La noche que encendimos Nueva York 70
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Eden

—Pensé que no habías sobrevivido a Amalfi —dice con una sonrisa que, de una manera u otra, todos le devolvemos... Todos, menos Alex. Interesante.

—Algunos, por poco —comenta Ted.

Francesco frunce el ceño.

—¿Qué te ha pasado?

—Las escaleras italianas... —deja en el aire.

—Son complicadas —acaba la frase Francesco.

Y a Ted se le ilumina la mirada con una sonrisa ante el hecho de que alguien esté entendiendo su drama.

—¿Y qué tal? ¿Cómo lo estáis pasando? —pregunta el recién llegado. Se supone que está hablando con todos, pero solo me mira a mí, así que me incorporo hasta quedar sentada en la tumbona y contesto.

Alex tiene la mirada al frente, pero sé que ha sido plenamente consciente del movimiento.

—Genial. Este lugar es maravilloso.

—¿Ya has visto el puerto?

Asiento con una sonrisa.

—Alquilamos un barco.

—Yo lo alquilé —levanta la mano orgulloso Ted.

—Yo lo alquilé —sentencia Alex y objetivamente no hay nada malo en su voz. No ha sido desagradable, ni siquiera ha hablado especialmente alto, pero ha sido diferente.

Muy diferente, calmadamente diferente, y todos lo hemos notado.

Giro la cabeza hacia él y lo miro. Él me devuelve la mirada, pero esas Ray-Ban, que le quedan de escándalo y que normalmente adoro me impiden leer en sus ojos.

Frunzo el ceño. Está celoso. Una sonrisa de lo más tonta amenaza con colarse en mis labios, pero la retengo a tiempo. ¿En serio cree que otro tío puede atraerme lo más mínimo?

La parte sensata de mí ya está preparando mentalmente una estrategia para que ni siquiera se preocupe —sentarme en su hamaca, pedirle que vayamos al agua—, pero, cuando estoy a punto de ejecutar el plan, me doy cuenta de que puedo hacer algo más interesante: devolvérsela.

Llevo enamorada de Alexander Vandervilt desde que tengo diez años, eso son muchas Lindsey, así que ¿por qué no hacerle probar un poquito de su propia medicina?

Esa decisión la ha tomado la otra parte de mi cerebro. La que no es sensata para nada, la misma que decidió enamorarse de Dean mientras veía Off Campus (temporalmente, claro, Garrett es el dueño de mi vida sentimental televisiva).

—Fue increíble —le digo a Francesco girándome hacia él.

El italiano se lo toma como una invitación y se sienta en mi tumbona, manteniendo las distancias.

Alex aprieta la mandíbula y todo su cuerpo se tensa. Lo sé. Pero finge que no le importa, ni siquiera nos mira directamente.

—Este lugar es el paraíso —comenta Francesco.

Asiento.

—Tiene que ser increíble vivir aquí.

—Iba a decir que al final te acostumbras, pero es mentira.

Mi gesto se ensancha.

—A ti debe de pasarte lo mismo con Nueva York.

—¿Has estado alguna vez?

—Una, y estoy deseando volver.

Seguimos charlando. Él me habla sobre cuánto lo impresionó el Empire State, la estatua de la Libertad, Times Square, que le encantaría ir allí alguna vez en Fin de Año.

Yo sigo hablando de Amalfi, de la comida italiana, de que acabamos de probar las graffa y que todo lo que lleva limón aquí está espectacular.

Pero mi plan no está saliendo como esperaba.

Alex no está haciendo nada. No soy estúpida, sé que está malhumorado, mucho, y que probablemente quiere enterrar vivo a Francesco en un lugar muy profundo y oscuro en algún punto de las montañas que tenemos detrás, pero se está conteniendo.

¡No estoy loca! No quiero que cometa un crimen internacional, pero quiero que haga...

algo, que pierda un poco el control... Soy consciente de en qué tipo de persona me convierte esto, pero es que, cuando se pone territorial, sonrisa tonta mental, me siento dentro de mi propio libro.

Supongo que, si quiero mi recompensa, tengo que subir un poco la apuesta.

—Hablas muy bien mi idioma —le digo a Francesco.

Él sonríe orgulloso.

—Muchas gracias. ¿A ti no te gustaría aprender a hablar italiano?

—Lo he intentado —le digo rápido, fingiéndome metidísima en la conversación—, pero se me da fatal. Ni siquiera podría pedirme un spritz en ese chiringuito de ahí.

Ted empieza a toser para ocultar una risa porque el muy maldito ha descubierto lo que pretendo. Vale, puede que no esté siendo muy sutil, pero no puedo perder el tiempo.

Francesco mira hacia el lido , como los llaman aquí, y de inmediato lleva su vista hacia mí con una sonrisa italiana y perfecta.

—¿Por qué no vienes conmigo? —me propone—. Te enseñaré a hacerlo y, por lo menos, podrás decir que fuiste capaz de conseguir una copa cuando vuelvas a casa.

Me giro suavemente para mirar a Alex por encima de mi hombro. Me doy cuenta de que está apretando con fuerza en un puño la mano que tiene escondida tras la cabeza, pero sigue con la mirada clavada en el mar, sin mirarme. Sigue en silencio.

«Te estás haciendo el duro, ¿eh, Vandervilt? Pues vamos a ver cuánto aguantas.»

—Me encantaría —acepto la proposición de Francesco.

Él me devuelve la sonrisa y se levanta. Yo también me incorporo y echamos a andar hacia el bar.

«No mires atrás —me ordeno—. Soy una femme fatale , una mujer alucinante. Soy Gilda, sin guantes largos, porque estamos en verano y porque siempre me ha dado la sensación de que me hacen los brazos más cortos, pero la idea es la misma. Grrrr.»

Llegamos a la barra. Cruzo los brazos sobre ella y me pongo de puntillas buscando al camarero mientras repaso de memoria lo que están bebiendo Alex y los demás para llevar para todos.

Francesco me acerca un taburete y se lo agradezco.

Lógicamente me siento de cara a la barra, lo que implica que quedo de espaldas a las tumbonas.

Tendré que confiar en que quien rige el universo se comporte.

Siempre me lo he imaginado como una mujer que trabaja, tiene dos niños pequeños y ha de pasarse a comprar cartulinas de colores antes de que le cierre la tienda mientras piensa qué preparar de cena. No hay nada más multitarea que eso.

—¿Qué quieres pedir? —pregunta Francesco mientras esperamos a que el atareado camarero repare en nosotros.

—Tres spritz y dos Peronis.

Él frunce el ceño a punto de echarse a reír.

—Pero, bueno, ¿dónde metes tanto alcohol?

Sonrío de vuelta.

—Es para mí y mis amigos y, bueno —caigo en la cuenta—, pide algo también para ti, yo invito, por ser mi profesor.

Francesco me mantiene la mirada, pero yo la aparto. No quiero que piense que estoy ligando de verdad con él.

—Vale, vale —contesta con una sonrisa—. Por un momento me habías preocupado.

—El spritz y yo nos controlamos mutuamente.

Vuelve a sonreír y le devuelvo el gesto.

Me estoy frustrando. Mucho. Se supone que los acontecimientos no tendrían que estar desarrollándose así.

Yo debía intercambiar un par de frases con un chico objetivamente atractivo en bañador y Alex tenía que amenazar con quemar Amalfi y sacarme de la playa cargada al hombro.

Todo muy normal. Muy civilizado. Y, en lugar de eso, ¿qué voy a obtener?

Alcohol... Podría ser peor, podría estar esperando un café.

—¿Has visto Positano?

Rompo a reír. Tiene mucha gracia que me lo esté preguntando él.

—¿Qué pasa? —plantea divertido.

—Es una larga historia, pero, no, no lo he visto.

—¿Te gustaría?

Llama al camarero, pero él le contesta en italiano, intuyo que está ocupado y que no tenga tanta prisa.

Entrecierro suavemente la mirada sobre él un segundo.

—Francesco, tengo que contarte algo...

Pero entonces no lo veo. Lo noto. Cómo entra en el bar bañado en esa seguridad que sabe a locura, caminando como si el suelo que pisa le perteneciera. Lo siguiente, lo siento. Las palmas de sus manos apoyándose en la barra, flanqueándome.

Antes de volverme, me muerdo el labio inferior conteniendo una sonrisa.

Bienvenido a casa, Kacey Dutton.

Alex se inclina sobre mí. Se asegura de no tocarme, de que sea su presencia, el estar tan lejos para querer más, pero tan cerca como para no poder pensar en otra cosa, me torture.

—¿Te estás divirtiendo?

Giro la cabeza para mirarlo por encima de mi hombro.

—Muchísimo —respondo sin arrepentirme ni un poquito—. ¿Puedo saber qué te trae por aquí?

—Varias cosas —contesta sin dejar de mirarme y con la misma alevosía se separa un único paso.

Yo frunzo el ceño, separo mis brazos de la barra y giro mi cuerpo y el taburete un poco hacia él.

Una media sonrisa engreída y llena de seguridad se cuela en sus labios.

Como si hubiese reaccionado exactamente como esperaba.

Tía, no se lo pongas tan fácil.

Me giro de inmediato y vuelvo a cruzar los brazos sobre la barra.

Alex no se inmuta y vuelve a acercarse. Por Dios, qué bien huele.

—Lo primero —me susurra al oído. Noto su cálido aliento en la piel bajo mi oreja y los ojos se me cierran solos de puro gusto— es que me tienes muerto de sed, nena.

Me contengo para no volverme, pero de reojo lo veo. Solo necesita mirar al camarero una vez con un «scusa» en los labios que ni siquiera pronuncia alto para que el empleado repare en él y se acerque.

Pide tres spritz y dos Peroni en un perfecto italiano. Después, mira a Francesco y, por Dios, eso es lo mejor, porque no lo hace enfadado, ni de una forma desagradable, lo mira como si no le supusiese una amenaza ¡Es otra vez toda esa seguridad!

— E quello che vuole lui —«y lo que quiera él», le dice al camarero, pero lo hace mirando a Francesco—. Offro io —«Yo pago».

Lo observo casi embobada, ya casi girada hacia él.

—Lo segundo —añade mirándome de nuevo a mí, ladeando suavemente la cabeza—, si quieres aprender italiano, yo te enseño. Podemos hacerlo muy interesante.

Inclinando su uno ochenta y cinco sobre mí, mirándome a los ojos y haciendo que todo lo demás se evapore.

—Aprendes, recompensa. —Son solo palabras, pero él las pronuncia como si fueran promesas, incendios, sexo—. Fallas —coloca su mano sobre mi muslo y sube, colándose bajo mi vestido—, castigo.

El aire se me escapa y tengo que concentrarme, mucho, muchísimo, para no apretar los muslos.

¡Tía, eres una femme fatale , reacciona!