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Alexander
Oímos pasos, voces. Val gritando que necesitarán algo más para acabar con ella; Ted, que él la defenderá como se defienden los «Esto no es lo que parece» y los caballos buenos. Mellow insiste en que deberíamos separarnos y buscar grupos de amigos independientes más funcionales.
Yo me dejo caer sobre la silla sin levantar la mirada de Eden porque francamente no me da la gana. Está preciosa y ahora sé que esta es la cara que pone cuando hago que se corra con mi mano, sé cómo le gusta. Sé cómo suena su voz cuando gime mi nombre.
Estoy bien jodido, porque además sé una cosa más, la mejor: que le gusta que lleve el control.
Ella me está mirando con los labios suavemente entreabiertos por la respiración agitada, con los ojos brillantes y la piel sonrojada.
Ahora mismo me la follaría en el suelo de este mismo salón y también me la llevaría a Positano, a ver cómo se queda embobada en cada calle y pinta cada casa, viéndola feliz.
Ted, Val y Mellow están a punto de irrumpir en la estancia.
Sin apartar los ojos de los suyos me llevo la mano a la boca y chupo mis propios dedos, uno a uno, despacio, limpiándolos con la lengua, quedándome con su puto sabor.
Eden suelta un suspiro ahogado y se sonroja hasta las orejas. Abre un poco más la boca sin poder apartar la mirada e instintivamente, sin poder evitarlo, aprieta los muslos conteniendo una nueva oleada de placer.
Cuando los saco, una media sonrisa divertida y engreída se dibuja en mis labios porque sé que acabo de desbloquearle una nueva fantasía.
—De nada —le digo disfrutando de cada letra.
—¿Todavía estáis así? —se queja Mellow al vernos.
Eden tarda un segundo de más en reaccionar.
—No —contesta, pero no tiene ningún sentido porque aún no se ha cambiado. Mira hacia abajo, hacia mi camiseta—. Quiero decir, sí... Quiero decir, me cambio en un segundo.
Se levanta como si la silla estuviese ardiendo y sale disparada hacia la habitación otra vez roja hasta las orejas. Yo la observo aún sentado, increíblemente cómodo, y un poco fascinado, sin que se me borre la sonrisa.
Justo antes de subir las escaleras, cuando solo yo puedo verla, me enseña el dedo corazón y mi sonrisa se ensancha hasta casi reír.
Recojo la mesa y la cocina con la ayuda de Val y cuando Eden baja me da el relevo y yo subo a cambiarme. Un bañador, una camiseta, unas deportivas, y las gafas de sol. Me paso un par de veces las manos por el pelo y listo.
***
Amalfi, por la mañana, en verano, está imposible. El puerto, lo está un poco más. Demasiados turistas, demasiados italianos, demasiado ruido, demasiado sol.
Eden camina a mi lado, invadiendo mi espacio como si fuera suyo, y yo adapto automáticamente mi paso al de ella, vigilando que no la empujen, sujetándole distraídamente la cintura cada vez que alguien pasa cerca.
Como siempre.
Y también, como desde ayer, diferente.
Cruzamos y ella acaba en el lado de la carretera; sin pensarlo, doy un paso atrás y la empujo suavemente hacia el interior de la acera.
Eden me mira sin dejar de caminar.
—¿Qué? —pregunto sin entender dónde está el problema—. Esto está lleno de motocicletas y de coches y la gente conduce como si estuviera chalada. Ni de coña te dejo en este lado.
Tampoco lo habría hecho en Nueva York. La diferencia es que allí no me pregunto constantemente cómo es posible que no haya un accidente por segundo por metro cuadrado.
Ella asiente, pero tiene esa insolente sonrisa, la pequeña, la que es peor, porque es la traducción de «Sí, claro, lo que tú digas, Vandervilt».
Lo dejo estar. Igual que dejo mi mano en su cintura después de haberla cambiado de lado.
—¿Un granizado? —propone Val.
Eden asiente entusiasmada, cómo no, y nos paramos en una tienda que vende, básicamente, todo lo imaginable de la Kinder y granizados.
Espero en la puerta junto a la caja mientras Eden y Val deciden qué sabor coger.
Sonrío cuando las oigo proponer todo tipo de combinaciones.
Todas las que incluyen maracuyá me parecen espeluznantes.
Al final se decantan por limón. Literalmente las calles huelen a esa fruta y aquí se inventó el limoncello. Me parece la mejor elección.
El dependiente les dice el precio a las chicas, pero yo le hago un sutil gesto con mi American Express negra entre los dedos para que me cobre a mí.
—Tienes que probarlo —dice Eden emocionada en cuanto le da el primer sorbo caminando directa hacia mí—. Dios, te va a encantar.
Pienso en decirle que no solo para fastidiarla un poco, pero está tan ilusionada que le doy el gusto.
¡La hostia! Está increíble.
—Te lo dije —comenta con una sonrisa cuando me ve darle un segundo sorbo más largo.
Reanudamos la marcha en busca de más tiendas de ropa para Mellow y echar la mañana con un paseo para el resto de nosotros.
Eden se acerca cada dos metros para ofrecerme un nuevo sorbo de su granizado, así que al final acabo pasándole la mano por los hombros y pegándola a mí porque así es más fácil.
Prácticamente a los pies del puerto nos encontramos una hilera de pequeños puestos artesanales.
Pasa casi en automático. Eden se planta delante de mí, con una mano sujetando el granizado y la otra la cañita, mirándome con esos enormes ojos castaños, diciéndome sin palabras: «¿Podemos ir?».
Yo abro la boca dispuesto a decir que no porque esos puestos parecen atraer a un millón de personas más y hace calor y lo que quiero es ir a un sitio con aire acondicionado y beberme una cerveza, pero está muy cerca y su olor me está volviendo loco.
Siempre he sido capaz de distinguir su olor, siempre me ha gustado, pero ahora parece que se ha bañado en feromonas ante de salir de casa.
—Está bien —gruño—, pero solo quince minutos.
Ella me dedica una sonrisa enorme que hace que todo el maldito puerto resplandezca, dejándome claro también que lo de los quince minutos es discutible. Me agarra de la mano y literalmente me arrastra al primer puesto de la hilera porque, por supuesto, quiere verlos todos.
Mira, pregunta, hace sonreír a más de una de las mujeres que atienden los tenderetes y trata cada pequeña cosa que venden como si fuese un tesoro por el hecho de estar hecho a mano.
—Dime, por favor, que no quieres ver todos los puestos —prácticamente le suplico.
—Chiiist —me chista suavemente—, estoy concentrada —explica mirando una mantita negra llena de diminutos cuernos retorcidos rojos.
Yo la miro, demasiado tiempo otra vez, pero es que ni siquiera lo pienso. Solo lo hago y me encanta lo que veo, joder. Cómo observa cada mínimo detalle, cómo sonríe, el respeto con el que señala algo y el mimo que le pone cuando por fin lo toca.
—Sabía que lo encontraría —dice entusiasmada.
Le pregunta a la mujer al otro la de tabla de madera llena de dijes y lo coge.
—Te la regalo —dice muy segura, con una sonrisa preciosa tendiéndome lo que sea que tiene en la mano.
Frunzo el ceño y lo cojo. Parece una llave antigua.
—¿Me has comprado un apartamento? —pregunto socarrón—. Es la inmobiliaria más rara que he visto en mi vida.
Eden tuerce los labios conteniendo una sonrisa. Yo la miro como si no entendiese nada. Y acabo consiguiendo que resople completamente exasperada. Automáticamente sonrío.
—Es un amuleto —me explica armándose de paciencia—. Una tradición italiana. Trae buena suerte en el ámbito profesional y también en el económico y se le considera un custodio del hogar y la familia. Si la llevas encima, ahuyentas la mala suerte de tu hogar.
Yo observo la pequeña llave dorada mientras el corazón empieza a latirme con fuerza.
—¿Dónde has aprendido eso? —pregunto y, sin quererlo, mi voz suena más ronca de lo que pretendía.
—En la revista de Mellow —contesta orgullosa.
Esa revista está dando para muchísimo.
—¿Y eso era lo que estabas buscando en los puestos? ¿Era por mí?
Eden asiente sin dudar, sin esconderse.
—Pensé que podría venirte bien.
El corazón ya no me late rápido, ahora lo hace desbocado porque, joder, lee algo así y piensa en mí, y lo busca, y se preocupa por mí y me cuida y yo... yo pienso en ella todos los putos días.
Sin entenderlo, sin pretenderlo, sin buscarlo, doy un paso hacia ella y deslizo mis manos por sus caderas, Eden contiene el aliento y una sonrisa pequeña y preciosa se cuela en sus labios.
—Tengo que pensar que te gusta.
—Me encanta —sentencio.
Su sonrisa se hace más grande, pero el hecho de que prácticamente la tenga entre mis brazos nos está ganando la batalla a los dos.
—Alex... —susurra.
—Por Dios —replico rápido a punto de echarme a reír porque esto me está sobrepasando, porque estoy nervioso y ni siquiera recuerdo la última vez que me sentí así, porque estoy a punto de perder el control—, tienes que dejar de hacer eso.
Eden frunce el ceño mirándome confusa.
—¿El qué?
—Llamarme así. —No aparto la mirarla de sus ojos. No quiero—. No puedo pensar cuando me llamas así.
Otra vez mi tono baja dos octavas al final de la frase.
En sus ojos puedo ver que está nerviosa como yo, expectante, sintiendo demasiado, y aun así también sé que no va a rendirse, que va a dejarse llevar un paso más lejos.
—Entonces, tú... tú vas a tener que parar de mirarme así.
—¿Por qué?
—Porque haces que todo parezca demasiado fácil.
Le sostengo la mirada un segundo para perderla a un lado justo después mientras me muerdo el labio inferior, otro segundo nada más porque, en realidad, no necesito más y devuelvo mi vista a ella.
—A lo mejor lo es, Lockhart.
Sé por qué lo dice. Sé por qué sigue estando asustada.
Pero también que nada de lo que está pasando desde que hemos llegado a Amalfi, los últimos tres meses, ha sido porque estuviera en el guion de ninguno de los dos.
Me valía lo que teníamos, a ella también, y, sin embargo, solo necesitamos dejarnos llevar un solo segundo para que nuestros cuerpos decidieran antes que nuestra cabeza.
Ella deja que atrape su mirada un momento más antes de bajar la cabeza, pero la puedo ver sonreír. Mi sonrisa preferida, la que esconde un poco de nerviosismo, la que está llena de expectación, de ser valiente, que no es perfecta, pero esconde tanto que es sencillamente preciosa.
—Voy a pagarlo —se escabulle de vuelta al puesto.
Yo la sigo con la mirada y tomo una bocanada de aire.
—No pasa nada, nena —susurro para mí—, puedo esperar todo el tiempo del mundo si la recompensa eres tú.