63 #2
—Yo tampoco quiero andar.
Me echo a reír directamente mientras ajusto mejor a Eden sobre mi espalda.
—Pues búscate un multimillonario que te aguante.
—¡Eso intento desde 2018!
Eden se ríe bajito contra mi cuello y después apoya la barbilla en mi hombro con la cabeza girada hacia mí, esperándome. Yo también me giro y, en cuanto nuestras miradas se encuentran, sonríe, esa sonrisa pequeña, preciosa y auténtica que hace que todo valga la pena.
Salimos de la habitación y Ted nos sigue arrastrando los pies dramáticamente.
—No puedo creer que ella tenga servicio prémium y yo tenga que desplazarme como un campesino.
Los dos sonreímos. Justo después Eden bosteza bajito contra mi cuello y casi a la vez noto cómo algo se me ablanda en el pecho porque sigue medio dormida y está completamente confiada, relajada, segura encima.
Antes no me paraba a planteármelo, simplemente pasaba, pero ahora que lo hago me doy cuenta de lo raro que es, de lo especial, y de que, probablemente, no debería gustarme todo lo que me gusta.
Dejo a Eden sobre la encimera.
—Voy a soltarte —aviso—. Si vas a caerte como un dibujo animado es el momento de decirlo.
—Soy consciente de mis actos —responde ella.
—Qué aburrida —bromeo.
Ella me suelta los hombros, pero aprieta las piernas alrededor de mi cintura como venganza por semejante agravio.
Por inercia, sin ni siquiera ser consciente de ello, hago lo que he hecho un millón de veces, me giro con una media sonrisa en los labios, doy un paso más hacia ella y coloco las manos sobre el granito a ambos lados de sus caderas, inclinándome en el mismo movimiento.
Ella me mira, curiosa y hambrienta, y, joder, esa mirada me mata de demasiadas maneras.
—¿Qué? —pregunto arrogante, dejando que lo salvaje tome el mando por un solo segundo.
Ella quiere mantenerme la mirada, quiere seguir jugando, pero apuesto a que la imaginación le juega una mala pasada porque se sonroja y baja la mirada.
Yo me quedo observándola, sintiendo cómo la sangre se me vuelve adrenalina caliente en las venas.
Me inclino un poco más. Siento cómo su cuerpo se enciende, cómo el mío llama al suyo y lo encuentra.
—¿Serías tan amable de darme un respiro? —susurro en su oído.
Se tensa. Eso también lo noto y sé que es por pura confusión. Cuando me separo, Eden me está mirando con el ceño fruncido y me parece la cosa más adorable del mundo.
Yo le paso el pulgar por el entrecejo y le guiño un ojo justo antes de alejarme unos pasos hasta los fogones.
—La emperatriz ni siquiera toca el suelo ya —comenta Ted colocándose a mi otro lado.
—Correcto —contesta Eden solo para fastidiarlo.
—Cállate y ayúdame con el café.
—Encima tengo que servir en palacio —se lamenta con cara de horror absoluto—. Solo eres un esclavo con valores en bolsa —me advierte.
Tengo que luchar con todas mis fuerzas para no sonreír.
Ted y yo preparamos el desayuno mientras Eden nos observa sentada en la encimera. Me roba una fresa mientras las corto sobre la tabla y me aparta el flequillo de la frente para que no me moleste.
—¿La emperatriz desea también que la abanique? —pregunta Ted después de una reverencia.
—No estaría mal —responde Eden, casi como si le estuviese haciendo un favor a él.
Me echo a reír por la bajo mientras le doy la vuelta a las tortitas.
Ted me mira escandalizado.
—¡No la animes! —me riñe.
—Llegas años tarde para eso.
Eden sonríe encantada, mirándome, porque mi respuesta le ha gustado demasiado.
Giro la cabeza hacia ella y da igual que estemos separados un puñado de pasos, la conexión brilla, cargada de esa nueva fuerza absolutamente kamikaze.
—¿Qué huele tan bien? —la voz de Mellow llega antes que ella.
—Tortitas —responde Eden.
Un segundo después la pelirroja aparece en la cocina, justo detrás de Val, que lleva las gafas de sol como si fuera una estrella de rock la mañana después de los Grammy.
—Me están explotando laboralmente —se queja Ted.
—Nadie sabe lo dura que es la vida del multimillonario —lo compadece Mellow al tiempo que se ríe de él con un pucherito.
—Completamente —sentencia Ted llevando el bol vacío de la masa al fregadero.
—Las tres. Mesa —les ordeno.
Ted señala inmediatamente a Eden.
—¡Ajá! La emperatriz también.
Eden pone cara de absoluta traición.
—¿Te estás sublevando? —plantea entrecerrado divertida los ojos sobre él.
—¡Revolución! —grita, que es básicamente lo mismo que ver a la brigada antirrobo cantar el Bella ciao .
—Alex —me llama con ese tonito.
Yo me aparto de los fogones, manteniéndole la mirada.
—Estoy cansada —continúa con voz de pena y curvando los labios.
Será...
—Qué pena —replico.
—Realmente, estoy muy cansada.
Me humedezco el labio inferior conteniendo una sonrisa porque, incluso sabiendo que es completamente mentira, está a punto de ganarme.
Agarro el trapo de cocina que tengo en la mano, lo estiro y le doy un golpe suave en el culo.
—A trabajar, nena.
Eden se baja de un salto entre risas.
—Eres un desalmado —se queja cogiendo los platos y caminando hacia la mesa, pero cuando se aleja puedo ver que esboza una sonrisa.
Me quedo mirándola un segundo de más, dos, tres, cuatro, ¿a quién demonios le importa?
—Bien hecho, hermano esclavo —me felicita Ted sacándome de mis nada inocentes pensamientos.
Un par de minutos después nos sentamos a desayunar. Los planes empiezan a aparecer uno detrás de otro: el puerto, la playa, visitar el pueblo, alquilar un barco...
Eden está sentada a mi lado como siempre, robándome comida sin ningún remordimiento.
—¿Puedes dejar de robarme comida? —me quejo.
—Error —me corrige Ted—. La emperatriz no roba, redistribuye.
—Efectivamente, Theodore.
Me sonríe. Juro por Dios, la sonrisa más insolente que he visto en todos los días de mi vida.
—Además, no estoy robándote nada —replica mientras coge mi taza de café y bebe directamente de ella justo de antes de reírse encantada por estar haciendo maldades.
—Eres una salvaje —protesto.
—Es que no sé por qué pero el café siempre está más bueno en tu taza —me explica encogiéndose de hombros, siendo completamente adorable.
Yo acabo negando con la cabeza, pensando en la facilidad con la que invade mi espacio como si fuera suyo, da igual si es mi coche, mi despacho, mi taza de café.
—Eres imposible —sentencio, pero estoy conteniendo una sonrisa y ella se da cuenta.
Me la devuelve y sigue charlando con Val mientras yo lo hago con Ted.
Mi mano termina en su rodilla debajo de la mesa mientras los dos seguimos atentos a nuestras conversaciones.
Sin pensar. Solo porque sí. Porque llevo toda la mañana buscándola constantemente.
Eden no dice nada, no me mira, solo mueve un poco la pierna, acomodándose, poniéndome más fácil llegar a ella.
—Entonces, ¿por dónde empezamos? —plantea Val.
—El puerto, por favor —pide Mellow juntando las palmas de las manos delante de la barbilla.
—El puerto estaría bien —dice Eden con esa voz dulce que le sale sin darse cuenta. Solo que ella no lo dice a la mesa, lo dice mirándome a mí y sé que tampoco se da cuenta de eso.
Yo la miro. Joder. Pero ni siquiera tengo nada de pensar si me lo pide así.
—Claro —contesto.
Ted deja su taza sobre la mesa.
—Ya ni siquiera lo piensa —comenta señalándome.
Eden no lo escucha, solo apoya su barbilla en mi hombro, con la mirada iluminada porque la he hecho feliz con algo que puede parecer pequeño pero que para ella es enorme porque son a esas cosas a las que Eden les da valor.
—Porque Alexander Vandervilt perdió cualquier autoridad con Eden Lockhart en el 2021 —se ríe Mellow de mí.
—En el 2020 —la corrige Val.
Mi mano aprieta suavemente su rodilla debajo de la mesa.
Ted se incorpora de golpe.
—Necesito una ducha antes de ver italianos perfectos y sentirme peor conmigo mismo.
Mellow se levanta también.
—Tengo que preparar un conjunto a la altura —comenta—. Voy a comprarme un montón de sandalias.
—Tú te duchas, tú te preparas, yo me hecho una siesta reparadora de diez minutos —anuncia Val dirigiéndose hacia la habitación también.
—Si no hace ni una hora que te has despertado, ¿sigue considerándose siesta? —plantea Ted.
—Lo importante es el espíritu, Teddy.
Desaparecen al otro lado de la casa y los dos nos quedamos solos. Parece una obviedad, lo es, pero es que el puto aire ha cambiado, sin preámbulos, sin concesiones.
La miro. Eden está jugueteando nerviosa con su taza de café porque también nota toda esta electricidad que nació ayer, como si hubiésemos activado un maldito volcán a nuestros pies y ahora todo fuera caliente y fuego donde antes el universo lo mantenía todo cuidadosamente contenido.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice.
—Contigo eso nunca suele ser buena señal.
—Haces bien en pensarlo —sentencia bajito, entrecerrando los ojos e inclinándose sobre mí.
Yo esbozo una media sonrisa y mi atención vuela a su boca. Eden se da cuenta y su respiración se acelera ligeramente.
Es como dar y tomar, rápido, como provocar y reaccionar, como pedir y, joder, que te den exactamente lo que quieres.
—La pregunta —digo mirándola a los ojos, torturándola.
—¿Qué? —contesta como si acabase de volver a la realidad y ni siquiera hubiese sido capaz de escucharme.
«¿Qué estaba pensando esa cabecita, nena?»
Me pregunto si nos habrá imaginado. ¿Qué piensa que le hago? ¿Qué quiere que le haga? Estoy más que dispuesto a cumplir fantasías.
Ella vuelve a mirarme a los labios y aprovecho para volver a hablar.
—Tenías una pregunta para mí.
Eden sigue cada movimiento de mi boca, hechizada. Mi cuerpo se revoluciona satisfecho y saco pecho arrogante porque ella me alimenta, porque llevo toda la vida pensándolo y jamás me he equivocado. Eden me hace sentir invencible.
Al darse cuenta de que estoy jugando, un poquito, con ella, Eden se endereza en su asiento, torciendo los labios para contener una sonrisa. Fracasa. Me pone.
—Te lo estás pasando demasiado bien, ¿verdad? —me ataca.
—No lo dudes —contesto encantado conmigo mismo.
No me muevo. Mi mano sigue en su rodilla. Los dos lo sabemos.
—¿Te arrepientes de lo que paso anoche? —me lanza sin paños calientes.
Yo le mantengo la mirada.