45 #2
—Oye —me llama cuando ya estaba a punto de meterme en el coche—, ibas a contarme algo del trabajo, ¿qué era?
Hago memoria.
—Una tontería. —Es raro, pero ahora me da esa sensación. Me deshago de ella y vuelvo a sonreír—. Al cliente le ha encantado la propuesta de campaña y nos hemos llevado la cuenta. El señor Walsh estaba pletórico.
—Eso es genial —comenta Cole, ofreciéndome la mano para chocar. Yo lo hago y mi sonrisa se hace más grande otra vez—. Bien por vosotros. Era un cliente muy importante. Haremos una cosa: cuando termines el storyboard , celebraremos las dos cosas juntas.
—Me parece una buenísima idea.
—Pues entonces, a trabajar —me ordena después de besarme de nuevo.
Asiento, me meto en el taxi y él cierra la puerta.
—Cuide de la señorita —le pide al conductor a través de la ventanilla del copiloto abierta.
El chófer asiente sin prestarle verdadera atención. Supongo que le piden que cuide de demasiadas señoritas a lo largo de la noche.
Cole y yo nos despedimos una última vez y el taxi se incorpora al tráfico. Diez minutos después, estoy delante de mi edificio en la 11 Oeste.
Subo hasta mi cuarto sin ascensor, quejándome un poco de mi vida por vivir a este nivel del suelo sin que la ingeniería moderna me ayude. «Cruzaremos ríos, uniremos pueblos, pero Eden Lockhart tendrá que seguir subiendo a patitas». Qué visionarios menos empáticos.
Al fin llego a casa.
—Hola —me saluda Alex cuando entro.
Está sentado en el sofá. Ya se ha cambiado al pijama, unos pantalones oscuros y una camiseta, y está tratando de arreglar algo con un montón de piezas desparramadas sobre la mesa de centro. Parece una radio.
—Hola —respondo cerrando la puerta a mi paso—. ¿Qué haces todavía despierto?
—He pensado que sería justo esperar a la dueña del Airbnb donde vivo —responde socarrón sin erguirse ni alzar la cabeza, simplemente levantando la mirada y fijándola en mí, en mis ojos, con un destornillador en la mano y una pieza en la otra.
Es un gesto perezoso, peligroso y letalmente sexy que me hace sentir completamente expuesta, como si me estuviera reclamando sin mover un solo dedo.
—Sí, pues este es un Airbnb respetable, que lo sepas —sentencio.
—Nunca lo he dudado.
Sonreímos.
—¿Qué haces? —pregunto caminando hasta quedar a un par de pasos de la mesa de centro.
—El señor Masri la ha encontrado en uno de los apartamentos después de que se fueran los inquilinos. Ha dicho que podía quedármela y estoy intentando arreglarla. Es una vieja gramola de esas de mesa, como la de algunos diner .
Abro la boca sorprendida. Esas cosas son geniales.
—Es todo un hallazgo.
—Si consigo que funcione.
—Tengo fe en ti, Vandervilt.
De pronto, me descubro a punto de quitarme el bolso y sentarme con él en el sofá simplemente a perder el tiempo, a estar con él, aunque esté haciendo otra cosa, y automáticamente me freno.
Acabo de venir de una cita con Cole, la persona con la que estoy, y quiero que esa sea la sensación con la que me vaya a la cama esta noche. Estar con Cole, charlar con Cole. Sus besos.
Aparto la mirada. No sé por qué pero lo hago.
—Me voy a dormir —digo señalando vagamente hacia la puerta.
Alex levanta la cabeza, me mira y sé que es una locura, pero tengo la sensación de que sabe lo que estoy haciendo.
Por un momento creo que no va a permitirlo, que va a levantarse, cogerme de la muñeca, tirar de mí hasta dejarnos muy cerca, dejarme claro, con la manera en la que respiramos juntos, que es en él en quien tengo que pensar.
Veo cómo sus nudillos se aprietan con fuerza alrededor del destornillador y cómo los músculos de sus brazos se tensan, como si estuviera librando una batalla interna descomunal para obligar a su propio cuerpo a quedarse pegado al sofá.
Sé que podría acortar la distancia en un segundo, pero no lo hace.
Se contiene. Está respetando mis límites, dándome el espacio que necesito, aunque le cueste la vida entera no dejarme ir.
Me mira como si ya lo hubiese hecho, como si lo estuviese haciendo. Mi cuerpo despierta porque la imaginación tiene ese poder, por la manera en la que el suyo me está llamando.
—Buenas noches, Alex —digo al fin.
—Buenas noches —responde con esa endiablada seguridad.
Me pongo el pijama en tiempo récord y me meto en la cama. Con la luz apagada, quiero concentrarme en Bradly Cooper, como era mi plan, pero no puedo evitar que una idea se filtre en mi mente sin ningún tipo de permiso: con Alex siempre me he sentido lo más importante.
Sé que es ridículo, pero es la verdad. Alex era el CEO de una de las compañías más poderosas del mundo, manejaba negocios al más alto nivel, a cualquier hora, y, sin embargo, cuando estábamos juntos, se las apañaba para dejarme claro que lo más importante era yo.
Cole me gusta. Me gusta la relación que tenemos. Creo que puede funcionar, de verdad. Pero... yo... no me siento como pensé que me sentiría. ¿Dónde están los fuegos artificiales? ¿Por qué no me siento como si pudiera volar?
No soy idiota. Sé dónde está toda esa intensidad. Pero esa misma intensidad, el darlo todo, fue lo que me hizo sufrir. Alex me hizo sufrir. No quiero perdonarlo.
Ni debo.
Ni siquiera sé si puedo.
Resoplo y me acurruco de lado en la cama. Tengo que elegir lo mejor para mí.
***
—Necesitamos cambiar esta escena, para que haya continuidad —le explicó a una de las creativas con la tablet y el lápiz mágico.
Hoy está siendo un día mucho más tranquilo después del huracán de ayer, pero en ningún caso significa que no tengamos trabajo que hacer. Por eso estoy en el despacho de mi compañera ayudándola a comprobar donde está fallando la planificación del próximo anuncio.
Ella asiente y comprueba las opciones que le propongo.
—¿Es posible eliminar este plano medio?
Reviso la secuencia.
—Sí. Si lo cambiamos, creo que incluso ganaríamos profundidad. Fíjate aquí.
—Eden —me llama la secretaria de planta, después de golpear suavemente la puerta abierta con los nudillos—, tienes una llamada en tu despacho.
—Gracias. Voy ahora mismo. —La secretaria sonríe y se marcha—. ¿Te importa? —le pregunto a mi compañera.
—Sin problemas.
—No tardo.
Me doy una carrera hasta mi despacho y descuelgo el teléfono fijo.
—Hola, soy Eden Lockhart.
—Encantada de saludarte, Eden. Soy Marisa Underwood.
No puede ser.