46
Eden
—¿En qué puedo ayudarla, señora Underwood?
Consigo que mi voz suene como la de una mujer normal, ¡y es todo un triunfo! ¡Es Marisa Underwood! ¡La directora general de las galerías de arte Sidonie! Son los espacios de arte privado más importantes de Nueva York. ¡Es como la Anna Wintour del mundo del arte!
—Creo que eso tendría que preguntártelo yo, Eden. He visto tu trabajo y es francamente muy interesante. Te quiero en una de mis galerías.
Me quedo sin aire. Literalmente.
—¿Está hablando en serio?
No me falta razón al preguntarlo porque empiezo a pensar que Val se ha enterado de que Alex está viviendo en mi piso y, en venganza por no habérselo contado, ella, Ted y Mellow han contratado a un imitador de voces profesional y me están gastando una broma telefónica.
Entrecierro los ojos sobre el teléfono con sospecha.
Probablemente por eso me han llamado al fijo.
¿Quién lo sigue usando hoy en día? Siempre di por hecho que los teníamos en la oficina como elemento decorativo kitsch .
Mire, una lata de guisantes de la RDA y un fijo, modelo oficina blanco.
—Por supuesto —contesta sin dudar y el corazón se me agita contento—.
También debo decirte que no se hará en las galerías Sidonie, aún no has alcanzado el nivel suficiente de popularidad, pero he adquirido un espacio multicultural en el Meatpacking —el barrio del arte por excelencia en Manhattan—.
Es sencillamente fabuloso y queremos destinarlo a artistas jóvenes y con talento. ¿Qué me dices? ¿Te interesa?
—Claro que me interesa —respondo, quizá un poco, muy, rápido porque la hago reír.
—Pues el primer paso es que me enseñes tu portafolio. Podemos quedar hoy a la hora del almuerzo, ¿te viene bien?
—Por supuesto.
Y, si no, robaré un DeLorean y alteraré el continuo espacio-tiempo para sacar un hueco.
—Perfecto. Nos vemos en la 52 Este. Mi restaurante francés favorito está allí.
Me explica que su secretaria me mandara un e-mail con los detalles y quedamos a la una y media.
Al colgar, estoy pletórica. Más que eso. ¡Feliz! Recupero mi móvil a la velocidad del rayo y lo desbloqueo dispuesta a llamar y sé a quién, la primera persona con la que quiero compartir esto, porque quiero que lo sepa ya y que se emocione tanto como yo.
Quiero llamar a Alex.
Y por eso me freno, porque no debería ser así.
Tomo una bocanada de aire con la mirada todavía en la pantalla y finalmente deslizo el dedo por ella un par de veces. Descuelgan al primer tono.
—Tengo que contarte algo alucinante, pero quiero que sea en persona.
—Podemos comer juntos.
Niego con la cabeza, acelerada.
—Precisamente en la comida va a pasar una de las cosas que quiero contarte —le explico veloz.
—¿Qué es? —inquiere divertido—. Vas a hacer que me muera de curiosidad.
Yo prácticamente rompo a reír.
—Vale —añade rápido—. Nos veremos después del trabajo.
—¿Donde siempre?
Él ríe al otro lado. Creo que acaba de darse cuenta de que estoy exactamente igual de emocionada que una niña pequeña la mañana de su cumpleaños.
—Sí, donde siempre.
—Hasta después.
—Hasta después, ojazos.
Cuelgo y el día pasa muy rápido y lento a la vez. Por una parte estoy tan emocionada que no tengo suficiente paciencia para esperar a que den la una y media y, por otro, me muero de nervios. ¡Es una pasada!
***
—Hola —me saluda Cole con una sonrisa de oreja a oreja en cuanto me acerco a la mesa en la que está con sus amigos.
Por un momento frunzo el ceño confusa. Pensé que estaríamos solos para celebrar mis buenas nuevas, pero no me importa. Cuantos más seamos, mejor.
—Hola.
Nos damos un abrazo y, cuando nos separamos, me besa. Sus amigos, todos chicos, empiezan a soltar silbidos, lo que me hace sonreír y puede también que provoque que me sonroje un poco. No ahondemos ahí.
—¿Qué es eso tan importante que tenías que contarme? —me pregunta.
Me muerdo el labio con una sonrisa. Tomo aire.
—Voy a hacer mi primera exposición —suelto de un tirón.
Cole abre la boca, mirándome, como si no encontrara las palabras. Al principio pienso que se ha quedado sin habla, pero una parte de mí tarda muy poco en darse cuenta de que es otra cosa.
—Enhorabuena —dice al fin.
No le parece importante.
Yo me quedo completamente perdida. Desde luego no era la reacción que esperaba.
—Creí que trabajabas en publicidad —dice uno de sus amigos, porque todos han estado atentos a nuestra conversación.
—Sí —contesta Cole por mí—, en Kinetix Creative. Es la mejor.
Y la diferencia es brutal porque ahí sí hay orgullo por mí, por lo que hago.
—¿Y qué vas a exponer, entonces? —pregunta otro de los chicos.
—La publicidad también es un tipo de arte —interviene el que parece más joven—. El otro día leí que el anuncio original de la Coca-Cola de la mujer marcando músculos se vendió por una millonada.
—Ah, va de eso, anuncios.
—Soy artista —me explico—. Dibujo. Voy a exponer mis dibujos, en el nuevo espacio cultural de Marisa Underwood.
Cada palabra que pronunció le suena a chino. Ni siquiera a chino mandarín, no; es como si hubiese hablado el chino profundo de una aldea al norte del país.
—¿Quién es Marisa Underwood? —plantea el mismo que ha hablado de la publicidad como forma artística.
—Una galerista muy importante.
Les agradezco que intenten entenderlo, pero la verdad es que, a cada palabra que pronuncio, me siento más estúpida y la ilusión empieza a escurrírseme entre los dedos.
—Es una noticia genial —me dice Cole, cogiéndome de la cintura para que vuelva a girarme hacia él—. He visto algunas de las ilustraciones que has hechos para Kinetix y son alucinantes, así que los dibujos que hagas como hobby tienen que ser aún mejores.
La palabra hobby se me clava muy adentro.
Sé que no lo ha dicho con mala intención, pero es que yo no la siento así en absoluto.
Dibujar no es un pasatiempo para mí, nunca lo ha sido, es a lo que quiero dedicar el resto de mi vida.
No a la publicidad, aunque también me guste. Y Cole ni siquiera lo sabe.
—Iremos todos, ¿verdad, chicos? —azuza a sus amigos.
Todos dicen que sí de una manera u otra y yo fuerzo una sonrisa porque no quiero incomodar a nadie.
—¿Una cerveza? —me pregunta Cole—. Para brindar por ti —añade con una sonrisa.
—Un spritz —lo corrijo.
Él sonríe.
—Es verdad. Siempre lo olvido.
Va a la barra. Vuelve con mi bebida. Brindamos.
Pero no es lo que esperaba. Soy consciente de que a lo mejor le estoy dando importancia a algo que no la tiene.
Sus amigos son simpáticos, se esfuerzan por integrarme; Cole, porque me sienta cómoda y yo, en caerles bien.
Pero lo cierto es que lo que esperaba era que a Cole le hiciese ilusión, que se sintiera orgulloso de mí, no por Kinetix, sino por esto.
El storyboard me da la excusa perfecta para beberme sola una y marcharme a casa.
Subo hasta la cuarta planta con pies pesados y abro la puerta.
—Hola —saludo al aire.
—¿Has cenado? —pregunta Alex desde la cocina.
—No tengo hambre —respondo quitándome el abrigo.
—Pues te diría que casi mejor. He intentado hacer la lasagna y creo que he invocado a un demogorgon o algo —me explica saliendo al salón secándose las manos en uno de mis trapos de flores— porque lo que ha salido del horno no parece lasagna .
Me mira, solo un momento, y su expresión cambia en esa mínima expresión de tiempo.
—¿Qué ha pasado? —pregunta caminando hasta mí.
—Nada.
—No es verdad —contesta sin dudar, sin juegos. Está preocupado de verdad.
Lo miro perdiéndome en sus ojos gris oscuro y algo se me aprieta en el centro del pecho porque no sé si me lo está poniendo muy difícil o rematadamente fácil.
—Eden —insiste. Su voz suena un poco más ronca, reconfortante.
Pienso en contrale lo que me ha puesto triste, Cole, su reacción... pero no es justo que hable de mi relación con él y no lo es para Cole ni para mí, pero tampoco para Alex.
—Voy a hacer mi primera exposición. —Al pronunciar de nuevo esas palabras recupero parte de mi ilusión, como si mi corazón acabase de recordar cómo me sentí cuando respondí a la llamada esta mañana.
Alexander se queda muy quieto y simplemente pregunta.
—¿En serio?
Asiento.
Un segundo. Eso es todo lo que tarda. Una sonrisa preciosa, orgullosa, sexy, se extiende por los labios de Alex antes de que se coma la distancia que nos separa, me abrace con fuerza levantándome los pies del suelo y nos haga girar.
—¡Eres la mejor, Lockhart! —grita mientras rompo a reír sin que dejemos de dar una vuelta y otra y otra por el diminuto salón de mi diminuto apartamento.
—¡Alex!
Pero él no para de girar y lanzar silbidos ni yo de reír.
—No te haces una idea de lo jodidamente orgulloso que estoy de ti —dice con la misma sonrisa cuando mis pies vuelven al tocar el suelo, conservándome entre sus brazos—. Lo sabía. Sabía que era cuestión de tiempo. Eres una artista.
La calidez va deslizándose por cada rincón de mi cuerpo, haciéndome sentir increíblemente bien, como si estuvieras muerta de frío y alguien te cubriera con una suave manta.
—Tú siempre has creído en mí.
—Y no me he equivocado.
—Solo es una exposición pequeña en un sitio pequeño...
Él niega con la cabeza.
—Es un paso más —me frena sin dudar—. El primero lo diste la primera vez que dibujaste y no has parado desde entonces.
Esta exposición te dará a conocer y será la primera de muchas y, antes de que te des cuenta, estarás en el MoMA, delante de un cuadro tuyo con un grupo de japoneses con gorras a juego echándole una foto porque es arte neoyorkino.
Los dos sonreímos.
—¿De verdad lo crees?
—No tengo ni una sola duda. Ahora que lo pienso —cae en la cuenta de algo.
De pronto empieza a moverse rápido por el piso. Coge su marinero y se lo pone deprisa. Recupera mi abrigo de la percha y me ayuda a ponérmelo.
—Alex, ¿qué haces? —pregunto divertida.
—Ya lo verás —contesta sin parar.
Abre la puerta y se gira hacia mí ofreciéndome su mano.
—¿Vienes? —me pregunta con una sonrisa en los labios, tranquila, llena de una seguridad que, en realidad, es familiaridad, confianza, nosotros.