La noche que encendimos Nueva York 63
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Alexander

—¡Necesito asilo político! —entra gritando Ted.

Eden da un botecito en la cama pegándose más a mí, asustada por el ruido, pero, en cuanto reconoce la voz, rompe a reír.

Yo no. Yo quiero asesinarlo.

—¿Qué coño haces? —gruño.

Él no se queda en la puerta, avanza despeinado y en pijama con cara de pocos amigos.

—Mellow se ha metido en mi dormitorio, ¡y me ha echado!

Ha dicho que no podía compartir cuarto con Val porque es una tramposa patológica.

Yo he ido a la habitación de Val para dormir allí y me ha echado también porque dice que el tramposo patológico soy yo —cuenta indignadísimo, rodeando la cama para meterse en ella.

—Fuera de mi habitación —le dejo clarísimo.

Ted ni siquiera me mira y se sienta en la cama.

—¡Todos saben que el tramposo eres tú! —me acusa—. Así que voy a dormir aquí para que reflexiones sobre tus actos.

Eden estalla en carcajadas otra vez contra mi pecho y, en serio, yo voy a matar a Ted, lenta y dolorosamente.

Pero entonces mi cerebro entiende una cosa importantísima. Se ha metido en la cama por el lado de Eden.

Ni de puta coña.

No lo pienso. Actúo. Agarro a Eden de las caderas y la paso sobre mi cuerpo al otro lado. Ella suelta un gritito por la sorpresa, pero no para de reírse.

—¡Alex! ¡¿Qué haces?!

La dejo sana y salva de nuevo sobre el colchón y vuelvo a acomodarla contra mi pecho.

Ted frunce el ceño con esa expresión tan suya de aristócrata recién levantado observando los restos de su propia fiesta.

—¿Qué haces? —pregunta con la voz más aguada de lo normal.

—Tú duermes ahí.

—¿Tienes doce años?

—Lo que tengo es paciencia limitada y capacidad económica para hacerte desaparecer en el Mediterráneo. Elige bien.

Eden sigue riéndose, pasándoselo de cine a mi costa mientras yo lucho con el intruso.

—Te has puesto en modo dragón defendiendo un cofre de monedas de oro —protesta Ted tumbándose.

—Tú te has colado aquí sin que nadie te invitara.

—Te lo he dicho, necesito asilo político.

—Sois muy divertidos —nos fastidia Eden, pero la muy maldita sigue acurrucada bajo mi brazo, con los suyos cruzados sobre mi pecho y la cabeza apoyada en ellos como si estuviera viendo su propia sitcom .

—Ah, pero si el osito amoroso ahí escondido habla —replica Ted.

—Sí —responde ella con ese tono dulce e insolente—, y está encantado con este momento Brokeback Amalfi millonario que os estáis montando. Puedo dejaros solos.

Será...

Le doy un pellizco en la cadera y ella rompe a reír, encogiéndose.

—Los que se pelean, se desean —insiste entre carcajadas.

—Échala de aquí, Alex —me azuza Ted—. No nos comprende.

—Yo no te comprendo —replico.

—Soy complicado. —Se toma un segundo como si cayera en la cuenta de algo—. Interesante, elegante, complicado.

—Tramposo —continúa Eden por él.

Noto su sonrisa vibrar por mi cuerpo mientras vuelve a acomodarse. Su mano en mi estómago, sus piernas enredadas con las mías, completamente pegada mí, robándome todo mi espacio personal, y yo la dejo, siempre la dejo.

—Necesito amigos nuevos —resopla Ted.

—Deberías empezar a buscarlos ya —lo animo.

—¿Siempre dormís tan juntitos? —pregunta girando la cabeza hacia nosotros.

—Cállate y duerme —le ordeno.

—Cuanta hostilidad —replica melodramático llevando la mirada al techo de nuevo.

***

La luz me despierta. No es incómoda, la orientación de la ventana lo impide, pero es imposible no darse cuenta de que ya es de día.

Lo siguiente que siento es calor y algo haciéndome cosquillas en la barbilla.

Bajo la mirada y me encuentro con una cabeza de pelo castaño.

Eden sigue acurrucada contra mí, con los brazos escondidos entre los dos y nuestras piernas aún más enredadas que ayer.

La he abrazado con fuerza incluso dormido y no puedo evitar pensar que es porque, incluso inconsciente, ella consigue metérseme bajo la piel.

Me gusta esto.

Me gusta que esté aquí, despertarme así.

Vuelvo a mirarla y mis ojos se fijan en mi camiseta, en cómo se le ha subido lo justo para que el inicio de la curva de su culo quede al descubierto.

Un puto millón de fantasías en un puto segundo, eso es lo que siento, y la idea de que, si las cumpliese, la realidad superaría la ficción cada vez.

Ella suelta un gruñidito, hace algo parecido a estirarse, pero solo me está buscando. Levanta la cara sin separarla de mi brazo que usa como almohada y la hunde en mi cuello.

Joder.

Joder. Joder. Joder.

Cierro los ojos, humedeciéndome el labio inferior, disfrutando de que haga eso. Activa todas mis malditas sinapsis nerviosas, mi cuerpo, al animal, todo, como si me estuviera diciendo «Estoy aquí, Alex», y yo solo puedo pensar en movernos y que esté debajo de mí.

Debería contenerme, pero cada vez hay más cosas que están alcanzado el rango de imposibles.

Bajo la mano y dejo que dos de mis dedos acaricien su rodilla. Me vuelve loco su piel. Está caliente, suave. Subo despacio. Solo esos dedos porque es una caricia, pero también una tortura.

Su muslo, la piel del interior.

Eden gime contra mi piel, perezosa, somnolienta, y una media sonrisa se cuela en mis labios.

—Alex —murmura.

Lo que no sabe es que, cada vez que pronuncia mi nombre así, con la voz un poco rota, con el deseo poniéndole complicado respirar, me hace perder el poco sentido común que me queda.

Subo hasta su culo, hasta el final de mi camiseta. Me freno ahí. Respirando mal. Imaginándomela. Jugando a eso tan peligroso de retrasar los placeres.

Se contonea suavemente, pidiéndome sin palabras que siga. Mi sonrisa se ensancha justamente por eso y por eso también me quedo quieto.

Eden deja escapar un suspiro decepcionado contra mi cuello y tengo que morderme el labio inferior para dejar de sonreír.

Pero, entonces, el aire caliente que sale de su boca incendia mi piel y multiplica las ganas, haciéndome aún más consciente de que la tengo entre mis brazos, pegada a mí.

Ella también se da cuenta de cómo reacciono. Me acaricia con la punta de la nariz. Tenso la mandíbula. Me besa en el cuello. Mis manos se aprietan en su piel.

Me afecta mucho más, más fuerte. No entiendo por qué, pero me da igual. Me encanta.

—No me hagas hacer algo que no quiero —susurro en su oído, besando después la piel justo de debajo.

Ella se estremece por el suave contacto.

—¿Y qué no quieres hacer?

—Matar a Harry Styles y lanzarlo al mar.

Eden me oye, racionaliza lo que he dicho y rompe a reír. Se asoma por encima de mi hombro al tiempo que yo giro la cabeza lo estrictamente necesario y los dos vemos a la vez a Ted, moviéndose hasta que estira los dos brazos como las aspas de un molino, atravesado en la cama.

Todavía con la sonrisa en los labios vuelve a apoyar la mano en mi pecho, yo vuelvo a mirar hacia ella y nos encontramos. Otra jodida vez. Siempre.

—Hola —murmura bajito.

Ya está despierta del todo. El pelo castaño y revuelto cayendo sobre la cama, los ojos todavía un poco hincados por el sueño. Sus labios, en los que estoy empezando a pensar mucho más de lo que debería, ligeramente entreabiertos.

—Hola —respondo.

Noto algo peligrosísimo golpearme detrás de las costillas una y otra vez al verla tan cómoda aquí, tan feliz.

—Buenos días, señor y señora Vandervilt —oigo a Ted saludar a mi espalda.

Eden sonríe, aguantándose las ganas de reír otra vez.

—Cállate —respondo automáticamente.

Eden no puede más y rompe a reír.

—No me puedo creer que me hayas relegado al lado triste de la cama —se queja colocándose de lado, con el codo apoyado en el colchón y la mano en la mejilla.

—Querrás decir que te has quedado con media cama —lo corrijo.

—Lo he hecho para sentirme menos solo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—En mi universo, sí. Tengo hambre —anuncia dejándose caer de nuevo bocarriba y bostezando.

—Qué novedad —comenta Eden.

—Necesito azúcar. Y café. Muchísimo café. Y probablemente terapia después de compartir cama con la versión mediterránea de Jack y Rose.

Eden busca mi mirada con una sonrisa que conozco demasiado bien.

Esa sonrisa siempre me mete en problemas.

—¿Podemos desayunar tortitas con Nutella?

Lo pregunta de esa forma... como si ya hubiera decidido que voy a decir que sí antes incluso de abrir la boca.

—Claro —respondo.

Ted suelta un resoplido ofendidísimo.

—¿Por qué a ella le hablas como si fuera una princesa?

—Créeme —replico levantándome—, no quieres que te conteste a eso.

—Porque lo soy —sentencia Eden divertida, todavía tumbada en la cama y con cero remordimientos.

—Por eso tu relación con el señor oficina no funcionó —replica Ted moviéndose en la cama hasta quedar bocabajo, más cerca de ella, y apoyando otra vez los codos en el colchón para poder señalarla—. El señor arrogante te está malcriando.

—No necesito a nadie que me malcríe —responde ella mirándolo con esa insolente sonrisa—. Me basto yo solita. He aprendido del mejor.

—¿De quién?

—De ti, heredero Steele.

Eden estalla en risas otra vez, Ted quiere mirarla mal, pero no puede porque le ha hecho gracia de verdad y acaba torciendo los labios para contener una sonrisa. Además, creo que se siente extrañamente orgulloso.

—Vamos a desayunar —los llamo.

Eden hace el ademán de incorporarse, pero, en cuanto el movimiento requiere un mínimo esfuerzo, se deja caer de nuevo sobre la cama.

—¿Qué pasa? —pregunto con una tenue sonrisa en los labios.

—No quiero andar.

Ted se ríe.

—Dios mío, qué dramatismo —dice.

—Es muy temprano —protesta ella— y estamos de vacaciones.

No sé qué me hace más gracia: la excusa o la absoluta confianza con la que da por hecho que voy a solucionárselo.

Resoplo una risa y aparto las sábanas.

—Vamos, nena —la llamo quedándome de pie junto a la cama.

Eden ya está sonriendo incluso antes de que me ponga de espaldas.

—No me jodas —alucina Ted.

—Sube.

Ella se encarama inmediatamente a mi espalda y suelta un ruidito satisfecho cuando la levanto mientras sus brazos se deslizan suaves sobre mis hombros y sus piernas rodean mi cintura con toda esa naturalidad.

No puedo evitar que mi cuerpo reaccione a la sensación de tenerla pegada a mí, pero otra vez la disfruto.

Ted nos observa desde la cama con expresión de víctima absoluta.