63 #3
—No deberías andar preguntando esas cosas —contesto haciéndome el remolón. No por qué no tenga una respuesta, sino por todo lo que implica, ni siquiera importa cuál sea.
—¿Por qué? ¿Te da miedo darme una respuesta?
—Creo que a ti te da miedo oírlo.
Ella niega con la cabeza y vuelve a inclinarse, desafiándome. El movimiento levanta levemente mi camiseta sobre su piel y nos hacemos más conscientes de dónde están mis dedos.
—No —responde en un susurro, valiente—. Quiero saberlo, Alex.
Sigo mirándola. Siempre me ha vuelto loco cómo lo hace ella, con toda esa curiosidad, esa confianza, esa familiaridad. Es un puto cóctel molotov.
—No —contesto sin una mísera duda, sintiendo cómo la seguridad me baña de pies a cabeza, haciéndome sonar duro—. No me arrepiento. ¿Y tú?
Ella suspira y vuelve a negar despacio con la cabeza sin apartar los ojos de mí.
—No —pronuncia y me da igual que sea una sola palabra porque es jodidamente sexy, sensual, ella.
—Pues tenemos un puto problema, Lockhart.
Porque yo pararía, aquí, ahora; me guardaría todo lo que quiero, las condenadas ganas, si ella hubiese dudado aunque solo fuese un poco, si algo me dijese que se siente incómoda.
Pero no es así.
La electricidad vibra entre los dos porque los dos la alimentamos.
Me echo hacia delante, sintiendo que el animal lo hace conmigo. Es instinto. Mi mano decide por su cuenta y riesgo y sube un poco más, paso bajo mi camiseta buscando piel suave, caliente.
Eden se echa hacia atrás despacio, apoyándose en el respaldo de la silla, probando, tentando, sin darse cuenta de que es exactamente eso, una jodida tentación.
Mis dedos recorren sus muslos. Su respiración se acelera y mi mente lo registra todo, saboreándolo, aprendiendo, recordando, jugando. Por qué ya sé cómo reacciona, qué sonidos hace, qué partes de su cuerpo tiemblan primero.
Se sonroja.
Me mata.
Me paso la lengua por el labio inferior con una sonrisa engreída en los labios, sigo el movimiento como si estuviese bebiendo de él.
Mi mano sube. No quiero perderme un solo segundo de su expresión. Es lo mejor de todo.
Mis dedos rozan el borde de sus bragas. Eden gime. Un sonido dulce, sorprendido, excitado, que se le escapa justo a la vez que cierra los ojos, que los deja así un segundo entero.
Joder.
Trago saliva.
Algo me arde bajo la piel.
Caos. Gana. Batalla.
La estoy tocando en mitad del salón, a plena luz del día, con todos en la casa, y casi me asusta lo poco que me importa porque nadie podría arrancarme de esta silla, la única que podría hacer que me levantara sería ella.
—Alex —susurra mi nombre.
La voz le sale rota. Me vuelvo adicto. Ya lo soy. Lo sé.
—Dilo otra vez —le ordeno.
La acaricio, despacio, casi efímero, justo cuando abre la boca para decir mi nombre.
—Alex —gime.
Y juro por Dios que no había oído nada mejor.
—Otra vez —le ordeno inclinándome un poco más sobre ella. La voz me sale más ronca. La respiración, más trabajosa.
Ella jadea. Echa el cuello hacia atrás. Un puto espectáculo.
Me mira a los ojos.
—Alex.
Podría pedirme lo que quisiera que se lo daría.
Pero, en lugar de pedir, da. Lentamente, con esa mezcla perfecta de nervios y deseo, separa las piernas apenas para mí.
El momento me atraviesa entero como un maldito rayo. Subo un poco más la mano. Le acaricio entre las piernas, de verdad.
Eden gime rápido.
Joder.
Está mojada para mí. Por mí. Esperándome a mí.
Entreabro los labios sin darme cuenta porque necesito que el aire entre rápido. Empiezo a mover los dedos, los cuelo bajo la tela.
—Mírame —le ordeno.
Eden está perdida en una nube de placer, gimiendo bajito.
—Mírame o pararé.
La voz me sale más firme, más arrogante, más salvaje. Todo es cierto porque me siento exactamente así.
Las tres palabras atraviesan el aire y llegan hasta ella. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, con la respiración perdida, Eden abre los ojos, me mira.
Esbozo una media sonrisa satisfecho y sigo moviendo los dedos.
Deslizo uno dentro de ella. Eden se lleva la palma de la mano rápido a la boca para no gritar y con la otra me agarra la muñeca con fuerza, casi desesperada, porque el placer la ha llenado por completo en un solo segundo. Me quedo quieto.
No hay nada que no sea ella.
No hay Amalfi.
No hay Italia.
Todo me importa menos que nada.
Me mira, vuelvo a esbozar una media sonrisa porque la conozco demasiado bien, porque no está confusa, está abrumada, pero mi chica no se asusta a la hora de sentir.
Se deja llevar y poco a poco empieza a mover sus caderas, solo una vez, cabalgando mi mano.
Mi sonrisa se ensancha, excitado y orgulloso.
Sigue moviéndose. Despacio suelta mi muñeca a la vez que baja la mano de su boca.
Empiezo a moverme yo. La embisto con el corazón al tiempo que el pulgar le acaricia el clítoris. Está cada vez más mojada.
Se coge a ambos lados de la silla. Gime cada vez más rápido.
Añado un segundo dedo.
—Alex —vuelve a gemir.
Sabe a triunfo.
Me muevo más rápido. Ella también. Dejo los dedos dentro, cubro su coño con mi mano, la muevo deprisa.
—¡Alex!
Esta vez soy yo quien le tapa la boca con la palma y Eden ahoga un grito en ella. Eden sonríe contra mi mano, excitada, confiada. Es fácil. Entre nosotros es jodidamente fácil.
Y brutal.
Sigo moviéndome, embistiéndola, reconociendo sus patrones, sus movimientos. Lo que le gusta y lo que le vuelve loca.
Y se corre.
En mi mano.
Mientras el sol de Amalfi nos cubre enteros.