La noche que encendimos Nueva York 47
61%

47

Alexander

La besé. No me arrepiento. Y, sí, soy plenamente consciente de que está con el gilipollas de Cole, pero me importa menos que nada. Mi único límite es Eden y, mientras me dé la posibilidad de luchar por ella, estaré aquí.

—Sujeta ahí, chico —me pide el señor Masri.

Aprieto los dientes, levanto los brazos un poco más y mantengo la tubería a la altura que necesita. Joder, pesa más de lo que parece.

—Perfecto. Mantenla ahí.

Besarla fue un puto sueño. Llevaba un año soñando con hacerlo y, cuando me dio las gracias con la mirada encendida y las mejillas sonrojadas por el frío, sin dejar de sonreír, supe que no iba a ser capaz de contenerme.

Es una mezcla brutal. Estoy orgulloso de ella, quiero follármela, la quiero. Es imposible escapar.

Regresamos caminando a casa y nos fuimos a dormir sin que ninguno de los dos volviera a mencionar el tema, pero hiperconscientes de lo que había sucedido.

El corazón me latía como un puto loco en el centro del pecho, y el animal no paraba de suplicarme que volviera besarla, que le recordara lo jodidamente bien que nos sentimos.

—Esto es para ti —me dice el señor Masri doblando un puñado de billetes por la mitad y ofreciéndomelos. Hemos terminado los arreglos por hoy—. Has trabajado bien.

—Gracias —respondo cogiendo el dinero y guardándomelo en el bolsillo de los vaqueros.

Tengo que hacer la compra y Eden necesita unos guantes nuevos. La punta del meñique está a punto de descoserse en los que tiene ahora y todavía hace frío para ir sin ellos.

Regreso al apartamento. Lo primero que hago es ir a la cocina, coger un vaso y llenarlo hasta arriba con agua. Estoy sediento. Me lo termino prácticamente de un trago y me seco la boca con el reverso de la mano. Estoy haciendo justamente eso cuando llaman al timbre.

Frunzo el ceño. Eden está a punto de llegar, pero lógicamente usaría las llaves.

Cuando abro y veo quién está al otro lado, el humor me cae en picado contra el suelo. ¿Qué coño hace aquí?

La reacción que provoca mi presencia es exactamente la misma.

—¿Está Eden? —pregunta Cole sin esforzarse demasiado en sonar amable.

Yo me tomo un par de segundos de más para responder. No porque no lo sepa, sino por joder.

—No —contesto.

No añado un «Pasa y la esperas» ni un «Debe de estar a punto de llegar».

Cole asiente un par de veces.

—La esperaré —sentencia dando a entender claramente que va a pasar.

Yo me tomo otro par de segundos para apartarme y hacerme a un lado con la puerta y eso lo pone de los nervios. Misión cumplida.

—Por supuesto. Como si estuvieras en tu casa —añado cuando ya ha entrado.

Cole se detiene en seco al oírme y una media sonrisa se cuela en mis labios.

—Lo es —responde tras volverse—. Al fin y al cabo, es el apartamento de mi novia.

Yo asiento dándole la razón, porque, ¡qué hostias!, la tiene.

Cierro la puerta con toda la tranquilidad del mundo y echo a andar hacia el dormitorio.

—Voy a darme una ducha —anuncio quitándome la camiseta absolutamente a propósito.

Porque el que vive con ella soy yo.

Diez minutos después estoy preparando la cena mientras Cole está sentado en el sofá respondiendo llamadas de trabajo e imagino que leyendo e-mails en el móvil.

La llave entrando en la cerradura, automáticamente, se queda con la atención de los dos. Es evidente que ambos la estábamos esperando.

—Hola —saluda Eden al aire entrando.

Frunzo el ceño. No ha sonado como siempre. Cole también se da cuenta y durante un absurdo segundo nos miramos.

Entonces, ella se gira y observa confusa a Cole, preguntándose qué hace aquí, pero eso no es lo más importante. Lo es que es obvio que ha estado llorando. Tiene los ojos hinchados, la nariz roja y la mirada demasiado triste.

—Eden —la llamo dando un paso hacia ella.

Pero Cole también lo da.

—Ey, ¿qué ha pasado? —pregunta llegando hasta ella y frotándole despacio los hombros.

Yo aprieto los puños junto a los costados porque no quiero que otro tío la consuele. Ese es mi puto trabajo, pero otra vez me ato en corto.

Eden lo mira. Va a hablar, pero un nuevo aluvión de lágrimas la pilla por sorpresa y acaba resoplando.

—Es el storyboard —dice finalmente—. El cliente me ha pedido echarle un vistazo a lo que tenía hasta ahora y no le ha gustado nada.

Yo he intentado explicarle que aún no estaba terminado y que podía incluir los cambios que necesitara, pero me ha contestado que no entendía lo que él quería hacer, que no se sentía cómodo conmigo y le ha exigido al señor Walsh que me sustituya.

Llevaba semanas dejándome la piel en este proyecto y ahora me lo han quitado sin ni siquiera darme la oportunidad de defender mi trabajo.

Un sollozo le hincha el pecho con fuerza, pero se obliga a dejar de llorar y se seca las mejillas con las palmas de las manos.

—El cliente es imbécil y Walsh lo es todavía más por aceptarlo —le dice Cole y por primera vez estoy de acuerdo con él—.

He visto ese storyboard . Estabas haciendo un trabajo espectacular y tu jefe también lo sabe.

Lo que pasa es que ha preferido contentar al cliente aunque el resultado final vaya a ser de menor calidad.

—Es muy injusto —estalla alzando las manos, caminando por el salón para desahogarse un poco—. Llevo dedicándole semanas. —Se contiene para no gritar con los ojos llenos de lágrimas.

Entiendo cómo se siente. La he visto darlo todo, acostarse de madrugada, levantarse a primera hora sin dejar de lado el resto del trabajo, luchándolo para que ahora simplemente la aparten.

—Necesitas despejarte —comenta Cole acercándose de nuevo a ella y cogiéndola de la cintura.

Yo tenso la mandíbula, controlándome, porque odio que la toque, odio que se crea con derecho a hacerlo—.

Iremos a cenar a un restaurante de sushi increíble en Turtle Bay y después nos tomaremos un par de cervezas.

Ya verás como te sentirás mejor. Para cuando acabe la noche, tendrás claro que tu jefe es un idiota y que, que te hayan quitado ese storyboard de encima, es el mejor favor que podían hacerte.

Tengo que contenerme para no soltar un resoplido irónico y fugaz entremezclado con una sonrisa cabreada y aún más breve. No la conoce para nada.

Ella baja la mirada.

—No sé, Cole.

Es obvio que no quiere decirle que no es eso lo que le apetece hacer porque sabe que se está esforzando en animarla.

—Lo pasarás genial —la presiona—. A mí siempre me funciona. Cuando tengo un día de mierda, es como un ritual. Buena comida, alcohol y solucionado.

—Cole, yo...

—Yo sé lo que necesitas.

—¿Qué tal una peli? —propongo dando un paso hacia ella porque no puedo un segundo más con este imbécil empujando en una dirección sin entender que lo que le funciona a él no tiene por qué ser lo que funcione a otra persona.

Sé que no está metiendo la pata a propósito, pero me dan igual sus putas buenas intenciones.

—Una de esas que me mezclan humor absurdo y suspense, como una partida de Cluedo.

—No te metas con el detective Benoit Blanc —replica con una sonrisa, aunque sigue llorando y la combinación hace que quiera follármela hasta que solo sonría.

Yo sonrío, nada grande, solo quiero reconfortarla, joder.

—Puedo recoger la comida en el diner de la 45. Estofado de ternera y tarta de chocolate, o podemos cenar palomitas. Tú eliges.

Noto cómo poco a poco se va relajando. La televisión, las películas, son una parte muy importante de la vida de Eden. A través de ellas, consigue calmarse o dejar de pensar. Siempre ha sido así. Un pijama, una peli y palomitas y puede sobrevivir a cualquier cosa.

—Estaría bien —responde apenas en un murmullo.

Sé que una parte de ella se siente mal por elegir el plan que le estoy proponiendo yo en vez del de Cole, aunque sea lo que necesita, como también sé que no ha ido ya a ponerse el pijama y a acurrucarse en el sofá porque le está dando la oportunidad a Cole de que se sume, de que diga «Genial, nos quedamos aquí, me encanta el maldito estofado de ternera» y me jode, como me han jodido pocas veces en mi vida, pero si Eden necesita que sea él quien se siente con ella, me iré a dar una vuelta y a beber a un puto bar porque esto va de ella, no de mí.

—Tienes que despejarte —insiste Cole.

—Lo del bar es una buena idea, pero...

—Necesita salir —añade endureciendo el tono, dirigiéndose a mí, interrumpiéndola—. No quedarse aquí a llorar.

Suficiente. Voy a coger a Eden de la mano, voy a apartarla de él y a ese imbécil voy a echarlo a patadas, pero su voz me frena en seco antes de que dé el primer paso.

—Cole, quiero quedarme aquí y ver la película. —Su voz todavía está inundada de lágrimas, pero suena muy segura.

Él frunce el ceño, aún más confuso, más molesto.

—Y si lo que querías era ver una película, ¿por qué no me lo has dicho desde el principio?

Eden lo mira completamente agotada.

—No lo sé, ¿vale?

—Ey —intervengo—, no la culpes a ella por no darte cuenta de lo que necesita.

Cole suelta una risa sin humor.

—Claro, y tú sí lo sabes, ¿no?

—¿Podéis parar? —nos pide Eden.

Me humedezco el labio inferior amenazante pero me contengo. Lo último que pienso permitir es que se sienta peor porque el imbécil y yo nos peleemos.

—Esto es la hostia —gruñe Cole entre dientes, llevándose las manos a las caderas—. Ved vosotros la película. A mí no me apetece.

Sin esperar respuesta, va hasta la puerta y por el camino coge el abrigo que dejó sobre la silla de Eden.

—Cole —lo llama ella saliendo tras él—, por favor.

Se quedan frente a frente.

—Me voy a cenar, ¿te vienes o no? —plantea por última vez poniéndose el abrigo.

Eden lo mira y yo no entiendo por qué no es capaz de ponérselo más fácil, tragarse la puta frustración y elegir lo que ella necesita.

—Quiero quedarme aquí. No me apetece estar en la calle.

Cole asiente.

—Sin problemas. —Le da un beso en los labios que a ella no le da tiempo a responder y abre la puerta—. Nos vemos mañana.

—Cole —lo llama girándose hacia él, pero el imbécil no se para y le cierra la puerta en la cara.

Eden se queda mirando la madera blanca. Los labios se le curvan en un puchero y más lágrimas empiezan a caer. Ya no solo se siente mal por el día de mierda en el curro, impotente, enfadada, sino que ahora encima se siente mal por no haber querido hacer lo que él quería.

Se acabó.

Camino decidido hasta ella y, tomándola por sorpresa, la cargo sobre mi hombro.

—¡Alex! ¿Qué haces?

No me molesto en contestar y, sin perder un solo segundo, voy hasta el dormitorio y la suelto en la cama.

—Ponte el pijama y elige la peli —le ordeno—. Yo voy al diner . Nos vemos en el sofá en cuarenta y cinco minutos.