54
Alexander
Ted deja caer el móvil sobre la mesa pequeña de mi despacho y se deja caer él, dramáticamente, sobre el sofá. Disimulo una sonrisa justo a tiempo.
—Necesito desaparecer una semana de Manhattan o voy a cometer un crimen financiero —se queja mirando al techo.
—Eso ya lo haces normalmente —apunta Val sentada en el suelo, con la espalda apoyada en los ventanales y el portátil abierto sobre las piernas.
Habíamos quedado, pero he tenido un par de asuntos que me ha sido imposible esquivar y hemos acabado viéndonos aquí.
—Son inversiones ligeramente agresivas, nunca asesinatos.
—Qué tranquilidad saber distinguirlos —comento sin dejar de leer el informe que tengo delante.
Mellow estira los brazos por encima de la cabeza sentada en el sillón.
—Yo apoyo lo de desaparecer. El verano en esta ciudad es insoportable. Hace demasiado calor y todos los neoyorkinos parecen moverse en manada a la misma hora a los mismos sitios.
Toda la razón.
—Eso es porque Nueva York tiene personalidad —replica Val.
—¿Por qué no nos vamos de vacaciones? —Ted pronuncia cada palabra como si quisiera empujarnos a tener una revelación—.
Europa. El Viejo Continente. A morirnos de calor pero con más estilo.
Si voy a ir en manada a cualquier lado, exijo hacerlo como un turista estadounidense auténtico, con sombrero y gritando que soy americano y tengo mis derechos mientras agito mi pasaporte.
Una risita por la retahíla de mi amigo me hace levantar la vista de los papeles. Eden está sentada al otro lado de mi escritorio, dibujando.
Nunca deja de sorprenderme la habilidad que tiene para ocupar este espacio como si fuera suyo sin ni siquiera hacer algo en particular para conseguirlo. Siempre ha sido capaz, hace dos semanas, dos meses, dos años, desde que se convirtió en mi despacho la primera vez.
Ya han pasado tres meses desde que lo recuperé y todo parece haberse ordenado un poco.
Las cosas en el Vandervilt Group han vuelto a hacerse como yo digo que se hagan y se están notando los primeros resultados.
Mi padre ha decido fingir que el último año no ha existido.
Sé que una parte de él está orgullosa de que le arrebatara el puesto, como si estuviéramos en una novela de Shakespeare y acabase de demostrar toda mi valía, pero la otra sigue sin estar de acuerdo en cómo llevo mi vida ahora.
No me interesa. Son mis decisiones. Pueden parecerle bien o mal, pero tiene que respetarlas. Siempre.
Me mudé a mi propia casa. No quería nada ridículamente lujoso ni ostentoso y alquilé un apartamento en Chelsea, en un edifico tranquilo, discreto y con buena seguridad.
Se suponía que eso debía marcar una distancia lógica, adulta y razonable entre Eden y yo, darnos tiempo y espacio para enfocar nuestra relación de otra manera, pero digamos que, cuando a la mañana siguiente de que me mudase llamó a mi puerta con un paquete de muffins y dos cafés para que desayunáramos juntos, supe que lo de «marcar distancias» no iba a funcionar.
Aunque, siendo justos, debí de imaginarlo la tarde anterior cuando llegaron desde el supermercado con la compra y me aseguré de que no se hubieran olvidado las Oreo.
Sigo teniendo la llave de su apartamento.
Ella, el código de acceso al mío.
Sé que, de mi edificio en la 28 Oeste hasta el de Kinetix Creative, hay veintidós manzanas.
Eden tiene claro que desde el Village a Chelsea solo hay once, bueno, y tres edificios que quiere dibujar, dos que ya ha dibujado, una tienda «alucinante de material de escritorio vintage .
Tenemos que entrar, Alex. Te va a encantar» y un zapatero artesanal que deja que su perro Bobby duerma en la tienda y que ya saluda a Eden con un ladrido contento cada vez que pasamos por allí.
A veces aparece en mi cocina con el pelo mojado, una sudadera mía que le queda enorme y la exigencia absurda de que le prepare café porque, según ella, mi cafetera es mejor que la suya aunque compramos las dos el mismo día y son exactamente el mismo modelo.
A veces soy yo quien pasa por su apartamento después del trabajo con comida.
A veces vemos una película que ella elige y luego se queda dormida a los veinte minutos en mi sofá, con la cabeza en mi pecho, sus piernas sobre las mías, tapada con la mantita que le compré porque, aunque tengo la temperatura regulada, aparentemente en mi apartamento siempre hace frío.
No nos hemos besado.
No nos hemos acostado.
Y no voy a negar la mayor evidencia del mundo, quiero hacerlo, quiero follármela, tenerla debajo de mí y hacerla gemir hasta que cambiemos de estación, pero lo que tenemos ahora también me vale. No es la antesala de nada. No es algo frustrante ni un stand-by . Somos nosotros.
—¿La Provenza francesa? —plantea Mellow.
—Soy de beber vino, no de vivir el proceso —se opone Val y todos asentimos—. ¿Centroeuropa? Praga, Viena, Budapest, palacios, calles preciosas, champagne ...
—No quiero morirme de calor en una calle preciosa —replica Mellow—. Quiero morir de calor en una playa preciosa, con hombres preciosos y, si te hace feliz, estoy dispuesta a aceptar que también haya una calle preciosa —cede sonriendo.
—¡Lo tengo! —sentencia Ted incorporándose de golpe—. Sur de Italia. La costa amalfitana.
Al oírlo, Eden levanta la cabeza. Yo la observo con una suave sonrisa.
—Playas preciosas —dice levantando un dedo siguiendo la lista de deseos de Mellow—, gente preciosa —otro dedo—, calles preciosas —el tercero—. No hay palacios, pero hay vino —añade mirando a Val, que asiente divertida y satisfecha— y limones del tamaño de la cabeza de Mellow —concluye.
—Mis respetos a esos limones —interviene la aludida.
—Pasta, vino, el Mediterráneo y canciones de Ornella Vanoni —comenta nostálgica Val, la verdad es que suena bien.
—De nada. Me alegra que mi espíritu decadente haya salvado la situación —pronuncia Ted orgulloso. Yo tengo que aguantarme la risa otra vez con la mirada de vuelta en el portátil.
Val, Mellow y Eden lo aplauden, él se pone de pie y saluda al público encantado.
—No lo animéis —les recuerdo—. Ya sabéis lo que pasa luego.
—Uno se sube una vez al pódium de una stripper en un impulsivo ataque de entusiasmo y nunca se lo perdonan —se lamenta y ahí no me queda otra que sonreír. Es imposible no hacerlo con este capullo.
—Pues está decidido, mañana nos vamos los cinco en el jet privado de Alex a Amalfi...
—Ni de coña —lo freno sin levantar la vista de los gráficos.
—¿Por qué? —gimotea—. Creí que habíamos llegado al acuerdo unánime de que el calor en Europa es mejor.
Yo me humedezco el labio inferior porque me niego a reaccionar a ese argumento.
—Dame una razón válida —me presiona.
—Ha pasado muy poco tiempo desde que me reincorporé al puesto de CEO, tengo mucho trabajo pendiente.
—Han pasado tres meses —me corrige—. Eso es un trimestre contable.
—Qué bien cuentas —lo felicita Val.
—Verdad —replica muy satisfecho consigo mismo—. Una semana no va a hundir el imperio, Alexander. —Utiliza mi nombre completo para darle solemnidad al momento.
Sonrío sin humor.
—Te sorprendería lo rápido que la incompetencia puede cavar un agujero.
—Qué frase tan bonita para bordarla en un cojín —comenta Mellow.
—Yo quiero uno —salta Val.
Ted da un paso hacia mí.
—Vamos, hermano. Has recuperado el puesto, tienes a la junta a tus pies y tu padre ya no se comporta como si fuera un monarca absolutista de mal humor por la gota.
—Eso es discutible —lo corrijo.
—Está intentándolo —me corrige él a mí— y eso, para el gran Sullivan Vandervilt, equivale a ir a uno de esos programas de Netflix, donde se liga en bañador, a hablar de sentimientos.
Eden rompe a reír otra vez. Yo alzo la cabeza y la miro con una sonrisa. Reconozco que esa ha sido difícil de esquivar.
—Es Amalfi —repite.
Esas dos palabras vuelven a robar la atención de Eden.
—La costa amalfitana es un sitio increíble —dice con esa voz jodidamente dulce, sujetando uno de sus lápices mientras la caja abierta con los demás descansa en mi escritorio—, Amalfi, Positano, Ravello.
—¿Ves? —dice Ted señalándola—. La artista entiende el concepto.
—La artista también entiende que tú no sobrevives una semana sin comer en Le Bernardin —lo pincha divertida.
—Eso son ataques personales —replica—. Y tú —vuelve a la carga contra mí—necesitas vacaciones. Te has llevado tres meses sin respirar.
—No puedo.
Tengo reuniones, revisiones de contratos, prospectos de inversión, proyectos que discutir. Son demasiadas cosas.
—Delega —me pide.
—¿En quién?
—Esta empresa tiene una veintena de altos directivos —me recuerda—, alguien habrá.
—Competente, no —sentencio volviendo a la pantalla del ordenador.
—Pues deberías replantearte tu política de recursos humanos.
Tuerzo los labios conteniendo una sonrisa mirándolo de nuevo.
Val llama a Ted con el sonido de un beso.
—Busquemos villas de ensueño.
Suelto una risa entremezclada con un resoplido breve y mordaz prestándole de nuevo atención a los gráficos. Eden sonríe para sí misma antes de volver a su cuaderno.
La conversación continúa sin mí. Val empieza a enseñar fotos de villas, Mellow las critica todas y Ted quiere que vivamos una semana en un barco.
Yo continúo trabajando o finjo magistralmente bien que lo hago porque de vez en cuando oigo la voz de Eden entrando en la conversación: «Ese pueblo es precioso», «Esa terraza es increíble», «Oh, espera, me encanta esa cocina».
Y antes de que pueda darme cuenta empiezo a imaginármela allí, descalza, con esos vestidos de verano que me vuelven loco, sin dejar de reír.
—Vale —dice Ted poniéndose en pie de nuevo dando una palmada. Puede ser muy molesto cuando quiere—, vamos a resolverlo con una votación democrática.
—El jet es mío —le recuerdo.
—Por eso tú también puedes votar —replica sin ningún remordimiento.
—Para ser rico tienes muy poca conciencia de la propiedad privada —le explico.
—Porque soy como María Antonieta.
Todos, salvo Ted, fruncimos el ceño a la vez.
—Creo que no tienes claro quién es María Antonieta —apunta sabiamente Val.
—La patrona francesa de las pastelerías, ¿no?
—Guillotina, por favor —se lamenta Mellow.
—¿Dónde están los revolucionarios cuando se necesitan? —me lamento yo.
La sonrisa de Eden se hace un poco más grande sin dejar de dibujar y eso es todo lo que necesito para que la mía aparezca. Ella levanta la mirada por encima de su cuaderno y nuestros ojos se encuentran. Es la mejor sensación, saber que, si alzo la mirada, la tendré delante.
—Votemos —reencauza la situación Ted—. ¿Quién está de acuerdo con que nos vayamos de vacaciones a Amalfi?
Todavía no ha terminado de formular la pregunta cuando ya ha levantado la mano, Val lo hace un segundo después. Mellow al menos tiene la decencia de esperar a que acabe. Entonces, Eden, sin dejar de mirarme ni de sonreír, alza también la mano.
En el segundo siguiente ya me miran todos. Ni me inmuto.
—No —sentencio.
Eden baja despacio el cuaderno y lo deja sobre sus rodillas.
—Podrías llevarte trabajo —empieza a decirme con esa voz que me pone las cosas realmente complicadas—. Por las mañanas trabajas si quieres y después hacemos cosas.
«Hacemos». La palabra se me queda rebotando contra las costillas.
—Hacemos, ¿qué, exactamente?
—No sé —responde encogiéndose de hombros—. Comer. Ver sitios. Ir a la playa. Lo normal en vacaciones.
Le mantengo la mirada. Es cómodo. Familiar. Ella se siente así aquí.
No está insistiendo, eso sería infinitamente más sencillo de gestionar, ella está... esperando y entonces hace algo mucho peor: pone esa suave sonrisa que siempre me mete en líos porque me hace ceder a cosas que claramente son una mala idea.
—Eden Lockhart —anuncia Ted—, la única persona razonable de esta habitación.
—¿Eso debería preocuparnos? —plantea Mellow.
—No, mi hermanita es muy lista.
Yo dejo por fin los informes sobre la mesa y me recuesto en mi sillón de ejecutivo a la vez que resoplo.
—Solo me dais problemas —protesto.
—¿Eso es un sí? —pregunta Ted tan esperanzado que me hace sonreír.
—Eso es un «Voy a arrepentirme».
Todos se ponen en pie y empiezan a celebrarlo y a hablar muy rápido sobre que la tercera casa era mejor que la segunda, que las vistas eran más increíbles, horarios, bebidas, qué llevarnos.
Pero Eden simplemente sonríe otra vez, algo pequeño, casi para sí misma, recupera el cuaderno y continúa dibujando.
Mientras, yo dejo escapar todo el aire de mis pulmones sin levantar los ojos de ella, porque, realmente, no podría haber nada más sencillo.
No he aceptado por Italia. He aceptado porque ella quiere ir.