68
Alexander
Me separo. Me humedezco el labio inferior escondiendo una sonrisa y salgo de la despensa tan rápido como he entrado.
Regreso a la cocina y empiezo a preparar las copas como si nada.
Eden lo hace unos segundos después, un poco... acalorada. Justo antes de alcanzar la isla, tropieza con sus propios pies y está a punto de caerse.
Yo tengo que morderme el labio para no romper a reír y ella me fulmina con la mirada.
—Es culpa tuya —me recuerda bajito con voz amenazante, pero un segundo después está sonriendo y luchando por no sonrojarse. Gran combinación.
Volvemos a acomodarnos y la peli empieza. Me sorprende lo callados que estamos. No pasa muy a menudo.
Yo sigo en el sillón y Eden, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en mi pierna. Antes de darme cuenta estoy jugando con su pelo, masajeándole la coronilla.
No llevamos ni la mitad de la película cuando Eden bosteza. No un bostezo normal, sino uno enorme, casi demasiado grande para su cabeza, por eso sé que es mentira. La observo y una media sonrisa se cuela en mi expresión. Sé de sobra por qué lo está haciendo.
Cinco minutos después vuelve a bostezar, más pequeño, pero más largo.
Finjo que no la veo.
Eden se contiene para no resoplar y yo, para no sonreír.
Otro bostezo. No ha pasado un minuto completo del anterior. Yo me inclino hacia ella.
—Me da la sensación de que tienes muchísimo sueño —susurro y solo ella me oye.
Eden se gira y me asesina con la mirada justo antes de soltarme un codazo en la pierna en la que está apoyada.
Mi sonrisa se ensancha hasta casi reír por su reacción y decido ser un buen chico.
—Ey, tienes sueño —digo lo suficientemente alto para que todos me oigan.
—No —contesta ella, haciéndose la inocente—. Estoy bien.
Resoplo.
—Literalmente, te estás quedando dormida contra mi pierna.
—Te he dicho que estoy bien —replica insolente.
—No puedes dormirte en el suelo.
—No voy a dormirme en el suelo.
—Dios —finjo perder la paciencia—, eres insufrible. Al menos ven aquí.
Eden se gira hacia mí como si fuera a fulminarme con la mirada, pero, cuando no nos prestan atención, sonríe.
—Tú eres insufrible —responde, pero ya se está levantando.
Se sienta en mi regazo y yo la acomodo sobre mí, con una mano en la cintura manteniéndola estable y otra sobre sus piernas que pasan por encima de mí hasta apoyarse en el brazo del sillón.
Deja caer la cabeza en mi cuello y se acurruca.
Exactamente lo que estaba buscando con la sucesión de melodramáticos bostezos.
Yo no voy a negar que he ganado con el cambio.
Ahora la tengo encima y la mano que se supone que debería tener en la cintura baja, explorando, como la Indiana Jones de las decisiones geniales, y la que tendría que quedarse en sus piernas sube hasta sus rodillas y la acaricio despacio, con el pulgar, pequeños círculos que la hacen sonreír y a veces también le cortan la respiración.
La película termina y unánimemente deciden que estamos en una sesión doble de un cine de los años cincuenta y es la pausa para ir al baño, reponer las palomitas y las copas antes de que empiece la segunda parte.
Todos se levantan concentrados en sus tareas.
Todos menos Eden y yo.
En cuanto nos quedamos solos. La miro, joder, no necesito nada más para quedarme embobado. Nos acercamos. Cada uno recorre unos valiosos centímetros. Oigo el ruido en la despensa, en el piso de arriba, en la terraza.
—No sé cómo te las apañas para acabar siempre encima de mí, Lockhart —digo socarrón mirándola a los ojos.
Ella tuerce los labios conteniendo una sonrisa.
—Te estaba haciendo un favor, Vandervilt. Sabía que me echabas mortalmente de menos.
Una sonrisa tira de la comisura de mi boca.
—Entonces, creo que debería agradecértelo, ¿no?
Me acerco un poco más. Noto cómo su cuerpo se enciende.
—La educación nunca pasa de moda —responde.
La última palabra la dice contra mis labios porque la beso. Es peligroso, pero lo mejor de guardar un secreto es esto, arriesgarte. Eden también lo cree. Por eso agarra mi camisa con las dos manos y tira de mí. Por eso nos movemos hasta que prácticamente está a horcajadas sobre mí.
Mi mano se ancla a su cintura, a su cadera. La otra la sujeta por la nuca contra mí mientras me la como entera, despacio, deprisa, haciéndola gemir.
Oigo ruidos. Respiro rápido. Sigo besándola. Pisadas. Las escaleras. Eden se estrecha contra mí. Un beso más. Otro. Alguien bajando el último escalón. Le muerdo el labio inferior. Gime. Sonrío. Vuelvo a besarla y me separo justo cuando Mellow aparece en el salón.
Nos recolocamos de inmediato y ella va tan concentrada que no nos presta atención hasta que se sienta.
—La segunda parte va a ser una pasada —afirma.
—No hay dudas —responde Eden con la respiración todavía agitada.
Ted se une a Val en la cocina. Las palomitas empiezan a sonar. Miro a Eden. ¿A quién demonios le importa la película?
—Finge que te has dormido —le susurro al oído.
Me separo apenas unos centímetros para ver su reacción y la encuentro sonriendo, pero no una sonrisa de «Qué idea tan maravillosa, Alex. Eres el mejor», sino esa otra, insolente y dulce a partes iguales, la que siempre me complica la vida.
—No sé si te lo mereces —susurra de vuelta—. Tuve que bostezar tres veces —me recuerda—. Estoy un poco dolida.
—Qué rencorosa —contesto fingiéndome sorprendido.
—Muchísimo.
La miro con una sonrisa tirando de la comisura de mi boca.
—Entonces, deberías dejar que te compense —murmuro.
La insolencia se borra de su mirada en un segundo ahogada por la curiosidad. Yo enarco las cejas tentándola y el deseo vuelve a brillar en esos ojos marrones, convencida.
Inclina la cabeza hasta apoyarla en mi cuello y cierra los ojos. Ted y Val llegan con las copas y las palomitas.
—¿La enana se ha quedado dormida? —pregunta Val mirándola.
Yo voy a decir que sí, pero, entonces, la cabrona hunde un poco más la cara en mi cuello y me besa.
Nadie puede verla, pero yo sí puedo sentirla y esa mezcla de tomarme por sorpresa y las ganas que van a acabar conmigo hace que tenga que usar todo mi autocontrol para no moverme y convertir justo a tiempo la sonrisa en un resoplido o al revés. No lo tengo claro.
—Sí —logro responder al fin después de que me dé otro beso—. La llevo a la habitación. Yo me quedaré trabajando.
Todos dicen que sí de una manera u otra. Yo acomodo a Eden en mi regazo y me levanto con ella en brazos.
En la escalera la veo aguantar la risa y, una vez que cierro la puerta de la habitación tras nosotros, rompe a reír.
—Serás... —le digo tirándola en la cama.
Pero no le resulta ni un poco amenazante y sigue riendo y, joder, no hay un sonido mejor.
Clavo la rodilla en el colchón y apoyo las manos a ambos lados de su cabeza, flanqueándola, mirándola desde arriba.
—Vas a acabar conmigo —afirmo.
Ella niega mientras sus carcajadas poco a poco se transforman en una preciosa sonrisa.
—Antes tienes que compensarme, ¿recuerdas?
Yo me encojo de hombros desdeñoso.
—Me lo estoy planteando por tu reciente actitud.
Ella abre la boca a medio camino entre estar desolada y estar indignada.
—¿Vas a romper tu promesa?
—Puede ser.
Eden me mantiene la mirada y susurra muy bajito:
—No, por favor.
Mirándome a los ojos. Robándome el aliento.
Y el puto corazón.
—Cuando dije que eras un peligro, tenía razón —sentencio antes de inclinarme y besarla.
Dejo caer mi cuerpo sobre el suyo. Eden me recibe encantada y todo vuelve a empezar, el deseo loco, la excitación, el placer, todo lo que nos importa ahora mismo.
De pronto un ruido fortísimo resuena por toda la casa desde la planta de abajo.
Nos congelamos.
Silencio.
Y entonces...
—¡¡¡Hostia!!! —grita Ted demasiado fuerte, demasiado en serio.
Nos separamos al instante y nos miramos preocupados.
—¡Dios! ¡¿Estás bien?! —pregunta Val.
Eso nos hace reaccionar definitivamente. Me incorporo rápidamente de la cama y automáticamente tiro de Eden conmigo antes siquiera de pensar.
Salimos de la habitación. Bajamos las escaleras. Y encontramos el caos.
Ted está sentado en el suelo del recibidor agarrándose el tobillo con cara de tragedia griega mientras Val y Mellow están agachadas a su lado.
—¿Qué coño ha pasado? —pregunto yendo directamente hasta ellos y acuclillándome frente a Ted.
Él levanta la cabeza indignadísimo.
—¡Las escaleras han intentado asesinarme!
Mellow resopla mientras yo aparto la mano de Ted para poder comprobar cómo tiene el tobillo.
—Has intentado bajarlas sin encender la luz porque, según tú, la tarde en el barco te había proporcionado «visión nocturna mediterránea».
—No ha sido exactamente así —protesta Ted—. Lo único que he dicho es que de noche no está completamente oscuro porque la luna rebota en el mar y el agua amplifica la luz o qué sé yo. ¡Es algo científico! —insiste vehemente.
—Déjame ver —gruño.
Ted aparta las manos dramatizando como si le fueran a amputar la pierna.
El tobillo está empezando a inflamarse. No parece roto, pero sí bastante afectado.
—Madre mía —murmura Eden.
—Tenemos que ir al hospital.
Val se mueve rápido en busca del pasaporte de Ted y las llaves del coche.
Ted intenta levantarse. Fracasa estrepitosamente.
—¡Me estoy muriendo!
—No te estás muriendo —respondo armándome de paciencia.
—¿Cómo puedes saberlo? ¡No eres médico!
—Porque sigues hablando.
Eso hace que Eden ser ría bajito, pegada a mí y, joder, el sonido me relaja y me enciende automáticamente.
Ted me mira desde el suelo.
—Te necesito, Alexander.
—No empieces —le advierto.
—Trátame como a Eden. Solo hoy —me pide.
Eden estalla en carcajadas y yo juro que no quiero reírme, pero es imposible.
—Eres como la mala de un drama vertical, Teddy —le dice Mellow.
—Es el dolor —responde él melodramático.
—Vamos —me levanto y lo ayudo a que haga lo mismo.
—Consígueme drogas legales, Alexander —me suplica—. Esto es Europa, aprovechémonos de que a ellos no los gobierna el pastor de Footloose .
Niego con la cabeza intentando no sonreír otra vez. Hacerlo sería como echarle gasolina al fuego.
—Haré lo que pueda.
Val llega con las llaves. Mellow nos abre la puerta. De reojo veo a Eden ponerse mi sudadera. El hecho de verla con ella puesta me despista un segundo, pero me recupero rápido.
—¿A dónde crees que vas? —pregunto.
—Con vosotros. Quiero estar con Teddy.
Ni siquiera necesito pensarlo.
—Ni de coña.
Ella se cruza de brazos, pero el gesto le dura poco porque simplemente echa a andar, me esquiva y sale directa al coche. Genial. Ahora está enfadada conmigo.
Yo miro al cielo armándome de paciencia.
—No tienes ningún tipo de autoridad con la señora Vandervilt —se ríe Ted de mí.
—Puedo soltarte —le recuerdo.
Él me mira y finge cerrarse la boca con una cremallera.
Salimos y lo ayudo a meterse en el Audi. Eden está a punto de entrar también cuando la cojo de la mano y la obligo a girarse.
—¿Podrías quedarte aquí?
No lo ordeno. Lo pregunto. Gran diferencia. Ella también se da cuenta porque su expresión se suaviza y tuerce los labios.
—Quiero acompañar a Ted.
—Lo sé, nena. Pero es de madrugada, estamos en un país donde no conoces el idioma y los hospitales pueden ser sitios muy caóticos. Creo que sería mejor si te quedaras con Mellow y Val. Prometo mantenerte informada de todo.
Ella lo piensa un instante.
—¿Y cuidar de Ted?
Parece que lo está preguntando, pero eso es para ilusos que no la conocen. Me lo está advirtiendo.
Sonrío.
—Y cuidar de Ted.
Ella toma una bocanada de aire.
—Está bien.
—No te preocupes, peque. Estaré bien —le dice Ted desde el coche con la ventanilla abierta.
—Lo sé. Eres indestructible.
—Como los Mustang buenos —replica guiñándole un ojo.
Arranco y nos marchamos al hospital.