La noche que encendimos Nueva York 48
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Eden

El día en la oficina después de lo que pasó ayer es raro. Todos saben que me han quitado el storyboard . Incluso la nueva persona encargada de hacerlo se ha acercado esta mañana a mi despacho a decirme que lo siente mucho y que Wilson, el cliente, es un idiota.

Tengo más cosas que hacer y me pongo con ello. No voy a hundirme por esto, no es mi política, pero sí tengo en la cabeza todo lo que pasó con Cole. Le escribí más tarde, pero no me respondió.

No me quedé en casa viendo una película porque lo que propuso Alex, sino porque era lo que necesitaba y necesitaba que Cole estuviese también.

Sé que puede parecer incomprensible... o no, pero me da igual.

Cole me gusta. Me gusta estar con él y me habría encantado que se hubiese quedado.

También entiendo que la mayoría de población mundial, cuando ha tenido un mal día, va al bar y le funciona, yo también lo he hecho alguna vez, pero no es mi modus operandi .

Lo mío es estar en un sitio donde me sienta bien, ver una peli que me ayude a dejar de pensar y comer algo rico.

Y ayer funcionó, no voy a negarlo, pero también eché de menos a Cole y, sí, estaba Alex, y Alex es Alex y yo soy yo... Maldita sea, estoy entrando en bucle y a muy poco de hablar en voz alta mirando al vacío como las protas de las telenovelas.

A las cinco despejo mi mesa y salgo de la oficina. Después de tantos días dejándome las pestañas, creo que hoy me merezco salir a mi hora.

—Hasta mañana, Darren —me despido del guarda de seguridad con una sonrisa cuando paso junto a su mostrador en el vestíbulo del edificio.

—Hasta mañana.

—Ey, ojazos —su voz llega en cuanto pongo los pies en Madison Avenue y son solo dos palabras, pero suenan diferentes, mi apelativo suena diferente.

Levanto la cabeza y me encuentro con Cole frente a mí, con las manos metidas en el bolsillo del abrigo, la cara de cansancio que te da no haber dormido demasiado bien la noche anterior y la expresión seria, un poco triste, un poco jodida.

—Hola —digo sin saber si quiere que me acerque o no después de cómo acabaron las cosas ayer.

Cole pierde su mirada un segundo a un lado de la calle, a ningún sitio en realidad, antes de hablar.

—Eden, siento mucho lo que pasó ayer —dice mirándome de nuevo.

Asiento y por un segundo bajo la cabeza antes de volver a levantarla.

—Yo quería estar contigo —contesto con la voz suave, aunque es obvio que se da cuenta de que también estoy triste y ya no tiene nada que ver con el storyboard .

—Me enfadé —se sincera— y lo perdí de vista.

—Sé que puede sonar tonto, pero cuando estoy mal lo que necesito es estar en un sitio donde me sienta segura y hacer esas estupideces.

—No suena tonto ni son estupideces —me corrige Cole—, es lo que necesitas y eso tendría que haber sido suficiente para mí.

Asiento y la verdad es que ya me siento un poco mejor. No se trata de que necesite que me validen, no va por ahí, pero sí necesitaba que él lo entendiera.

—Y yo quiero que sepas que insistí en que salieras porque pensé que te ayudaría.

—Lo sé —respondo.

Y ya no quiero seguir hablado, solo quiero abrazarlo y eso hago, cruzo la distancia que nos separa y lo abrazo con fuerza. Cole reacciona inmediatamente y me estrecha contra él.

—Gracias por venir —le digo cuando nos separamos.

—De nada.

Nos quedamos unos segundos así y me gusta la sensación de que todo esté simplemente bien.

—¿Te apetece que vayamos a tu apartamento? —me pregunta.

Yo vuelvo a mover la cabeza afirmativamente.

—Sí, pero ¿puede ser caminando?

Cole duda.

—Es invierno —me recuerda.

—Lo sé, pero hoy no hace demasiado frío.

—Y tarde.

—No tanto —replico divertida.

Él mira a su alrededor y acaba negando con la cabeza.

—No lo entiendo —comenta—, pero vale.

Sonrío, Cole me pasa la mano por los hombros y empezamos a andar.

Me paso todo el camino contándole a Cole por qué me encanta recorrer Nueva York.

Le explico los pequeños detalles que voy descubriendo, cómo cambian las perspectivas de los rascacielos dependiendo de la calle desde la que los veas y por qué adoro dibujarlos.

Soy consciente de que no me presta demasiada atención, pero lo que me importa es que esté aquí.

—¿Compramos unos pastelitos para después de cenar? —pregunto señalando una pastelería francesa, diminuta pero increíble, justo cuando cruzamos Madison Square Park—. Está ahí, en el cruce con la 23.

—No me apetecen pasteles.

Le pongo cara de cachorrito y él resopla.

—Está bien, pero me debes una porque estamos haciendo todo lo que te gusta y es un coñazo.

Yo finjo no oírlo, ya lo estoy arrastrando a la pastelería.

Como he avisado, la tienda es diminuta, pero tiene muchísimos tipos de pasteles pequeñitos y todos tienen una pinta deliciosa.

—¿Cuáles te gustan? —pregunto inclinada para ver todas las baldas de la vitrina.

—Me da igual —responde concentrado en la pantalla del móvil. Trabajo—. Elige tú.

Me relamo mentalmente y al final elijo unos con varias capitas de chocolate y un bizcochito que desde aquí ya sabe bien.

—¿Llenamos esta bandejita? —me pregunta la dependienta enseñándome un trozo de cartón dorado.

—Sí, por favor.

La chica, ataviada con un precioso delantal decorado con dibujos de plantas aromáticas, está en ello cuando Cole regresa, me da un beso en la nuca y se coloca a mi lado.

Estamos en silencio esperando a que la empleada termine cuando caigo en la cuenta de algo.

—Disculpe, ¿los pastelitos que he escogido llevan nueces?

La mujer los observa.

—Sí.

Tuerzo el gesto.

—Pues entonces no podemos llevárnoslos, Alex es alérgico a las nueces.

Ella asiente comprensiva y empieza a colocarlos de nuevo en el expositor. Yo llevo la mirada hasta la vitrina pensando en cuáles elegir, pero entonces me doy cuenta de que Cole está muy quieto a mi lado.

Confusa, lo miro y frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que está enfadado.

—¿Y si yo sí quería esos pastelitos?

La mujer me mira de reojo. Yo me encojo de hombros.

—Pues nos los llevamos y cogemos otros sin nueces que Alex pueda comer. —Me vuelvo hacia la dependienta—. Disculpe las molestias, pero al final nos lo llevaremos, pero solo la mitad de la bandeja, para la otra mitad...

Observo de nuevo la vitrina.

—¿Qué tal estos? —le propongo a Cole señalando unos también de chocolate—. ¿Tienen nueces? —pregunto a la empleada, que niega diligente con la cabeza.

—Ni siquiera me has preguntado.

Yo lo observo sin entender nada.

—Acabo de hacerlo.

—No me refiero a ahora, estoy hablando de antes —contesta molesto—. No me has preguntado antes de decidir si cambiabas de pasteles por Alex.

—Porque he supuesto que no tendrías ningún problema. Antes has dicho que te daba igual cuáles eligiera.

—Y como Alex es alérgico a las nueces, ya no hay discusión, ¿verdad?

Vuelvo a tomarme un segundo para mirarlo.

—Cole, no estoy entendiendo nada —me sincero a punto de echarme a reír porque esto empieza a ser surrealista. ¡Él ni siquiera quería entrar en la pastelería!

—Piensas antes en Alex que en mí.

La frase me hace sentir culpable de manera automática porque lo cierto es que en parte tiene razón, pero es algo involuntario. Alex y yo llevamos juntos toda la vida, es memoria emocional o qué sé yo, pero en cualquier caso no tiene nada que ver con los pasteles.

—No —replico—, pienso antes en la persona alérgica que en la que no lo es.

—Quiero esos pasteles —gruñe.

—Y vamos a llevárnoslos —me contengo para no gritar—, y otros que no tengan nueces para que todos podamos comer.

Cole aprieta los dientes porque quiere seguir discutiendo pero sabe que no tiene margen y entonces lo entiendo: lo que quiere es que diga que nos llevaremos solo los pasteles con nueces porque él los quiere y si Alex no puede comerlos no es mi problema, pero es que yo no soy así, y no se trata de Alex, jamás llevaría cualquier tipo de comida donde supiera que hay una persona alérgica a alguno de los ingredientes a sabiendas sin llevarle algo igualmente valido que sí pudiera comer. Es decencia básica.

—Te espero fuera —gruñe y simplemente se larga.

La mujer me observa con una mezcla de empatía y un «Qué bien te entiendo» escrito en la expresión.

—Toma —dice tendiéndome un minipastelito de fresa y nata—, invita la casa.

Resoplo y lo acepto dándole las gracias. No voy a negar que lo necesite.

Las trece manzanas que nos quedan hasta casa se hacen larguísimas, rarísimas y un montón de «-ísimas» más. Llevo los pasteles, pero, en realidad, parece que estoy cargando con una bomba de relojería.

Cole no deja el tema estar. Según él, ni siquiera tendríamos que preocuparnos en qué va a cenar Alex porque vamos a mi apartamento a estar juntos y solos.

Y tendría que haberle preguntado a él si quería esos pastelitos antes de decidir que Alex era más importante y blablá nueces, blablá pastelitos, blablá Alex.

Es la primera vez en toda mi vida que me arrepiento de haber entrado en una pastelería.

—Hola —saludo al aire entrando en el apartamento y dejando la bandeja de pastelitos sobre mi mesa. Necesitaba soltarlos ya. Era una cuestión psicomística surrealista.

Alex sale de la cocina.

—Hola —responde con una sonrisa.

Cole no le responde, a él no parece importarle y yo me hago la turista islandesa perdida porque paso absolutamente de todo.

—Estoy preparando la cena —explica Alex.

—Huele genial. Nosotros aportamos el postre —digo señalando la bandeja, tratando de sacudirme la tensión del camino—, pastelitos.

—No te preocupes —interviene Cole tirante—. Los hemos traído también sin nueces por ti —suelta haciendo hincapié en las dos últimas palabras.

—¿Puedes dejarlo estar, por favor? —le pido bajando la voz.

—¿Por qué? —replica Cole mordaz—. Es un detalle precioso. Resulta que Eden —explica girándose hacia Alex— había elegido unos pasteles, pero, al saber que tenían nueces, se ha deshecho de ellos sin pensar absolutamente en nada más. Solo en ti —se parafrasea señalándolo con las dos manos.

Alex me mira antes de llevar de nuevo su atención a Cole y contestar:

—Os lo agradezco.

—No, a mí, no —responde rápido Cole—. A ella. A mí nadie me ha preguntado —sentencia con rabia, prácticamente indignado.

—Esto es ridículo —estallo—. Tú ni siquiera querías pasteles, después has dicho que eligiera yo y lo he hecho y al final hemos traído los malditos pasteles con nueces —otra vez tengo que contenerme para no gritar y, de paso, lanzar los pasteles por la ventana para que se deslicen por la ventanilla del coche de alguien que acaba de suplicar «Mataría por unos pasteles», a lo película de Chevi Chase.

«Yo mataría porque un ovni me abdujera ahora mismo y me llevase a una galaxia muy muy lejana, por hacerme miembro de la resistencia y por casarme con Pedro Pascal, que seguro que no me montaría este pollo ¡por unas condenadas nueces! ».

—Tienes que disculparla —interviene Alex tratando de apaciguar la situación. Lo miro suspicaz. ¿Cuándo ha apaciguado nada Alexander Vandervilt? Él es más de alegrarse del río revuelto y recoger sus ganancias—. Tiene muy presente esa alergia porque una vez casi me mata.

Automáticamente frunzo el ceño.

—¿Cuándo?

No lo recuerdo.

—En el Waldorf. Acabé en Urgencias.

En cuanto pronuncia el nombre del hotel, hago memoria. Pienso. Pienso. Pienso. Incluso me siento mal por no recordarlo hasta que...

—¡Eso fue culpa tuya! —replico a punto de echarme a reír mientras avanzo un paso hacia él. Aquel desayuno entra en mi mente como un ciclón—. ¡Te comiste media bandeja!

—Dijiste que estaban riquísimos —contraataca dando un paso él también, dejándonos frente a frente—, que tenía que probarlos o me arrepentiría toda la vida. Me convenció tu melodramatismo —afirma.

Yo abro la boca indignadísima.

—Es que estaban realmente buenos y no sabían a nueces para nada.

Alex sonríe.

—No, la verdad es que no, pero igual acabé en Urgencias.

Al oírlo, tuerzo el gesto.

—Me sentí fatal —rememoro. Cuando lo vi perder el conocimiento, los ojos se me llenaron de lágrimas. Me dio igual que el doctor del hotel ya le hubiese suministrado la epinefrina y me hubiese explicado que se pondría bien—. A cambio, no me separé de tu cama en toda la noche.

—De hecho —apunta con esa sonrisita irritante—, terminaste durmiendo en ella. La peor enfermera de la historia.

Lo miro francamente mal.

—Soy una enfermera alucinante. Tengo que recordarte que te he salvado recientemente, señor neumonía. —Alex se encoge de hombros pasando de mi fantástico e indiscutible argumento—. Además, aquella cama de hospital era muy grande, yo estaba muy cansada y tú estabas echándole un cuento increíble.

Alex niega con la cabeza, los dos vamos a seguir protestando, pero otra voz es más rápida.

—¿Te acuerdas de que estoy aquí, joder?

En ese mismo segundo, mi cuerpo se tensa y siento cómo el estómago se me encoje porque, sí, por un momento, he olvidado que estaba aquí.

—Cole... —lo llamo girándome hacia él.

—No, esto es de coña —replica todavía más cabreado que antes.

—Lo siento, vale. Hemos empezado a hablar y...

—Eres mi novia —sentencia interrumpiéndome— y solo necesitas un puto segundo para perderte en cualquier anécdota con él.

—Es nuestra... historia —trato de explicarle a falta de una palabra mejor—, pero no quiero que te quedes al margen.

—Pues perdóname que no me guste que la chica con la que salgo tenga una historia tan sentida con el tío con el que vive.

—Cole, las cosas no son así.

—No quiero que siga viviendo aquí.

¿Qué?

—Alex es mi amigo —le recuerdo aturdida.

—Alex quiere meterte en su cama.

Esa frase me molesta. No puede reducir lo que tenemos a eso. Pero la misma idea también me hace sentir culpable.

—No sabes lo que estás diciendo.

—¿Te crees que soy ciego, que no veo las cosas que hace?

—prácticamente grita señalando a Alex, que no responde, simplemente se queda quieto manteniéndole la mirada.

Cole aprieta los dientes tragándose las ganas de solucionarlo directamente con él y vuelve a mirarme a mí—.

Eden, me gustas muchísimo y de verdad creo que puede funcionar, pero necesito a mi lado a una mujer a la que solo le importe yo.

Así que tienes que elegir. Ahora. Él o yo.