La noche que encendimos Nueva York 57
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Eden

Es precioso. No hay otra manera de describirlo. El cielo nos recibe claro y brillante sin una sola nube, como si nos estuviera saludando con luz.

Alex conduce en el camino desde el aeropuerto.

Yo sonrío sintiendo ese pinchazo familiar en el estómago cada vez que lo veo guiar el imponente Audi con una mano en el volante y la otra en el cambio de marchas, igual de masculino que si, en vez de manejar seiscientos caballos de potencia, estuviese montando solo uno en Texas.

La carretera es lo más parecido a una serpiente que he visto nunca, estrecha con una sucesión de curvas a veces cerradas y sinuosas y otras más abiertas, dejándote ver los majestuosos Montes Lattari.

—¡Mira! —grito emocionada echándome hacia delante—. ¡El mar!

Ted, Val y Mellow, desde la parte de atrás, me imitan y se echan hacia delante. Alex despega la vista de la calzada un segundo.

Una de esas curvas nos deja por primera vez de frente al Mediterráneo y la sensación es la misma que si estuviéramos firmando un acuerdo; acabamos de caer rendidos, sin condiciones.

—Uau —suelta admirada en un susurro Val.

Y, francamente, qué razón tiene.

Continuamos bordeando la costa y seguimos embobados con el mar, pero también con esa vista de las montañas cayendo sobre el agua y, con ellas, los pequeños pueblos de casas en tono pastel incrustados en la piedra caliza. Maiori, Minori, Ravello, Atrani y nuestro destino: Amalfi.

—Parece una sucursal del cielo en Italia —comenta Mellow al bajarse del coche.

Yo giro sobre mí misma, observando lo que nos rodea, las bonitas casas formando una escalera de ventanas, los árboles de un intenso verde, la roca blanca grisácea, el sonido del mar demasiado cerca y nuestra villa, frente a nosotros.

—No podrías haber elegido mejor, Teddy —lo felicito con una sonrisa.

—Gracias, peque.

—Me muero de ganas de entrar —le digo a Alex caminando hasta él y cogiéndolo de la mano para que lo haga conmigo.

Él resopla y se hace el remolón mientras comienza a andar.

—¿Podrías moderar tu entusiasmo?

—No lo creo —contesto sincera.

Él vuelve a resoplar más alto, pero de reojo lo veo esbozar una sonrisa.

Recogemos la llave del cajetín que nos indicó el casero y entramos.

Mi sonrisa se ensancha en cuanto lo hago.

Es aún mejor que en las fotos, de lo que imaginé.

El amplio salón, el suelo de piedra gastado.

Esa idea de que es una villa pero no es moderna ni funcional, es historia, sencilla, auténtica.

Prácticamente echo a correr hasta la terraza. Aparto las cortinas blancas, salgo y ahí está, otra vez el mar, como si fuera el leitmotiv de cada rincón de este lugar.

Camino despacio por el suelo de losas color terracota hasta la baranda de piedra y respiro hondo, llevándome conmigo el olor a agua salada.

—Es increíble —digo sabiendo que Alex acaba de acercase aunque no lo haya visto ni oído.

Me giro y ahora me toca decir «Ahí está él». Con el costado apoyado en el marco y las manos en los bolsillos del pantalón corto que se puso en el avión esta mañana.

—¿Sabes? —me pica—. Todavía tengo dudas sobre si este sitio te gusta o no.

Yo tuerzo los labios conteniendo una sonrisa.

—Pues no deberías porque probablemente me mude aquí.

—A dibujar casitas de colores en vez de rascacielos.

—Y el mar —añado sonriendo de oreja a oreja.

Alex asiente.

—Me parece un buen plan de vida.

—Este lugar ya está haciendo su magia con el implacable Alexander Vandervilt.

Él frunce la nariz en ese gesto que siempre me ha parecido increíblemente sexy.

—No cantes victoria tan rápido.

Niego con la cabeza, dulce e insolente, caminando hacia él con las manos en la espalda.

—Siempre he sabido cuando algo te gusta de verdad —le digo deteniéndome frente a él, alzando la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos—, por mucho que tú intentes disimular.

No era mi intención cuando he empezado a andar, pero ahora estamos muy cerca y puedo notar mi respiración acelerándose suavemente como cada vez que entre Alex y yo hay tan poquita distancia.

Me pierdo en sus ojos gris oscuro.

Hemos construido algo maravilloso en estos tres meses, pero hay veces, como esta, en las que mi corazón no parece captar que ya no puedo suspirar embobada cada vez que lo tengo delante.

—Creo que nunca he sido demasiado bueno disimulando —admite con una leve sonrisa en los labios.

Me encojo de hombros.

—Aunque fueras Marlon Brando seguiría pudiendo leer en ti, Vandervilt —lo amenazo entrecerrando los ojos divertida.

Sonreímos. Es tan fácil. Y estamos tan cerca. Eso también es muy fácil.

—Pues yo creo —dice incorporándose, moviéndose con esa tranquilidad hasta quedarse frente a mí, haciendo que tenga que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos— que lo que pasa es que estás tan pendiente de mí, me tienes tan fichado, que me sabes de memoria —sentencia engreído, disfrutando de cada palabra.

Abro la boca fingiéndome indignadísima.

—No es verdad para nada —protesto—. Tú —clavo un poco el índice en su estómago, haciendo un gran hincapié en una palabra tan pequeñita— eres el que me tienes fichadísima. Te encanta mirarme —replico, jugándomela.

Si él puede tener un ego como Manhattan, yo puedo tenerlo como Amalfi.

Alex me atrapa el dedo con su mano justo cuando iba a retirarlo y rompo a reír.

—A ti te encanta que te mire —afirma en absoluto arrepentido a la vez que mueve sus dedos sobre los míos y sin darnos cuenta empezamos a jugar con ellos.

—Eres un descarado —sentencio yo.

Él mueve la cabeza meditando mis palabras.

—Eso te gusta todavía más —responde terriblemente convencido.

Tuerzo los labios, tratando de resultar muy amenazante, pero estoy conteniendo una sonrisa.

—Me niego a seguir teniendo esta conversación —anuncio solemne.

Entrelaza su mano con la mía.

—Entonces gano yo.

—Oye —me quejo, pero es inútil porque rompo a reír otra vez.

Él sonríe, ese gesto divertido y lleno de suficiencia, parece que por su victoria autootargada en esta conversación, pero, en realidad, es por mi reacción.

Su pulgar empieza a acariciar el dorso de mi mano entrelazada, un vaivén lento que disuelve las últimas risas entre los dos. El silencio se vuelve denso, cargado de una intimidad tan cómoda y natural que casi asusta.

Es fácil. Es muy fácil.

—¡Chicos! —nos llaman desde el interior de la casa, rompiendo la burbuja de un plumazo—. ¡Problemas!

Nos miramos con el ceño fruncido y regresamos al interior de la villa.

Ted, Val y Mellow no están solos, como cabría esperar: un señor de cincuenta largos y un poco bajo está en el centro del salón tratando de comunicarse con ellos en italiano. Parece nervioso, lo que claramente no es una buena señal.

—Tú eres el que sabe italiano —le dice Val a Alex.

Él se acerca. Se presenta. El hombre hace lo mismo y habla cada vez más rápido. Cuando señala el piso de arriba y Alex sigue la dirección con la mirada resulta evidente que no son buenas noticias.

Tras unos cinco minutos intuyo que el señor se está disculpando y, tras despedirse, se marcha.

—Bueno —lo azuza Mellow—, haznos la traducción.

—Ha habido un problema de humedad a causa de una tubería. Nada grave, pero ha tenido que cerrar una de las habitaciones. Han dejado de ser cuatro dormitorios, ahora solo tenemos tres.

—Qué putada —se queja Ted.

Todos protestamos de una manera u otra, aunque, gracias a Dios, también somos conscientes de que es algo bastante asumible.

—Vale, la situación es la que es —toma la palabra Ted—: hay tres habitaciones y somos cinco.

—Me encanta cómo resumes —lo pincho.

Él me mira mal y yo sonrío enseñándole todos los dientes solo para fastidiarlo.

—Eden y Mellow ya iban a compartir habitación —continúa recapitulando—, pero quizá sea más fácil si reorganizamos las parejas. Por ejemplo, Val duerme con Eden y Mellow conmigo.

—No pienso dormir con Val —me opongo—, ronca.

—No es verdad —se queja la aludida, un poco indignada.

—Claro que sí —me apoya Mellow.

—Valerie, roncas como el motor de un F14 al que Tom Cruise olvidó echar aceite —sentencia Ted.

Mellow rompe a reír.

—Yo no pienso dormir contigo —le advierte Mellow a Ted cuando sus carcajadas se calman—. ¡Te mueves muchísimo!

—Retíralo —le ordena, pero ella niega con la cabeza sin dudar.

—No, te estiras en cruz y das patadas.

—Lo de las patadas solo pasó una vez. Soñaba que era Harry Styles y un grupo de fans especialmente entusiasta me acorralaba en el pasillo de un hotel.

Yo me echo a reír. Pobre Teddy Styles.

—¿Y lo de dormir en cruz? —contraataca Mellow.

—¡La cama era diminuta! ¡Como el salón de Pin y Pon de Eden!

—¡Ey! —intervengo como parte ofendida—. Mi salón es genial.

—Precioso —responde Ted sardónico—, y el día que conozcas al resto de los habitantes de la casa de muñecas te lo pasarás de miedo.

Abro la boca indignadísima, pensando en recurrir a la violencia para defender mi propiedad como si viviéramos en Oregon a principios del siglo XX y la justicia impartida por los Marshall aún no fuera ley en este territorio salvaje.

Ted responde haciéndome un mohín y yo lo miro aún peor.

—Idea —toma el relevo Val—: Mellow con Eden y tú —dice señalando a Ted— conmigo.

—Jamás —contesta él sin dudar.

—¿Por qué?

—Estás enamorada de mí.

—Eso no es verdad.

—Pero, lo de que roncas, sí. Solo intentaba ser amable y ofrecerte una salida.

—No voy a dormir con Eden —interviene Mellow—. Habla en sueños.

—No hablo en sueños.

—Hablas muchísimo —se ríe de mí mi propia hermana traidora— o haces esos ruiditos.

— Ni, ni, ni, ni, ni —empiezan a imitarme todos a la vez, con la voz ridículamente aguda.

¡Yo no hago eso!

Los fulmino a todos con la mirada, especialmente a Alexander Vandervilt, que encima de todo sonríe encantado por mi reacción.

—Pues con Alex —le da la opción Val a Mellow.

El estómago se me encoge de pronto. No entiendo por qué, pero no me ha gustado nada esa posibilidad.

Noto la mirada de Alex sobre mí y solo entonces me doy cuenta de que, involuntariamente, estoy agarrando mi vestido con demasiada fuerza.

Al ser consciente de ello, me suelto, me enderezo y empiezo a pasearme por el salón.

Él vuelve a esbozar esa media sonrisa engreída y llena de suficiencia, apoyado en la isla de la cocina abierta.

—No —responde Mellow sin dar lugar a dudas y mi estúpido corazón se calma—. Seguro que se pasa toda la noche trabajando con el portátil o recibiendo llamadas y no quiero que me despierte gruñendo que está rodeado de incompetentes mientras se levanta a las cuatro de la mañana.

Val rompe a reír. Yo casi hago lo mismo. Alex rodeado de incompetentes, es la cruz de su existencia.

—Se admite —contesta Ted—. Val y Alex.

—Mismo motivo —dice ella rápido y yo agradezco que se haya negado a esa velocidad, aunque no voy a profundizar en por qué. Soy más feliz así—. Paso de que me despierten corporativamente.

Ted resopla. Sé está quedando sin opciones.

—Solución —propone exasperado—: Val y Mellow por un lado.

—Es nuestra tradición de mejores amigas —confirma contenta la primera y las dos sonríen.

—Y tú y yo, hermano —le dice Ted a Alex.

—Ni de coña —contesta Alexander.

—¿Por qué? —inquiere ofendidísimo Ted.

—Porque suficiente hago con aguantarte despierto.

—Pues ya no te quiero —responde Ted sin dudar haciéndome sonreír. Val incluso finge un puchero. Ha sido una amenaza realmente dura—. Solo queda una opción, Eden y yo. Listo.

El ambiente cae diez grados de golpe y se hace un silencio absoluto solo por la manera en la que Alex mira a Ted cuando pronuncia esas palabras. Lo gracioso es que no parece enfadado, ni siquiera ha dicho nada, es peor. Está amenazadoramente tranquilo.

—O quizá no —añade rápidamente Ted.

—Definitivamente no —sentencia Alex.

Yo bajo la cabeza ocultando una sonrisa y el hecho de que todo mi cuerpo se ha llenado de calidez con la reacción de Alex.

—Dejaos de líos —habla precisamente él—. Eden y yo dormiremos juntos.