50
Eden
No tengo ni idea de a dónde ir, así que simplemente camino como un personaje triste de un anime, solo que con las piernas proporcionadas y los ojos y el pecho de un tamaño normal.
Todo se ha desmoronado como un castillo de naipes.
Yo... Ahora es cuando empiezo una línea de pensamientos muy elaborada en la que afirmo que Alex y yo no estábamos viviendo juntos, sino que lo estaba dejando quedarse en casa porque no tiene a dónde ir, pero, afrontemos la verdad, echarlo mientras estaba delirando por la fiebre habría sido una cabronada, mandarlo en taxi a casa de Ted después, no.
Y si a nuestro amigo le gustaba demasiado la vida de soltero y sus vivarachas compañeras decidían colarse en su habitación, bueno, pues tenía dos opciones: enseñarles la puerta o cobrar por ello a lo gigoló europeo con talento.
No me gusta esa última posibilidad. Las amigas vivarachas de Ted tendrán que buscarse otro cowboy de medianoche.
Con respecto a que Alex fuese territorial, claro que me daba cuenta... un poco... suficiente. Pero me gustaba. El estúpido Alexander Vandervilt tiene razón, porque disfrutaba de verlo celoso, de que no le gustase que Cole me tocase. En mi maltrecha defensa, nunca lo provoqué con Cole.
Cole.
Tuerzo el gesto. Cole me gustaba. Y odio que las cosas se hayan acabado por unos pastelitos de nueces... aunque sé que eso ha sido el detonante, el minion loco prendiendo la mecha. El problema real es Alex, somos Alex y yo.
—Somos un problema —murmuro y odio vernos así, pero Cole tiene razón, ¿Qué relación sana pretendo construir con Alex en mi vida de esta manera?
Así que esa es la pregunta del millón, Eden Lockhart, ¿quieres a Alex en tu vida así o quieres salir al mundo y conocer a alguien que con un poco de suerte no sea un asesino en serie ni un narcisista, sea amable y folle bien?
¿Tinder o Alexander Vandervilt?, esa es la cuestión.
Delante de mi edificio respiro hondo. Estoy segura de que debe de estar subiéndose por las paredes, con el instinto protector revolucionado, pero también sé por qué no me ha llamado. Sabe que necesitaba tiempo, pensar, y se ha obligado a dármelo.
Llego a mi cuarto sin ascensor y, por primera vez desde que estoy viviendo aquí, la subida al Kilimanjaro se me hace corta.
Meto la llave en la cerradura.
Respiro hondo.
Has elegido al asesino de Tinder que folla bien... No, espera, la metáfora no era así, bueno, pero la idea está clara. Sabes lo que tienes que hacer, hazlo...
Qué sencillo parece, qué difícil es.
Empujo la puerta. Entro. Y entonces lo veo, sentado en el sofá, con el pelo revuelto por haberse pasado las manos por él. Con los ojos gris acero preocupados, acelerados, todavía con un poco de rabia. Guapísimo.
Toma una bocanada de aire sin apartar la mirada de mí mientras yo me quedo quieta con una mano sosteniendo aún las llaves en la cerradura, agarrándome a ella como si me estuviese agarrando a la decisión que ya he tomado que a cada segundo que pasa delante de él parece más lejana, más vacía, más estúpida.
Cole me gustaba, pero no era Alex.
Los asesinos en serie que follan bien probablemente tendrán su atractivo, pero no son Alex.
El problema es que yo no puedo volver con Alex porque algo dentro de mí sigue teniendo rencor y miedo, qué emociones tan humanas y tan jodidas y qué difíciles son de soltar.
Saco las llaves y cierro. Por un momento me siento derrotada, como si hubiese estado luchando contra un huracán, y puede que sea así, el huracán llamado «Llevo queriendo a Alexander durante más de una década, lo quiero todavía, muchísimo».
—«Demasiado para mi propio bien», diría la abuela de Alex si estuviera al tanto de mi situación sentimental actual—.
Pero es la realidad. Sigo enamorada de él en contra de mi voluntad, qué poético y qué gran putada.
Y a pesar de todo esto, ¿qué es lo único que quiero hacer? Sentarme en ese sofá y acurrucarme contra él porque sigue siendo mi lugar seguro en el mundo.
No es una derrota, decido de pronto. No es dejar de luchar. Quizá solo es cuestión de tiempo. Volver a encontrar el camino. Es como Chicago. Y mi Chicago ahora se llama Alex y tenemos que aprender a cómo ser parte de la vida del otro.
Camino hasta el sofá quitándome los zapatos y me siento a su lado, inmediatamente le levanto el brazo y lo dejo caer sobre mis hombros a la vez que me acomodo contra su costado con la cabeza en su pecho.
Él se deja hacer como el millón de veces anteriores y aparentemente vemos la película; aparentemente también, aunque no se puede juzgar hasta el final, es bastante mala. Es nuestro sino.
—¿Cole se acabó? —pregunta sin que nos movamos, sin que ninguno de los dos levante la vista de la pantalla.
—Cole se acabó —confirmo.
Más minutos de silencio, fingiendo que nos interesa muchísimo lo que le está pasando a Henry Cavill en Praga.
—No somos novios —le dejo claro.
La frase cae entre los dos y va calándonos poco a poco. Al final lo noto asentir.
—¿Y estamos juntos? —plantea el muy...
Yo aprieto los labios conteniéndome por no recurrir a la violencia.
—Eres terriblemente idiota —sentencio.
Alex rompe a reír por mi vehemente reacción y, aunque no quiero, ¡es un desgraciado!, dos segundos después rompo a reír también.
El ambiente va relajándose, la tensión, esfumándose, transformándose, porque eso es lo que pasa cuando estamos juntos. Es fácil.
—Eden —me llama al cabo de un tiempo indefinido.
—Humm —respondo concentrada en la peli de verdad, más tumbada ya sobre él que sobre el sofá, mientras Alex me acaricia la espalda.
—Voy a recuperar el Vandervilt Group.
Me levanto de golpe y lo miro a los ojos.
La hostia.