La noche que encendimos Nueva York 65 #2
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—Está bien —dice Ted de pronto con su mirada también al frente, a la costa, a la hilera de barquitos en el puerto.

—¿Qué?

—Sea lo que sea lo que esté pasando o no pasando, está bien.

Sonrío y esta vez es porque quiero, no porque no pueda evitarlo.

Pienso en Eden en los últimos tres meses en Manhattan, en cómo conseguimos recuperar lo que teníamos, hacerlo todavía mejor, pero también pienso en Amalfi, en cómo la he visto sonreír aquí, en las ganas de tocarla, en lo jodidamente fácil que es.

—Sí, lo está —respondo.

Ted sonríe. No sé qué imagina, qué sabe, pero, sea lo que sea, se alegra de verdad, por nosotros.

—Genial —responde.

Estas son las cosas por las que, me guste o no, tengo que querer a este capullo.

***

Las chicas por fin salen del agua y vienen hacia la zona de las tumbonas.

—El Mediterráneo es lo mejor —dice Val cogiendo su toalla.

—No es un motivo vacío que nombre un estilo de vida —apunta Ted.

—Y una dieta —añade Mellow envolviéndose en la toalla.

—¿Nos podemos quedar a vivir aquí, Alexander? —me pregunta Ted—. Podemos teletrabajar el resto de nuestras vidas.

—Sería muy interesante ver cómo se lo toma tu hermano —comento inclinándome para sacar la toalla de la bolsa sin perderme la reacción de Ted, a quien, al pensar en el otro heredero Steele, le cambia la cara—. Por curiosidad —le tiendo la toalla a Eden cuando llega—, ¿cómo piensas explicárselo?

—Con una carta de suicidio —suelta casi hastiado y todos los demás sonreímos—. Me compraré un pasaporte nuevo y fingiré mi muerte. Seré Giorgos Papadopoulos.

—¿Griego? —plantea Val frunciendo el ceño.

—Hay que integrarse.

—¿Heredero Papadopoulos, entonces? —sigo su argumento.

—Por supuesto, la clase hay que mantenerla —sentencia levantando su Peroni.

Eden, envuelta en su toalla, rompe a reír y yo sigo el sonido como si fuera mi canto de sirena particular.

Le paso mi cerveza y ella la coge sin dudar y le da un trago largo.

Se quita la toalla y se deja caer en la tumbona a mi lado, armada ya con sus gafas de sol.

Respira hondo, relajada por haber estado en el agua. Val cambia la canción. Eden empieza a dar golpecitos sobre el plástico de la tumbona con las manos al ritmo de la música, un segundo después ya está tarareando, con los labios casi tocando el botellín de mi Peroni.

Yo la miro y esa media sonrisa vuelve a mis labios sin permiso.

Eden gira la cabeza hacia mí, sin separarla de la hamaca, y vocaliza la letra como si estuviera cantando usando mi cerveza como micrófono.

La miro, mi sonrisa se hace más grande, fingiéndome exasperado, pero lo que está pasando en realidad es que el corazón me está latiendo cada vez más rápido en el centro del pecho.

Porque es preciosa. Porque yo ya soy suyo y ella es mía y llevamos años siéndolo sin ni siquiera darnos cuenta. Bueno, sin darme cuenta yo, porque ella siempre lo tuvo claro.

***

Comemos. Spaghetti alle vongole con tomates del Vesubio. Es imposible que haya algo en el mundo que sepa mejor.

Volvemos a bañarnos. A beber. A escuchar música. A morirnos de risa.

—Te vas a quemar —le digo a Eden.

Estamos de pie, en cubierta, mirando el mar, la costa, el puerto, las casitas, la imagen que te deja sin aire que forman. Sé que ella, además, lo está memorizando absolutamente todo para dibujarlo después.

—No voy a quemarme —replica testaruda.

Yo pongo el índice de la mano con la que sostengo la cerveza en su hombro y marco una zona.

—Estás roja.

—No lo estoy.

—Si te quemas, va a dolerte muchísimo —le recuerdo, y ni de coña voy a dejar que pase—. Necesitas crema.

Echo a andar hacia las tumbonas para cogerla. Eden resopla dejándome clarísimo lo en desacuerdo que está con esa afirmación, pero acaba caminando tras de mí.

—Eres un obseso del control —dice sentándose entre mis piernas, en la hamaca, mientras yo abro el bote de crema.

—Toda la razón —porque, qué coño, la tiene—, pero tú no vas a quemarte.

Me echo en la mano.

Eden me mira por encima del hombro y esboza una suave sonrisa. Otra de las que me vuelven loco, aunque debería empezar a admitir que todas lo hacen. Esta es un poco insolente, confiada, la que dice «Sé que harías cualquier cosa por mí, Alexander Vandervilt», y otra vez tiene razón.

Le aparto el pelo húmedo a un lado y empiezo a extenderle la crema sobre sus hombros. Lento. Demasiado lento, probablemente. El olor a coco de la crema se mezcla con el de su piel y todo mi cuerpo se revoluciona, porque está cerca, porque la estoy tocando, porque es ella.

Bajo, pero no lo hago por la espalda como debería, y elijo sus costados. Eden se estremece lentamente, como si hubiese aprendido a gemir sin hacer ningún sonido, pero yo lo noto, lo oigo.

Mis manos bajan, suben, vuelven a bajar. Mis dedos se abren para alcanzar su estómago, la piel sobre sus costillas. Me he vuelto adicto a tocarla. La crema es la excusa perfecta y yo la estoy usando con una concentración absoluta, casi con veneración.

La espalda.

Un poco más abajo.

Un poco más despacio.

No debería sentirse tan bien. No debería notar cada cambio en su respiración. Pero lo noto. Todo.

Aprieto su cadera. Fuerte. Posesivo.

Eden traga saliva concentrándose en no gemir. Yo tengo que hacer el puto esfuerzo de mi vida para no seguir. Mi respiración es un caos. Me acerco un poco más a ella.

—Me estás volviendo loco —le susurro al oído.

Ella sonríe bajando la cabeza, y suena como una risa, pero, en realidad, es su respiración trabajosa.

—¿Alguien duda de que Eden ya tenga la crema perfectamente integrada en la piel? —inquiere con sorna Mellow.

—Muérete —contesto sin dudar, haciendo que la aludida sonría encantada.

—Hermano, yo estoy contigo —salta Ted—. El sol es peligroso. No hay que escatimar.

Otro que se lo está pasando de cine a mi costa.

—Muérete tú también.

Eden vuelve a mirarme por encima del hombro. Sus ojos buscan automáticamente los míos y veo el hambre, las ganas, todo lo que estoy seguro de que están diciendo los míos.

—Yo creo que necesito un poco más de crema —prácticamente susurra.

Sexy y adorable. Esa combinación va a llevarme al infierno.