La noche que encendimos Nueva York 44
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Alexander

Me levanto cuando ya no puedo fingir que el sol que entra por la ventana no está dándome directamente en la cara.

Me incorporo hasta quedarme sentado en el sofá y me paso las dos palmas de las manos por la cara.

Después de una ducha y el desayuno, dejo a Eden trabajando en el storyboard en su mesa y me marcho con el encargado del inmueble, el señor Masri.

Cuando ayer le devolví las herramientas, me preguntó si quería echarle una mano para hacer algunos arreglos por el edificio.

Serán quince dólares la hora. No es mucho, pero me servirá para comprar la cena de esta noche.

Al regresar, ya es la hora del almuerzo. Sonrío al oír música saliendo de la cocina. Me alegra que se haya tomado un descanso. Lo necesita.

—¿Qué se siente volviendo a ser útil para el mundo laboral, Vandervilt? —me pregunta de pie junto a la encimera, preparando dos sándwiches de ensalada de atún.

Finjo pensarlo un momento.

—Hambre.

Eden rompe a reír.

—Eres un poeta.

—El Robert Frost de los ayudantes de encargados de edificios.

Lleno una jarra de agua y de regreso a la mesa cojo las servilletas.

—Una frase fantástica para ligar —comenta Eden dándose la vuelta con un plato con un sándwich en cada mano.

—Me aseguraría una variedad de público brutal —replico mientras nos sentamos los dos.

La canción cambia. Sirvo el agua. Eden se levanta cayendo en la cuenta de algo y vuelve un par de segundos después con mi bote de medicinas.

—Esto está muy bueno —digo con el primer bocado.

—Es el hambre —responde guiñándome un ojo—. ¿Qué habéis arreglado hoy?

—¿Conoces a la señora Sánchez, del tercero?

Eden lo piensa y asiente.

—Pues una de las tuberías del baño tenía una fuga y no se había dado cuenta. He rescatado a mi primer gato nadador.

Eden sonríe.

—¿Más difícil que la tubería?

Mi turno de mover la cabeza afirmativamente.

—Pero más gratificante.

Eden se echa a reír y yo sonrío al verla.

Recogemos juntos la cocina. Yo me refresco un poco y me cambio la camiseta, se me había manchado de grasa.

Cuando salgo, Eden ya está sentada de nuevo, muy concentrada, trabajando. Sonrío con una mezcla de orgullo y amor realmente peligrosa, porque, joder, tengo clarísimo que podría hacer cualquier cosa por ella.

***

Han pasado un par de horas cuando vuelvo a la cocina y, mientras me preparo un café, le hago un té a Eden. Nunca bebe café después del almuerzo. Si lo hace, no consigue dormir.

Desde aquí oigo el timbre y todo mi cuerpo se tensa porque el animal reconoce quién es incluso antes que yo.

—Hola, ojazos —lo oigo saludar a Eden.

—Hola —responde ella.

Hay un par de segundos de silencio. Los imagino abrazándose y la sangre me hierve. Sin embargo, no hay miedo, no hay inseguridad, solo una calma peligrosa, clara.

Salgo de nuevo al salón con las dos tazas en la mano. Eden se ha puesto a trabajar de nuevo y Cole está sentado en el sofá.

—Ey —me saluda.

Le devuelvo el saludo con un gesto de cabeza. Tranquilo, camino hasta Eden, dejo la taza sobre la mesa y la giro para que el asa quede como la necesita. Ella murmura un «Gracias» sin levantar la mirada del dibujo, estira la mano y coge el té sin dudar.

Eden no se da cuenta, pero Cole sí, y automáticamente su mirada vuela hasta mí. Yo se la mantengo sin problemas a la vez que me alejo de la mesa dándole un sorbo a mi taza.

—He hecho café —le digo—. Sírvete.

Cole se levanta y va hasta la cocina. Yo me apoyo contra el marco de la puerta, todavía con la taza, y lo observo abrir varios armarios en busca de una.

—Allí —señaló con la barbilla—. Segundo estante.

Se contiene para no mirarme mal, lo sé. Va hasta donde le he indicado y saca la taza. Se sirve el café, pero casi a la vez frunce el ceño. Levanta la cabeza y de nuevo empieza a abrir armarios.

—El azúcar está en el segundo armario de la...

Cole aprieta la mandíbula.

—No estaba buscando el azúcar.

Me encojo de hombros.

—Pregunta lo que necesites —le ofrezco.

—Porque tú sabes dónde está todo, ¿no? —replica más brusco de lo que pretendía.

Yo le mantengo la mirada con la misma calma, con la misma naturalidad.

—Sí —contesto.

—Lo imaginaba.

Me giro al tiempo que una sonrisa se cuela en mis labios. Nunca dije que fuera un buen chico y mucho menos pienso serlo con él.

De vuelta al salón llevo mi vista hasta Eden para asegurarme de que todo está bien, cojo el libro que estoy leyendo y me acomodo en el sofá.

Cole no tarda mucho más en aparecer y se siente en el otro extremo del tresillo. Se bebe el café en silencio y deja la taza sobre la mesita. No ha pasado un minuto entero desde ese momento cuando saca su móvil y prácticamente en ese mismo instante se levanta.

—¿Vamos a ir a tomar algo? —le pregunta deteniéndose junto a su mesa, con la mirada en la pantalla, tecleando.

Ella está concentrada en su dibujo y no lo escucha.

Cole, al darse cuenta de que no le está prestando atención, la mira, pero en el segundo en el que lo hace su expresión se suaviza. Me jode, muchísimo, pero no puedo negar que lo entienda.

—Eden —insiste.

Ella suelta un gruñidito.

—Te estoy preguntando si vamos a salir a tomar algo.

Eden por fin levanta la cabeza y una leve sonrisa se cuela en mis labios al ver su mirada de disculpa. Por Dios, es la cosa más dulce del mundo.

—Me gustaría, pero tengo que terminar este storyboard .

Él asiente.

—No hay problema, pero, si no vamos a hacer nada, prefiero marcharme a trabajar.

—Puedes hacerlo aquí —le ofrece ella rápido—. Así nos haremos compañía.

Mis manos aprietan el libro con más fuerza haciéndolo crujir, pero no dejo de leer.

—¿Compañía? —repite un poco incrédulo—. No, me distraería con el ruido de los lápices y seguro que acabarías hablándome. No te ofendas, ojazos —añade veloz levantando ligeramente las manos—. Me cuesta concentrarme con alguien trabajando al lado.

Es el imbécil más grande sobre la faz de la tierra.

—Como quieras —contesta ella, aunque la conozco y sé que se acaba de quedar un poco descolocada. Primero porque ese gilipollas ha dado por hecho que ella sería un estorbo y, después, porque la ha hecho sentir como a cualquier otra persona en su vida.

Yo tenía razón. No la conoce. Y no la merece.

Ella se levanta. Lo acompaña hasta la puerta. Se despiden. El animal ruge, pero me ato en corto.

Cole abraza a Eden y me mira mientras lo hace.

Yo le mantengo la mirada dejando que la arrogancia y la seguridad me bañen de pies a cabeza mientras me acomodo en el sofá, dejándome caer contra el respaldo, con familiaridad, con una sonrisa solo para tocarle los cojones.

El animal se mueve en círculos, dentro de mí.

No sé qué coño pretende demostrarme, pero no sabe hasta qué punto se equivoca. No voy a montar una escenita de celos. No lo necesito.

Estoy en mi puto territorio.