La noche que encendimos Nueva York 62
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Alexander

Ted, Val y Mellow colonizan el salón en cuestión de segundos mientras yo solo puedo pensar en lo que ha ocurrido en ese mismo sofá hace treinta putos minutos.

He follado con muchas chicas en mi vida. No me estoy vanagloriando, es un hecho, y, sin embargo, con ninguna de ellas me he sentido como con Eden, aunque ni siquiera nos hayamos quitado la ropa.

Sexo seco y ha sido la hostia. Tengo ganas de reírme y de aullar y de llevármela arriba para hacer todas las cosas que llevo media hora imaginándome.

—Tú, las cartas —le ordena Val a Ted—. Tú, el alcohol —continúa con Mellow—. Tú... —se gira en busca de Eden. La señala y acaba frunciendo el ceño— ¿por qué pareces culpable?

Eden abre la boca y vuelve a cerrarla sin saber qué decir hasta que finalmente resopla.

—Alex no ha dejado de trabajar ni un segundo —miente descaradamente—. Es agotador.

—Lo sé. La culpa es de su padre. De pequeño le hacía ver Wall Street en lugar de Barrio Sésamo .

Me sonríe ensenándome todos los dientes después de haberse reído de mí y echa a andar hacia el mueble donde dejó el altavoz portátil.

—Hermanita, tú los snacks . Vandervilt, tú busca algo que podamos usar de fichas de póquer —nos ordena sin volver a mirarnos.

Me inclino sobre Eden.

—Relájate —le digo.

Distraídamente le acaricio el bajo de la camiseta, la piel que marca la frontera, lo que he hecho millones de veces, pero ahora es diferente porque los dos somos conscientes del contacto, como si nos hubieran arrancado una capa de piel y nos hubiesen dejado en carne viva.

La recuerdo gimiendo y todo mi cuerpo se llena de adrenalina y ganas en una sola milésima de segundo. Brutal.

Eden me mira y sé que ella también lo ha sentido: la punzada de deseo atravesando el cielo y estallando como fuegos artificiales.

Carraspeo y nos obligamos a movernos.

La partida de cartas, póquer estilo Texas Hold’em, dura diez minutos antes de descontrolarse.

Val empieza a gritar que somos todos unos tramposos, Mellow la acusa de acusar para no ser acusada.

Eden se muere de risa. Mientras, Ted me observa perspicaz y me dice que sabe que sé que sabe que yo soy el tramposo.

Me niego a contestar esa afirmación y aprovecho el jaleo para deshacerme de los dos ases que tenía escondido bajo la pierna del bañador.

—¡Pareces muy inocente, pero eres un terror! —le grita Mellow a Eden y le lanza un cojín.

Ella se mueve muriéndose de risa para esquivarlo y prácticamente se echa sobre mí.

Yo la sujeto por la cintura para impedir que acabe en el suelo.

Como siempre. Natural. Pero otra vez parece diferente.

Muy diferente y al mismo tiempo demasiado igual para que las alarmas salten.

Es como el agua colándose entre las piedras sin hacer ruido, sin romper nada, pero destrozando todas tus defensas.

Nos miramos a los ojos. Nuestras respiraciones se vuelven un poco más rápidas. Sonreímos y no sé si dura un segundo o toda la vida. Eso es lo peligroso con Eden: la facilidad. No tengo que pensar. Solo hacer lo que quiero hacer.

Me controlo a duras penas y vuelvo a incorporarnos a los dos hasta que estamos perfectamente sentados. Estos están tan enfrascados llamándose tramposos rastreros que no se dan cuenta.

Seguimos jugando, bebiendo, escuchando canciones italianas demasiado antiguas, pero que, por algún extraño motivo, jamás pasarán de moda.

Aguantamos otros veinte minutos antes de que Val le tire las cartas a la cara a Ted y todo se convierta en un caos inmediato. Mellow grita llamando a la revolución. Ted amenaza con echarlas de la villa.

Eden se mueve más cerca de mí para esquivar una lluvia de cacahuetes y termina prácticamente pegada a mi costado. La rodeo automáticamente con el brazo, protector, y el tirón vuelve, pero no me muevo, lo disfruto, joder, lo siento atravesarme entero.

Ella se acomoda mejor bajo mi brazo y azuza a su hermana.

—Ha sido Mellow. Yo la he visto, Val. Está poniéndote en contra de Ted para eludir responsabilidades.

—¡Mujer justa! —grita Ted.

—¡Traidora! —replica Mellow.

Y una nueva lluvia de palomitas aparece desde Dios sabe dónde.

El salón huele a sal, a alcohol y a verano y por primera vez todo vuelve a sentirse manejable.

***

Eden está sentada pegada a mí. No conscientemente. Nunca es consciente de ello. Simplemente siempre termina aquí. Nuestras piernas y nuestras rodillas se rozan cada pocos segundos y mi brazo descansa estirado sobre la espalda del sofá tras ella.

—Si pierdo esta partida, pienso denunciaros a todos —avisa Ted repartiendo una nueva ronda de cartas.

Eden se inclina para coger su spritz de la mesa y, antes de que el pensamiento cristalice en mi mente, bajo la mano y sigo su columna con la punta de los dedos hasta acabar en la parte baja de su espalda. Ella se arquea sintiendo las cosquillas.

—¡Alex! —se queja.

Yo sonrío mientras sigo mi mano con la mirada.

Ella me observa por encima del hombro y me devuelve el gesto. Otra vez todo parece igual y diferente y por eso tardo un segundo de más, que solo notamos los dos, en apartar los dedos de su piel.

—¡¿Cómo es posible que haya seis ases?! —se queja Mellow—. ¡Solo estamos jugando con una baraja!

—Sois lo peor de verdad —se queja Eden fingiéndose indignada.

—¡Tú has sacado dos reyes de picas! —cae en la cuenta Ted, separando las cartas que ha dejado sobre la mesa.

Eden rompe a reír. Esa risa suya que no es contenida ni elegante, que la hace echarse hacia atrás, cerrar los ojos. Una risa completa y absolutamente auténtica y feliz.

Yo me quedo mirándola sin buscarlo, otra vez, como toda la noche en realidad.

Ella se da cuenta. No me mira pero lo sé.

La conozco. Se muerde el labio inferior y vuelve a coger su copa porque ahí está otra vez, la tensión nueva, la conexión, las ganas flotando entre nosotros, como si bajo la superficie hubiese una conversación secreta que solo nos atañe a nosotros.

Me termino el whisky de un trago y me fuerzo a mirar las cartas.

—Eso es lo más indignante —continua Val bebiendo de dos pajitas unidas para alcanzarlas sin tener que mover la copa—, ni siquiera os molestáis en hacer trampas decentes.

La música ha ido avanzando de Raffaella Carrà a Toto Cutugno, pasando por Ornella Vanoni.

Ahora Lucio Battisti suena despacio, bajito, mientras, poco a poco, nos vamos calmando, acomodándonos, alrededor de la mesa.

Es nuestra versión de las noches largas donde al final solo acabamos disfrutando del silencio y riendo suavemente hasta que el primer valiente dice:

—Me retiro. —Esta vez es Val—. Me muero de sueño y no me caéis bien —añade levantándose.

—Te acompaño —la sigue Mellow—. Mañana quiero ir al puerto temprano de compras.

—¿Por qué? —me lamento.

Eden está acurrucada contra mi costado, con un brazo sobre mi estómago y una pierna sobre las mías.

—Porque no voy a dejar pasar la oportunidad de comprarme un vestido de verano en el lugar de verano más icónico del planeta. Es como si tú fueras al distrito financiero y no oparas hostilmente a alguien.

—¿ Opara ? —parafraseo frunciendo el ceño.

—Sabes que lo haces —me acusa señalándome.

—Buenas noches —se despide Eden con la voz llena de sueño.

Las dos responden. Val añadiendo un «enana» al final.

Yo sonrío. La verdad es que sí.

Me incorporo lentamente para dejar la copa en la mesa y Eden suelta un gruñidito cansada cuando mi movimiento la hace tener que moverse a ella.

—Hora de irse a la cama, nena —le digo con voz suave.

Ella suelta un largo suspiro y tuerce los labios en un pucherito.

—Estoy literalmente demasiado cansada para andar.

Yo la miro y sonrío. Esto también es muy común cada vez que acabamos así.

—Vamos —le digo levantándome.

—Alex —murmura alargando las vocales, con ese tono mitad exigencia, mitad súplica, sabiendo que voy a ceder y, joder, claro que cedo.

—Sube —digo dándole la espalda.

Eden sonríe al instante. Un segundo después sus brazos rodean mi cuello, sus piernas, mi cintura, y su cuerpo se pega completamente a mi espalda.

Caliente.

Suave.

Demasiado.

Y yo lo noto todo aunque no debería.

Maldita sea. No debería afectarme así llevar a Eden a caballito, pero es que ahora recuerdo estos mismos brazos rodeando mi cuello y hundiendo la cara contra mi piel mientras gemía, mientras se corría; cómo se movía encima de mí.

Aprieto la mandíbula y literalmente me obligo a no estrechar las manos sobre su piel.

Ella acomoda la cabeza contra mi hombro suspirando feliz, completamente relajada, como si este fuese su sitio favorito del mundo.

—Buenas noches, Teddy —se despide.

—Buenas noches, peque.

Cruzo el salón y subo las escaleras mientras suena una puerta a lo lejos, un grifo, una risa.

—Pesas mucho —miento.

Resopla contra mi cuello y me muerde el hombro por encima de la camiseta.

Yo resoplo una risa.

—Animal —me quejo divertido.

Ella sonríe orgullosa y traviesa.

—Has empezado tú.

La dejo en la cama y me vuelvo para cerrar la puerta.

—Gracias —dice escabulléndose de inmediato entre las sábanas hacia su lado y tumbándose sobre las almohadas.

La sigo con la mirada y el corazón empieza a latirme con fuerza porque ahora mismo me parece jodidamente dulce, jodidamente adorable, pero también sexy y mía, como si fuera una combinación demasiado peligrosa para hacerme sobrevivir a esta noche.

Me llevo las manos a la espalda y me quito la camiseta. Por un momento creo que no debería haberlo hecho porque la mirada de Eden cambia; no la aparta de mí y consigue que el aire, despacio, se llene.

Con toda probabilidad, es una pésima idea que durmamos juntos esta noche, pero ninguno de los dos lo dice, ninguno quiere salir de aquí.

Apago la luz y la estancia se queda levemente iluminada por las luces de Amalfi, de la carretera de la playa y de la luna al otro lado de la ventana con postigos de madera.

Me meto en la cama solo con el pantalón de pijama, al que me cambié hace unas horas cansado del bañador.

Los dos bocarriba.

Los dos respirando pesado.

Los dos muy quietos.

Es ella la primera que avanza, lento, probando. Se acurruca hacia mí. Su frente me acaricia el brazo, casi el hombro. Mi pierna se mueve buscando la suya. Otro roce, otra llamada, otra oportunidad que los dos perdemos de decir hasta aquí.

Extiendo el brazo. Ella se pega a mí. Su mano en mi pecho. Su cara escondida en mi cuello. Por Dios, adoro que haga eso. Mi cabeza baja, le acaricio la sien con la nariz mientras la estrecho un poco más.

—Alex —me llama y el sueño sigue ahí, haciéndola sonar un poco más vulnerable.

—¿Qué?

—Esto me gusta demasiado —confiesa.

La frase me pega fuerte, como si la hubiese dicho con esa intención aunque sé que no, Eden no es consciente del efecto que tiene en mí, y yo otra vez tengo que atarme en corto, muy en corto.

—Eres un peligro —sentencio esbozando una sonrisa que le hace temblar la piel.

—¿Uno bueno o uno malo?

—Que lo preguntes ya debería darte una pista.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que pienso darte.

—Eres insufrible.

Sonrío por su reacción.

—Me lo voy a tomar como un cumplido —decide al cabo de un puñado de segundos, refiriéndose al principio de la conversación.

—Me parece justo.

Mi mano decide por su cuenta y trepa por la piel de su brazo. Ella se acomoda un poco más contra mí. Debería parar, pero no lo hago y bajo un poco más, por su espalda.

Eden suelta un ronroneo.

—¿Quién es un peligro ahora, Vandervilt? —murmura.

Yo me humedezco el labio inferior.

—Te juro que lo sigues siendo tú, Lockhart.

Ella rompe a reír y ahí ya sé que estoy condenado. Me muevo para que estemos frente a frente. Nos recolocamos tan rápido que da miedo y nos quedamos en esa cama cerca, muy cerca, mirándonos en una habitación casi a oscuras.

Sus ojos vuelan a mis labios.

Mi mano se hace más posesiva en su cadera.

—Alex —repite mi nombre y, joder, el animal se relame satisfecho.

—¿Qué?

Y la puerta se abre de golpe.