69
Eden
Observo el camino hasta que el coche desaparece. Tuerzo los labios y regreso al interior de la casa.
—Voy a denunciar a Italia —sentencia Mellow.
—No eres la primera persona que dice eso en esta villa —le recuerdo.
—¿Entera? —pregunta Val—. ¿Por qué?
—Porque se me prometieron unas vacaciones tranquilas y hasta hoy todo ha sido caos.
—Eso no es culpa del país —intervengo.
Ella le hace un mohín al aire, probablemente al destino.
—Tienes razón. Vayamos donde vayamos ocurren cosas. Empiezo a pensar que el problema somos nosotros.
—Denuncia mejor a Italia —le da la razón mi hermana—. Siempre va a salirte más barato que la terapia.
—Gran verdad.
Las tres seguimos un rato en el salón. Ponemos otra película. Mellow protesta porque nadie aprecia el cine de autor. Val protesta porque lo que aprecia es el cine y precisamente por eso quiere quitarla.
Me siento rara. Estoy preocupada por Ted, aunque también sé que no tenía nada grave, pero no me gusta imaginarlo con dolor en un hospital. Y por otro lado es esta... sensación que no pienso nombrar porque paso de darle vueltas.
Silencio mental.
Silencio mental.
Vale, echo de menos a Alex. ¡Es ridículo!
¡Lo sé! Lo más frustrante es que lo sé, pero nosotros no...
solemos... estar separados. Diría que eso ha pasado solo en Amalfi, por mi salud mental, pero estaría mintiendo.
Este bellísimo lugar solo lo ha amplificado.
Desde que volvimos a encontrarnos, dio igual que empezáramos a vivir en casas separadas, hemos pasado muchísimo tiempo juntos.
Y claro que trabajamos y cada uno está en su oficina, pero el resto el día, la noche, estamos juntos, y este momento entra claramente en el grupo de horas no laborales.
Resoplo.
Esto no puede ser sano y no es que antes lo fuéramos mucho, así que es como echar más leña al fuego.
Además, está el otro tema que he esquivado sutilmente.
¡Íbamos a acostarnos! Literalmente, podría subirme por las paredes solo con la energía sexual que he acumulado desde anoche. Así que, sí, necesito que esté aquí.
Alex nos manda un audio. Es el móvil de Alex, pero el mensaje es de Ted.
Nos pide que recemos por él, pero al dios del Papa porque estamos en Italia y aquí tiene más cobertura, y que durmamos tranquilas porque Alexander daría su vida por él.
Alex rebate esa afirmación, pero Ted da por hecho que se está haciendo el duro para no derrumbarse.
En la habitación la cosa no mejora, pero lo llevo bien hasta que me doy cuenta de que no llevo la misma camiseta de Alex para dormir que llevaba ayer, sino que, por equivocación, he cogido la que él llevó puesta ayer y... decido subírmela hasta la nariz y olerla porque todavía huele a él.
Lo hago porque es un olor agradable, no tiene nada que ver con que haya perdido un tornillo y la dignidad.
Después de unas doscientas vueltas y unos cuatrocientos cambios de postura, por fin me quedo dormida.
***
Me despierta el sonido de un coche en la entrada principal. Ni siquiera me paro a ver la hora antes de salir disparada, pero, por cómo entra el sol por la ventana, debe de ser ridículamente temprano.
Bajo las escaleras todo lo deprisa que soy capaz y un poco más y llego al salón. Mellow está preparando café. Val le ofrece apoyo moral buscando vídeos graciosos en TikTok.
La puerta suena y Ted aparece apoyado en una muleta.
—He visto la muerte.
Esa es su entrada.
—Buenos días, Teddy —contesta Val.
—La medicina moderna me ha fallado.
—Buenos días, Teddy —contesta Mellow.
—Soy un hombre roto.
—Buenos días, Teddy —contesto yo.
—Gracias por vuestro apoyo —dice llevándose la mano al pecho.
No puedo evitar sonreír.
—¿Cómo estás?
—Traicionado por mis ligamentos.
—Entonces, ¿mejor?
—Muchísimo mejor.
Los dos sonreímos y le doy un abrazo. Me alegro infinito de que esté bien.
—Teddy —lo llama Mellow—, ven con nosotras. Hay café.
—¿Y tostadas? —pregunta antes de fingir una tos para enfatizar que está enfermo y necesita mimos y dirigirse a la cocina.
Estoy a punto de responder cuando la puerta vuelve a sonar y lo veo. Alex. Cerrando. El pelo revuelto, aspecto cansado... pero, en cuanto enfila el salón, lo primero que hace es buscarme.
Sus ojos grises se clavan en mí y lo demás desaparece. Ted sigue contando su dura batalla, Mellow y Val siguen mimándolo mientras la cafetera empieza a silbar en el fuego, pero yo solo lo veo a él.
Y, por la manera en que me mira, sé que él tampoco está viendo nada más.
Ni siquiera sonreímos.
No hace falta.
Porque, después de unas horas separados, la sensación es exactamente la misma.
Por fin.
***
Bajamos a la playa un par de horas después.
—¡Última oportunidad! —grito desde el agua.
Alex me mira desde detrás de las gafas de sol, recostado cómodamente en la tumbona, con un brazo flexionado sirviéndole como almohada.
—Estoy perfectamente donde estoy —contesta.
—¡Cobarde!
—Pesada.
—¡Viejo!
Alex baja despacio las gafas de sol por el puente de la nariz.
—Por tu bien, voy a ignorar eso.
—Pues no se te está dando nada bien —certifico antes de ladear la cabeza con una sonrisita profundamente insolente.
—Lockhart —me advierte.
—Señor Vandervilt —lo pincho.
—Tengo treinta y uno —me recuerda un pelín indignado, extendiendo los brazos para enfatizarlo.
—Lo sé.
—Eso no es ser viejo.
—Para una tortuga, no.
Val y Mellow, a mi lado en el agua, rompen a reír. Ted, en la tumbona junto a Alex, su tobillo no le deja bañarse, se lleva una mano al pecho.
—Por favor, seguid. Estoy lesionado y necesito entretenimiento.
—¡Gracias, Teddy! —grito lanzándole un beso.
—No estás ayudando —le gruñe Alex.
—Nunca lo he pretendido.
—Gracias también por eso —replica de nuevo Alex.
—A mandar.
Sonrío otra vez, aunque creo que en realidad nunca he dejado de hacerlo.
Desde que llegaron del hospital, Alex y yo nos las hemos apañado para estar muy cerquita, su mano en mi pierna debajo de la mesa mientras desayunábamos, un beso rápido cuando hemos subido a cambiarnos, caminando de la mano hasta aquí...
pero quiero más. Quiero que esté cerca siempre.
Vuelvo a mirarlo. Sigue tumbado en la tumbona sin ninguna intención de venir. Perfecto. Eso significa que todavía puedo empeorarlo.
—Bueno, no importa —finjo claudicar encogiéndome de hombros.
—Me alegro de que lo entiendas —responde.
—Sin problemas.
—Perfecto.
—Tendremos que conformarnos —les digo a las chicas casi compungida.
Val frunce el ceño divertida.
—¿Conformarnos?
Yo asiento melodramática.
—¿Con qué?
—Con el hecho de que ya no podemos contar con Alex porque ha entrado en esa edad en la que el estar tumbado al sol ya cuenta como deporte.
Ted es el primero en romper a reír, seguido muy de cerca por Val y Mellow.
—Eres mi ídolo —me dice la última.
Yo me aguanto la sonrisa para seguir pareciendo... ¿qué era? Ah, sí, inocente.
Alex se incorpora. Se mueve grácil, seguro.
—Vale —comenta con toda esa tranquilidad.
—Vale, ¿qué? —replico.
—Ahora sí —sentencia.
Mi sonrisa vacila un poco.
—No.
Se quita la camisa de mangas cortas que llevaba abierta y la deja sobre la tumbona.
—Sí.
—Oh, oh —interviene Ted.
—No eres capaz —me hago la valiente, pero ya me están temblando las piernas de anticipación.
Se deshace de las gafas y las tira sobre la camisa.
—Supongo que eso lo comprobaremos juntos —contesta con toda esa calma.
Empieza a andar. Yo aguanto el tipo, aunque tengo unas ganas absurdas de romper a reír por los nervios.
—No te creo.
Pero como soy valiente, no idiota, doy el primer paso hacia atrás en el agua.
Él se encoge de hombros engreído. Entra en el mar. Vale. Oficialmente ha llegado el momento de huir.
—¡Corre! —grita Ted.
Me doy media vuelta, empiezo a nadar. Avanzo un metro. Dos. Tres. Y de pronto una mano se cierra alrededor de mi tobillo.
—¡No! —grito muriéndome de risa cuando tira de mí—. ¡No! ¡No!
—Te pillé.
Forcejeamos. Trato de escapar y fracaso miserablemente.
—¡Alex! —me quejo entre carcajadas.
Me agarra de la cintura. Pega mi espalda a su pecho inmovilizándome.
—¿Cómo es eso que has dicho? —pregunta con esa clama—. ¿Que soy tan viejo que, para mí, tumbarme al sol ya es un deporte?
—Lo retiro. Lo retiro —suelto rápido.
—Llega un poco tarde.
—¡No! —grito cuando me levanta completamente fuera del agua, sabiendo perfectamente lo que va a hacer.
—¡Te lo has ganado!
Rompo a reír tan fuerte que apenas puedo respirar.
—¡Ayuda!
Pero mis dos cómplices han cambiado muy rápido de bando y ahora se están riendo de mí.
—¡Ted! ¡Convéncelo!
—A mí no me mires. Yo he apostado.
—¿Has apostado?
—Contra ti —afirma sin un mínimo arrepentimiento.
—¡Eres una persona horrible, Teddy I!
—¡Lo sé!
Alex rompe a reír detrás de mí y la sensación me atraviesa entera porque está riéndose, feliz, y eso sencillamente me gusta más que cualquier otra cosa en el mundo.
—Voy a darte una última oportunidad —pronuncia—. ¿Cómo soy?
Yo lo pienso y claramente lo pienso fatal.
—¡Viejo! —chillo.
Alex no lo duda y me lanza al agua. Vuelo por el aire un segundo antes de caer y que el Mediterráneo me envuelva entera.
Salgo a la superficie tosiendo y riéndome.
—Eres un desalmado —me quejo.
—Tú has empezado.
—¡Mentira! —miento.
Alex avanza hacia mí. Yo debería salir huyendo, lo sé, pero no lo hago. Él enarca una ceja.
—Llevas toda la mañana buscándome —remarca la evidencia.
Ya está un poco más cerca.
—Eso no es verdad —replico alzando la barbilla.
—Claro que lo es.
Estoy a punto de responder cuando una ola pequeña me desequilibra, solo un poco, pero Alex ya me está agarrando por la cintura, automáticamente, como si para él fuera como respirar.
El estómago se me llena de mariposas. Sus manos se quedan sobre mi piel, grandes, firmes, seguras. Yo le acaricio el estómago con la punta de los dedos, suave, justo por encima de la línea del bañador. De pronto ninguno de los dos está riéndose tanto como hace un minuto.
El agua nos balancea despacio.
El resto del mundo se esfuma.
Estamos cerca.
—¿Contenta? —pregunta y su voz suena más roca.
Yo asiento sin poder apartar mis ojos de los suyos.
—Sí.
Su mirada baja a mis labios.
—Bien.
Ninguno dice nada más, solo dejamos que el agua nos meza mientras él me estrecha un poco más cerca, mientras nos morimos de ganas por besarnos.
—Eden.
—¿Qué? —murmuro completamente perdida en él.
Despacio, una sonrisa aparece en su boca. La engreída, la que está llena de seguridad, la divertida. Mi sonrisa preferida.
—No —reacciono echándome a reír porque sé lo que está a punto de hacer, pero no escapo a tiempo.
Alex vuelve a cogerme, aprovechando que es más grande que yo, a levantarme y a lanzarme al agua.
Lo último que oigo es su risa.
***
Comemos en la playa y, a media tarde, Mellow desaparece en el puerto y vuelve con unas cosas extraordinariamente deliciosas llamadas graffa y más granizado de limón. Mellow es la mejor.
—¿Qué hacemos? —pregunta esta desde su tumbona.
Tomo una bocanada de aire, con los ojos cerrados detrás de mis gafas, disfrutando del sol.
—No lo sé. ¿Vivir aquí para siempre?
—Moción aprobada —sentencia Val.
—¿Americanos?
Todos abrimos los ojos y nos giramos hacia la voz y, en cuanto lo veo, lo reconozco. Francesco.