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Eden
El día siguiente es una auténtica locura en el trabajo. Toca presentación para un cliente bastante importante y los dos ejecutivos de cuentas que las llevan nos tienen a todos revolucionados cambiando detalles de última hora y pidiendo ajustes donde es literalmente imposible que los haya.
Durante la reunión, el equipo creativo y el de diseño estamos en tensión absoluta, esperando en la misma planta, atentos y preparados por si tenemos que apagar un fuego inesperado.
Afortunadamente, todo va genial. El cliente se marcha muy satisfecho. Kinetix consigue la cuenta y los gritos de celebración se oyen desde el vestíbulo del edificio.
El señor Walsh está tan contento que incluso promete que organizará una fiesta para agradecernos el esfuerzo.
Ahora solo me queda el storyboard , amenazándome desde mi mesa.
***
¿Vamos al cine?
El mensaje de Cole llega cuando estoy archivando todas las cosas de la presentación de la campaña y despejando mi mesa para continuar trabajando.
Lo pienso un segundo. Me vendrá bien para relajarme después de toda la tensión.
Ha habido un momento en que he pensado que uno de los ejecutivos iba a tener un brote psicótico.
Los que piensan que los ejecutivos de publicidad son como en Mad Men no se equivocan, pero este digi evolucionó a American Pshyco durante quince minutos.
Me apunto.
Genial. Te recojo a las ocho.
Compruebo la hora en la esquinita de la pantalla. Me da tiempo.
¿Qué peli vemos?
Tengo muchas ganas de ver algo con lo que me ría... o una peli romántica con Matthew McConaughey enamorándose hasta las trancas. Me sería más fácil elegir si de repente no se hubiese decidido, sin consultarme, que ya no se harían más comedias románticas.
La última de Luca Guadagnino. En el AMC de la 34.
El nuevo mensaje de Cole me saca de mis pensamientos y de mi idea de enviarles una carta a Tom Hanks y Meg Ryan para que revivan el género. Algo para recordar II. Ahora me acuerdo.
Tuerzo los labios. Luca Guadagnino no es lo que más me apetece, pero, bueno, soy de las que piensan que hay que dar una oportunidad a todas las películas hasta el final. Nunca sabes cuándo van a sorprenderte.
OK.
Nos despedimos y sigo con lo que estaba haciendo. No ha pasado un minuto completo cuando Alex se cuela en mi cabeza sin avisar, como lleva haciendo mucho últimamente y no debería. No debería para nada.
Con el cine no podremos cenar juntos. La verdad es que no sé exactamente cómo o cuándo ha pasado, pero me gusta llegar a casa y cenar con él.
Es muy agradable entrar en el apartamento, que huela a comida recién hecha, que la tele esté encendida o que se oiga música.
Morirnos de risa mientras cenamos, no parar de hablar...
Pero estoy con alguien y tengo que dedicarle tiempo.
Además, lo de Alex es temporal. Ya está recuperado de la neumonía, incluso ha empezado a trabajar para el señor Masri.
Pronto encontrará un sitio decente para vivir y se marchará.
No tiene ningún sentido que nos acostumbremos a cosas como cenar siempre juntos cuando, en breve, dejaremos de hacerlo.
Y las murallas, cuanto más altas, mejor.
***
Cole me recoge en mi oficina e insiste en que vayamos en taxi, aunque solo son unas quince manzanas.
Nueva York de noche es una pasada. Las luces de los edificios se reflejan en las aceras, los escaparates, incluso en los rostros de las personas, y los taxis parecen una marea imposible de balas amarillas.
Además, huele diferente cuando hace frío.
Y me encanta esa sensación de oír los coches pasar sobre los charcos.
Sonrío cuando veo las letras rojas «AMC» y el número 34 sobre la marquesina semicircular, como si fuera una versión de los cines clásicos, y entramos en el local.
Cole ya ha comprado las entradas en la app, así que vamos directos a la zona de las palomitas y nos ponemos en la cola.
—¿Las compartimos? —pregunto señalando el combo del cubo grande con dos refrescos.
Cole levanta la mirada de su móvil, donde está respondiendo un correo de trabajo, y observa el letrero antes de volver a teclear.
—Claro.
La cola sigue avanzando y me distraigo observando a mi alrededor mientras Cole continúa concentrado en su teléfono.
—Ya estoy aquí —anuncia con una sonrisa, cogiéndome de la cintura y acercándome a él.
—No te preocupes —respondo sonriendo también—. Sabes que...
Quiero contarle lo bien que nos ha ido en la reunión, pero Cole me interrumpe dándome un beso rápido.
—Estoy a punto de cerrar un contrato muy importante —me dice emocionado—. Cuando salga, recibiré un bonus increíble y he pensado que podríamos irnos el fin de semana a un sitio increíble, como St. Barth o Amanyara.
Abro la boca sin saber qué decir. La verdad es que no me lo esperaba.
—¿Sorprendida? —pregunta con un deje orgulloso.
Asiento rápido. Sí, claro que estoy sorprendida. Yo venía al cine y de repente me invitan a Turcos y Caicos como si fuera Nicole Kidman en esa miniserie donde toda la familia lleva albornoces a juego... pero, no sé, algo no... Antes me habría parecido un plan genial, ahora me siento a medias.
Me obligo a apartar esa idea de la cabeza.
—Va a ser una pasada.
—Entonces, ¿St. Barth o Amanyara?
—Somos neoyorquinos, solo puede ser St. Barth —contesto como si fuera obvio.
Cole sonríe encantado.
—Y que sepas que yo también tengo buenas noticias... —dejo en el aire— y también van acompañadas con una celebración. No que incluya un vuelo internacional, pero seguro que el señor Walsh sabe montar buenas fiestas.
Avanzamos un puesto más en la cola.
Cole asiente.
—Cuéntame.
Abro la boca para empezar a hablar, pero su móvil sonando me interrumpe. Cole levanta suavemente la mano pidiéndome un momento y se las ingenia para sacarse el teléfono del bolsillo sin soltarme.
—Steiner —contesta mirándome y sonriendo.
Es guapo. La verdad es que muy guapo. El pelo castaño. Los ojos miel. Y un deje muy sexy cada vez que sonríe de esa manera.
No sé lo que le dicen al otro lado, pero su expresión cambia. Deja de mirarme, se separa de mí y se aleja un paso.
—Dos millones no fue lo que dijimos.
La cola avanza de nuevo y ya nos toca.
—Hola —saludo al empleado—, el combo de palomitas y dos refrescos grandes, por favor.
—¿Mantequilla?
Miro a Cole en busca de consenso, pero él no me mira a mí, así que tendré que tomar esta vital decisión sola.
—No.
Unos segundos después tengo el cubo y los dos vasos de cartón. Abro mi bolso para sacar mi cartera, pero Cole me frena poniendo la mano sobre la mía. Observa la pantalla, donde aparece veintinueve con treinta y seis dólares, y se mete la mano en el bolsillo sin dejar de hablar.
—¿Qué te ha dicho Tallis? —Deja un billete de cincuenta sobre el mostrador—. ¿Llegaría a tiempo contando a partir del lunes?
El chico los coge y cobra.
—Su cambio, señor...
Pero Cole lo interrumpe, cogiendo el billete y dejando las monedas.
—Gracias —pronuncio yo con una sonrisa intentado suavizar el momento.
El chico se gira hacia mí y me devuelve la sonrisa.
La verdad es que no cuesta nada ser amable con las personas que trabajan de cara al público.
Aguantan mucho más de lo que va con el sueldo y sin ellas, con toda probabilidad, el resto de nosotros acabaríamos en la cúpula del trueno por ver quién tiene derecho a llevarse qué en el supermercado.
Cojo las palomitas y los vasos de cartón y voy hasta la máquina de refrescos.
—Cola —me pide Cole separándose el móvil de la oreja.
Lleno los dos vasos con mucho hielo y coca cola y los corono con unas cañitas.
—Gracias —dice Cole apareciendo desde atrás y dándome un beso en la mejilla.
—¿Voy a compartirte con tu teléfono toda la peli? —pregunto divertida.
Él niega con la cabeza.
—Esta era importante. Palabra. Y la última.
Sonrío. Me parece bien.
Caminamos hasta la sala que nos toca. Cole lleva los refrescos y yo, las palomitas.
El techo llama mi atención. Han debido de pintarlo hace poco y lo han decorado con unos mosaicos chulísimos.
Sigo caminando fijándome en los patrones.
Sonrío. Podría incorporarlos en un dibujo.
Podría pintar toda la página con ellos, con los diferentes colores, crearía la profundidad suficiente para que pareciera que es una habitación y en el centro podría poner a una persona sujetando un espejo con las dos manos, reflejaría los mismos patrones y la sensación sería...
Me choco. Con alguien.
Vuelvo al planeta tierra de golpe y doy un paso atrás por inercia.
—Lo siento —le digo veloz a la señora con la que acabo de tropezar. Menos mal que no le he tirado las palomitas. Eso, en el cine, es una afrenta enorme—. Ha sido culpa mía, perdone.
—No te preocupes. No ha sido nada —responde amable la mujer.
—Eden —me llama Cole desde la puerta—, ¿dónde te has metido?
Genial. Estaba tan distraída que ni siquiera me he dado cuenta de que me había saltado la puerta, Cole había entrado y yo no.
—Me he distraído —me explico caminando hacia él.
Cole sonríe negando con la cabeza.
—Eres un caso, ojazos.
Entramos en la sala y por fin nos acomodamos en los asientos.
¿La peli me gusta? Humm... no. Es demasiado para mí.
***
—¿Te ha apetece que vayamos a tomar algo? —me pregunta Cole cuando salimos.
Niego con la cabeza.
—No puedo. Tengo lo del storyboard , ¿recuerdas?
Cole tuerce los labios y asiento.
—Es verdad. ¿Cómo lo llevas?
Cabeceo.
—Lo llevo. Eso es todo lo que puedo asegurar por ahora.
—Así empiezan las grandes cosas.
Sonrío.
—Es una buena manera de verlo.
Los dos nos quedamos en silencio durante un par de segundos.
—Yo sí voy a ir a tomarme una cerveza con unos amigos que están aquí cerca, no te importa, ¿verdad?
—Para nada. Diviértete tú que puedes.
Cole asiente y levanta la mano para parar un taxi para mí.
—Su carruaje, madame —anuncia mientras me abre la puerta a lo criado del siglo XIX .
Mi sonrisa se ensancha y camino los pocos pasos que me separan del Chevrolet amarillo.
Justo antes de que entre, separados por la puerta amarilla, Cole se inclina sobre mí y me da un beso, más largo, más íntimo. Me gusta.