irse al infierno, Lockhart.

«Amén a eso, Vandervilt.»