La noche que encendimos Nueva York 61
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Eden

Nos quedamos mirándonos a los ojos. No sé cuánto tiempo pasa. Diez segundos. Diez minutos. Una hora. Todas podrían ser correctas.

¿Qué hemos hecho?

Los sonidos vuelven despacio, colonizando el espacio que habían perdido: las motos, el mar, las risas...

Yo... Estábamos hablando sobre tonterías, comiendo patatas, siendo nosotros... Y, de pronto, hemos seguido siendo nosotros pero es como si esa palabra se hubiese expandido hasta alcanzar límites nuevos sobre el infinito.

Maldita sea, qué cursi.

Y qué acertado.

Buzz Lightyear conoce a Barbra Streisand, así me siento.

Maldita sea, de nuevo, qué pensamiento tan ridículo para un momento como este.

¡He tenido sexo seco con Alexander Vandervilt en un puñetero sofá!

Me levanto de golpe, pero estoy muy nerviosa, así que el movimiento me sale demasiado torpe y estoy a punto de caerme. Él se mueve rápido, se inclina y me estabiliza con sus manos en mis caderas. De repente el mundo vuelve a apagarse.

Literal.

Bajo la mirada, él levanta la suya y nos encontramos a medio camino de esto que no sé si es una malísima idea, un error sumamente desafortunado o mi vida, completándose por fin, en Amalfi, en la villa de Ted I.

No sé si quiero reír.

Si quiero llorar.

Si quiero volver a sentarme encima de él.

Posibilidades .

Nunca una palabra había sonado tan peligrosa en la historia de la humanidad.

—Teng... tengo —señalo, pero, en realidad, no sé dónde apunto—. Tengo que subir... Yo... tengo que hacer pis —añado rapidísimo.

Y mentalmente me flagelo porque es la peor excusa mezclada con la más estúpida y menos glamurosa para decir en un momento así.

Intentas parecer Verónica Lake, te despistas un segundo y terminas convertida en un personaje de dibujos animados raros de serie de la HBO protagonizado por un caballo con gafas de sol.

Alex me sigue mirando.

—Claro —dice al fin.

Pero yo lo conozco y sé que ahora mismo se está conteniendo, ¡lo que no mejora nada el caos que tengo dentro!

Porque me da más posibilidades, estúpida palabra.

¿Quiero que se contenga? ¿De verdad? ¿O quiero que me tumbe sobre el sofá, me arranque la ropa y me folle hasta que pierda la capacidad cognitiva de preguntarme si mi vida es una mala idea?

Dios.

Tengo que salir de aquí.

Me tiraría por la terraza esperando caer en el mar, pero seguro que lo haría encima de algún italiano, Alex se pondría en plan territorial y yo tendría que pensar otra vez en posibilidades.

—Humm... Yo... subo —repito, y debería moverme, pero no me lo hago.

Veo el paquete de patatas vacío a un lado del sofá y me doy cuenta de que ellas son las culpables de todo. Yo te maldigo, señor San Carlo.

Vale, ya no solo tengo que salir de aquí. Ahora, con toda probabilidad, debería acudir a terapia.

Sal.

Ya.

¡Tía!

Mando por fin el impulso eléctrico a mis piernas, inicio el movimiento de alejarme, pero entonces Alex hace algo que destruye la poca claridad mental que me queda porque, al notar que voy a apartarme, sus manos me aprietan posesivas las caderas por encima de mi vestido.

Solo un momento, pero yo lo siento en todo mi cuerpo, como si estuviese llena de letreros de neón y él hubiese pulsado el botón que los iluminara.

Volvemos a mirarnos. Más corto esta vez.

—Subo —repito con cero convicción, aunque sé que tengo que hacerlo.

—Sí —contesta Alex.

Me suelta y empiezo a moverme, pero es raro y confuso, como si los dos estuviésemos luchando contra una fuerza cuyo único objetivo fuese mantenernos juntos.

Cierro la puerta de la habitación, avanzo hasta el centro de la estancia mordiéndome la uña del pulgar, pero antes de llegar vuelvo a girarme y antes de llegar de nuevo a la puerta, me vuelvo otra vez. Porque en realidad no sé a dónde quiero ir, pero tengo que moverme.

—No es tan raro —murmuro para mí—. Somos adultos, jóvenes, sexualmente activos. No es tan raro —me lo repito con una extraña mezcla entre ser vehemente e intentar quitarle toda la importancia del mundo.

Funciona, durante tres segundos exactamente en los que incluso sonrío aliviada, pero después... caos emocional cerniéndose sobre la pobre Eden Lockhart.

Decido cambiarme. Emplearé mi energía en algo y me desharé de este estúpido vestido que huele a Alex, a patatas riquísimas y a haber perdido el sentido común, en ese riguroso orden.

Menos de un minuto después he cumplido la misión y empiezo a moverme de nuevo, como un ratoncito encerrado en un laberinto, mordiéndome las uñas otra vez antes siquiera de registrar cualquiera de esos movimientos.

¿Por qué no probamos a analizar esta situación como una persona normal?

Me siento en el borde la cama, respiro hondo con los ojos cerrados, moviendo la mano, tratando de ser zen... pero entonces me doy cuenta de que la camiseta que llevo es de Alex.

No de Ted.

No de Val.

No de Mellow.

¡No de un maldito desconocido que a estas alturas de mi vida me sería más fácil de asimilar, aunque implicara que me está espiando detrás de las paredes como el stalker de un dark romance con mucho tiempo libre y habilidad para el bricolaje!

Es que es mi lugar seguro.

El pensamiento llega tan rápido que asusta, pero es la verdad. Alex es eso para mí. Es mi rutina, mi comodidad, lo que me hace feliz... mi hogar.

Me paso las manos por el pelo.

—Estoy bien jodida.

Y lo peor es que objetivamente no tiene sentido. Está como un queso, verdad indiscutible, es bueno conmigo, mi persona favorita, está enamorado de mí, yo lo estoy de él. ¡Debería estar dando saltos en una nube! ¡Pero es que también tengo muchísimo miedo!

Miedo de que vuelva a hacerme daño, lo cual es obscenamente injusto porque lleva meses demostrándome que no, porque hace mucho que entendí por qué hizo lo que hizo aunque todavía duela pensar en ello.

Y también tengo miedo de que salga mal y perder a Alex, porque francamente no puedo vivir sin él.

Qué demodé, ¿verdad? Pero es que es así desde la primera letra a la última, desde los dedos de mis pies hasta mi último pelo.

Ni quiero ni puedo ni sé vivir sin Alexander Vandervilt.

Y soy una malísima persona, de eso también soy consciente, porque la relación que teníamos me permitía tenerlo cerca sin tener que arriesgarme.

Pero lo peor es que tengo miedo a dejar de tener miedo porque, cuando eso pasa, todas las barreras, las corazas que te has construido para sobrevivir, se caen, incluidas las que necesitas más que nada o crees necesitar y, si yo me permito hacer eso, voy a volver a entregarme con todo lo que soy, que suena muy bonito, y con franqueza lo es, pero tengo claro que, si me destroza de nuevo, no volveré a recuperarme.

Resoplo y me dejo caer bocarriba contra el colchón.

—Odio mi vida.

Dijo la mujer que acaba de tener un orgasmo monumental.

Sonrío al recordarlo.

—Puede que ahora la odie un poco menos, pero el saldo de cuentas sigue siendo negativo.

***

Decido que tengo que bajar. Porque soy adulta, porque las cosas se arreglan encarándolas y porque abajo está el alcohol. Fundamental.

No tardo dos segundos completos en ver a Alex apoyado en la isla de la cocina, con las manos a ambos lados de sus caderas, agarrándose al borde la encimera como si necesitara anclarse físicamente a algo que le impidiera salir a buscarme.

Otra idea que me vuelve loca sin ni siquiera entender por qué.

Él tampoco necesita más que un par de segundos para darse cuenta de que estoy aquí y, al hacerlo, se endereza, como si el autocontrol le hubiese fallado una décima de segundo ahí y su cuerpo hubiese aprovechado la rendija.

Nos miramos. Otra vez. Últimamente parece que es lo único que hacemos, mirarnos, sonreír y...

—Hola —digo rápido antes de que mi mente termine de vuelta en ese sofá. No puedo permitírmelo.

Una vez lo hago, soy consciente de lo estúpido que ha sonado, pero ya está sobre la mesa.

Él me mantiene la mirada, estudiándome, pensando que lo daría todo por abrirme la cabeza y ver qué hay dentro... Ahora mismo un loro parque, pero ese es otro tema.

—Hola —repite.

Asiento.

Me fijo en su ropa. Lleva el bañador que dejó secándose en la terraza cuando volvimos de la playa, con la misma camisa de mangas cortas y descalzo. Tampoco quiero pensar por qué ha tenido que cambiarse, pero es absolutamente imposible que mi cerebro no vaya allí: porque se ha corrido en ellos.

Él.

El gran Alexander Vandervilt.

Y yo he sido la responsable.

Me siento poderosa como la reina de Inglaterra, la de Saba, Lady Gaga.

El sentimiento se mezcla con todo lo demás, con la frustración, la confusión, la felicidad, el deseo, el miedo y no tengo ni idea de qué pensar. Es como vivir con una ensalada César de emociones dentro del pecho.

—¿Está solucionado? —pregunto torpemente.

Él frunce el ceño sin entender a qué me refiero.

—Eso —digo señalando vagamente hacia su bañador—, tus pantalones.

Alex sonríe frustrado.

—Sí.

Y el hecho de que él también se sienta así me alivia.

—¿El bañador seguía mojado?

—No.

Bien, me alegra que al menos la logística esté de nuestro lado.

—Tú también te has cambiado.

Automáticamente miro hacia abajo y me topo de nuevo con su camiseta, como si fuera la prueba de un delito.

—Sí, tenía que hacer algo con las manos —confieso porque, aparentemente, me he vuelto incapaz de vivir en silencio.

—Yo he intentado ponerme a trabajar.

—¿Lo has conseguido?

Su resoplido se entremezcla con una sonrisa aspirada.

—No.

—Pues por eso he acabado con tu camiseta.

Los dos entendemos a qué me refiero: no tenemos la cabeza donde debemos.

—Si te paras a pensarlo, no es tan raro —dice Alex.

—Para nada —respondo un poco acelerada.

—Somos adultos.

—Jóvenes.

—El sexo no es pecado.

«Pero oírte pronunciar esa palabra debería serlo.»

¡Tía!

Me quejo por mi propio pensamiento, ¿de qué voy?, pero todo es infinitamente complicado porque esa mísera palabra, su voz con ella, ha prendido una mecha en mi cuerpo.

—El sexo está bien —replico.

—Muy bien.

La voz ronca, volvemos a mirarnos a los ojos y las ganas vuelven a una velocidad que ganarían las veinticuatro horas de Le Mans.

—Al menos no nos han pillado —comento y, automáticamente, me arrepiento, bueno que si me arrepiento.

—Sí, no quiero darle munición a Val para una semana.

—O a Mellow durante un año.

Los dos nos miramos pensando en el tercero de esa lista y de inmediato sonreímos, de verdad, con un chiste que ni siquiera hemos hecho pero que sabemos que sería muy gracioso e involucraría a Ted.

Esa sonrisa tiene algo de catártico y antes de que nos demos cuenta los dos rompemos a reír y ahí está, la tensión no se va, pero se transforma en algo que nos deja volver a ser nosotros.

—No deberíamos darle más vueltas a lo que ha pasado —digo cuando nuestras carcajadas se calman.

—No hay por qué —sentencia Alex.

Sus palabras me tranquilizan. Siempre ha tenido ese efecto en mí.

—No quiero estar rara contigo.

—Eres rara —afirma sin dudar solo para fastidiarme.

Yo entrecierro los ojos sobre él.

—Y tú, un idiota —contesto antes de pensarlo siquiera.

—La culpa ha sido tuya.

—La culpa ha sido de las patatas.

Me doy cuenta de la estupidez que he dicho, pero al mismo tiempo es como una pequeña prueba de mi subconsciente traidor porque es lo que habría dicho antes de lo que a partir de ahora llamaré il delitto del sofà .

Alex me observa durante unos segundos y finalmente sonríe con malicia.

—Denunciaremos a la fábrica.

Y el alivio vuelve y se queda y algo se me afloja en el pecho porque esa contestación significa que estamos bien.

—¿Nos quedaremos a vivir aquí hasta el juicio? —indago.

—Podría planteármelo.

—La indemnización la quiero en bolsas de patatas.

—Mejor pediremos la receta, montaremos nuestra propia fábrica y nos forraremos.

—San Teddy.

—Primero —me recuerda Alex con una sonrisa.

—Sí. —Quiero aguantar el tipo, pero no puedo más y rompo a reír—. San Teddy I.

Mi risa se le contagia y Alex comienza a reír también.

En ese momento la puerta se abre y se oye una protesta melodramática:

—Voy a denunciar a toda Italia.

—Solo te han servido un helado —trato de calmarlo Val, cerrando la puerta tras ellos.

—Sí, pero estaba buenísimo. ¿Cómo voy a poder comerme otro y disfrutarlo sabiendo que existe ese aquí?

Conforme hablan, van avanzando hacia el salón.

—Te entiendo —comenta Mellow—. A mí me pasó lo mismo cuando me acosté con un trapecista, pero lo acabé superando.

—Creo que esto es mucho más grave que tu vida sexual, pelirroja —replica Ted.