56
Valerie
No son pareja, pero se comportan como una pareja. Esa es una verdad más inconmensurable que el Imperio romano.
No puedo evitar pensarlo mientras los observo dormir.
La cabeza de ella casi escondida en su cuello, sus piernas enredadas, el brazo de él rodeándola, su mano descansando posesiva en su cintura.
Ya ha amanecido y la luz dorada se filtra a través de algunas ventanillas dando una agradable sensación de paz...
hasta que escucho el ruido de un armarito abrirse y a continuación alguien intentando abrir un paquete de patatas muy despacio para no hacer ruido y por ese motivo hacer prácticamente el doble.
Fulmino con la mirada a Ted, agazapado en la cocina.
—No quiero hacer ruido —susurra—, pero tengo hambre y ya sabes la política de Alexander Vandervilt en sus aviones.
Tuerzo los labios conteniendo una sonrisa. La conozco. Nada de molestar al personal de diez de la noche a nueve de la mañana, salvo emergencias. Y como Ted ya comprobó una vez, tener hambre y necesitar alcohol no son emergencias contempladas.
—¿Por qué comes eso para desayunar? —lo riño de la misma manera—. Vas a taponarte las arterias.
—Porque no puedo despertar a la auxiliar de vuelo para que me haga tortitas.
—Come fruta.
—Sí, y si quieres le echo piña a mi pizza.
Pelearse en murmullos es la cosa más ridícula que hay.
—¿Por qué estamos susurrando? —caigo en la cuenta.
—No lo sé.
—Este avión... Este avión —empiezo de nuevo hablando en un tono normal— es enorme, no vamos a molestar a nadie.
—Bien dicho —sentencia Ted dejando de susurrar y abriendo las patatas de un tirón.
Justo en ese segundo Alex se mueve y los dos contenemos el aliento. Por suerte, no se despierta y los dos respiramos aliviados.
—Cobardes —nos llama Mellow desde el otro extremo del avión junto a la puerta de los lavabos.
Nos reunimos los tres en los asientos, con dos cafés y un paquete de Cheetos Chrunchy.
—¿Qué hora es? —pregunto.
—Casi las ocho —responde Mellow.
—¿De Nueva York o de Italia?
—Ya he perdido la capacidad de distinguirlo.
Asiento. Una respuesta completamente razonable. Yo me siento como uno de esos astronautas que no saben si están al derecho o al revés.
—Deberíamos hablar de lo que está pasando —dice Mellow tras darle un sorbo a su café.
Ted suelta una sonrisilla.
—¿Del señor y la señora Vandervilt? —inquiere refiriéndose a Alex y Eden.
—Gracias —contesta Mellow vehemente—. Se comportan como una pareja y no son pareja.
Yo sonrío.
—Exacto —contesta Ted.
—Frustrante.
—Superexacto. Míralos —nos exige señalándolos con un cheeto.
—Observo que los tres hemos llegado a la misma conclusión —sentencio levantando las cejas.
—¿Solo nosotros? —replica Ted—. Hace una semana estábamos en la puerta de un restaurante nuevo en Nolita...
—¿Cuál? —lo interrumpo.
—El In Love.
—¡Me han hablado genial de él! —salta Mellow—. Dicen que los fetuccini están increíbles.
—Mejor los ravioli de ternera —le explica Ted.
—Centrémonos —los riño.
Ted asiente dándome la razón.
—El caso es que acabábamos de salir y Alex se giró para abrocharle el abrigo a Eden porque ella se había frotado los brazos una vez. —Mellow se aguanta la risa con el dato—. Una mujer los vio y dijo: «Qué pareja tan bonita».
—Siempre se han comportado así —rompo una lanza a su favor—. Alex, hiperprotector con Eden y Eden revoloteando a su alrededor.
—Sí, pero antes era distinto —repone Ted—. Tenían una pequeña parcelita de vida al margen del otro.
Mellow lo mira como si acabara de decir que la tierra es plana.
Ted levanta las manos en señal de derrota.
—Vale, muy pequeña —admite.
—Pequeñísima —lo corrijo yo.
—Alex se tiraba a otras —describe exactamente esa «parcelita».
—Sí, aquello era sanísimo también —contraataca Mellow—. Alex llevándose a Lindsey Herrera al Plaza, acostándose con ella y saliendo de la habitación prácticamente poniéndose la camisa mientras Eden fingía que no pasaba nada.
—Eden tuvo un novio hace unos meses —les recuerdo.
—Y todos sabemos cómo acabó aquello —me recuerda a mí Mellow.
—Alexander y pastelitos de nueces, eso siempre ha sido una mezcla explosiva —sentencia Ted y los tres sonreímos.
Eden se mueve y murmura algo ininteligible en sueños, Alex, todavía dormido, la aprieta más contra él, ella esconde definitivamente la cara en su cuello y él la acaricia despacio la espalda hasta que vuelve a quedarse tranquila.
—¿Habéis visto eso? —pregunta Ted completamente alucinando mientras los tres salimos del shock .
—Imposible no hacerlo —afirmo.
Absolutamente imposible.
—Y todavía son capaces de decir «Solo somos amigos» —comenta Mellow—. Es que esa parte está matando mi capacidad neuronal. Se tienen que tener unas ganas que por menos Alejandro Magno conquistó Babilonia.
—Qué referencia más culta —la felicito.
—La revista —contesta orgullosa—. El otro día fue al apartamento de Alex...
—¿Cuál de ellos? —pregunto.
—Exactamente —se contiene para no gritar Ted—. ¿Dónde vive Alex y dónde vive Eden? Te lo diré: los dos viven juntos en los dos sitios y no lo saben.
Levanta los brazos completamente exasperado y Mellow y yo rompemos a reír.
—¿Sabes qué encontré en su baño? —continúa Mellow.
Los dos lo miramos intrigados.
—Tampones —anuncia— y dos cepillos de dientes, champú de chica. Y hay cosas de Eden por todas partes, cuadernos, lápices, cojines que claramente ha comprado ella.
—Alex —empieza a imitarla Ted con la voz aguada y dulcísima y el ceño fruncido—, hay más colores además del negro y no me refiero al gris marengo.
—Eden —responde Mellow con la voz exageradamente grave fingiendo ser Alex —, ¿quieres dejarme vivir? Me gusta mi salón así, pero ¿qué cojines quieres? Los compraré todos, mejor, comparé la tienda entera.
Los tres empezamos a reírnos otra vez. Es ridículo, pero es muy temprano y creo que la diferencia horaria nos está afectando. Además, es la pura verdad. Funcionan así. Alex, aunque sin dejar de quejarse, le da absolutamente a Eden todo lo que quiere.
—El whisky caro que Alex toma cuando ha tenido un día complicado en la oficina está en casa de Eden —explica Ted—. Lo que me ofende muchísimo —añade llevándose la mano al pecho.
—Yo pensé que empezarían a comportarse como personas normales cuando Alex se mudara —intervengo—. De verdad, les tenía fe.
—Ilusa —se mete conmigo Mellow.
—Duraron doce horas separados antes de que ella se plantara en Chelsea para que desayunaran juntos —explica Ted.
—Al día siguiente ya tenía una taza preferida.
—Y discutían por dónde guardar los cereales.
—Y Alex volvía a tener trajes en el armario de Eden.
—Esos trajes nunca salieron de ahí, joven Watson —sentencia otra vez Ted.
Alex se mueve dormido, se gira un poco más hacia Eden y, con un cuidado que parece casi una reverencia, le pone la mano en la mejilla, solo como si, incluso en sueños, quisiera asegurarse que está ahí. Ella suelta un ruidito satisfecho y vuelven a quedarse profundamente dormidos.
—Es bonito —digo sin poder dejar de mirarlos.
—Sí, muy bonito.
—Pero no follan —suelta Ted.
Cojo el paquete de Cheetos y se lo tiro a la cabeza.
Está casi vacío, pero el polvo naranja radioactivo le cae en la cara, suficiente para señalarlo y empezar a reírme mientras él maldice en lo que cree que es italiano, pero se parece sospechosamente a lo que dice Mario Bros cuando pierde un champiñón.
—Alex la toca constantemente —analiza Mellow.
—Alex la ha tocado constantemente siempre —le recuerdo.
—Ahora es peor.
—Mi teoría —expongo— es que, si los soltaras en dos extremos de una habitación, encontrarían la manera de tocarse. Como una nueva ley física.
—Como un hechizo.
—Como una maldición. Anck-su-namun, Anck-su-namun —empieza a decir Ted poniendo los ojos en blanco y otra vez tengo que reírme.
—Ahora en serio —continúo—, parecen felices, ¿no?
Mellow y Ted miran hacia ellos y puedo ver cómo sus miradas se endulzan, como la mía. Los tres hemos sido testigos de lo mal que lo han pasado, de cuánto se quieren y nosotros los queremos a ellos. Al final eso es lo único que nos importa, que sean felices.
—Sí —dice Ted con la voz suave, sin bromas.
—No parecen estar esperando nada, ni sentirse frustrados.
—Yo lo estoy —comenta Mellow.
—No sabes cómo te entiendo —le da la razón Ted.
Yo ladeo ligeramente la cabeza, fijándome en cómo Alex la abraza, como si, incluso dormidos, quisiera protegerla de todo, y miro a Eden, que ahora mismo está en su lugar seguro y favorito en el mundo.
—Antes siempre parecía que estaban intentando llegar a algún sitio —continúo—. Ahora parece que ya han llegado.
Una leve sonrisa se cuela en mis labios cuando pronunció las últimas palabras.
—¡Sexo!
—¡Ted! —protestamos Mellow y yo al unísono.
—Siento ser yo quien aporte esta dosis de realidad, pero, si no le has visto el culo desnudo a tu alma gemela, el vínculo no se completa, es como un ritual de hombres lobo —añade moviendo rápidamente la mano—, o como rellenar la solicitud para alquilar un piso en el Upper East Side.
—Ambas se parecen bastante —certifica Mellow.
—¿Rituales con culos? —digo yo planteándome seriamente lanzarlo desde el avión.
—También he hablado de almas gemelas —replica sacudiéndose el polvo naranja de los Cheetos de su camiseta—. La maldad está en el ojo del que mira.
—Amalfi va a ser una pésima idea —se ríe Mellow cayendo en la cuenta.
—Amalfi es una idea cojonuda —replica Ted—: o explotan y dentro de nueve meses somos tíos de sobrinitos concebidos en Italia, o vivimos un drama sentimental con camisetas hawaianas a lo Romeo y Julieta de Leo DiCaprio.
—Siempre la de Leo DiCaprio —sentencia Mellow índice en alto con mucha seriedad.
—Alex —oímos la voz dulce y rota por el sueño de Eden.
Nos giramos hacia ella y la vemos separar despacio la cara del cuello de él, buscándolo inmediatamente. Alex ha abierto los ojos antes que ella, esperándola, y cuando se encuentran esboza una sonrisa suave y perezosa.
—Buenos días, nena —dice él.
Ella no contesta nada, solo se deja caer sobre él otra vez y lo abraza con fuerza mientras Alex cierra los ojos, dejándose hacer, y le acaricia la espalda.
Los tres tardamos un par de segundos de más en reaccionar.
—Pues ya estaría —comenta Ted cuando los tres nos giramos de nuevo hacia la mesa.
—Sí, ya estaría —responde Mellow.
No son pareja, pero se comportan como una. Ya ni el Imperio romano vale como comparativa.