La noche que encendimos Nueva York 46 #2
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46 #2

Respiro, sonrío y acepto su mano, y la sensación es la misma que haber saltado desde un precipicio porque sabías que alguien te haría volar.

Caminamos una manzana tras otra, muriéndonos risa.

Le hablo de la comida, incluso, sin darme cuenta, repito fragmentos o detalles de la llamada.

Le explico que ya tengo claros los dibujos que quiero que estén en la exposición sí o sí, pero que también me gustaría dibujar cosas nuevas.

No sé por qué acabamos hablando de lo bonita que se queda la ciudad después de la lluvia y llegamos a la extraña conclusión de que cualquier película que incluya un pato en un medio de transporte tiene mucho ganado.

No nos soltamos las manos en todo el camino.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto cuando tira de mí para que entremos en una licorería junto al 7-Eleven de la 53 con la Octava.

—Necesitamos algo.

Alex recorre los pasillos decidido. Yo camino un par de pasos por detrás y sonrío, porque siempre he adorado esa postura. El chico y la chica de la mano con el chico caminando unos pasos por delante.

Se detiene frente a una de las estanterías. Mira muy concentrado las botellas y finalmente elige una.

—Estás loco —le digo cuando deja el champagne sobre el mostrador y el dependiente lo coge para escanear el código.

Es lo que digo, pero en el fondo estoy encantada y no puedo dejar de sonreír.

—De eso nada —responde metiéndose la mano en el bolsillo y sacando un billete de veinte.

Al verlo, mi actitud cambia.

—No puedes gastarte tus últimos veinte dólares en una botella de champagne barato.

Y ahora estoy hablando en serio, pero Alex niega con la cabeza.

—No me estoy gastando mis últimos veinte dólares en una botella de champagne barato. Es una inversión.

Lo miro mientras siento cómo mi corazón se derrite.

—Eres una artista —sentencia, y no lo está diciendo para hacerme sentir mejor, sino porque de verdad lo cree, y no me importa si tiene razón o no, el hecho de que lo piense, de que lo diga en voz alta, lo cambia todo.

Sonrío por millonésima vez desde que entré en mi apartamento.

—Sigues siendo un Medici excelente.

Él me mira y también sonríe recordando perfectamente aquella conversación en su despacho.

—Un Borgia —me corrige.

Nos seguimos mirando. Nuestras sonrisas siguen exactamente ahí.

—Su cambio —avisa el dependiente y Alex se vuelve hacia él.

—Mire a esta chica —le dice y me pongo roja hasta las orejas.

—Alex...

—Algún día podrá decir que le vendió el champagne con el que celebró su primera exposición.

—Para... —le pido con una mezcla de bochorno absoluto y felicidad absoluta.

El dependiente me observa y después a Alex.

—Una vez le vendí un paquete de chicles a Madonna —nos cuenta.

Alex asiente.

—Claramente una señal.

***

—¿Y dónde vamos a tomarnos esta delicia? —pregunto señalando la botella que lleva en la mano.

—Al lugar más apropiado que podríamos encontrar.

Caminamos un poco más y entonces lo veo. Mi lugar favorito en mi ciudad favorita: el MoMA.

—Estamos focalizando —me dice guiñándome un ojo.

Nos acomodamos en las escaleras del edificio en la acera de enfrente. Alex abre la botella y el «pop» resuena en mitad de la 53 Oeste. El sonido me hace reír de nuevo y él levanta la botella.

—Nos conocemos desde siempre y creo que nunca te he visto sin un lápiz en la mano. —Aprieto los labios divertida, conteniendo una nueva sonrisa porque es cierto. Dibujar siempre ha sido una parte de mi vida, mi manera más fácil de expresarme—. Nunca te lo he dicho, pero me encanta verte dibujar.

El corazón empieza a latirme más deprisa.

—Me encanta la forma en la que miras el papel en blanco justo antes de empezar porque sabes que está lleno de posibilidades, cómo frunces el ceño cuando te concentras —sonríe señalándose el entrecejo y su gesto se imita en mis labios—, pero ¿sabes cuál es mi parte preferida?

El estómago se me llena de mariposas.

—¿Cuál? —susurro sin poder apartar mi mirada de la suya. No quiero.

—La manera en la que sonríes cuando terminas y ves el dibujo. Estás confiada, orgullosa, feliz, y estoy deseando que el mundo te vea como te veo yo.

Me pasa la botella de champagne y, cuando la cojo, nuestros dedos se encuentran sobre el cristal. La sensación viaja por mi piel, en mi sangre, y me emborracha. No me importa que dure un segundo porque es perfecta.

Solo cuando me llevo el vidrio a los labios aparto la mirada y doy un trago.

—Está asqueroso —anuncio estallando en carcajadas a la vez que bajo la botella y se la paso.

Alex da un trago y la baja asintiendo.

—Completamente de acuerdo.

Miró calle arriba. Una suave brisa nos envuelve. Disfruto del sonido de Nueva York, de los pequeños ruidos que me recuerdan por qué adoro esta ciudad, porque forma parte de mí, porque me siento en casa y una parte, sí, son estas calles, estos sonidos, este olor, pero otra es él. Alex.

—Pero es el mejor champagne que he probado en mi vida —sentencio mirándolo de nuevo.

Alex me mantiene la mirada.

—Completamente de acuerdo —repite.

Me siento a su lado. Respiro hondo. No quiero estar en ningún otro lugar.

—Va a salir bien —murmuro mirando el museo, recuperando toda la ilusión, la confianza, teniendo la extraña sensación de que vuelvo a brillar—. Alex —lo llamo girándome hacia él.

—¿Qué? —responde atrapando mi mirada.

Por un segundo no tengo ni idea de qué decir, aunque creo que es lo contrario, que tengo demasiadas cosas dentro y todas se están peleando por salir.

—Gracias —pronuncio al fin.

Él sigue mirándome y la comisura de sus labios se eleva en el inicio de una suave sonrisa.

—De nada.

El momento nos va ganando la partida o puede que la tuviésemos perdida desde antes de empezar, no lo sé, pero no me aparto de él, no quiero.

Alex bebe de nuevo y cierra un ojo torciendo la expresión cuando lo traga. Yo sonrío. Me la pasa. Bebo.

—No sé por qué seguimos haciéndolo —me quejo divertida y confusa, separando la botella de mis labios, que se me quedan mojados por tratar de apartarla de golpe.

Sonrío otra vez. No puedo evitarlo. Voy a limpiarme, pero Alex es más rápido.

Mueve la mano y me acaricia los labios con el pulgar, llevándose el líquido con él.

La sangre se me vuelve más rápida, más caliente, y ya solo puedo oír mi respiración hecha un caos cuando se lleva el mismo pulgar a su boca y chupa mi champagne , mi sabor.

—Alex... —murmuro hechizada.

—¿Qué... —repite, me tortura—, nena? —añade.

Y todo mi cuerpo se rinde a la vez que me agarra del cuello y me besa con fuerza. Respondo al instante. Ya no hay más juegos, ya no hay anticipación. Ahora es de verdad. Las ganas toman el control, el deseo me nubla la mente y solo hago lo que me muero de ganas de hacer.

Alex controla el ritmo, devorándome mientras yo siento una oleada de placer, de mariposas, de calor inundar mi cuerpo.

Nos movemos al unísono como la mejor coreografía.

Nos acercamos más.

No es un beso, es una explosión. Es color. Es música. Es sexy. Es sensual.

Alex se separa, solo un par de centímetros, para que podamos recuperar el aire, pero su mano grande y cálida sigue en la base de mi cuello mientras su pulgar me acaricia la mejilla. Mis dedos continúan aferrados a su camiseta. Nuestras frentes, pegadas.

—Maldita sea, nena... Me vuelves jodidamente loco —confiesa con la voz rota por el esfuerzo de recuperar el aire.

Separa lentamente la mano de mi cuello al mismo tiempo que él se aleja despacio de mí. El mismo pulgar que antes acariciaba la piel de mi mejilla ahora baja por mi garganta, asegurándose de no haberme hecho daño.

Yo voy a asentir porque, Dios, lo entiendo, pero acabo negando con la cabeza.

—No podemos hacer esto, Alex.

¡Estoy con alguien! De pronto me siento una persona horrible y me separo de él, pero eso solo hace que me odie porque es como renunciar a un oasis en mitad de un desierto.

—No podemos volver a hacer esto —repito más contundente, aunque el corazón me lata como un loco.

Los ojos de Alex se oscurecen hasta parecer casi metálicos y me doy cuenta de que odia esto con todas sus fuerzas.

—No pienso admitir que no quiero volver a besarte, Eden —replica con esa condenada seguridad, que, maldita sea, empiezo a odiar, porque hace que me derrita—, y cada vez que tenga la oportunidad voy a volver a hacerlo.

—Alex —protesto exasperada y en realidad no sé si lo hago por él, para que deje de decir esas cosas, o por mí, porque no puede gustarme que las diga y, sin embargo, aquí estoy, disfrutándolas con todo lo que soy.

—No pienso volver a renunciar a ti —sentencia.

Cualquier queja que pudiera tener muere en mi garganta y mi corazón, que nunca se había calmado, vuelve a latirme demasiado deprisa.

—Estoy con Cole —me obligo a pronunciar. Porque es la realidad. Porque es lo justo. Porque Alex me hizo demasiado daño.

Él me mantiene la mirada como si pudiese entender todo lo que hay detrás de esas tres palabras.

—Lo sé —contesta y otra vez no duda. No suena a sacrificio porque no lo es, tampoco está dando un paso atrás. Es un «No me voy a rendir», claro, animal, cegador.

Yo respiro caótica una y otra vez, observándolo, asimilando esas dos palabras mientras pienso en todo lo que teníamos, en aquella fiesta de compromiso, en Chicago, en Cole, en él, ahora, aquí. En mí.

Alex le da un trago a la botella y me la pasa.

—Vamos a terminarnos el champagne —dice con una suave sonrisa y la voz ronca, dándome la salida para escapar del huracán que me está asolando por dentro.

—Y a volver a casa —añado.