La noche que encendimos Nueva York 58
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Alexander

Ted, Val y Mellow se quedan mirándome como si acabase de gritar que he visto un platillo volante.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada, nada —se apresuran a responder Mellow y Val, pero las dos tardan un segundo de más.

—Todo muy normal. Muy mediterráneo —añade Ted.

Cabeceo dándolos por imposibles. Que Eden y yo durmamos juntos es de lo más normal. Ni siquiera sería la primera vez. Lo hemos hecho un millón de veces.

Cojo mi maleta y la suya y voy hacia las escaleras mientras ella no para de hablar sobre que podríamos bajar ya a la playa y después buscar una tienda donde vendan pasta y tomates frescos para preparar la salsa.

***

La playa está imposible. Hay gente por todas partes, italianos hablando demasiado alto y camareros paseando entre las hamacas sirviendo spritz como si el mundo fuese a acabarse mañana mismo.

Yo estoy tirado en una de las tumbonas con las gafas de sol, un brazo flexionado hacia atrás y una Peroni helada en la otra mano. Ni siquiera me he quitado la camisa de mangas cortas blancas que llevo, aunque me la he desabotonado y, por supuesto, paso del agua.

Eden, en cambio, está en la orilla otra vez, observándolo absolutamente todo, la gente bañándose, los niños jugando en la arena húmeda, las hileras de tumbonas —los italianos, aparentemente, son demasiado esnobs para tirar una toalla en la arena— y otra vez esa visión imposible del centenar de casitas clavadas en la montaña.

Tiene el pelo húmedo cayéndole por la espalda y la piel le brilla bajo el sol. Debo admitir que llevo siguiendo con la mirada ese bikini de rayas azules desde que se ha quitado el vestido.

Camina de vuelta a las hamacas y se planta frente a mí con los brazos en jarra.

Ahí vamos.

—Báñate conmigo.

—No —respondo sin una pizca de arrepentimiento.

—El agua está buenísima —me tienta.

—La veo capaz de seguir estándolo aunque yo no me meta dentro.

—Eso ha sido demasiado engreído hasta para ti.

Le doy un trago a mi cerveza.

—Estoy de vacaciones —replico—. Me crezco cuando me relajo.

—Creí que lo tuyo era el estrés —opina Ted en la tumbona a mi lado.

—Me crezco en cualquier circunstancia —le contesto muy satisfecho conmigo mismo.

—Ese es mi chico —sentencia.

—Báñate —vuelve a pedirme Eden.

—No.

La verdad es que esa vocecita está tirando de mí, pero fastidiarla es demasiado divertido para claudicar.

—¿Y si me ahogo? —pregunta levantando las cejas.

—Vengaré tu muerte —contesto sin dudar.

—¿Y se me ataca una medusa?

—Le esperará la misma suerte que al Mediterráneo.

Ted sonríe.

—¿Y qué tal esto? ¿Qué pasa si camino del agua piso una piedrecita y me hago una brecha en el pie, entro en el mar confiada y la sangre atrae a un tiburón?

—Que probablemente habrás caído por un agujero de gusano marino y estarás en el Atlántico porque en el Mediterráneo no hay tiburones.

Ella tuerce los labios tratando de mirarme amenazante, pero es cuando más adorable me parece.

—No me caes bien —me advierte volviéndose para regresar al agua.

—¡Cuidado con las piedrecitas! —le grito.

Ella me enseña el dedo corazón sin girarse y yo sonrío detrás de mi cerveza.

Los siguientes quince minutos me los paso viéndola bañarse con Val y Mellow, morirse de risa, mirar embobada otra vez las vistas a nuestra espalda y también buscarme a mí.

Cada vez que eso pasa, da igual que haya diez metros de tumbonas e italianos entre nosotros, siempre nos quedamos mirándonos un segundo de más.

—El agua está genial —explica Mellow cuando regresan a las tumbonas, cogiendo una toalla de su bolsa.

Yo bajo la mano y saco otra toalla de otra bolsa. Cuando Eden llega, se la tiendo y ella la coge con una sonrisa.

—Ya se lo advertí —comenta divertida y un poco indignada—, pero no quiso escucharme.

—Es que el heredero Steele y el joven Vandervilt están jugando a ver qué multimillonario se tuesta primero al sol cual lagartija —explica Mellow tumbándose en su hamaca.

Val llega en ese momento, camina directa hasta Ted y se escurre el pelo encima de él, haciéndolo saltar de la tumbona.

—Te odio profundamente, Valerie.

Ella rompe a reír mientras los demás sonreímos y Ted entrecierra los ojos sobre ella.

—Cada vez que hago una maldad que te obliga a pronunciar mi nombre entero merece la pena.

—Me vengaré —la amenaza señalándola con el índice.

—Te estaré esperando —replica ella sentándose en su tumbona.

Él aprieta los labios en una fina línea apuntándola todavía.

—No me gusta que me presionen —pronuncia al fin—, pero me vengaré.

—Eso no ha dado demasiado miedo —comento.

—Quiero que se confíe —se defiende Ted.

Eden se tumba a mi lado.

—Bonitas gafas de sol —le dice Mellow.

—Gracias —responde ella con una sonrisa—. Me las compró Alex la semana pasada.

No me quedó otra. La recogí en Kinetix e íbamos caminando hasta mi apartamento cuando sus Ray-Ban acabaron en el suelo porque se le rompió una patilla.

—Fue una tortura —resoplo—. Estuvo probándose gafas una hora y media.

—No es verdad.

—Literalmente, era de día cuando entramos y de noche cuando nos fuimos.

—Porque la tierra sigue girando incluso sin tu consentimiento.

Yo llevo la vista al cielo, pidiendo paciencia. Es insufrible.

Val suelta una sonrisilla. Otra insufrible. Es el gen Lockhart.

—Te probaste un millón de gafas y cuando, por fin, elegiste unas, cambiaste de opinión mientras sacaba la tarjeta para pagarlas —explico el suplicio que viví.

—Ah, pero ¿tú pagas con tarjeta? —plantea muy seria Mellow—. Creí que te pinchabas un dedo, caía una gota de sangre y automáticamente todos se inclinaban en una reverencia y te ofrecían sus mayores tesoros.

La miró mal, pero ella me mantiene la mirada haciéndose la inocente.

—Las tres me caéis fatal —me rindo.

—¿Por qué a ella le compras unas gafas de sol y a mí no? —salta Ted.

—Porque las necesitaba —me armo de paciencia.

—Yo también y tuve que ir a Loewe solo como una viuda de guerra.

—Voy a dejar que el Mediterráneo me trague —me lamento para mí, pero lo suficientemente alto para que esta pandilla me oiga.

—Pobrecito —dice Val.

No especifica a cuál de los dos está consolando, pero Ted da por hecho que es a él.

—Gracias. Fue muy duro —contesta.

Eden a mi lado sonríe encantada de que Ted me esté torturando. Yo no lo pienso, estiro la mano y le clavo el dedo por encima de la cadera. Ella da un respingo y rompe a reír para justo después fulminarme con la mirada. Su problema es que sigue sonriendo, así que no obtiene el efecto deseado.

—¿Os imagináis a Ted en una guerra? —plantea Mellow.

—Sería muy útil —contesto yo cogiendo el libro que tengo a los pies de mi hamaca y abriéndolo—. Averiguaría dónde están todos los burdeles y establecería el tráfico de cigarrillos y gafas de sol de Loewe.

Eden rompe a reír y el sonido me calienta por dentro.

—Sobreviviría seguro —afirma orgulloso.

—Eso no lo duda nadie —responde Val.

***

Estamos muertos de hambre por culpa de la diferencia horaria, pero decidimos ser listos y solo picar algo para pillar el ritmo de Amalfi cuanto antes.

Una ronda de spritz, cervezas y un baño después estamos de vuelta en las tumbonas.

Mellow conoce a un italiano en la orilla y suben juntos hasta la playa. Val y los amigos de él se unen rápido. Pero ellos son tres, así que Valerie llama a Eden y las cosas empiezan a no parecerme tan divertidas.

—Voy —responde ella, levantándose de su tumbona junto a la mía y caminando hasta ellos.

Mi cuerpo se pone en guardia antes siquiera de que pueda controlar la sensación y el animal que llevo dentro se despierta y empieza a dar vueltas, con la mirada clavada en esos tíos.

—¿Y a qué te dedicas? —pregunta uno de ellos, que claramente ha fichado a Eden.

—Dibujo —responde ella.

Él frunce el ceño.

—¿Caricaturas? —pregunta al cabo de unos segundos para encontrar la palabra en nuestro idioma.

Ella sonríe y yo me humedezco el labio inferior porque esa sonrisa es para mí, no para ese imbécil.

—No, hago dibujos... como cuadros, pero con lápices.

El italiano lo entiende y asiente.

—Una artista.

Ella se sonroja y yo empiezo a pensar en cómo puedo hacer desaparecer un cadáver en el Mediterráneo.

Siguen hablando, pero en realidad la única que está charlando es ella, porque ese idiota lo que está es metiéndole ficha. Son conceptos muy diferentes.

Él se inclina más sobre ella.

Ella vuelve a sonreír.

Suficiente.

—Lockhart —la llamo.

Eden se vuelve en cuanto oye mi voz. Siempre lo hace. Esa idea, justo ahora, me gusta demasiado.

—Ven aquí —le pido.

Ella no duda, solo se levanta y empieza a andar en mi dirección, dejando la conversación a medias. El animal se relame porque no lo hace pensando, el venir a mí le sale natural.

Ted a mi lado, sin levantar la vista de la revista que le ha robado a Mellow, suelta una risita.

—Pasa de mí —le gruño, incorporándome y siguiendo a Eden con la mirada.

—Lo intento, pero tú me lo pones muy complicado —continúa, riéndose claramente de mí.

—¿Qué pasa? —pregunta al llegar.

Yo cojo mi vaso de agua con limón, le doy un trago y se lo paso.

—Tienes que beber. Hace calor.

—Si tengo que beber, podría ser otro spritz.

—El alcohol no va a hidratarte. Bébete el agua y te pido uno.

Ella me mira un segundo, valorando mi respuesta, y se lleva el vaso, mi vaso, a los labios. Yo muevo la mano y le aparto un poco de arena que tiene en el estómago con el índice y el corazón, un poco más lento de lo necesario.

Ni siquiera pienso en hacerlo. Solo pasa. Porque Eden siempre termina demasiado cerca. Porque tocarla me sale solo desde hace años. Porque me gusta demasiado.

Eden no se inmuta, pero el italiano sí lo ve. Ella bebiendo de mi vaso, yo tocándola, lo cerca que estamos, y espero que capte el puto mensaje. Si quiere tirar la caña, que pruebe en otro sitio.

Ella deja el vaso en la mesita y se vuelve para marcharse. El italiano sonríe encantando y el animal gruñe.

No va a pasar.

—Hazme compañía —le pido haciendo que mi voz suene un poco más ronca.

Eden se detiene en seco y se gira remolona, como si una parte de ella supiese lo que estoy haciendo y estuviese disfrutándolo.

—Ya tienes a Ted —responde sin acercarse, con una sonrisa de lo más insolente.

La muy... Lo sabe.

—Sí, pero Ted no es la compañía que quiero ahora.

—Ey —se queja el aludido.

—¿Y qué te hace pensar que yo sí lo soy? —me pone las cosas difíciles.

Me humedezco el labio inferior, escondiendo una media sonrisa.

—Creo que merecerá la pena descubrirlo.

Ella tuerce los labios, tratando de luchar contra la idea de que le gusta demasiado que quiera apartarla de otro tío para que esté conmigo y con paso perezoso camina hasta mí.

Vuelvo a la tumbona, pero me echo a un lado, dejándole sitio para que se tumbe conmigo y no en la suya.

Eden lo hace bocabajo, con la mejilla apoyada en sus brazos cruzados. Yo vuelvo a flexionar uno sobre mi cabeza y por un par de minutos nos quedamos simplemente así, en silencio, cerca del otro.

Es la mejor sensación del puto mundo.

Respiro hondo y ella esboza una sonrisa. Tiene la piel brillante por el agua salada y el sol y huele genial, una mezcla increíble, del coco de la crema solar y ella.

—Me gusta verte relajado —me dice con una suave sonrisa. La que solo pone cuando estamos solos y que es preciosa porque sabe a intimidad.

—Lo sé. Me gusta estarlo —añado devolviéndole el gesto.

—Lo sé —responde ella.

Apenas un minuto después noto cómo busca mi mano con la suya detrás de la tumbona. Sus dedos empiezan a jugar distraídamente con los míos, con mi palma, mientras tiene los ojos cerrados detrás de sus gafas de sol, disfrutando de esta tranquilidad, del sol, de Amalfi.

***

Regresamos a la villa cuando empieza a caer el sol. Nos organizamos para las duchas y para cocinar.

—Hola, Vandervilt —me saluda Eden subiendo de un salto a la encimera de la cocina.

Tiene el pelo húmedo de la ducha y una de mis camisetas, que, como siempre, le queda enorme y le llega a la mitad del muslo.

—¿Qué preparas? —pregunta estirándose para tratar de ver lo que tengo en la olla.

—Bueno, alguien se puso muy pesada con lo de comprar tomates para hacer una salsa de verdad.

—Oye —protesta y automáticamente sonrío—, no me puse pesada, solo insistí.

—Muchas veces.

—Al parecer las necesarias —replica con una sonrisa dulce e insolente, me preguntaré toda la vida cómo lo consigue, mientras me roba un trocito de parmesano de la tabla.

Amalfi suena abajo. Las motos, gente hablando en italiano, el ruido de vasos y cubiertos.

Val ha puesto música de Raffaella Carrà bajito y ahora está reuniendo sillas de las habitaciones para poder sentarnos todos a la mesa. Cada una es de un estilo diferente, pero la mezcla tiene algo realmente bonito.

La puerta suena. Son Mellow y Ted.

—Ya tenemos el vino —anuncia ella. Él la sigue cargando una caja abierta con las dos manos de la que sobresalen una decena de botellas.

—¿Cómo va eso, chef? —pregunta él.

—Controlado.

Busco a Eden con la mirada, ni siquiera sé por qué. Ella ya me estaba esperando y, cuando nos encontramos, sonreímos.

Vuelvo a los fogones, sí, en el sur de Italia no creen demasiado en las cocinas eléctricas.

Según ellos, la mejor manera de controlar la cocción es con fuego y, en realidad, tienen razón.

De reojo veo a Ted, Mellow y Val cuchicheando.

Ted abre la boca, no sé si preocupado o sorprendido, y niega con la cabeza.

Val directamente sonríe y Mellow echa a andar hacia nosotros.

Automáticamente sospecho. Esa cara no trae nada bueno.

—Eden —la llama todavía a unos pasos de la cocina—, ¿a que no sabes a quién me he encontrado cuando íbamos a por el vino?

Entrecierro los ojos sobre la pelirroja.

—¿A quién? —pregunta.

—A los italianos de la playa. ¿Y sabes lo mejor? Nos han invitado a las tres a salir con ellos esta noche. Me han preguntado especialmente por ti.

—¿Por mí? —inquiere Eden señalándose.

Mellow asiente divertida.

—Sí.

Y justo después me mira sin dejar de sonreír.

Hija de puta.