59
Alexander
No levanto la cabeza ni dejo de remover la salsa, calmado, pero el animal ha vuelto a despertarse gruñendo bajo mientras noto algo peligroso y territorial desperezarse dentro de mí.
Eden sonríe sin poder creérselo.
—¿En serio ha preguntado por mí?
—Créetelo, chica —la anima Mellow—. Al alto, Francesco, le encantas.
Yo alzo la cabeza y miro a Mellow con una media sonrisa arrogante y llena de seguridad porque sé lo que está haciendo. Ella me la mantiene haciéndose la inocente porque es perfectamente consciente de que lo sé.
Aprieto la pala de madera un poco más fuerte.
El animal ruge.
Puede que tenga que incendiar el puto Amalfi esta noche.
—No lo sé —continúa Eden y se muerde el labio inferior pensativa—. Supongo que podría pasarme un rato.
Me mira en cuanto lo dice, como si necesitara ver mi reacción antes incluso de entender que quiere hacerlo.
Yo no dejo de contenerme ni un centímetro. Remuevo la salsa mientras compruebo que el agua no haya roto a hervir.
—No —respondo con total tranquilidad, alzando la mirada y observando a Mellow mientras me seco las manos en el trapo de cocina que tengo enganchado a la cintura del delantal. El flequillo me cae sobre la frente casi llegándome a los ojos.
—¿Y desde cuándo decides tú eso? —plantea Eden divertida e insolente a partes iguales.
—Esa no es la pregunta adecuada —respondo devolviéndole toda mi atención.
—Te has vuelto muy autoritario.
Yo me inclino sobre ella para coger el salero a su espalda que no necesito.
—Italia me sienta fatal —sentencio cuando estamos así de cerca, con el inicio de una engreída y divertida sonrisa en los labios antes de apartarme del todo y volver a los fogones.
Ella necesita bajar la cabeza porque el estar tan cerca le ha afectado y yo, interiormente, sonrío satisfecho.
—¿Y cuál se supone que es la pregunta adecuada? —indaga cuando recupera la compostura.
—¿Qué vamos a hacer que es mucho mejor que pasar el rato con unos estúpidos italianos?
—No son estúpidos —interviene Mellow con una sonrisilla.
—Son completamente imbéciles —replico sin arrepentirme ni siquiera un poco.
—¿Cuál es el plan? —pregunta Eden.
Me tomo mi tiempo para coger la pasta y dejo caer un puñado de spaghetti en la olla.
—Positano —contesto.
A Eden se le ilumina la mirada cuando lo digo.
—Solo está a quince kilómetros —me explico incluyéndolos a todos—. Podemos dar una vuelta, comernos un helado.
—Un helado italiano —especifica Val.
—Creo que aquí los llaman solo helado —responde Mellow.
—¿Eso es aplicable a la salsa barbacoa en una barbacoa? —plantea Ted pensativo.
Dejo la pala apoyada en la sartén y camino hasta Eden. Instintivamente ella me hace un hueco entre sus piernas. El animal gruñe satisfecho. La tensión de mi cuerpo se transforma en una más agradable, pero jodidamente brutal.
—¿Te haces una idea de lo increíble que tiene que ser verlo iluminado desde la carretera?
La miro y me encanta. Me encantan esos ojos marrones, que lleve mi camiseta, que acabe de salir de la ducha y todo esto se sienta tan doméstico.
Eden me mantiene la mirada con esa suave sonrisa todavía en los labios. Levanta la mano y me aparta el flequillo de la frente.
—Me has convencido, Vandervilt —sentencia.
Yo me humedezco el labio inferior escondiendo una nueva sonrisa.
—Chica lista, Lockhart.
Hacemos eso, mirarnos, durante un puñado de segundos más, demasiado cómodos, como si lleváramos haciéndolo toda la vida sin ni siquiera darnos cuenta, y probablemente sea así.
—Voy a ayudar a estos a poner la mesa.
Asiento y doy un paso hacia atrás dejándole espacio, pero seguimos mirándonos. Ella no se mueve y se marcha. Yo no lo hago y regreso a los fogones. Seguimos así.
Hasta que Eden deja escapar algo parecido a una sonrisa a medio camino entre nervios y resignación, aparta la mirada y se va.
Vuelvo a prestarle atención a la comida, pero entonces levanto la cabeza y atrapo la mirada de Mellow, que sigue al otro lado de la isla con su copa de vino.
—No juegues conmigo —le advierto—. No vas a ganar.
Ella me observa de vuelta, pero no aguanta la presión y a los segundos tuerce los labios.
—Cabronazo —se queja frustrada justo antes de sonreír.
Yo le devuelvo el gesto mientras por fin le presto de verdad atención a la comida de nuevo.
Eden no iba a largarse con ese italiano. Así de simple. Está conmigo.
***
Cenamos muriéndonos de risa cada dos minutos sin parar de contar anécdotas absurdas, desde las que pasaron hace mil años hasta las que han ocurrido esta misma tarde en la playa.
Después nos cambiamos para irnos a Positano. Estamos de vacaciones de verano y vamos, básicamente, a comer helado y a pasear, así que los looks sofisticados se quedan en casa. Unos pantalones cortos, una camisa de magas cortas, las deportivas blancas y el pelo peinado con los dedos.
Pero entonces veo bajar a Eden y la palabra verano adquiere un nuevo significado porque es lo que es ella ahora mismo.
Un vestidito claro, de tirantes, sencillo y perfecto a la vez, como si fuese una nueva combinación dispuesta a romper las leyes físicas.
Unas sandalias planas. El pelo ondulado suelto.
Tiene la cara sonrosada después del día en la playa y la sensación de que, si le besara el hombro, todavía me sabría a agua salada.
Se detiene frente a una de las ventanas y, aprovechando el reflejo, se pone brillo de labios sin ningún color, solo eso, sin ningún maquillaje, y yo quiero aullar, joder, porque parece un puto sueño.
Al terminar, se gira y me busca por inercia, sin pensar, exactamente igual que la busco yo cuando entro en una habitación. Nos encontramos. Sonríe. Y toda la costa amalfitana se ilumina.
—Familia, vámonos —nos llama Ted—. Esos helados no van a comerse solos y yo quiero saber si tienen de mimosa.
Mellow se detiene en seco al oírlo y Ted también lo hace sin entender dónde está el problema.
—A veces pienso que de verdad te has escapado de The Riot Club —dice ella.
—Gracias, esta fachada es una obra maestra —responde señalándose de arriba abajo—. ¿Crees que no sería mucho más fácil para mí comer helado de chocolate como un plebeyo más? Pero alguien tiene que mantener el nivel de nihilismo mordaz en esta pandilla.
No quiero, pero es imposible no sonreír.
—Qué trabajo tan duro —finge compadecerse Val pasando junto a él.
—Y aristocrático —añade él—. Estamos en Italia.
—Italia es una república —le recuerdo frunciendo el ceño.
—Espiritualmente, soy Ted I de Amalfi —lo piensa un segundo. Mellow piensa que va a recuperar la cordura. Yo no. Yo lo conozco mejor— y mi helado, mejor de fresas con nata.
Ella lo observo y acaba alzando las manos al aire.
—Contra eso no puedo competir —sentencia.
Ted sonríe satisfecho y Eden, a mi lado, rompe a reír. Está claro que es el mejor público para nuestro Teddy.
Estamos saliendo de la villa cuando mi teléfono empieza a sonar. Resoplo porque a esta hora solo puede ser un tipo de llamada. Miro la pantalla. No me equivocaba.
—Vandervilt —respondo.
El director del departamento legal empieza a explicarme una retahíla de información, pero con la primera palabra yo ya me cojo las sienes con una mano porque sé exactamente dónde va a acabar esta conversación.
Tres minutos después cuelgo con un humor de perros y cara de pocos amigos.
—Marchaos sin mí. Tengo que quedarme trabajando.
Todos empatizan y se quejan porque Nueva York de verdad no descanse nunca. Eden solo necesita un segundo para dar un paso hacia mí.
—Me quedo contigo.
Yo quiero que se quede y me haga compañía. Quiero que este conmigo siempre. Pero no voy a dejar que se pierda algo que está deseando hacer solo porque yo tenga que trabajar.
—No —contesto rápido—. Ve y diviértete.
Ella niega con la cabeza.
—No quiero dejarte solo.
—No te preocupes. Estoy a punto de tener una videollamada muy divertida con el departamento legal. Woodsen, el director, es un genio del humor.
Aunque es obvio que es lo último que quiere, Eden sonríe.
—Al diablo los helados —interviene Ted—. Nos quedamos contigo.
—Sí, quién quiere ver Positano cuando podemos jugar a las cartas —añade Val.
Yo sonrío, aunque no es el gesto más animado del mundo, porque les agradezco muchísimo que estén dispuestos a sacrificar los planes por mí. Aun así...
—No —contesto sin dudar—. Largaos y disfrutad por mí.
—¿Seguro? —pregunta de nuevo Ted—. No nos importa, de verdad.
—¿Seguro? —inquiere Eden con esa voz dulce y adorable que me pone muy complicado decirle que no.
—Seguro —insisto.
Todos asienten de una manera u otra y se dirigen de nuevo hacia la salida mientras yo me quedo de pie en el salón.
La puerta se cierra.
Estoy solo.
Maldita sea, quería enseñarle Positano a Eden. Quería estar con ella cuando la viera iluminada y decidiese dibujar cada rincón.
Resoplo y me obligo a mover los pies e ir hacia las escaleras para subir a por mi portátil.
Pero la puerta suena.
Se abre.
—Ya sé que has dicho que querías que me marchara, pero no voy a dejarte aquí en modo CEO gruñón y que despidas a la mitad de la empresa. Tengo conciencia. Tu trabajas, yo dibujo —decide plantándose delante de mí con una sonrisa.
Y yo se la devuelvo. Joder. Es imposible que no lo haga.
—Nos hemos quedado oficialmente solos, Vandervilt.
—Sí —contesto—. La villa de Teddy I de Amalfi es nuestra.