La noche que encendimos Nueva York 60
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Eden

El plan es sencillo: nos acomodamos en el sofá.

Yo, apoyada en uno de los brazos con las rodillas flexionadas hasta plantar los pies en el tresillo y poder apoyar el cuaderno en ellas.

Alex también está sentado en el sofá, las rodillas separadas, inclinado hacia la mesita de centro donde tiene el portátil abierto, la tablet y el teléfono.

Yo dibujo la playa, el sol brillando sobre las tumbonas y en lo que no he podido dejar de pensar en todo el día: la cascada de casitas de colores sobre la ladera de la montaña.

Él ya ha hecho tres videollamadas, ha advertido a cuatro directivos que los despedirá si el problema no se soluciona antes de que abra Wall Street y ha corregido un contrato largo y farragoso mientras se quejaba de que paga demasiado dinero a gente que se lo pasa demasiado bien mientras él hace el trabajo por ellos.

Lo importante: está lo suficientemente cerca para que pueda molestarlo estirando la pierna.

Método que uso cuando se pone excesivamente insufrible y dice cosas como «Juro por Dios que, si no tiene ese contrato terminado antes de una hora, lo traeré hasta aquí solo para darme el gusto de tirarlo yo mismo al Mediterráneo».

—Deberíamos descansar un poco —le digo.

—Humm... —es lo único que contesta, con la mirada en la pantalla, que ahora mismo está llena de gráficos y de tablas de Excel, un programa que siempre se ha escapado a mis límites de conocimiento.

—Alex —trato de que me escuche.

—Un segundo...

—Mentiroso —le reprocho divertida.

Estiro la pierna y le doy con el pie en el costado para llamar su atención, pero él no solo no se inmuta, sino que me coge el pie y lo deja sobre su regazo sin levantar la mirada de la pantalla y, distraído, empieza a hacer círculos con el pulgar sobre mi empeine.

Por un momento, yo también me distraigo. Es muy muy agradable... pero entonces me doy cuenta de lo que está haciendo.

—¡Traidor infame! —protesto recuperando mi pie y haciéndolo sonreír.

Pretendía atraparme y poder seguir trabajando.

—Vas a descansar y vas a comer algo —lo amenazo poniéndome de pie y dirigiéndome a la cocina—. Han pasado dos horas sin que levantes la vista de ese ordenador.

Entrecierro los ojos sobre los armaritos y empiezo a rebuscar. Aún no hemos hecho una auténtica compra. Esta tarde, básicamente, nos ocupamos de la cena y el desayuno de mañana además del alcohol, pero nos conozco como pandilla, es imposible que no haya galletas y patatas en algún sitio.

Un armario. Otro. Otro. La nevera. Un cajón. Voilà . Un paquete de patatas fritas de una marca italiana.

—San Carlo —leo en voz alta. Parecen unas Lay’s, pero hay una foto de una lima y de algo que intuyo que es pimienta rosa... Seguro que están buenísimas. Los italianos se toman muy en serio comer cosas deliciosas.

Regreso con mi botín.

—Mira lo que he encontrado —le digo.

Las abro e inmediatamente sonrío. Huelen genial.

—Humm... —contesta.

—Alexander Vandervilt, si vuelves a contestarme con un «humm», seré yo quien te tire al mar.

Silencio.

—Humm...

¡Y sonríe! ¡El muy maldito lo ha hecho a propósito!

—Se acabó —dicto sentencia.

Camino hasta él, que está escribiendo en el portátil, y hago lo que cualquier persona lógica haría: me cuelo entre sus brazos, poniéndome delante de la pantalla. Él trata de moverse para seguir viendo el ordenador, pero no claudico y me siento a horcajadas sobre él. No pienso rendirme.

—Eden —se queja en modo gruñón.

Yo niego con la cabeza cogiendo una patata.

—Te he dicho que tienes que descansar y vas a hacerlo.

Me la como y, Dios, está de muerte.

—Tengo mucho trabajo todavía...

—Pruébalas, están de vicio —le pido sacando una y dejándola delante de su boca para que se la coma.

Él me mira mal. Yo muevo la patata.

—Eden.

—Alex.

Tras casi un minuto de batalla pone los ojos en blanco. Yo sonrío victoriosa porque sé que me he salido con la mía y se come la patata.

Tarda literalmente un segundo en entrar en el cielo culinario del señor San Carlo. La expresión le cambia y yo ladeo la cabeza orgullosa.

—Te lo he dicho.

Le doy otra patata y me como una más. Alex deja que sus manos descansen sobre mis muslos y los siguientes minutos los pasamos así, conmigo alimentándonos a los dos mientras hablamos de todo y de nada a la vez.

—Están supersaladas —llego a esa conclusión—, por eso están tan buenas.

—Y por eso moriremos jóvenes.

—Tú morirás joven de todas formas cuando algún alto directivo al que llames incompetente queme tu despacho con gasolina y un mechero.

Le ofrezco otra patata.

—¿Conmigo dentro? —pregunta justo antes de comérsela.

Sus manos me acarician las piernas desde las rodillas al borde de mi vestido, bajando y subiendo.

Me como una más.

—No, tú entrarás porque habrás dejado algo dentro e insistirás en que lo necesitas, un contrato, tu pluma Montblanc o algo así.

Llamarás incompetentes a los bomberos porque no te dejarán pasar y acabarás despidiéndolos y entrando.

—Le doy otra patata—. Una de tus carísimas estanterías, que parecen de Ikea pero son de otros escandinavos más tristes y cuestan veinte mil dólares más, caerá sobre ti y ese será tu fin.

—Qué específico.

Me encojo de hombros, comiendo de nuevo.

—Lo he visto con mucha claridad.

—¿Y qué estás haciendo tú mientras tanto?

—Vivo aquí.

—Ah, ¿sí?

—Y me he casado con el heredero de la fábrica de estas patatas.

—Eres una mujer muy sabia.

El sonido de la ciudad llega desde la calle entremezclado con la brisa fresca y el olor a mar: cláxones de motos, gente hablando muy alto y muy rápido, risas.

—Pero yo no moriré en el incendio —dice comiendo otra patata—.

Escaparé en el último segundo, y llevaré la mitad de la cara cubierta con una máscara porque habré quedado terriblemente desfigurado.

Me colaré en un barco mercante, desembarcaré aquí y me esconderé en los sótanos de tu fábrica de patatas.

Asustaré a los empleados cantado versiones ópera rock de canciones tristes de los ochenta y, al final, nadie querrá trabajar en la fábrica de tu marido porque pensarán que está embrujada y yo me quedaré con todas las patatas.

Asiento varias veces contemplando esa posibilidad.

—Si tienes las patatas, siempre puedo divorciarme y casarme contigo.

—No sé si quiero compartirlas.

Tuerzo los labios conteniendo una sonrisa.

—Qué duro.

Ahora es Alex el que se encoge de hombros.

—Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.

—Lo entiendo —me finjo comprensiva—, pero tu plan tiene una laguna.

Cojo la última patata de la bolsa.

—¿Cuál?

Se la ofrezco.

—Cuando hay fantasmas, sé a quién tengo que llamar.

Muevo la mano cuando va a comerse la patata, me inclino y me la como yo.

Juego. Set . Y partido.

Alex entrecierra los ojos sobre mí y yo rompo a reír encantada.

—Eso ha sido malvado.

—Lo que te merecías.

Sigo riéndome con ganas, encantada de haberle robado la última patata.

Echo la cabeza hacia atrás, el movimiento me desestabiliza y estoy a punto de caerme.

Me agarro rápido a sus hombros, él hace lo mismo con mi cintura y me salvo de la caída, pero de pronto la postura nos gana la partida y estamos demasiado cerca.

Las carcajadas se me mueren en la garganta de golpe. La bolsa vacía resbala de mis dedos y cae al suelo con un suave siseo que suena ensordecedor en el salón.

Nos quedamos completamente congelados.

El aire cambia a nuestro alrededor, como si alguien hubiese pulsado un interruptor. Se llena de tensión, se torna denso.

Nuestras respiraciones se vuelven pesadas sin que dejemos de mirarnos a los ojos. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué vamos a hacer? Este no era el plan. Se suponía que él trabajaría, que yo dibujaría, que nos reiríamos, pero... esto... Yo...

Sin embargo, no quiero parar. La solución es fácil: separarme de él, bajarme de su regazo, ciao, possibilità . Pero no lo hago.

No lo hago.

Tomo otra bocanada de aire y despacio muevo los dedos en sus hombros, al principio a trompicones, hasta que mis manos viajan a su nuca y se enredan al final de su pelo.

Noto las suyas en mi cintura, cómo están a punto de bajar, cómo se frena y vuelven arriba, cómo sus dedos se tensan cuando los míos se pierden en su pelo. Se está conteniendo, luchando contra lo que le gustaría hacer porque prometió respetar mis tiempos.

Podrías bajarte.

El momento podría acabar aquí.

Respiro hondo. El corazón me late desbocado. Mi cuerpo brilla.

Pero es que no quiero que termine. Quiero dejarme llevar.

Me agarro a su nuca y, sosteniéndole la mirada, me deslizo sobre él. El placer es instantáneo y me recorre el cuerpo como una maldita tormenta eléctrica. Alex suelta un siseo ahogado, un juramento que se le clava en los dientes.

Lo miro. Él me mira a mí. El deseo, la excitación, se arremolinan en mi vientre. Necesito más.

Vuelvo a deslizarme sobre él. Los dos jadeamos despacio. Los dos con la ropa puesta.

Estoy mojada. Él está duro.

—Lockhart —se esfuerza en llamarme con la voz trabajosa, conteniéndose—, esto...

—Esto es lo que quiero —lo interrumpo en un susurro.

Alex me mira a los ojos, recorre mi rostro, tratando de leer cualquier reacción en mí, fijándose un segundo de más en mis labios antes de volver a ellos.

Mis manos le acarician la nuca, el pelo. Sus manos se abren grandes y posesivas en mi cintura.

—¿Estás segura?

—Sí.

Tan pronto como pronuncio esa palabra, empiezo a balancearme. Esta vez no me detengo. Enlazo un movimiento tras otro, meciéndome sobre él de una forma perezosa que, sin embargo, estira deliciosamente cada músculo de mi vientre.

Siento su erección luchar por salir de sus pantalones, mis bragas están cada vez más empapadas.

Gemimos.

Tiene la cabeza suavemente echada hacia atrás para poder sostener mi mirada desde abajo, obligado por los centímetros de altura que le saco al estar sobre su regazo.

Ver la línea de su mandíbula completamente tensa, sus labios entreabiertos buscando aire y sus hombros anchos moviéndose ligeramente para proteger mis balanceos me parece la cosa más condenadamente sexy del mundo.

Joder, estamos tan cerca que es una maldita tortura. Nuestros alientos se entremezclan en el espacio mínimo que separa nuestras bocas, pero sé que él no va a acortarlo. No va a besarme. Me está dando el poder de decidir dónde quiero que lleguemos. Qué quiero que hagamos.

Mi pecho choca contra el suyo, grande y firme, cada vez que respiramos y lo hacemos cada vez más rápido, más fuerte.

Acelero el ritmo. Alex me deja explorar, sentirlo, y eso le está costando librar la batalla más dura de su vida contra su propio cuerpo para no tomar las riendas, conteniéndose solo para darme espacio.

Cierro los ojos y arqueo el cuerpo, perdiéndome en la fricción salvaje, sintiendo cómo cada centímetro de mi piel se incendia. El placer se hace más y más grande, empieza a ocuparlo todo.

—Alex... —murmuro en un jadeo desesperado, incapaz de contener la necesidad que me quema por dentro.

Esa súplica rota es su punto de no retorno. Su autocontrol estalla. Con un movimiento rápido y fluido, sus manos se deslizan hasta mi culo y de un tirón implacable me estrecha contra él, recolocándome en su regazo.

Volvemos a estar tan cerca que duele. Más aún.

Empieza a mover las caderas con un ritmo profundo, animal, saliendo a mi encuentro en cada envite, multiplicando la fricción y el placer hasta hacerme ver las estrellas.

—Dios... —gimo, enterrando las manos en su nuca, aferrándome a él como si fuera mi única ancla para no salir volando.

Alex no se detiene y yo me muero de gusto porque no quiero que lo haga.

Su mirada gris está clavada en la mía, empañada por una posesividad ciega, territorial, la misma que le vi en la playa, en la cocina.

No quiere que otro tío esté cerca de mí y mi corazón brilla con fuerza porque me doy cuenta de que es exactamente lo mismo que siento yo.

No quiero que ninguna mujer lo mire, jamás. Es mío.

Me mueve más rápido, más fuerte, clavándome contra su erección dura como el acero a través de la ropa.

—¡Alex!

¡Mi cuerpo se contrae! Y un orgasmo me recorre de pies a cabeza, como una tormenta eléctrica, como un huracán, como una canción llena de guitarras. ¡Es alucinante!

Él continúa moviéndose, yo lo sigo con los ojos cerrados, buscando más, sintiendo cómo el placer me trepa por la espina dorsal. Sonrío. Gimo. Lo disfruto.

Y, con el sonido más sexy que he oído en todos los días de mi vida, Alex también se corre.