La noche que encendimos Nueva York 65
84%

65

Alexander

Volvemos con los demás y continuamos dando un paseo. La llevo de la mano con los dedos entrelazados y, aun así, a veces no tengo suficiente y le acaricio distraído la cintura, le aparto un mechón de pelo de la cara, le rozo el dorso de la mano con el pulgar.

La verdad es que ahora mismo no sabría explicar por qué necesito seguir tocando a Eden constantemente, como si mi cuerpo hubiera decidido de repente que perder contacto con ella es una mala idea, pero, francamente, estoy de acuerdo.

A nadie le resulta raro porque llevan viéndonos así demasiados años, pero nosotros sí sabemos que es diferente.

Llegamos hasta una pequeña plaza llena de mesas exteriores y Ted prácticamente se deja caer sobre una silla libre.

—No pienso moverme nunca más.

Val pone los ojos en blanco.

—Has caminado media mañana.

Le aparto una de las sillas a Eden, ella se sienta y me observa con una sonrisa hacerlo a su lado.

—Suficiente. Exijo que Alex compre un helicóptero que nos lleve de vuelta a la playa —sentencia melodramático.

El camarero se acerca a la mesa y pedimos la primera ronda.

No ha pasado un minuto completo cuando coloco mi mano sobre el muslo de Eden, sin ninguna intención, en realidad, solo tocarla.

Ella sonríe y sé que no tiene nada que ver con la conversación con Mellow mientras yo sigo hablando con Val y Ted. Es esto, que tengamos una especie de secreto entre las manos, que sabe lo que me está provocando solo con estar cerca.

El camarero regresa con nuestras copas y el sol y el calor hacen que ninguno se lo piense antes de atraparlas y beber. Después, la conversación va regresando poco a poco.

Mi mano baja despacio hasta una de sus rodillas, la acaricio con círculos concéntricos con el pulgar y vuelvo a subir hasta su muslo.

Eden se queda mirándome con una sonrisita. Los demás están muy ocupados hablando de barcos y no nos prestan atención.

—¿Qué? —pregunto.

Ella me observa insolente y, también, disfrutando muchísimo de ello.

—¿No me estas tocando mucho últimamente, Vandervilt? —plantea divertida.

Mi mente registra sus palabras, lo juro por Dios, pero decido hacer algo diferente y vuelvo a repetir la misma caricia solo que esta vez mis dedos bajan más despacio, se concentran un poco menos en su rodilla, dejándola con ganas de más, y suben torturadoramente lentos.

Eden toma una torpe bocanada de aire para que no se le acelere la respiración.

Me encanta que sea tan receptiva, que una caricia sea todo lo que necesite para perder el control.

—Solo te estoy tocando —respondo fingiéndome inocente cuando estoy diciendo mucho más.

Las ganas que tenemos de que siga tocándola.

De que ella me toque a mí.

De seguir cruzando líneas.

Eden no dice nada. Solo se mueve suavemente acercándose un poco más. Esconde una de sus manos bajo la mesa y me acaricia el dorso de la mía, todavía sobre su muslo, con la punta de los dedos.

El corazón me tropieza en el pecho. Es solo una caricia, pequeña, pero me gusta demasiado y entonces la agarra y lentamente me hace subirla debajo de su vestido, hacia el interior de su muslo.

Yo dejo escapar todo el aire de mis pulmones, fingiendo que estoy relajado cuando, en realidad, estoy ardiendo, joder.

La miro a los ojos.

Ya me esperaban.

Me vuelvo un poco más loco.

—Entonces, podemos hacerlo ahora y directamente comer allí, ¿no?

Ha hablado Ted y la frase es para mí, pero ni siquiera me doy cuenta. No dejo de mirar a Eden, de sentir su piel caliente, su mano contra la mía, diciéndome dónde quiere que esté.

—Hermano —insiste Ted al borde de la risa.

—Es a ti —me dice Eden con una sonrisa más que satisfecha.

Yo tardo un segundo de más, pero al fin salgo de mi ensoñación.

—¿Qué?

—Ted te está hablando.

Me giro hacia la mesa y me encuentro a Val, Mellow y el propio Ted observándome como si ellos fueran los documentalistas del National Geographic y yo, una especie de huracán rarísimo.

—¿Qué? —repito, pero mi voz suena más dura y, por supuesto, no suelto a Eden.

—Te decía si te parece bien que nos vayamos ya y comamos allí —repite paciente Ted.

—Sí —contesto encogiéndome de hombros—. Me da igual el plan.

Pero sé que voy a arrepentirme en cuanto veo cómo se le ilumina la mirada.

—Sí —dice emocionado levantándose con el móvil—, preparos para mis vibes de recién divorciado en Ibiza —prácticamente nos amenaza.

Yo frunzo el ceño sin entender absolutamente nada.

Val me mira cabeceando, a punto de echarse a reír. Una mezcla entre compasión y el hecho de que le hace demasiada gracia el lío en el que acabo de meterme.

—¿Qué coño...? —murmuro.

—El más grande que tenga —pide Ted hablando por teléfono a unos pasos.

—Acabas de darle permiso para que alquile un barco y pasemos el día allí.

No, joder.

***

Llegamos al puerto cuarenta minutos después, donde nos espera una lancha rápida que nos llevará al barco. El puerto de Amalfi es antiguo y pequeño, algo casi artesanal, y una embarcación más grande que una lancha o una barquita para pescar no puede atracar aquí.

Ted se ha pasado todo el rato hablando casi sin respirar y llamando al barco «barquito», eso es lo que más miedo me da.

No tardamos en verlo, anclado en el Mediterráneo, y es exactamente el tipo de barco que Ted alquilaría: grande, blanco y brillante.

Algo a medio camino entre el yate de un millonario que usa gorra de capitán y chaqueta azul marino con botones dorados cada vez que sale al mar y el barco que usarían para rodar el vídeo musical de una canción electrónica con un montón de modelos en bikinis fluorescentes.

La música empieza a sonar desde cubierta prácticamente antes de que nos montemos, como si fuera nuestra bienvenida, y, en cuanto lo hacemos, Ted nos presenta al que será el sexto miembro de nuestra pandilla durante la travesía, juro por Dios que dice la palabra travesía : una nevera enorme llena de Peronis y Aperol Spritz. Ambas cosas heladas.

—Esto grita «crisis de los treinta» —murmura Val mirando a su alrededor.

—Gracias —responde Ted orgulloso.

Eden se ríe a mi lado mientras el viento le mueve el vestido alrededor de las piernas y entonces se queda muy quieta. Yo me giro y sonrío porque ya sé lo que ha visto.

En la parte trasera, popa, proa, como coño se llame, el suelo normal de barco se ha sustituido por cristal y puedes ver el mar claro bajo tus pies, además de que, por supuesto, es la pasarela perfecta para lanzarte al Mediterráneo.

—¡Ted! —grita entusiasmada.

Él sonríe.

—Sí —contesta sin dudar—, lo vi y supe que ibas a odiarlo muchísimo —se mete con ella.

Eden no lo duda y echa a andar hacia allí emocionadísima. Yo miro a Ted con una sonrisa. Él levanta su cerveza helada hacia mí, entendiendo a la perfección que le estoy dando las gracias por pensar en ella.

Tarda exactamente treinta segundos en deshacerse de sus sandalias, soltarse el pelo y quitarse el vestidito para quedarse en bikini.

Joder.

Sí. Poético, ¿verdad? Debería haber una ley que le prohibiera llevar un bikini blanco por mi estabilidad mental.

Ni siquiera me doy cuenta de que estoy apretando los puños contra mis costados para controlarme, no ir hasta allí, cargarla sobre mi hombro y encerrarnos en uno de los camarotes que este barco salido de Unmar de enredos seguro que tiene.

¿Cómo es posible que me afecte así? Ni siquiera necesita esforzarse. Solo tiene que ser ella.

—¿Vienes? —me pregunta.

«Sí. Sí. Sí.»

—No —respondo porque paso de follármela mientras un delfín nos mira.

—¿Seguro?

«No. No. No.»

—Sí.

—Yo me apunto —dice Mellow pasando a mi lado.

—Ey, esperadme —se queja Val quitándose las deportivas camino de la pasarela de cristal.

Las tres están allí hablando, riéndose, pero yo solo puedo mirar a Eden y ese bikini, que aparentemente no tiene nada de especial, pero que yo estoy a punto de enmarcar.

—Si la sigues mirando así, Netflix te va a hacer una serie —se burla Ted desde su tumbona.

—Cállate —gruño, pero solo consigo que directamente se ría.

—Tómate una cerveza conmigo —me ofrece—. Antes de que saltes ahí y te la lleves a nado hasta Cerdeña para revivir El lago azul.

Eden y las chicas saltan al agua, la oigo reír, y eso se mezcla con la idea de que, desde el agua, vuelve a buscarme con la mirada porque cuando está feliz yo soy la primera persona con la que quiere compartirlo. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque a mí me pasa exactamente igual.

Val la llama, Eden se gira y empiezan a nadar y zambullirse.

—Cerdeña está habitada —replico mientras le cojo la cerveza que me tiende y me tumbo en la hamaca junto a la suya.

—Bueno, digo yo que te las apañarás para encontrar una parcelita sin mucha gente.

Nos miramos. Dos segundos después no puedo más y me echo a reír. La risa se lleva toda la tensión. Lo necesitaba.

Pasamos unos minutos en silencio disfrutando del sol y de la tranquilidad hasta que las chicas vuelven a gritar desde el agua pasándoselo realmente bien.

En cuanto el sonido atraviesa el ambiente, llevo mi mirada hasta allí y casi sin darme cuenta sonrío cuando mis ojos se encuentran con ella.

—Nunca te había visto así —comenta Ted moviendo el pie suavemente al ritmo de la música.

Frunzo el ceño.

—Así, ¿cómo?

Mi mejor amigo suelta una de sus sonrisitas irritantes de hombre perspicaz.

—Así —insiste con una calma que es casi alevosía—. Te mueres por tirarte al agua y no te tiras por lo que te mueres de ganas de hacer después.

Tiene razón y me niego a dársela.

—Pasa de mí —le digo mientras vuelvo a mirar al frente y le doy un trago a mi cerveza.

Ted lo interpreta exactamente como lo que es: estar a la defensiva.

—Debería cansarme de tener razón siempre, pero, no, a mí me va.

—A ti también puedo tirarte al mar —le recuerdo.

—No me estropees mi crisis de los treinta imaginaria con tu hostilidad.

No quiero, pero no me queda otra que sonreír.

Volvemos a ese cómodo silencio. No tengo ningún problema en admitir lo que está pasando con Eden, pero antes de que lo que tenemos o no tenemos vaya a convertirse en tema de conversación, debemos ver a dónde nos lleva, vivirlo. Es simple. Y solo nos concierne a ella y a mí.