52
Alexander
Me quedo paralizado. Hace un año que no la veo. Y precisamente, la última vez que lo hice, ella llorando en el sofá, aparece delante de mí sin que nadie la haya invitado. Ella también me mira a mí, como si pudiera comprobar a distancia si como bien, si duermo bien, si soy feliz.
Entonces la voz de Eden, más alta y más desafinada todavía, irrumpe entre los dos:
— Karma is the guy on the Chiefs . ¡Gracias, Nueva York!
La tensión lucha a muerte por seguir, pero es muy difícil competir con eso.
—Bueno, no se le puede negar el entusiasmo —comenta mi madre con el inicio de una sonrisa.
—Es que es el final del concierto —contesto.
Pero es imposible mantener la solemnidad y los dos sonreímos abiertamente.
—¿Puedo pasar? —me pregunta.
Asiento y me hago a un lado con la puerta.
Mi madre entra caminando despacio. Lleva uno de sus elegantes vestidos y uno de sus elegantes abrigos, con el pelo y el maquillaje perfectos. Eleanor Vandervilt en toda su extensión.
No se me escapa el detalle de que aprovecha cada paso que da para observar el apartamento.
—¿Estáis juntos?
Lo plantea cuando repara en las mantas dobladas en el sofá bajo la almohada.
—No.
—Pero vives aquí —parece una pregunta, pero en realidad lo está afirmando—. Diría que es complicado, pero sois vosotros, así que será absurdamente complejo y absurdamente sencillo a la vez.
Pienso en la descripción y no puedo evitar que la comisura de mis labios se eleve en algo parecido a una sonrisa porque es una descripción bastante acertada.
En ese momento la puerta del baño se abre y Eden sale tarareando bajito, con unos pantalones de pijama de cuadros y una de mis sudaderas de Columbia que le queda enorme. Tiene el pelo húmedo y está descalza.
Cuando su mirada se cruza con la mía, sonríe sin darse cuenta, sin dejar de tararear, pero entonces repara en que mi madre está a unos metros y su expresión cambia.
Camina hasta mí con el paso decidido y se coloca a mi lado para dejar claro que no va a dejarme solo en esta conversación, protegiéndome, y eso despierta muchas cosas en mí muy rápido: ternura, orgullo y la idea de que soy capaz de enfrentarme a cualquier cosa si ella está junto a mí.
—Señora Vandervilt —saluda a mi madre.
Ella le devuelve una sonrisa cálida. Siempre ha adorado a Eden y era mutuo, sigue siéndolo de alguna manera, pero Eden jamás entenderá cómo no pudo hacer nada cuando mi padre me echó.
—Cielo, ¿qué tal estás?
—Estamos bien.
«Estamos», otra manera de protegerme. Mi madre lo nota enseguida y sé que se alegra de que tenga a esta cosa tan adorable y tan fiera a mi lado.
—Me he enterado de que mañana va a celebrarse una junta extraordinaria solicitada por ti.
Ahí está. El elefante rosa de la habitación.
—¿Te lo ha contado mi padre?
Ella niega con la cabeza.
—Sabes que tu padre nunca me contaría algo así.
Le mantengo la mirada notando el esfuerzo que ella hace por no apartarla. Con el resto de Manhattan puede comportarse como la reina, incluso serlo, pero yo he vivido en esa casa y sé cómo se siente en realidad.
—Solo he venido porque quería saber si estás bien y porque... Alex, no quiero que hagas ninguna tontería mañana. Si esto es una venganza contra tu padre...
—No lo es. —No se trata solo de ajustar cuentas con él—. Quiero recuperar lo que es mío. He luchado más que nadie para ganarme ese puesto.
—Lo sé y también sé lo que te costó.
La frase nos golpea a Eden y a mí muy adentro. La veo bajar la cabeza y la rabia me serpentea brutal por cada rincón del cuerpo. Llevo mi mirada hasta mi madre y soy consciente de que mis ojos se endurecen. Si sabe lo que perdí, no entiendo qué hace aquí recordándonoslo.
Ella suspira y da un paso hacia mí.
—Tu padre te quiere. Sé que es difícil de comprender, pero es así.
—Si has venido a defenderlo, puedes ahorrártelo.
—Alexander, he venido a cuidar de ti —replica ella—. Cuando Eden se marchó, se suponía que tenías lo que necesitabas y tu vida se convirtió en un infierno. Te has pasado un año en él y ahora te veo y pareces tranquilo, feliz.
Eden y yo nos buscamos con la mirada sin darnos cuenta. Mi madre no ha dicho nada que no sea cierto. Puede que no tengamos la relación más sana del mundo, que ni siquiera estemos juntos, pero ninguno de los dos quiere estar en otro lugar.
—Lo que no quiero es que destruyas lo que tienes aquí para convertirte en el próximo Sullivan Vandervilt. Esto no es más pequeño, es mucho más grande. Solo quiero que me digas que lo entiendes y me marcharé.
Ahí está el verdadero problema. Convertirme o no en el nuevo Sullivan Vandervilt, convertir a Eden en la nueva Eleonor, la reina de Manhattan que vive encerrada en una jaula de oro, enamorada con todo el corazón de un hombre para el que nunca será una prioridad.
Lo que mi madre no entiende es que yo siempre tuve claro que jamás pondría a Eden en esa posición, por eso hice lo que hice en nuestra fiesta de compromiso.
La diferencia es que antes pensaba que no tenía más alternativa que convertirme en mi padre y ahora sé que no.
Es una opción más y yo elijo no tomarla.
Eden me observa pensativa con el ceño suavemente fruncido y puedo sentir cómo las piezas empiezan a encajar en su cabeza.
Yo le sonrío a mi madre, no feliz, aunque también hay algo de eso, sino seguro de mí mismo, confiado, en paz.
—Lo entiendo y, precisamente porque tengo esto, puedo pelear por el Vandervilt Group.
La empresa es una parte de mi vida. No toda.
Mi madre me mantiene la mirada y tras unos segundos me devuelve la sonrisa aliviada por mí, por Eden y un poco también por ella misma.
—Perfecto —sentencia—, porque te he traído algo.
Camina hacia la puerta y la abre. Su chófer está en el rellano y le entrega un portatrajes y una caja. Al girarse con las dos cosas, sé perfectamente lo que contienen.
—Iba a llevar un traje de Ted —le informo.
—Mejor de Prada y a medida que de Ted —replica mi madre guiñándome un ojo y dejándolo todo con cuidado sobre la silla del escritorio de Eden.
Yo miro la funda y asiento.
—Gracias.
—Gracias a ti —responde sincera—. Hacer las cosas de otra manera es algo que esta familia llevaba necesitando muchísimo tiempo.
Aprieta los labios hasta convertirlos en una fina línea, en silencio, mirándome, y entiendo que lo que viene ahora es un poco más complicado que todo lo demás.
—Siento lo que pasó hace un año.
La imagen de ella llorando en silencio en el sofá vuelve a plantarse delante de mí y vuelvo a sentir la rabia, la decepción, el sentirme solo, pero esta vez elijo cómo reaccionar frente a eso... y escojo dejarlo atrás.
—Acepto las disculpas.
No significa que lo olvide ni que finja que no ha pasado. Quiero decir que paso página porque es lo mejor para mí y para la vida que estoy intentado construir.
Lo bueno de dejar de estar solo es que empiezas a ser libre.
Nos despedimos y mi madre se marcha. El suave «clic» de la puerta tras ella suena en mitad del pequeño salón como si por un segundo lo ahogara. Es el peso de las grandes conversaciones, supongo, aunque solo duren quince minutos.
Me meto la mano en los bolsillos de los vaqueros y doy un par de pasos hacia Eden. Ella sigue almacenando y clasificando toda la información que ha obtenido hoy.
—¿Pensabas que íbamos a convertirnos en los nuevos Sullivan y Eleanor? —pregunta sin paños calientes.
Una tenue sonrisa se cuela en mis labios. ¿Qué puedo decir? Siempre me ha vuelto loco que sea así de directa.
—Sí —contesto—. Llevo viendo a mi madre toda la vida en segundo plano en su propio matrimonio. No quería que eso te pasara a ti.
—¿Pero no te importaba que le pasara a Camille?
Le mantengo la mirada. Podría decirle que ya hemos hablado de Camille suficiente, pero no es verdad. Si necesita preguntarme por ella un millón de veces, le contestaré un millón de veces. No pienso guardar ningún fantasma en el armario.
—A Camille no le habría pasado porque no me quería y, de haberlo hecho, yo lo habría llevado mucho mejor, porque no la quería a ella.
Eden niega con la cabeza, enfadada otra vez. Es una de las muchas cosas que siente al pensar en todo aquello y es lógico, joder. Tiene todo el derecho del mundo a estar cabreada.
—Eden —la llamo, comiéndome la distancia que nos separa de una sola zancada.
Antes de que pueda huir de esta conversación, levanto los brazos y coloco mis manos a ambos lados de su cuello.
Mis dedos grandes y cálidos la rodean en un agarre firme, posesivo, pero con una delicadeza milimétrica.
Otra vez solo quiero anclarla a mí, hacerla sentir segura.
Apoyo mis pulgares justo debajo de su mandíbula, obligándola suavemente a levantar la cabeza para poder mirarla a los ojos.
Necesito que Eden lo haga, que vea que estoy completamente desarmado ante ella.
Siento el latido acelerado de su pulso directamente contra las palmas de mis manos, una vibración eléctrica que me recorre los brazos y me quema el pecho. El calor de su piel salta a la mía y viceversa y mi respiración se vuelve pesada.
—Sé que suena fatal, pero es la puta verdad —le confieso, y mi voz baja dos octavas, volviéndose áspera—. No rechacé casarme contigo porque no fuera capaz de comportarme como un cabrón. Sé perfectamente el tipo de egoísta que puedo llegar a ser. Fue porque no quería comportarme así contigo.
Eden me sostiene la mirada, entendiendo lo que he dicho, y sé que me cree. Lo noto en cómo su cuerpo llama al mío, cómo encajamos incluso antes de tocarnos, en cómo se derrite, pero entonces parece recordar algo. Me aparta las manos y se aleja un par de pasos.
—¿Sabes qué es lo que más me cabrea?
—¿Qué?
—Que yo ya sabía que tú no eras Sullivan. Especifico —me detiene antes de que pueda contestar alzando levemente la mano—: yo ya sabía que tú nunca serías Sullivan conmigo.