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Alexander
Eden quiere mirarme mal y casi lo consigue, pero no puede borrar la sonrisa de sus labios aunque esté luchando muchísimo. Eso es lo mejor de todo, que nada de esto es unilateral. Nunca lo fue. Reaccionamos el uno al otro. Siempre.
Soy plenamente consciente de lo que he hecho antes y también de que pienso volver a hacerlo. No quiero a Cole cerca de Eden, así de simple. Es un pensamiento racional, pero también es impulsivo, visceral, lo que siento desde detrás de las costillas.
Y voy a comportarme exactamente como quiero para que le quede claro a ese imbécil que ha llegado tarde a esta guerra. Eden es mía y yo soy suyo y es así desde mucho antes de que ninguno de los dos pudiese entenderlo.
Además, no es solo porque esté enamorado de ella. Aunque Eden y yo solo fuésemos amigos, tampoco querría que estuviesen juntos porque es gilipollas, eso también es así de simple y me importa muy poco que solo haya estado unos minutos con él, han sido más que suficientes.
—Me lo imaginaba más alto —digo para picarla un poco.
Ella me mira jodidamente insolente y jodidamente adorable. Eden en estado puro.
—Y yo a ti, menos temerario.
—Alguien me dijo una vez que cuando las cosas importan... —dejo en el aire su propia frase, la que me dijo en la terraza de la mansión de mis padres después de lo que pasó en el taxi aquella noche.
Es imposible olvidar nada de aquellos días.
Su respiración se acelera apenas un poco y entreabre suavemente los labios y sé que ella se siente exactamente igual.
Avanzo un paso. Eden no se mueve, no deja de mirarme. Yo disfruto de esta sensación, de cómo consigue que me sienta invencible solo por la manera en la que me mira, con esa mezcla letal de dulzura, curiosidad, confianza y deseo.
Antes de que pueda desviar su mirada, la cojo de la base del cuello. Es un agarre firme, sin apretar, solo quiero anclarla. Apoyo el pulgar en su mandíbula, obligándola a levantar la cabeza para poder atrapar sus preciosos ojos marrones.
Nuestros labios se quedan demasiado cerca. Un pequeño gemido se escapa de los suyos.
—Buenas noches, nena —me despido, soltándola despacio. Torturándola.
La última palabra cae todavía más hondo que antes; se mezcla con la decepción porque no haya llegado a besarla. Eden traga saliva.
—No me llames así —me exige con la voz trabajosa, pero sus ojos bailan de los míos a mis labios.
Yo tuerzo los labios antes de que una maliciosa sonrisa se extienda por mi expresión.
—Pensé que ya iba siendo hora de que usara un apelativo que realmente diga cómo te veo.
—¿Como un cliché de novela romántica?
—Mía —contesto sin dudar. Suyo. Nunca he hablado más en serio.
—Alex... —Se queda callada a mitad de frase. Esto es difícil y asusta, lo sé. Puede ir al ritmo que necesite y eso incluye no tener que decir las cosas que aún no está preparada para decir.
—Descansa —pronuncio dándole un beso en la sien antes de ir hasta el sofá.
Eden se queda unos segundos muy quieta de espaldas a mí, pensando. Se gira despacio. Nuestros ojos vuelven a conectar así de rápido. Fuego y gasolina.
—Buenas noches, Alex.
Ninguno de los dos dice nada más y Eden se marcha a su habitación.