49
Eden
No dice «quiero ser tu prioridad», cosa completamente comprensible.
Dice solo «yo». No soy ninguna estúpida, sé que Alex no se lo ha puesto fácil, pero no quiero echarlo de mi vida.
Es parte de ella. Igual que Val, que Ted, que Mellow, que mi familia.
¿También va a enfadarse cuando piense en las necesidades de ellos?
Yo también quiero ser la prioridad de alguien, quiero que me quieran más que a nada, que sea incondicional, pero entiendo que no voy a ser la única constante en la vida de nadie y es justo.
Miro a Cole, no a Alex, porque, en realidad, no tiene nada que ver en esta conversación.
—Me elijo a mí —contesto y, aunque duele, muchísimo, tengo claro que no me estoy equivocando—.
No quiero ser la clase de persona a la que solo le importa su pareja.
Quiero ser la clase de persona a la que su pareja le importa más que nada pero tiene más personas en su vida por las que también se preocupa.
Cole traga saliva, manteniéndome la mirada.
—¿De verdad crees que vas a poder tener una relación normal mientras él siga aquí —plantea enfadado, dolido, señalando a Alex—, que va a permitirlo?
No contesto porque, francamente, no es una respuesta de sí o no y, aunque lo fuera, tampoco sabría qué contestar, no quiero planteármelo.
Lo único que me gustaría es que Cole dijera «Lo siento, hagamos una hoguera, quememos los pasteles y olvidémonos de todo»...
Pero lo cierto es que tampoco me serviría.
Ha dicho lo que ha dicho, quiere lo que quiere, y no hay ninguna posibilidad de que yo encaje ahí.
—Buena suerte, Eden —sentencia.
Mira con desprecio a Alex una vez más y se marcha.
Yo me quedo mirando la puerta, asimilando que mi relación acaba de terminarse por algo tan estúpido que casi da risa y, al mismo tiempo, ha terminado haciendo estallar algo tan grande que ahora me tiene pensando si tengo futuro sentimental o si debería ir comprándome un montón de gatos y un jersey de punto.
Al primero lo llamaré Tom y al segundo, Jerry.
Ya es hora de que estén en el mismo bando.
—¿Estás bien? —pregunta Alex.
—¿De verdad tenías que contar esa anécdota?
—pregunto a mi vez, pero en el fondo ya sé la respuesta—.
No podías decir: «Oh, gracias, me voy a la cocina y desde allí saltaré al rellano para dejaros intimidad».
No —cada vez estoy más enfada con él y se lo demuestro—, tú tenías que contar una historia para provocarlo y hacerme entrar de lleno y crear nuestra pequeña burbuja perfecta y maravillosa de intimidad para dejarlo fuera.
Alex asiente y entonces camina despacio hacia mí, cadencioso, lleno de seguridad, exactamente como el estúpido Alexander Vandervilt.
—Hacen falta dos para crear una pequeña burbuja perfecta y maravillosa de intimidad —repite mis propias palabras engreído, disfrutando el muy...
—¡Lo has hecho a propósito! —estallo extendiendo las manos.
—Claro que sí —contesta sin arrepentirse ni siquiera un poco—. Es que es gilipollas.
—Me gustaba —gruño.
—Lo que demuestra que Chicago no te sentó nada bien.
Abro la boca indignadísima y él se encoge de hombros displicente.
—Eres lo peor.
—Puede ser —admite—, pero, para tu próximo novio o chico con el que estés o lo que sea, por favor, haznos un favor a los dos y, sea yo o no, elige mejor.
¡No lo soporto!
—¡Ni de coña vas a ser tú!
—Perfecto. Viviré con ello.
—¿Por qué no podías dejar en paz a Cole?
—Porque te mereces a alguien mejor y tú también lo sabes —contesta como si fuera obvio, sin dudas, tan seguro ¡que me entran ganas de tirarle algo a la cabeza!—. Solo estás enfadada porque te has quedado sin excusa para no tener que mirar de frente a esto —sentencia señalándonos a los dos.
—Despierta, Vandervilt, no hay ningún esto —replico imitado su gesto.
Alex se queda mirándome, estudiándome, y yo dejo que lo haga porque solo va a encontrar ira homicida y la fantástica idea de llamar a uno de mis futuros gatos Scooby y, al otro, Doo.
—¿Va en serio? ¿De verdad piensas que no hay nada entre nosotros? ¿Es lo que has dicho?
—Alto y claro —afirmo aún más insolente.
Alex resopla una risa.
—Eres una cobarde.
—¿Qué? —replico con voz aguada—. ¿Crees que tengo miedo a afrontar lo que siento por ti?
—Yo habría dicho que tienes miedo a que follemos y te vuelva tan loca que tengas que admitir que todavía estás enamorada de mí —especifica, y es mi turno de dejar escapar una risa sin humor al tiempo que me llevo las manos a las caderas cabreadísima porque sea tan chulo, pero también teniéndome que contener para no apretar los muslos, ¡porque soy un ser humano muy complejo!
—, pero me vale cómo lo has explicado tú.
—Yo no tengo miedo a gestionar mis emociones. No soy tú, Alexander.
« Boom . Donde las dan, las toman, Vandervilt.»
Él entrecierra los ojos, ladeando la cabeza, asimilando el golpe.
—Claro, se te da genial —replica—. Por eso te escondiste un año en Chicago.
Qué hijo de puta.
—Lo hice por mí. No tuvo nada que ver contigo —contesto todavía más enfadada.
—Te fuiste para olvidarme —sentencia igual de cabreado que yo— y puedes hablar de reconstrucciones, de procesos o lo que te apetezca, pero al final fue eso.
—¿Y qué si lo fue? Tenía todo el derecho.
—Y yo pagué por ello, joder.
Por un momento esa frase nos deja callados a los dos porque su voz se rompe un poco por la rabia, pero también por el dolor. Yo recuerdo el mío propio y lo duro que fue aprender a no echarlo de menos en Chicago. Y sé que Alex sufrió por él, pero también por mí. Desde luego, un año para el recuerdo.
—Pero ahora estamos aquí, Eden —reconduce la conversación—, y tienes que enfrentarte a lo que está pasando.
Lo miro. Siento el corazón latirme rápido, constante y cada golpe es como un paso en una cuenta atrás, como una grieta en cada una de las murallas que me he pasado tanto tiempo intentado levantar.
La fiesta. Camille. Los «Eres una cría». ¡Los «No puede ser»! ¡Un año! ¡Necesitándolo! ¡Sola!
—¡Te odio! —grito con todas mis fuerzas y Alex traga saliva aguantando el golpe—.
¿Eso es lo que querías oír? Te odio y es lo justo.
Tú —lo señalo a la vez que hago hincapié en esa palabra— decidiste que no podíamos estar juntos, después decidiste que sí y, ahora, un año después, te plantas en mi vida dispuesto a recuperarme y no soporto la idea de que vayas a conseguirlo sin sufrir. ¡Quiero que sufras!
¡Quiero que lo pase mal! ¡Que llore por mí! ¡Que sobreviva a base de chistes malos y series de Netflix! Que le duela hasta quedarse sin aire. Los ojos se me llenan de lágrimas sin poder controlarlo. Quiero que le duela igual que me dolió a mí.
Alex aprieta los puños junto a los costados conteniéndose para no cruzar la habitación y abrazarme.
—¿Crees que no he sufrido, Eden? La fiesta de compromiso fue el puto peor día de mi vida —ruge con la voz ronca.
—¡De la mía también!
—Pero tú te largaste. ¡No sabía dónde estabas, Eden! ¡Un año! ¡Un maldito año entero!
—¡Te llamé para contártelo y no me cogiste el teléfono!
Todavía recuerdo aquella noche. Solo quería oír su voz. Solo quería que me dijera que aún podíamos arreglarlo.
—¡No pude hacerlo! —contesta y suena desesperado, con el desahucio tatuado en la piel, como si aquella noche también lo hubiese perseguido todo este tiempo—. Si lo hubiese hecho, habría ido a buscarte y te habría besado hasta convencerte de que me perdonaras.
Una lágrima cae por mi mejilla. Ojalá lo hubiese hecho.
—Y después entendí que estaba enamorado de ti. Sé que tarde, joder, que fui un estúpido, pero nadie quería decirme dónde estabas. ¿Te haces una idea de a cuántos sitios fui a buscarte? ¡Me volví loco!
—¡No me importa!
—¡Estaba desesperado!
—¡Genial!
¡Se lo merecía!
Los dos volvemos a quedarnos callados, las respiraciones cada vez más aceleradas.
—No paraba de pensar que podías estar triste o sola y yo no estaba allí —su voz suena diferente.
—Te echaba de menos. Quería que estuvieses allí.
La mía también. Tomo una bocanada de aire y giro sobre mí misma para poner un poco de espacio entre los dos, pero en realidad no voy a ninguna parte porque no quiero, porque esto duele, pero mi corazón también lo necesita, poner las cartas sobre la mesa, la partida definitiva.
—Y tú vas y sales con el gilipollas de Cole.
Pongo los ojos en blanco.
—Tú no estabas celoso de Cole.
—Yo quería matar a Cole.
—Porque eres un obseso del control y posesivo y territorial.
—Y a ti te encanta —suelta con esa mirada de «No puedes esconderte, sé que lo has disfrutado».
—Vete al infierno.
—De nada —sentencia sexy a rabiar.
Le mantengo la mirada con mi cuerpo completamente revolucionado porque otra vez esa actitud engreída y casi salvaje hace que sienta una mezcla nivel choque de fuerzas de un caballero del zodiaco con una Sailor Moon. Tengo las mismas ganas de darle una bofetada que de desnudarlo.
—Estaba celoso, Eden —afirma dando un paso hacia mí con la voz dura, calmada—. Te tocaba, te besaba, te hacía reír. ¿Cómo crees que me sentía cada vez que te veía reír con ese imbécil?
—Tú te comportabas como si tuvieses claro que no ibas a perder —le echo en cara irritada.
Alex esboza una media sonrisa.
—¿Cómo te comportabas tú con Lindsey o con las otras chicas? Nunca te enfadaste. Nunca montaste una escena.
—Si hubiese tenido que montar una escena cada vez que te acostabas con alguien, nuestra vida se habría convertido en la Scala de Milán. Eres un mujeriego, Alex.
—Era —me corrige, y una sola palabra hace que el corazón se me agite contento—. Y si nunca montaste una escena es porque sabías algo que yo no entendía todavía.
Me obligo a mantenerle la mirada, pero no puedo evitar morderme el interior de la mejilla. Cualquier cosa antes de reconocerle que tiene razón porque, sí, odiaba verlo con otras chicas, pero al mismo tiempo sabía que ninguna de ella obtendría nada más allá de una noche de sexo.
—¿Crees que habría dejado a Lindsey cantar en mi coche?, ¿habría comido con ella en mi despacho o la habría llevado a caballito durante quince manzanas porque estaba cansada?
No necesito preguntármelo porque sé que no. Lo nuestro era diferente, lo sigue siendo, y ni Lindsey, por mucho que se esforzara, ni Cole, por mucho que me esforzara yo, podían ocupar nuestros lugares.
Pero al final da igual cuánto hablemos, las cosas que reconozcamos o las que no porque algunas siguen doliendo igual.
—¿Y a Camille? —pregunto y ninguno de los quiere oír ese nombre—. ¿La dejaste?
—Comprometerme con Camille ha sido el mayor error de mi vida.
Niego con la cabeza incluso antes de que termine porque vuelvo a sentirme como en esa condenada fiesta de compromiso. Vuelvo a sentir la rabia, la maldita herida abriéndose. Ha pasado un año y el enfado sobrehumano sigue ahí, ocupándolo todo hasta impedirme respirar.
—Y, para que conste, nunca la besé, nunca la llevé en mi coche, nunca dejé que se acercara porque simplemente no soportaba tenerla cerca.
—Me da igual. No cambia nada.
Rabia. Tristeza. Dolor. Eso es lo que siento.
Alex toma una bocanada de aire sin levantar sus ojos de mí.
—Eden...
—No cambia nada —lo interrumpo a punto de gritar otra vez.
Nos quedamos callados. Nueva York cuatro plantas más abajo sigue girando, como el mundo, pero nosotros no porque yo me he cerrado en banda.
Alex necesita que entienda que Camille no significó nada para él y lo sé y lo creo, pero sigo odiándolo a él, a ella, ¡todo!
... Y en el fondo es solo mi última muralla porque lo que estoy es muerta de miedo a volver a entregarme con todo y volver a perder.
—¿Pues sabes qué? —dice Alex dando un paso hacia mí. Ya no hay arrogancia. Ya no hay ironía ni rabia ni dolor. Solo él—. No lo parece. Porque llevamos viviendo juntos tres semanas y yo llevo en mi hogar tres putas semanas y sé que tú también.
Pronuncia la última palabra, se da media vuelta y se dirige hacia el dormitorio y yo empiezo a pensar demasiadas cosas, demasiado rápido, pero una salta una y otra vez. Una siempre sobrevive. Siempre vuelve. Siempre está ahí.
Así que dejo de pensar y simplemente hago lo que quiero hacer.
—Alex —lo llamo.
Él se gira al tiempo que se detiene. Yo ya he salido disparada en su dirección. Rodeo su cuello con mis brazos, enterrando los dedos en su pelo, obligándolo a inclinarse hacia mí, y lo beso con fuerza.
Tarda en reaccionar un solo segundo. El tiempo justo para que la sorpresa se transforme en una necesidad salvaje.
Sus manos grandes y cálidas rodean mi cintura con una firmeza que me corta el aliento y me estrecha contra él al tiempo que se endereza. Me levanta del suelo de un solo movimiento, sin el menor esfuerzo, haciéndome sentir diminuta y completamente suya.
El beso se vuelve más profundo, más intenso, un asalto implacable que me nubla la mente. Su lengua reclama mi boca con un hambre que me hace soltar un gemido ahogado contra sus labios, logrando que cada pedazo de mi cuerpo se rinda a él de inmediato.
El calor que emana de su pecho se filtra a través de su ropa, de la mía, incendiándonos.
Mis pies cuelgan en el aire mientras me aferro a sus hombros perfectos, perdiendo la noción de dónde termina mi respiración y dónde empieza la suya.
Alex controla el ritmo, devorándome con esa desesperación contenida de quien lleva una eternidad esperando este maldito segundo, anclándome a su cuerpo como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando nos separamos apenas un par de centímetros, buscando desesperadamente el aire.
Nos quedamos suspendidos en ese instante, con el corazón de los dos latiendo al mismo ritmo caótico.
Sus manos aún siguen fijas en mi cintura, apretando mi piel con una posesividad que me hace temblar, y mis brazos continúan enredados en su cuello.
Me baja despacio, agónicamente lento, deslizando mi cuerpo contra el suyo. Todo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Sin dejar de sentir nuestros corazones latiendo demasiado rápido.
Pero entonces mis pies tocan el suelo y el miedo vuelve porque estoy delante del único hombre que he querido en mi vida y del que más daño me ha hecho.
—Me voy —digo y ya me estoy moviendo.
Me separo de él, cojo mi abrigo en dirección a la puerta y me marcho.