La noche que encendimos Nueva York 67
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Alexander

La beso, disfrutándolo, joder, necesitándolo. Necesitándola a ella.

La tumbo en la cama e inmediatamente lo hago sobre ella sin separarnos ni un milímetro. Es imposible que consiguiesen apartarme de Eden ahora.

Separa despacio las piernas haciéndome sitio entre sus muslos y tengo ganas de aullar cuando siento mis caderas encajando a la perfección en las suyas.

—Alex —susurra de esa manera rota que me hace perder el control, pero esta vez tengo la puta certeza de que sabe lo que está provocando en mí.

Sonrío contra su boca. Eden no puede contenerse y me devuelve el gesto.

—Eres mala —protesto sin dejar de besarla.

Ella niega con la cabeza con los ojos cerrados, interrumpiendo por un pequeño segundo del beso, dejándome besarla inmediatamente después. Sus dedos se entierran en mi nuca, acariciándome el final del pelo, atrapándome contra ella.

—Solo quiero saber cómo es sentir que pierdes el control encima de mí.

Lo dice tan bajito que al principio creo que no he oído bien, pero, cuando la frase me agujerea las costillas, me doy cuenta de que me ha afectado demasiado para habérmelo imaginado.

Vuelvo a sonreír. Me separo apenas un centímetro, lo justo para acariciar su nariz con la mía.

—Deberías estar prohibida —murmuro contra su boca.

Mis manos van a sus muslos, escondiendo los dedos por debajo del borde de sus vaqueros cortos, y disfruto del calor salvaje de su piel bajo mis yemas. Sigo besándola porque no puedo no hacerlo. Ahora mismo todo lo demás podría arder y yo seguiría aquí, atrapado en sus labios.

—Es lo justo —responde ella con voz trabajosa, respondiendo a cada beso.

—¿Lo justo?

Mi mano sube por su costado con una inercia que me sale sola desde hace años, llega hasta su cuello y la dejo ahí, abriendo los dedos en un agarre firme, posesivo, suave, para anclarla contra el colchón, manteniéndola justo donde la quiero mientras mi pulgar le acaricia la línea de la mandíbula, obligándola a levantar la cabeza hacia mí.

—Tú me haces perder el control solo con mirarme —dice arqueándose contra mí, dejándose llevar mientras alargo el beso y nos giro un poco antes de dejarla escapar para coger aire.

Me elevo sobre mis antebrazos para poder mirarla desde arriba.

Automáticamente, por instinto, le paso el pulgar por la piel del cuello para asegurarme de que no le he hecho daño.

Busco sus ojos marrones porque lo necesito, porque quiero, pero también para que le quede clara cada palabra que estoy a punto de pronunciar:

—El día que entiendas el efecto que tienes en mí, va a ser mi perdición.

Podría pedirme cualquier cosa que la respuesta sería sí. Soy suyo, joder, y lo fui mucho antes de Amalfi.

Ella frunce el ceño confusa, pero también sonríe un poco nerviosa y muy feliz por lo que significan esas palabras.

No soy ningún estúpido. Lo que pasó, pasó porque di por hecho que ella estaba entregándose con todo y yo, con nada; que no sería capaz de convertirla en mi prioridad cuando estaba siendo tan idiota de no darme cuenta de que ya lo era.

Así que, sí, comprendo que le cueste creerlo, pero veo en su mirada lo mucho que le gusta oírlo.

Eden se muerde el labio inferior, tentándome, comprobándome, pidiéndome de esa manera tan jodidamente vulnerable y tan jodidamente sexy que la bese. Sonrío, me inclino y lo hago. Y no paramos de hacerlo.

No sé si pasan diez minutos o un día y medio. No es que me importe. Metido entre sus brazos se está demasiado bien como para preocuparme.

Hasta que alguien golpea la puerta y recuerdo que puedo despreocuparme del espacio-tiempo, pero no de los tres chalados con los que comparto casa de vacaciones.

—Siento interrumpir, suponiendo que haya algo que interrumpir —trata de ser diplomática Val.

—¡Claro que lo hay, Valerie! —grita Ted desde abajo.

—¡Inocente! —secunda la moción Mellow.

—¡Dejadme en paz! —se queja Val.

—¡No!

—¡Es que hay que tener valor! —replica Ted—. Esos dos están jugando a los médicos prémium. Están en el Presbyterian, a Eden le duele la garganta y Alex es el especialista de fama mundial.

Miro a Eden debajo de mí, aguantándose el ataque de risa. Yo estoy haciendo lo mismo, pero también estoy pensando en matarlo lentamente.

—La comida ha llegado hace como veinte minutos —rencauza la conversación Val—. ¿Bajáis?

Solo necesito un segundo para saber que Eden no se sentiría cómoda si nos quedásemos ahora aquí, así que me levanto.

—Estamos bajando —contesto.

La cojo de las dos manos y tiro de ella para ponerla en pie.

Nos quedamos muy cerca. Eden vuelve a sonreír. Y yo ya estoy perdido. Espero a oír los pasos de Val alejarse por la escalera y vuelvo a besarla, solo una vez, largo.

Joder.

Es lo mejor del puto mundo.

Nos arreglamos la ropa, el pelo y bajamos.

—Mira, si es el doctor Vandervilt —me saluda Mellow con un Grissini como si fuera un cigarrillo.

Han montado la cena en la mesita de centro.

Yo la miro de esa manera, arrogante y lleno de seguridad.

—Estaba respondiendo unos correos —miento descaradamente, pero ellos no tienen por qué saberlo—. A diferencia de vosotros, yo trabajo de vez en cuando.

—Se refiere a correos de otras consultas médicas —le dice Ted a Mellow como si hablara completamente en serio.

Lo fulmino con la mirada y él se vuelve hacia Eden, que ha aprovechado para escabullirse y sentarse en el suelo junto a Val.

—No te preocupes, las otras consultas son telemáticas, a la única paciente a la que atiende en directo es a ti.

Ella le mantiene la mirada insolente.

—No sé de qué estás hablando, Theodore. Yo estaba durmiendo.

Él le mantiene la mirada, asintiendo gratamente impresionado, quiero pensar que porque la cree, pero en realidad lo que le tiene fascinado es lo bien que aguanta el tipo.

—Me caes fatal —sentencia Eden entrecerrando los ojos sobre él.

Ted se encoge de hombros.

—Mientes —responde sin una mísera duda.

Y esa seguridad inquebrantable en que ella lo adora es lo que la hace fracasar y sonreír.

—Es verdad, te quiero muchísimo.

Ted sonríe.

—Y tú también me quieres —me dice señalándome.

Yo ya me he sentado en el sillón cerca de Eden y me estoy comiendo un panzarotto .

— Nop —contesto.

—Me quieres mogollón.

—De eso nada.

—Quieres a John D. Rockefeller y a mí. Somos los amores de tu vida.

Ahí ya no puedo más y sonrío también.

Cabrón.

***

La cena es una locura, como casi cualquier cosa que intentamos hacer. De postre cae la primera ronda de copas acompañadas de lo que viene siendo la tradición nocturna más importante de Amalfi: comer cornettos,croissants grandes rellenos de Nutella. Sin duda alguna, una gran tradición.

Todavía no nos hemos recuperado de la partida de cartas de ayer, así que esta noche toca película y, por supuesto, hay que hacer palomitas.

Eden se presenta voluntaria. Se levanta y yo la sigo con la mirada. Al pasar detrás de mí, pone la mano en la espalda del sillón y, aprovechando que nadie puede notarlo, me acaricia la nuca con el reverso de los dedos.

La caricia solo dura un segundo, pero automáticamente me lleva a nuestra cama, a cuando ha hecho eso mismo mientras la besaba.

Giro la cabeza hacia ella, pero Eden sigue caminando en dirección a la cocina, ajena al hecho de que acaba de incendiarlo todo dentro de mí.

Piensa rápido, Vandervilt.

—¿Quién quiere otra copa? —pregunto levantándome.

—No.

—No.

—Yo —se apunta Val terminándose el último buche de la suya.

Tengo que reconocer que casi no aguanto el tiempo suficiente para dejarlos contestar, pero lo consigo. Voy hasta la cocina abierta, la cojo de la muñeca y tiro de ella, chistándola bajito con una sonrisa cuando está a punto de soltar un gritito y romper a reír.

La meto en la despensa. La llevo contra la pared y le doy un beso. Todo es rápido, loco, pero es que no podía esperar.

Su sonrisa se ensancha contra mis labios y esa es la puta mejor sensación que he experimentado en mi vida: besar su sonrisa.