51
Alexander
No es algo que haya decidido de repente.
Tampoco es una epifanía. Es una puta realidad.
Dejé que me quitaran el Vandervilt Group porque tenía algo más importante que recuperar, lo más importante, pero Eden ya ha vuelto a mi vida, puede que no como quiero, pero está aquí, así que es hora de ajustar cuentas con la junta y con mi padre.
—¿Va en serio? —pregunta.
Me incorporo hasta enderezarme un poco más en el sofá porque hay algo que quiero que tenga claro por encima de todo lo demás.
—No voy a volver a tomar decisiones por los dos —sentencio.
A ella se le ilumina la mirada y a mí me late como un loco el puto corazón, justo antes de que niegue con la cabeza y se obligue a bajarse de la nube. Lo entiendo.
—Tú y yo no estamos juntos —me recuerda y sé que le duele decir esas palabras. Por eso, entre otras cosas, le debo ser sincero al cien por cien.
—Tampoco lo estábamos antes y escogí por los dos. —La fiesta de compromiso se pasea por mi cabeza como si tuviese instalado dentro un maldito proyector. A veces creo que nunca voy a poder olvidarme de aquella noche—. He aprendido de mis errores.
Una suave sonrisa se cuela en los labios de Eden porque sabe exactamente por qué lo he dicho y también lo que conlleva que no esté dispuesto a tropezar dos veces con la misma piedra.
—Chico listo —afirma.
Y el inicio de una sonrisa se cuela en los míos. Joder, pienso pasarme el resto de mi vida compensándola.
—Así que, antes de mover ficha con mi padre o con la junta, quiero saber si estás bien con esto.
—No quiero que te pelees con tu padre —contesta rápido—, y no es por él, es por ti —me aclara moviendo las manos. Sin darse cuenta, se recoloca en el sofá sentándose sobre sus rodillas y se acerca más a mí.
Yo sonrío porque me parece la cosa más adorable del mundo, porque me pone de un montón de maneras diferentes que se siga preocupando por mí y porque no puedo pensar en otra cosa que no sea tocarla por todas partes cada vez que me busca y se acerca sin ni siquiera ser consciente de ello.
—No quiero que vuelva a hacerte daño.
Niego con la cabeza, buscando tranquilizarla, pero también domar mi propia rabia por todo lo que pasó el día que salí de la mansión Vandervilt.
Mi padre mirándome con desprecio, mi madre llorando en silencio en el sofá...
La tinta de la firma de mi despido ni siquiera se había secado y él ya me estaba diciendo que había decepcionado a todos en mi familia y que había perdido la maldita cabeza por no entender que para un Vandervilt lo primero es la empresa.
—No va a hacérmelo —le aseguro sin dudar—. No voy a permitírselo.
—¿Cuál es el plan?
—Demostrarle que se equivoca. El Vandervilt Group es muy importante para mí, es lo justo, pero no es lo más importante y eso no me convierte en un CEO peor ni menos centrado.
—¿Y cómo vas a hacerle entender eso? Tu padre tiene grabada a fuego la idea de que lo primero es la compañía.
—¿Vudú? —planteo torciendo los labios.
Eden entrecierra los ojos sobre mí.
—Tú consigue la foto de Sullivan, yo me encargo de la gallina.
Los dos sonreímos y antes de que me dé cuenta tiro de ella y vuelvo a dejarla caer sobre mi pecho al tiempo que yo lo hago sobre el tresillo. Eden se acomoda de inmediato, cruzando los brazos sobre mí y apoyando la barbilla en ellos para seguir mirándome.
—Tendrás que convencer a la junta.
—Sé cómo. Lo que más les gusta a esa pandilla de buitres es el dinero y nunca han ganado más que conmigo al frente.
—Sigues siendo accionista.
—Uno con las cuentas congeladas, pero sí.
—Y tienes derecho a pedir una reunión extraordinaria.
Yo sonrío, dándole a entender que está pillando mi plan.
—Eres lista, Lockhart.
—El problema es el voto de tu padre.
—Podría mentir, aparecer en la mansión, decir que me lo he replanteado todo, que he aprendido la lección y, una vez que recuperase el puesto, hacer lo que me diese la gana, pero no quiero hacer las cosas así. Pienso ir de frente.
Eden suspira.
—Eso es lo que me preocupa.
—Si de verdad le importa la empresa tanto como dice, sabe que no va a encontrar a nadie mejor para dirigirla.
—Ni más humilde —me fastidia rápida.
Yo pongo los ojos en blanco como respuesta y ella sonríe encantada por haberme molestado.
—No se trata de jugar sucio, aunque lo haré si no me deja otra. Esto va de demostrarle que, si me deja fuera, el Vandervilt Group pierde y hacerlo de tal manera que no pueda negar la evidencia.
—Puedo ayudarte a recabar toda la información que necesites —se ofrece incorporándose de golpe—, no sé, a preparar la reunión, a estudiar a los otros accionistas, y estoy segura de que Val, Mellow y Ted también. Podemos vernos todos aquí mañana y empezar con el plan.
—Si hacemos eso y vienen aquí, van a hacer un montón de preguntas, empezando por por qué vivo aquí.
Eden niega con la cabeza.
—La primera sería por qué ellos no lo saben. Y sería Val.
—Sería Ted —la corrijo y los dos sonreímos porque sabemos que tengo razón.
Los gestos se apagan despacio y entramos en ese silencio cómodo que nos acompaña muchas veces.
—Sé que quieres mantener que vivo aquí en secreto.
Es algo que solo nos incumbe a ella y a mí y, si quiere mantenerlo en secreto, tiene todo el derecho y pienso asegurarme de que sea así.
Ella se encoge de hombros a la vez que toma una bocanada de aire.
—No voy a admitir que estoy deseando que me interroguen y, como sabes por propia experiencia, somos una pandilla de amigos un poco disfuncional y los límites, la intimidad y esas cosas no se nos dan demasiado bien.
Sonrío, yo no nos habría descrito mejor.
—Pero también creo que, que recuperes una parte de tu vida que te has ganado a pulso, es un buen motivo para que nuestro secreto deje de ser secreto.
—¿Significa que te parece bien que vuelva a ser CEO?
—¿Qué pasaría si dijera que no?
La miro, atento a cualquiera de sus reacciones.
—Que intentaría que entendieras mi punto de vista y puede que usara un par de trucos para procurar convencerte.
Sigo siendo yo y sigo queriendo salirme con la mía. La diferencia es que antes pensaba que la mejor decisión justificaba todo lo demás, ahora sé que no.
Eden sonríe y sé que lo está haciendo en contra de su voluntad porque ahora mismo le parezco un descarado. Me da un manotazo en el costado, pero, aunque tiene carácter, está en una forma física lamentable.
La comisura de mis labios se eleva en el inicio de una sonrisa por su reacción, pero antes de hablar me fuerzo a borrarla. No quiero que tenga ni una sola duda de que voy completamente en serio.
—Pero, si después de eso siguiese siendo no, sería no. Te lo he dicho. Se acabó decidir por los dos.
Ese es el puto quid de la cuestión. Somos dos, decidimos los dos. Así de simple. Y si hace un año yo lo hubiese comprendido, nos habríamos ahorrado todo lo que pasó.
Eden me sigue mirando. La conozco mejor que a nadie. Ahora mismo está sintiendo demasiado. Tiene motivos.
Yo quiero que decida libremente, así que me toca comerme toda la jodida expectación.
Ella guarda un silencio que se me hace interminable y finalmente una preciosa sonrisa aparece en su expresión.
—¿Qué va a ser, Lockhart?
El corazón me late como un loco.
—Va a ser un regreso alucinante al mundo ejecutivo, Vandervilt.
Sonrío, casi río, con la adrenalina a mil y la idea de que voy a trabajar muy duro porque no pienso perder.
—Genial.
—Además, tienes demasiados trajes de corte italiano a medida para desperdiciarlos, y no sé si te han llegado rumores, pero no te quedan del todo mal —se ríe de mí.
—No necesito trajes para que me mires embobada —replico desdeñoso.
—Te lo tienes demasiado creído.
—Me cosificas cantidad de veces —protesto haciéndome el indignado.
—Pienso decirle a Ted que creo que es más guapo que tú.
—¿A él también vas a cosificarlo?
—Sí, pero no va a gustarle tanto como a ti.
Yo me humedezco el labio inferior amenazante tratando de ocultar una sonrisa como respuesta. Tiene razón.
Y Eden sonríe con esa insolente cara de listilla antes de girar la cabeza, apoyar la mejilla en mi pecho y seguir viendo la película. Porque sabe que tiene razón.
***
Los días siguientes son una auténtica locura. Montamos el cuartel general de la operación Rosquilla —no tengo ni idea de por qué la hemos llamado así, fue idea de Ted— en el salón del apartamento.
La primera tarde que nos reunimos aquí, nos tocó aguantar una charla combinada con una batería de preguntas dignas de Larry King durante más de cuarenta minutos y a tres voces. Nunca me he sentido tanto en un tribunal militar como entonces.
Sin embargo, es más que obvio que debajo de todas las preguntas, las protestas y las amenazas si no vuelven a ser informados puntualmente, los tres se alegran de que volvamos a estar bien.
Recopilamos toneladas de información. Mi padre no tomó la precaución de anular mis claves, así que sigo teniendo acceso a todo tipo de informes del Vandervilt Group.
En este año que he estado fuera las acciones han bajado un 2,8 %, algo que imaginaba, y aunque no hemos perdido ningún socio o proyecto importante, tampoco hemos ganado ninguno.
Preparamos gráficos, informes minuciosos y lo que es mi fuerte: un plan de expansión. Me lleva casi dos semanas, pero consigo cerrar dos nuevos tratos de lo más beneficiosos, que solo se confirmarán si vuelvo a la silla de CEO.
Y, si todo va como espero, eso pasará en la junta extraordinaria de mañana.
Estoy repasando el informe por decimonovena vez mientras Eden se ducha.
Intento concentrarme, pero acabo sonriendo cada diez segundos aproximadamente.
Es la persona que más desafina del planeta.
Si Taylor Swift escuchara la versión de sus grandes éxitos que estoy escuchando yo, es casi seguro que la demandaría.
Iba a tener que dejarme una pasta en abogados.
Justo en ese momento llaman a la puerta. Doy por hecho que será Ted y abro sin levantar la vista del papel, pero entonces oigo dos cosas:
—Hola, hijo —la voz de mi madre.
Y la de Eden cantando en falsete el final de Karma .