La noche que encendimos Nueva York 66
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Eden

No sé qué me pasa, pero es que no quiero parar.

Es como si mi piel necesitara sus manos.

No algo metafórico, ni psicosensorial, no se siente como escuchar una canción.

Las necesito, físicamente. Como si mi cuerpo estuviese ardiendo constantemente, a punto de consumirse, y sus manos, el que esté así de cerca, frenaran el proceso y me aliviara y me excitara aún más, exactamente lo mismo que intentar apagar un fuego echando más madera.

Ridículo.

Absurdo.

Real. Muy real. Demasiado real.

Alex levanta su mirada hasta atrapar la mía mientras la punta de su lengua acaricia el filo de sus dientes.

La imagen perfecta del animal perfecto. Me encanta el Alex controlado, pero el Alex salvaje, la chispa que brilla en sus ojos antes de que se deje llevar, por Dios, ese podría ser el leitmotiv de ejércitos enteros para ganar guerras.

—Estamos de acuerdo —sentencia con la voz ronca.

Sus manos vuelven a moverse. Mis caderas, primero, y despacio sube a mi cintura, a mi estómago y se quedan ahí paradas un segundo de más, volviéndome loca lentamente con algo que sabe a tortura y a combustión espontánea; a alcanzar la paz y a despertar el caos.

Y es adictivo, hasta la última maldita décima de segundo.

Miro a los demás casi de reojo. Ninguno nos está prestado atención. Mejor. Me recoloco, un poco hacia atrás, mi espalda un poco más cerca. Alex gime. Un sonido demasiado sexy. Sube las manos hasta mis costillas.

Quiero echar la cabeza hacia atrás. Quiero cerrar los ojos. Quiero gemir.

Me muerdo el labio inferior, pensando, valorándolo, descartando la opción de hacerlo... pero justo en el instante siguiente, lanzándome al vacío como se toman las decisiones que de verdad valen la pena, está a punto de mover las manos hacia abajo, pero yo atrapo una de ellas con una de las mías.

Todo su cuerpo se tensa detrás de mí y una sonrisa pequeñita, pero triunfal, maliciosa, no me importa, de auténtico disfrute, aparece en mis labios porque sé que está luchando por contenerse.

Entrelazo nuestros dedos.

El todopoderoso Alexander Vandervilt está a punto de perder el control. Repito la idea en mi cabeza y me emborracha, me hace sentir bien, poderosa, feliz.

Subo su mano hasta mis pechos. Resopla. Mira como un halcón hacia las otras tumbonas. Me concentro para no gemir. Mi respiración es un desastre. El corazón me martillea por todas partes.

Deja caer su frente contra la parte de atrás de mi cabeza. Da una bocana de aire pesada. Me acaricia. Se rinde. Pasa debajo del bikini. Lo atrapa entero en su mano. Aprieta.

¡Dios!

Su mano libre tapa mi boca justo a tiempo para poder sofocar un gemido contra ella.

Sigue acariciándome bajo el bikini, mis pechos, mis pezones, mientras me tapa la boca, mientras su cálido aliento me calienta la piel debajo del pelo, mientras cada sonido que hace, sexy y masculino, me hace perder un poco más la razón, mientras vigila que nadie nos mire.

Es privado. Es público. Es nuestro.

Mi mano se desliza por mi estómago. Ni siquiera sé qué estoy haciendo.

No quiero pensar. Bajo más. Alex se da cuenta.

Su respiración se vuelve más irregular. Me ve.

Llego. Me acaricio por encima de la tela.

Una vez. Dos. Sus caricias se vuelven más intensas, más fuertes. Me calientan demasiado bien.

Alguien se mueve en las tumbonas. Alex lo ve antes que yo y se separa rápido. Aparto las manos.

—Por eso es importante aprender a distinguir entre las nueces y las castañas —comenta Mellow levantándose, muriéndose de risa con Ted y Val.

El corazón me late como un loco. ¿Estoy respirando? No lo sé. Creo que sí, rápido, muy rápido.

—¿Quién quiere otra ronda? —pregunta mirándonos a todos.

—Yo —respondemos Alex y yo al unísono.

La necesitamos. Es evidente.

—Claro que sí —responde Ted desde la tumbona—, el sexo con crema de coco y aloe vera da mucha sed.

Si tú supieras.

—Papadopoulos —lo llama Alex.

—¿Qué?

—Estás muerto.

Ted sonríe encantado ante tal muestra de agresividad y yo me muerdo el labio inferior esta vez para no estallar en carcajadas.

¡¿Qué hemos hecho?!

¿Y por qué quiero morirme de la vergüenza y me siento tan terriblemente bien al mismo tiempo?

Una mezcla alucinante entre emoción, adrenalina, mucha, y estar excitada hasta la médula.

Eso es lo que Alex me hace sentir, viva, y no es algo de lo que acabe de darme cuenta, esto es la confirmación.

Alex me hace sentir viva mientras nos morimos de risa dando un paseo por Manhattan, mientras nos picamos y discutimos absurdamente en el sofá y mientras me toca.

Me llevo las palmas de las manos a la cara.

Dios, me encanta cómo me toca.

Cuando las aparto, me giro hacia él porque sé que me está mirando. Me pierdo en esos ojos gris acero, él resopla una sonrisa pequeña y comprendo demasiado bien que una parte de nosotros sigue perdida en hace cinco minutos.

—¿Estás bien? —me pregunta en un susurro que solo oigo yo.

—Sí —contesto y sonrío un poco más enamorada de él por esa pregunta—, pero me he quedado con algo complicado entre manos —añado torciendo la expresión.

—Dímelo a mí —contesta sin dudar.

Nos miramos un segundo, dos, y nos echamos a reír.

Me gusta que a pesar de todo siempre encontremos la manera de reírnos juntos.

El resto de la tarde pasa entre más baños, más discusiones absurdas, Mellow convenciendo al capitán de que le deje llevar el barco «un minutito», Ted gritando que el Titanic se hundió por menos y el mar y el calor y el verano a nuestro alrededor.

Empieza a anochecer cuando cambiamos el barco por la lancha y regresamos al puerto. Estoy memorizándolo todo, pero al mismo tiempo soy hiperconsciente de Alex, de lo mezquinamente bien que le cae el bañador surfero sobre las caderas, de que me gusta más de lo que quiero admitir.

Noto cada vez que se mueve; cada vez que habla; cada vez que respira un poco más fuerte.

Sentados en la lancha, no puedo evitar fijarme en lo cerca que estamos; en que, si nos moviéramos solo un poco, podríamos tocarnos otra vez. Disimulando, fingiendo estar concentrada en mis propias manos, muevo la rodilla buscando la de Alex.

Él se da cuenta, claro que se la da, y, sin dejar de hablar con Ted, entreabre un poco más las piernas para que su rodilla se encuentre con la mía.

El contacto es mínimo y a la vez brutal. Está cargado de demasiadas cosas porque nos tenemos demasiadas ganas.

Ted y Alex son los primeros en bajar. Alex me tiende la mano para ayudarme a hacerlo mientras que Ted ayuda a Val y a Mellow. En el momento en el que mi piel encuentra la suya, vuelvo a notar las chispas, como si alguien las fuera pintado alrededor de nuestras manos con rotuladores de colores.

Estoy a salvo en la pasarela del puerto, pero Alex no me suelta y entrelaza nuestros dedos.

—Es por tu seguridad —me explica con esa sonrisa engreída y divertida en los labios, dando un paso hacia atrás y tirando de mí para que empecemos a caminar.

—Gracias, Alexander. Siempre puedo confiar en ti.

—No lo dudes —sentencia antes de girarse y andar hacia las casitas de colores.

***

De vuelta en la villa, el caos se instala de inmediato. Peleas por quién se ducha primero, por qué cenamos, por quién lo pide, incluso se recuperan conflictos del día anterior como quién hizo más trampas ayer a las cartas.

Sin embargo, otra vez, todo eso no es más que ruido de fondo para mí mientras mi mirada va una y otra vez a Alex, apoyado en la isla de la cocina, con las manos agarrando el borde a ambos lados de sus caderas. Lo conozco. Está pensado. Conteniéndose.

Y esa simple idea vuelve a iluminar algo dentro de mí.

Está pensando en mí. Está conteniéndose por mí.

Vuelvo a mirarlo y, esta vez, él ya me está mirando a mí. Toma una decisión. Lo veo en sus ojos. Se incorpora lleno de seguridad, de esa calma que le hace parecer ser el dueño de esta casa, de Amalfi, de Italia entera.

—Voy a comprobar unos correos —miente mirándome a los ojos.

Va hacia las escaleras.

—Voy a descansar un poco —miento yo—. No me importa ser la última en ducharme. Ya me he cambiado en el barco —añado señalando vagamente la camiseta y los pantalones que me he puesto porque el vestido estaba mojado.

No espero respuesta y me dirijo al piso de arriba. Alex me está esperando a mitad de las escaleras.

No decimos nada, solo me coge de la mano de nuevo, entrelaza nuestros dedos y tira de mí, adelantado unos pasos.

Siento el «clic» de la puerta cerrarse a mi espalda.

Siento a Alex a un puñado de pasos tras de mí.

Respiro hondo antes de girarme porque la realidad es que siento muchas cosas más: las mariposas, el deseo luchando por contenerse en una tinaja demasiado pequeña que ya tiene demasiadas grietas. Está a punto de escapar.

Me giro. Su mirada me atrapa de inmediato. Mi corazón... mi corazón no ha latido con normalidad desde ayer por la noche.

Alex acorta la distancia sin apartar esos increíbles ojos grises de los míos.

Se detiene a solo unos centímetros, invadiendo mi espacio personal de una forma tan rotunda que el aire entre los dos se vuelve denso de golpe.

Recorre mi cara con lentitud, quedándose un segundo entero en mis labios antes de volver a mis ojos.

Respiro más rápido. El oxígeno me falta.

—Se acabó —sentencia, y su voz baja dos octavas, volviéndose tosca, áspera, cargada de una determinación que me eriza la piel.

Yo frunzo el ceño, intentando aferrarme a un control que ya no tengo.

—¿El qué?

Alex no responde con palabras. Mueve la mano con una parsimonia perezosa y peligrosa, desliza dos dedos por el interior de la cintura de mis vaqueros, justo bajo mi ombligo, y tira de mí hacia delante firme y posesivo.

Doy un respingo y mi cuerpo choca directamente contra la solidez de su pecho.

Siento que se me escapa el aliento. Nos quedamos así, suspendidos en una distancia ridícula, con mi cabeza echada hacia atrás debido a los centímetros que me saca y mi respiración caótica acariciando su barbilla.

Alex no se inclina de inmediato; se recrea en mi caída, devorándome con la mirada, disfrutando de ver cómo tiemblo contra él.

Sus ojos prometen un incendio y yo soy pura gasolina.

—Parar —susurra contra mis labios, rompiendo mi última defensa.

Entonces, se inclina y me besa.

Mi cerebro entra en cortocircuito instantáneo.

Solo puedo disfrutar; nada de pensar, nada de nada.

Solo él y otra maldita frontera cruzada para siempre.

Sus manos grandes y cálidas se encuentran en la parte baja de mi espalda, pero no descienden; en lugar de eso, suben despacio por mis costillas por encima de la tela de mi camiseta, como si me estuviera diciendo que va a tomarse su tiempo, que va a derretirme lentamente.

Yo agarro su camisa con las dos manos, arrugándola entre mis puños porque no confío en que mis piernas vayan a sostenerme.

El beso crece. Movemos las cabezas, nos acompasándonos al ritmo del otro en una sincronía perfecta. Su boca explora la mía con un hambre que me marea, profunda y caliente. Alex tensa los dedos sobre mi piel, atrapándome en esa lucha encarnizada por controlarse y dejarse llevar al mismo tiempo.

Y pierde.

Y yo sonrío contra sus labios.

Abre sus manos posesivas sobre mí, rompe el maldito dique y me estrecha contra su cuerpo con una fuerza brutal. Profundiza el beso, lo vuelve salvaje, y los dos nos aceleramos, desesperados, necesitados, hambrientos.