53
Eden
Alex no me mira. Alex me recorre entera.
Desde mis salones nude con plataforma hasta mi pelo suelto.
Esbozo una suave sonrisa, feliz por haber elegido este vestido.
No es provocativo, no enseña nada, ni siquiera es especialmente ajustado.
Solo azul, solo por encima de las rodillas, solo sigue las líneas de mi cuerpo, pero algo me decía que al señor Alexander Vandervilt le llamaría la atención y no me equivocaba.
—¿Ves algo que te guste? —pregunta socarrona.
—Sí —contesta peligroso, sin arrepentirse ni siquiera un poco.
Alex es brutalmente sincero, es seguro de sí mismo, es honesto y eso siempre me ha parecido endiabladamente sexy.
—Pues entonces deberías felicitar a Aritzia —le devuelvo la broma.
Él sonríe, ese gesto medio, casi aspirado.
—Puede que esta misma tarde compre la marca y les suba el sueldo a todos, por el gran trabajo.
Tuerzo los labios conteniendo una sonrisa.
La tensión vuelve tan rápido que casi da vértigo.
Lo peor es que no estamos haciendo nada.
No nos estamos tocando, ni siquiera estamos lo suficiente cerca, pero da igual, es como sentir permanentemente algo tirando de mí hacia él y supongo que necesito terapia, una limpieza de aura o que me equilibren el magnesio porque me gusta esa sensación.
—Vámonos o llegaremos tarde —rompo el momento dirigiéndome a la puerta.
***
—Así que así es cómo se siente un asistente ejecutivo —plantea Mellow mientras deja delante de cada uno de los asientos de la larga mesa de juntas uno de los dosieres que hemos redactado.
Yo sonrío haciendo lo mismo en el otro lado de la mesa.
Los cinco hemos llegado temprano al Vandervilt Group para prepararlo todo. Alex y Val están en una de las salas más pequeñas repasando los informes y comprobando la apertura de Wall Street para asegurarnos de que no nos hemos dejado ningún cabo suelto.
—Si trabajas para Sullivan Vandervilt, también tienes que asegurarte de que las almas humanas que come en el desayuno estén peladas —interviene Ted mientras sube el último archivo al servidor para que aparezca en la pantalla.
Mellow y yo sonreímos hasta casi reír.
—Es el precio del capitalismo —sentencia ella.
—Yo me tomo las manzanas peladas, ¿eso también es el precio del capitalismo? —pregunto deteniéndome junto a una de las sillas, entrecerrando los ojos.
—No, eso es que eres una mimada —responde Ted como si nada.
Lo miro francamente mal.
—Retíralo.
—Jamás.
—Pues ya no te quiero —replico como si fuera la peor amenaza nunca escrita.
Él se lleva la mano al pecho dolidísimo.
—Me da igual, Mellow me quiere.
—En realidad, no —contesta la aludida.
—Y siempre me va a querer —añade él ignorándola olímpicamente.
—Pero tú necesitas que te quieran muchas personas —le recuerdo yo.
Él lo piensa un momento y acaba asintiendo.
—Eso es cierto —admite—. Hagamos una cosa —me propone—: tú sigue queriéndome y yo te pelo las manzanas.
Lo pienso un instante.
—Me parece un trato justo.
—¿Cómo vais? —pregunta Alex entrando.
De inmediato me busca con la mirada y yo hago lo mismo.
—Todo controlado —responde Mellow.
—Esto listo —anuncia Ted.
—Esto también —hago lo mismo tras colocar el último dosier.
Alex asiente mirando a su alrededor con esa calma que encierra control y seguridad a partes iguales. Está preparado para ganar esta guerra.
—Deberíamos irnos ya —comenta Val mirando su teléfono—. Los accionistas están llegando.
Todos asentimos y nos movemos rápidos. Mi cuerpo decide antes que mi cabeza y camino hasta Alex.
—Va a ir genial —le digo con una sonrisa. No tengo dudas. No las hay.
Él me devuelve el gesto.
—¿Me harás un dibujo mientras esperas? —me pregunta—. Pienso colgarlo en mi despacho.
El corazón se me hincha de orgullo y el estómago se me llena de mariposas.
—Cuenta con ello —afirmo.
Ted y las chicas salen de la sala de juntas charlando, pero yo tengo algo más que hacer. Doy el paso que me separa de Alex, levanto las manos despacio y le arreglo la corbata. El momento revoluciona las mariposas y el corazón me late aún más rápido.
Alex no levanta sus ojos de mí. Siento su cuerpo tensarse, pero no es rabia, es anticipación, es que esto también le afecta.
Al terminar, aparto mis manos, haciéndolas resbalar con mimo sobre su pecho.
Alex mueve las suyas y las ancla en mi espalda a la altura de mi cintura. Mi piel se enciende, brilla y algo parecido a un pequeño jadeo se escapa de mis labios.
Me dejo llevar, me alzo sobre la punta de mis pies y le doy un beso en la mejilla; no sé si me sale a propósito o no, es demasiado complicado pensar ahora mismo, pero mis labios se quedan demasiado cerca de los suyos, el beso dura varios segundos de más.
Alex tensa los dedos contra mi piel, conteniéndose para no estrecharme contra él con fuerza. Los dos cerramos los ojos, los dos sentimos el momento, cada respiración, cada latido.
—Eden —me llama Mellow desde la puerta entrando en nuestra burbuja, pero no rompiéndola. A veces creo que ya nadie puede hacerlo.
Me aparto lentamente y él inclina la cabeza persiguiendo el contacto hasta que nos separamos del todo.
—Déjalos impresionados, Vandervilt —le pido con una sonrisa echando a andar.
—Cuenta con ello —responde girándose.
Nuestras miradas se encuentran una vez más antes de que salga y me marcho definitivamente.
***
No podemos quedarnos a la reunión, así que nos atrincheramos en uno de los despachos esperando noticias. Patty, la antigua, y espero que futura, secretaria de Alex, que actualmente ejerce la misma función para Sullivan, promete tenernos al tanto.
—A ver que me aclare —abre el melón Ted sentado en uno de los sillones del despacho—, entonces el lobo de Wall Street y tú no estáis juntos.
Yo estoy en una de las sillas, sin zapatos, sentada sobre mis piernas, dibujando.
—Nunca he entendido por qué lo llamaban el lobo, el símbolo de su empresa era un león —interviene Val.
Los tres nos quedamos pensativos. Buena pregunta.
—Quizá «el león de Wall Street» estaba cogido —aporto sin apartar la vista del papel.
Mellow me señala y acto seguido se saca el teléfono del bolsillo de su elegantísimo dos piezas camel.
—Lo compruebo... pero no nos desviemos del tema sentimental —añade abriendo Google—. Me interesa —sentencia.
Alzo la vista del dibujo y los tres están callados, observándome, esperando una respuesta.
—No, no estamos juntos —contesto con total naturalidad—. Solo somos amigos.
—Pero vivís juntos —replica Val.
—No estoy en posición de negar esa afirmación —respondo encogiéndome de hombros.
—Un poco tarde para eso, Nixon —me deja claro Ted.
Yo sonrío, a punto de echarme a reír. Cazada.
—¿Y folláis? —plantea Mellow.
—¡Tía! —se queja Val.
—¡Dios santo, estoy ciego! —dramatiza Ted, llevándose una mano a los ojos y estirado la otra.
—Querrás decir sordo —apunto frunciendo el ceño divertida—. Lo has oído, no lo has visto.
—Lo he imaginado y ha sido perturbador...
y sexy —explica bajando la mano. Ted siempre parece rico y decadente, como un príncipe europeo regresando a palacio después de un finde en Ibiza o como Barry Keoghan bailando en Saltburn —, perturbadoramente sexy —decide definitivamente—.
Tengo una imaginación muy vívida y, ey, espera —me señala convirtiéndose de repente en el Colombo de las relaciones sexuales interamistales —, ¿por qué has dicho «visto», ha habido algo que ver?
—Tú has dicho «ciego» —respondo realzando lo obvio.
—Sé lo que ha dicho —replica lentamente, observándome.
—El mayordomo con el candelabro en la cocina —apunta Val imitando el deje de detective.
—Eden es claramente la señorita Amapola —amplia la información Ted— y estoy seguro de que tiene sexo en ese salón de Polly Pocket donde duerme el lobo de Wall Street.
Yo lo miro mal y él asiente muy convencido de su propia teoría del Cluedo/Polvos indiscriminados.
—Ajá —salta Mellow agarrada a su teléfono como si hubiera encontrado el santo grial—, no se llama el león de Wall Street porque eso implicaría que lo que hacía era respetable y noble, como el rey de la selva.
—No hay más preguntas —concluye Ted.
—Entonces, ¿Alex es el lobo de Wall Street o el león? —plantea confusa Val.
—El león —contesto demasiado rápido, sin pensar y sin darme cuenta de que lo hago.
Ted me mira con una sonrisita de lo más molesta.
—Ahora sí que no hay más preguntas.
Yo le hago un mohín y sigo dibujando.
—Pero, espera —interviene Mellow—, ¿entonces le dais al tema o no?
—¡Mellow! —grita Val.
Me aguanto el ataque de risa porque eso sería como darles cuerda para una semana y media.
—No —contesto sin ambigüedades.
—La virginidad vuelve a crecer —comenta Ted.
—Interesante apunte —responde Val—. Otra cosa es que quisiera saberlo o no.
—Soy como un dios griego, regalo conocimiento. Lo que hagáis con él ya es cosa vuestra.
—¿Qué dios griego? —indago yo.
—Lo único que tú tienes de dios griego es...
—Mi increíble atractivo —interrumpe el aludido a Mellow—. Lo sé. No lo digas en voz alta. Soy tímido.
Yo suelto una carcajada. Si Ted Steele es tímido, Mark Zuckerberg es un auténtico prodigio de las habilidades sociales.
—... que podrías alimentarte a base de uvas peladas —termina su razonamiento Mellow.
—Peladas —repite Ted dando una palmada y señalándome—, como las manzanas y las almas.
Yo lo señalo de vuelta. Acabamos de firmar una alianza a favor de los elementos extracorpóreos y la fruta pelada.
—Chicos —llama nuestra atención Val con la mirada fija en la pantalla del teléfono y, por la forma en la que se pone en pie, su voz, su expresión, los tres sabemos que ya no está bromeado.
El corazón se me encoge de golpe.
—La reunión ha acabado —dice y, por Dios, juro que oigo un redoble de tambor—, Alex es el nuevo CEO ¡del Vandervilt Group!
Todos nos levantamos de un salto, empezamos a gritar, a aplaudir, a dar saltos. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo ha conseguido!
Patty viene a buscarnos. Alex le ha pedido que nos lleve a su despacho, al de siempre, al de dueño del mundo.
Recogemos nuestras cosas y la seguimos contentísimos. Cuando pasamos por delante de la sala de reuniones, cuyas paredes son de cristal, no podemos evitar buscar a Alex con la mirada y sonreírle y levantar los pulgares y aplaudir.
Él, que está hablando con un par de accionistas, nos mira de reojo y disimula una sonrisa.
Todos siguen caminando, pero yo no puedo evitar quedarme ahí, incluso doy un paso más hacia el cristal. Alex se da cuenta, siempre lo hace, y, en el momento en el que volvemos a mirarnos a los ojos, sonrío de verdad, feliz, con el corazón a mil y tan orgullosa que es imposible ponerlo en palabras.
Él se olvida de la conversación por un instante y me devuelve la sonrisa.
—Lo conseguimos —dice moviendo los labios sin emitir ningún sonido.
El plural más bonito de la historia.
***
—¿Puedes dejar de moverte? —me pide Val a pesar de que sabe claramente que la respuesta es no.
Estoy nerviosa. Llevamos quince minutos aquí y me muero por ver a Alex. ¡Estamos viviendo un momentazo!
De pronto la puerta se abre y reacciono de inmediato. Salgo disparada y me lanzo a sus brazos sin ninguna duda de que Alex me cogerá y, efectivamente, lo hace. Me acomoda contra él mientras yo rodeo su cintura con mis piernas y su cuello con mis brazos.
—Felicidades —le digo entusiasmada, abrazándolo con fuerza.
—Gracias, nena. —Guarda un segundo de silencio—. ¿Sabes que la primera vez que me nombraron CEO también hiciste esto?
Me separo un poco para mirarlo.
—En la mansión Vandervilt. Me salté las clases para esperarte en los escalones de la entrada. Hacía un frío de muerte —comento rompiendo a reír.
Tenía veinte años, él, veintiséis, y quería ser la primera persona en felicitarlo.
—Me parece una tradición genial —sentencia—. Celebremos así todo lo importante.
—¿Y conmigo no quieres celebrarlo? —la voz de Ted me hace romper a reír mientras Alex se contiene para no poner los ojos en blanco y también para no sonreír—. No me veo lanzándome a tus brazos, no te ofendas, pero puedo hacer que sea memorable.
—¿Por qué? ¿Vas a tirarle otra cosa? —pregunta Mellow.
—Me lo estoy planteando —contesta.
Yo me bajo, ellos llegan y dejamos de bromear porque tocan abrazos de verdad, demostrarle lo orgullosos que estamos de él y la confianza que tenemos no en Alexander Vandervilt, sino en nuestro Alex.
—Tenemos que celebrarlo. —Idea de Ted—. Vayamos a un sitio absurdamente caro y pretencioso.
—¿El IHOP de la 14 Oeste? —propone Alex y a mí se me ilumina la mirada. ¡Tortitas!
—Me has leído la mente, hermano —replica Ted haciéndonos sonreír a todos.
Alex entrelaza su mano con la mía y nos marchamos con nuestros amigos.