La noche que encendimos Nueva York 55
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Alexander

—Si vuelves a decir ciao con acento italiano de Nueva Jersey, te dispararé y te lanzaré al mar desde el avión como en una película de Samuel L. Jackson —le advierte Mellow a Ted.

—Qué amenaza más específica —comenta Eden.

—Nueva Jersey, qué ofensivo —se queja Ted, como si ese fuera el mayor peligro de esa frase.

Estamos caminando hacia el jet desde la sala supervip del JFK. Hace poco que ha anochecido, así que pasaremos la noche volando.

—No soy yo el que se ha comprado una revista en italiano para ambientarse —acusa Ted a Mellow.

—La inmersión cultural requiere sacrificios.

—Lo que requiere es educación primaria.

—Se acabó —sentencia Mellow entrecerrando los ojos—. Vas a morir.

—Mamma mía!

Sin dudarlo sale disparada hacia él y él, hacia el interior del avión. Eso me gusta. Garantiza que Ted no tiene escapatoria.

—Ir con vosotros es como ser la profesora encargada del viaje de fin de curso —protesta Val, que ya tiene el antifaz colgado del cuello y dos libros, uno en cada mano.

Yo estoy a unos metros, atendiendo la última llamada de trabajo antes de montarme en el jet . Las siguientes tendrán que esperar a que aterricemos.

—Este contrato tiene que estar firmado mañana a primera hora de la mañana —ordeno al director de legal—. Quiero que repaséis hasta la última cláusula. No acepto ni un solo cabo suelto.

Frunzo el ceño cuando veo que Eden no sube las escaleras tras Val y camina junto al avión hasta llegar casi al morro. Me muevo unos pasos y sigo su línea de visión. Una sonrisa se cuela en mis labios al darme cuenta de que está viendo el skyline de Manhattan levantándose icónico.

Saca el cuaderno de su mochila, uno de sus lápices y empieza a dibujar.

Echo a andar en su dirección.

—Preparad también todo el asunto Foxborough.

Miro a ambos lados y acelero el paso.

—Quiero que Linda Newman se encargue de la última parte del proyecto con las nuevas modificaciones.

Agarro a Eden de la cintura y la obligo a dar un par de pasos hacia atrás. Apenas dos segundos después uno de esos carritos cargados de equipaje pasa delante de ella.

Está tan concentrada dibujando que ni siquiera se da cuenta.

—No. El proyecto tiene veinte millones de margen y eso es todo lo que estoy dispuesto a ceder.

Gira la cabeza un segundo hacia mí y sonríe antes de seguir moviendo el lápiz sobre el papel, sin apartarse de mi lado. Yo también sonrío mientras una de mis manos sigue en su cintura.

—No me vale que los tipos impositivos estén cambiando. Es una excusa de pena. Dejé muy claro los resultados que quería y no pienso conformarme con menos.

Eden coge el cuaderno con las dos manos, apoyándoselo en los antebrazos, y levanta la cabeza para comprobar el resultado con la realidad. Yo también miro. Sé que solo es un boceto, pero, joder, está lleno de vida.

—Tienen dos semanas para trabajar en esa línea.

Ella asiente satisfecha y orgullosa, mi sonrisa preferida, y guarda su cuaderno y el lápiz. Yo entrelazo mi mano con la suya y tiro ligeramente para que me siga hasta las escalerillas.

—Desvincula la operación y espera a que el baremo esté entre el tres y el uno y medio por ciento.

Cuelgo cuando al fin alcanzamos el interior del avión.

—Buenas noches, señor Vandervilt —me saluda el capitán mientras me guardo el teléfono en el bolsillo de los pantalones de traje.

He salido directo desde la oficina y no he tenido tiempo de cambiarme, aunque ya no llevo la chaqueta, me he remangado la camisa y, en el coche, Eden se ha deshecho de mi corbata y me ha desabrochado los primeros botones—. Podemos despegar en cuanto lo desee.

—Ya, por favor —respondo.

Él mueve la cabeza afirmativamente mientras Eden camina hacia el centro de la cabina y se acomoda en nuestros asientos.

La sigo unos segundos después. Val ya está profundamente dormida, aunque creo que sería más correcto decir que ha entrado en coma, Mellow está leyendo y Ted, concentrado en su móvil.

El despegué es bastante suave y apenas veinte minutos después estamos perfectamente equilibrados atravesando el cielo de Nueva York.

El avión está sumido en un cómodo silencio, lo que es realmente sorprendente si estamos los cinco juntos. Sigo trabajando, comprobando correos en el portátil, pero entonces me doy cuenta de algo. Eden está rara.

No está dibujando, primera pista. No está contándome algo increíble que ha visto esta mañana, ni explicándome cuál fue su chiste favorito del programa de Fallon de la noche anterior, segunda pista.

No está protestando porque esté trabajando mientras vamos hacia nuestras vacaciones, tercera y definitiva pista.

Solo está ahí, sentada frente a mí, inquieta, y la conozco lo suficiente para saber qué le pasa.

—Si no te gusta volar, ¿puedes explicarme por qué has aceptado unas vacaciones que incluyen dos vuelos intercontinentales de nueve horas? —planteo sin apartar la vista de la pantalla.

—No lo sé —contesta encogiéndose de hombros—. Mal cálculo de riesgos.

—Por culpa de eso acabé siendo amigo de Ted.

—Ey —se queja el aludido y Eden sonríe.

Misión cumplida. Quiero que deje de pensar que está en un avión.

—No es que no me guste volar, es que no me hace especial ilusión —concreta.

—Lo sé —respondo.

—No me da miedo.

—También lo sé y también sé que te pregunté.

Lo hice. Me dijo que no pasaba nada. Insistí. Me llamo Alexander Miranda Priestly Vandervilt y me dijo que no podía controlarlo todo y ahora... aquí estamos.

Aparta la mirada perdiéndola en la ventanilla, mordiéndose el labio inferior.

—Tú necesitabas venir —suelta de un tirón, como si las palabras se le hubieran desparramado.

Frunzo el ceño levantando la vista del ordenador. Ella me devuelve su atención despacio y, cuando nuestras miradas vuelven a conectar, otra vez se encoge levemente de hombros.

Eden sigue hablando sin darse cuenta de que acaba de hacer que el corazón me tropiece en el centro del pecho con una sola frase.

—Te has pasado tres meses trabajando hasta la extenuación. Necesitas descansar y sabía que solo vendrías si pensabas que a mí me hacía ilusión venir. Que quede claro —añade alzando el índice—, también me hace. Es solo una escala de motivos.

No me está reprochando nada. Las palabras salen sencillas, naturales, como si fuera lo más normal del mundo que cuide así de mí, como si llevase haciéndolo toda la vida, y es verdad, siempre lo ha hecho.

Joder.

—Además, tampoco es tan terrible. Solo intento no pensar que estoy en una lata de sardinas cara y gigante suspendida sobre el océano.

Me quedo mirándola. Me pregunto si será consciente de lo que me hace, porque ahora mismo me está matando de la manera más dulce del puto planeta Tierra.

—Ven aquí.

No lo pienso, solo lo digo.

Ella me mira, se pone en pie y camina hasta mí. Sin dudar. Yo levanto el reposabrazos extiendo mi brazo y ella se sienta en el asiento junto al mío. Se acurruca junto a mi costado, con la cabeza en mi pecho, y automáticamente la rodeo con el brazo.

Noto su respiración, un poco errática, un poco acelerada, y empiezo a mover la mano sobre su piel, arriba y abajo, despacio.

—Así que me has engañado —comento socarrón.

—Técnicamente te he convencido.

—Yo lo llamaría más conspiración en la sombra.

—Pero por una causa completamente benéfica.

—¿Ahora soy una causa benéfica?

Ella asiente contra mi pecho.

—Que los trajes caros no te engañen, Vandervilt.

—Al menos, espero ser desgravable.

—Sí —contesta resignada—, pero no compensa el trabajo.

Quiere mantener el tipo, pero no es capaz y rompe a reír con su propia broma.

Yo sonrío por oírla así.

Sin embargo, sigue tensa.

—Relájate, Lockhart.

—Lo intento.

—Lo intentas fatal.

Ella resopla otra carcajada contra mi camisa.

Poco a poco va calmándose y, sin darse cuenta, conforme más tranquila se encuentra, más se acerca a mí, hasta que cinco minutos después está completamente dormida.

Relajada.

Confiada.

Como si, que estuviésemos cerca, apagase todas sus alarmas. Esa sensación me gusta más de lo que podría imaginar.

Le pido una manta a la auxiliar de vuelo y tapo a Eden. Ella suelta un gruñidito de satisfacción, pero no se mueve.

Cuando me aseguro de que está profundamente dormida, reactivo el portátil con la mano libre y continúo trabajando.

***

Han pasado un puñado de horas cuando siento a Eden moverse. En algún momento de la noche murmuró que necesitaba cambiar de postura y bajó la cabeza a mi regazo. No protesté, había recuperado un brazo, pero ahora se ha despertado.

—Vuelve a dormirte. Todavía es de noche.

Ted, Val y Mellow siguen haciéndolo. Todo está en silencio.

Ella cierra los ojos, pero al cabo de unos segundos vuelve a abrirlos, esforzándose muchísimo.

—¿Qué hora es? —pregunta.

—Tarde.

—Me gustaría un número.

Miro el reloj en la esquina de la pantalla.

—Las tres y media.

—¿Y sigues trabajando?

—Sí.

Un momento de silencio.

—Me caes fatal —contesta al fin.

Yo sonrío, casi río, y ella se incorpora despacio hasta quedarse sentada en su sillón. Está envuelta en la manta, muerta de sueño y jodidamente adorable.

—Hola —me dice, como si acabáramos de resetear la conversación.

Me humedezco el labio inferior conteniendo otra sonrisa.

—Hola —respondo—. ¿Tienes hambre?

Ella niega con la cabeza, pero en el mismo gesto termina asintiendo, consiguiendo que mi sonrisa se ensanche.

Cierro el portátil, me levanto y le tiendo la mano.

—Ven —le ordeno—. Vamos a comer algo.

Ella acepta mi mano de nuevo sin plantearse nada más, como cada vez en realidad, y yo la llevo hasta la pequeña cocina al fondo del avión.

Abro un par de armaritos y empiezo a preparar algo rápido. Un poco de fruta, un poco de queso y galletas saladas.

Estamos prácticamente a oscuras salvo por la tenue luz que sale de debajo de los muebles.

Eden se queda a mi espalda, todavía envuelta en la manta, con tanto sueño que apenas se mantiene en pie. No me sorprende cuando acaba apoyando la mejilla entre mis omóplatos y me rodea la cintura con los brazos para mantener el equilibrio.

—Tengo mi propia mapache, me gusta.

—Y tenemos muy mal humor cuando nos despiertan. No nos provoques.

Sonrío mientras me doy un poco de prisa. Quiero que coma algo antes de caer rendida otra vez.

—Pequeña mapache, ¿sigues viva? Tengo comida para que robes.

Eden se ríe un poco contra mi espalda y noto el sonido en todo mi cuerpo.

Joder.

—Cuando te duermas, te llevaré de vuelta al asiento.

—Ya estoy dormida.

—Eso me temo.

—Solo quería asegurarme de que comieras algo.

Por un segundo me falta el aire y me quedo muy quieto porque ahí está otra vez.

Lo mismo que hizo al aceptar venir, lo que hizo cuando me recogió de la nieve, lo que lleva haciendo desde siempre, cuidarme, de esa manera tan suya, como si fuera lo más normal del mundo.

Y, joder, me gusta que sea ella quien lo haga. Mucho. Probablemente demasiado.

Termino los platos y me giro con cuidado. Ella me suelta lo suficiente para que pueda volverme y vuelve a apoyarse contra mí, esta vez en mi pecho, mientras sigue abrazándome.

Yo dejo que se acomode e intento que coma algo. Tres bocados. Es todo lo que consigo antes de que me deje claro que una mapache somnolienta es el peor enemigo que un hombre puede tener. Yo también como, aunque no tengo especialmente hambre, solo para que Eden se quede tranquila.

—Hora de volver —anuncio antes de levantarla a peso.

Eden reacciona con toda la familiaridad del mundo, rodea mi cintura con sus piernas, mi cuello con sus brazos y hunde la cara entre ellos y mi piel mientras yo la acomodo contra mí.

Lo hemos hecho cientos de veces.

Miles.

Toda la vida.

—Buenas noches, Alex —murmura.

—Buenas noches, nena.

Atravieso el avión mientras sobrevolamos el océano Atlántico.

La dejo en su asiento y, en cuanto ocupo el mío, ella vuelve a buscarme, desliza sus piernas sobre las mías, apoya la cabeza en mi pecho y se acurruca contra mi cuerpo. Yo la abrazo con fuerza y ella suelta un suspiro tranquilo, pegándose un poco más a mí.

Hundo la nariz en su pelo y respiro despacio antes de apoyar mi cabeza contra la suya.

El avión sigue volando.

Nueva York cada vez más lejos, Amalfi, más cerca, y nosotros en mitad de ninguna parte, pero completamente seguros de que no querríamos estar en ningún otro lugar.