52 #2
Al decirlo, piensa en momentos concretos, igual que yo, cuando me hizo una pulsera de la amistad y no paró de ser insufrible hasta que dejé que me la pusiera.
Me hizo prometer que no me la quitaría en todo el día y yo acabé yendo a dos reuniones, una de ellas de la junta, con ella; o cuando me puso cara de cachorrito para que entráramos en aquella juguetería del Rock Center porque era Navidad y tenían aquel piano gigante en el suelo.
Yo solo podía pensar en que había demasiada gente, demasiados niños gritando emocionados como si sufrieran un subidón de azúcar y, aun así, entré.
La mirada de Eden se suaviza porque sabe que tiene razón y camina los pasos que antes se ha alejado otra vez sin darse cuenta.
Levanta la cabeza para poder mirarme a los ojos, envuelta en mi sudadera que le queda enorme, con el pelo todavía húmedo.
Yo dejo escapar todo el aire de mis pulmones sin apartar la mirada de esos ojos castaños y sin dejar de pensar que claro que tiene razón, que era jodidamente obvio y que ojalá no me hubiera costado tanto verlo.
—Llevaríamos un año casados —digo, y la tenue sonrisa vuelve, divertida al imaginarlo, triste por tener que hacerlo.
Ella sonríe exactamente igual y acaba negando con la cabeza con un mohín en los labios.
Camina el último medio paso que nos separa sin darse cuenta, movida por una inercia que ninguno de los dos puede controlar.
Estira la mano de forma inconsciente y su índice dibuja una suave línea en mi jersey a la altura de mi estómago.
—Llevaríamos seis meses casados —me corrige—. Habría necesitado al menos seis para preparar la boda.
Mi turno de negar. Muevo una de mis manos, siguiéndola con la mirada. La coloco en su cadera y tiro despacio de ella hacia mí. Eden no lo piensa, ni siquiera se lo plantea y simplemente camina hasta que estamos muy cerca.
—De eso nada. Te habría raptado y nos habríamos casado en Las Vegas. Yo, de Elvis, y tú, de Dolly Parton.
—Qué icónico.
Nuestras sonrisas se ensanchan. Eden mueve sus dedos hasta que son sus palmas las que descansan contra mi pecho, justo encima de mi corazón, que late a una velocidad ridícula.
—Y la luna de miel en el Bellagio —añade en un susurro.
—Habría pagado una suite carísima para no dejarte salir de la cama en una semana.
Quiero que suene a broma, pero la imagen, la posibilidad que acompaña a esas palabras, es demasiado buena y mi voz se vuelve más ronca.
El calor de sus manos se entrelaza con la suave tensión.
Las ganas me queman en los dedos, que aprietan sus caderas, las acarician, jugando con ese trozo de su piel.
—Dos —murmura ella, y sus ojos se pierden en mi boca un segundo de más.
Un segundo. Dos. Tres. Eden respira hondo y deja caer la frente hasta apoyarla en mi pecho. Lo hace de una manera tan natural, tan confiada, que me marea. Quiero besarla, joder, quiero follármela hasta convencerla de que estemos en esa capilla esta misma noche.
Se separa. Me mira a los ojos. Solo quiero sentir sus labios contra los míos otra vez.
—Voy a recoger el baño —comenta muy poco convencida, señalando hacia atrás con una de sus manos para inmediatamente apoyarla de nuevo en mi pecho junto a la otra. No se mueve. No deja de mirarme.
Y yo podría tomar muchas decisiones, como ponerle las cosas complicadas, cargarla sobre mi hombro y llevarla a la habitación, pero prometí que respetaría sus tiempos, así que, Vandervilt, ya sabes lo que toca.
Suelto sus caderas despacio, rompiendo el contacto físico con un esfuerzo titánico que me tensa cada músculo del cuerpo.
Me inclino hasta que mis labios casi rozan su oreja. Ella contiene el aliento.
—Es justo esa puerta —digo en un susurro—. Creo que ya sabes dónde está.
Me separo con una media sonrisa, engreída y socarrona. Eden me fulmina con la mirada, se da media vuelta y comienza a caminar.
Que tenga que hacer lo que tengo que hacer no significa que no pueda torturarla un poco mientras lo hago. Hacerla rabiar es mi cosa favorita en el mundo.
***
Apenas duermo, pero no importa, entra dentro de lo esperado. Antes de que suene el despertador ya estoy en pie.
Estoy entrando en el baño cuando veo a Eden con cara de sueño salir del dormitorio, en pijama, despeinada y frotándose los ojos y, joder, tengo que utilizar todo mi autocontrol para no meterla en la ducha conmigo.
—Las venganzas corporativas empiezan temprano, ¿eh? —bromea.
Sonrío humedeciéndome el labio inferior.
—Ya sabes lo que dicen —replico—, a las nueve de la mañana todos los brokers de las pelis de los ochenta empiezan a funcionar, hay que aprovechar antes de que hundan el mercado.
Muerta de sueño, sonríe, aunque cada parpadeo le está costando la vida.
—Dúchate y ponte el yelmo —dice pasando junto a mí camino de la cocina—. Yo haré café.
—Tus bromas no suenan tan inteligente a esta hora, Lockhart.
Eden no dice nada, solo me enseña el dedo corazón y entra en la cocina.
Sonrío cabeceando y voy al baño.
El día promete.
***
La sensación que tengo cuando abro el portatrajes colgado en la puerta del armario del dormitorio, con la toalla blanca alrededor de las caderas y el pelo mojado goteando sobre el parquet, es rara.
Llevo casi un año sin tocar esta tela, sin vestirlo.
Acaricio la manga de la chaqueta entre los dedos y, despacio, la expectación va llegando, la adrenalina, colándose en mis venas mezclándose con la seguridad, las ganas de pelear la batalla. De ganarla. Siempre.
Sonrío.
Quince minutos después me ajusto la chaqueta gris marengo de un par de tirones frente al espejo. La camisa blanca, la corbata de un gris medio tono más claro. Los zapatos, el reloj, el peinado. Puede que Eden bromeara antes, pero tenía razón. Esto es mi armadura y me gusta llevarla.
Entro en la cocina ajustándome los gemelos. Eden levanta la cabeza por inercia, buscándome, como cada vez que entro en una habitación, y al verme automáticamente me barre de arriba abajo con la mirada, con los labios suavemente entreabiertos.
Joder, ahora mismo siento que podría conquistar Italia.
—Me lo voy a tomar como un «Buenos días, Alex. Qué bien hacen en Prada los trajes a medida» —la torturo un poco.
Ella se obliga a salir de su ensoñación y, roja hasta las orejas, baja la cabeza, concentradísima de repente en el sorbo que le está dando a su café.
—Haces bien en tomártelo así. Era justo lo que quería decir.
Mi sonrisa se llena de un poco más de seguridad, de diversión. Doy un par de pasos en la cocina llenos de familiaridad, sabiendo que ella está hiperatenta a todos mis movimientos. Apoyo las palmas de las manos en la mesa, frente a Eden, y me inclino despacio.
No puede evitarlo y, al notarme, levanta la cabeza buscando mi mirada, le sale solo, y yo la atrapo sin dudar. Curiosidad, deseo, dulzura. Me vuelve loco cuando me mira así.
—De nada —susurro con la voz ronca haciendo que su mirada vuele a mis labios.
Tarda un segundo de más en asimilar lo que he dicho y, cuando lo consigue, frunce el ceño.
—Es lo que te dice Prada —añado.
Otra vez se queda embobada, pero entonces entiende lo que he dicho y abre la boca indignadísima. Yo rompo a reír encantado por su reacción y ella amenaza con tirarme la taza de café y la cafetera.
—Si te murieras ahora, no sentiría ninguna pena, Vandervilt.
Me sirvo un café y la dejo desayunar mientras regreso al salón a comprobar los últimos correos y repasar las primeras noticias económicas de la mañana.
Más o menos treinta minutos después oigo unos tacones repiquetear suavemente contra el suelo y apagarse a unos pasos de mí. Levanto la cabeza por puro instinto, porque siempre lo hago cuando Eden entra en una habitación, y, maldita sea, ni siquiera se me ocurre una estupidez que decir.