La noche que encendimos Nueva York 42
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Eden

Una sonrisa nerviosa se me escapa cuando Cole me abraza.

Me tenso y me separo rápido, aunque sonrío para intentar disimular.

Me siento como si fuese una niña y me hubiesen pillado haciendo algo que no debo.

Lo más raro de todo es que no tengo claro cuál de los dos me ha pillado y con quién he hecho lo que no debo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto—. Pensé que no volvías hasta mañana.

—En realidad, regresé antes del almuerzo —me explica restándole importancia, moviendo la mano—. Un cambio de planes de última hora. Aproveché para terminar algunas cosas en la oficina, ver a unos amigos, y ahora estoy aquí —comenta con una sonrisa.

Asiento, pero la verdad es que no sé qué decir.

Cole lleva su mirada hacia el interior de la casa y entonces repara en Alex, que está en el centro del salón, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, simplemente esperando.

Cole frunce el ceño.

—¿Tu amigo Alex es Alexander Vandervilt? —plantea, dando un paso hacia el salón. Aunque suena a pregunta, está claro que ya sabe cuál es la respuesta—. Coño, eso sí que no me lo esperaba.

Alex no dice nada, solo se queda ahí, observándolo y, sin embargo, de alguna forma, parece que está dominando la situación.

—Soy Cole —se presenta tendiéndole la mano.

Alex tarda un segundo de más, pero se la estrecha.

—Siento lo que pasó con tu puesto de CEO. Tuvo que ser duro...

—Cole... —trato de frenarlo dando un paso hacia él.

Pero el primero que me mira es Alexander y, solo por la forma en la que lo hace, entiendo que no le supone un problema. Es una locura, pero ahora mismo lo siento más salvaje, más instintivo.

—¿Qué? —pregunta Cole girándose hacia mí sin entender dónde está el problema—. La situación fue la que fue. La junta tomó la decisión. Sé que fue una putada —añade con cierta empatía hacia Alex—, pero también tengo que decir que si te lo merecías... —deja en el aire.

Alex deja de mirarlo a él y me mira a mí y se toma su tiempo para hacerlo, a la vez que el inicio de una peligrosa sonrisa se dibuja en sus labios.

—Sí, mereció la pena —sentencia.

El corazón me tropieza en el centro del pecho porque sé lo que hay detrás de esa frase.

Está diciendo que le valió la pena perder el puesto de CEO de una de las empresas más importantes del mundo, perder el poder, el dinero, por encontrarme a mí y, maldita sea, eso me llena de una calidez deliciosa y perfecta porque me hace sentir querida, deseada, valorada.

Cole le mantiene la mirada y acaba asintiendo pensando que todo va sobre el Vandervilt Group.

—¿Quieres beber algo? —le pregunto.

—Cerveza —responde Cole.

Doy el primer paso hacia la cocina, pero Alex me frena indicándome que va él.

—Oye —comenta Cole reparando en el cuadro que colgamos hace unos días—, ese cuadro es nuevo, ¿no?

Yo voy a contestar que sí, pero Alex se me adelanta camino de la cocina:

—Está torcido.

—¿Cómo te atreves? —replico automáticamente, con una involuntaria sonrisa en los labios, dando un paso en la misma dirección en la que él acaba de desaparecer—. Está perfecto.

Oigo el frigo y a los segundos Alex reaparece con un botellín en la mano.

—No parabas de decir un poco más a la izquierda —contesta divertido mirándome a mí mientras le da la cerveza a Cole—, un poco más a la izquierda y, al final, el desastre.

Tuerzo los labios. Sí, mi famoso gesto de intimidación pura que con el señor Vandervilt nunca funciona.

—No es verdad. —Lo señalo con el índice avanzando hacia él.

—Sí, lo es —contesta en absoluto arrepentido—. Deberíamos pedir una segunda opinión sincera. Cole —lo llama girándose por fin hacia él—, ¿tú qué dices?, ¿está torcido?

Cole se siente fuera de lugar, es más que obvio. Frunce el ceño y mira hacia el cuadro; tras un par de segundos, se encoge de hombros.

—No lo sé, sí, quizá un poco torcido.

En el momento en el que pronuncia esas palabras deja de existir para Alex, que vuelve a girarse hacia mí.

—¿Lo ves? Tengo razón.

«Tengo razón». ¿Habrá alguien en todo el universo conocido, incluido el espacio Klingon, que consiga que esas dos palabras suenen más irritantes que Alexander Vandervilt? No. Y sabe de sobra que lo tengo clarísimo.

—No, no la tienes —protesto devolviendo toda mi atención hasta él—. No está torcido.

—No sabes perder —replica irritante.

—Claro que sé, pero es que no he perdido.

—El pelín chiquitito —marca una distancia mínima con los dedos riéndose claramente de mí—, eso fue lo que te condenó.

Abro la boca indignadísima. ¡Es una unidad de medida perfectamente válida!

—Alexander, eres... eres...

—¿Alguien que sabe cuándo las cosas están niveladas? —me interrumpe.

Y yo quiero seguir diciéndole cosas al muy maldito, pero su frase me pilla por sorpresa y acabo sonriendo, casi riendo, mientras él sonríe encantado por mi reacción.

—El cuadro está recto —sentencio, pero cuesta trabajo dominar esa sonrisa— y no hay más que hablar.

—Veo que vosotros dos no os aburrís —comenta Cole.

Aparto la mirada de Alex rápido y aturdida, guardándome un suspiro al darme cuenta de que la situación me ha ganado un poco la partida, y doy un resoplido al darme cuenta de que ¡era justamente lo que él quería!

—Nos conocemos desde hace demasiados años para ser educados —contesto a Cole volviendo junto a él y sonriéndole solo a él porque, sí, porque es lo que quiero y porque Alex tiene que dejar de jugar, da igual que se le dé genial y que haga que no pueda dejar de sonreír y que...

Basta.

Cole me devuelve la sonrisa.

—Ojazos, ¿por qué no te vienes a dormir a casa? Hace muchos días que no pasamos un rato juntos.

Yo abro la boca sin saber qué contestar y de reojo veo cómo el cuerpo de Alex se tensa, algo imperceptible para cualquier otra persona, Cole, por ejemplo, pero no para mí.

Dios, ¡no debería gustarme que actúe así, que sea territorial! Pero es que a algo dentro de mí sí le gusta y se derrite despacio ante la idea de que algo de esto le afecte.

—No puedo —respondo, y juro que no tiene nada que ver con Alex. Sí, he recuperado el sentido común—. Tengo una entrega muy importante y todas mis cosas de trabajo están aquí. ¿Por qué... —trago saliva y debo tragarme la tentación de mirar a Alex—... por qué no te quedas tú aquí?

Cole niega rápido con la cabeza sin ni siquiera necesitar pensarlo.

—El Village está bien, pero está como a un millón de manzanas de mi trabajo. Por la mañana sería una tortura.

Asiento, aliviada, me niego a pensar por qué.

—Lo entiendo.

Cole vuelve a sonreír y se inclina sobre mí para darme un beso rápido.

—¿Paso por aquí mañana al salir del trabajo? —pregunta más bajito, casi pegado a mis labios.

Vuelvo a mover la cabeza afirmativamente.

—Claro.

Cole se incorpora, se da media vuelta y se dirige hacia la puerta. Yo lo acompaño un par de pasos por detrás.

—Gracias por la visita —se despide Alex.

Cuando oigo esas palabras, me quedo muy quieta. El muy maldito... ¿Cómo puede haber dicho algo así? ¿Con esa naturalidad? ¿Como si fuéramos una parejita despidiendo a un amigo o a un vendedor de enciclopedias?

Cole no parece notarlo, aunque, en realidad, creo que sí y está decidiendo cómo reaccionar.

—Te veo mañana —se despide.

—Sí —respondo con una sonrisa.

Lo observo caminar por el rellano hasta las escaleras y cierro suavemente la puerta.

El «clic» resuena en el silencio del salón, que, sin embargo, está lleno de Alex. Me giro hacia él con la mirada seria. Necesito que entienda cada palabra que voy a decir.

—No puedes hacer eso —le advierto caminando hacia él.

—Hacer, ¿el qué? —replica inocente cuando no podría haber nada en este mundo más absolutamente alejado de esa palabra.

—Cole es mi novio —le recuerdo plantándome frente a él.

Alex sonríe como si fuera el dueño de la maldita situación, del maldito apartamento, de la maldita Nueva York.

—Estáis juntos —me recuerda a mí.

Y yo caigo víctima de mis propias palabras porque es verdad, estamos juntos, no somos novios.

Lo miro francamente mal y Alex aguanta el tipo a la perfección, enarcando una ceja, retándome a que le diga que se equivoca.

—Eres insoportable.

Opto por esa frase. Condensa mejor los sentimientos homicidas que me inspira ahora mismo.

—No es la primera vez que me lo dices.

—Y siempre tengo razón —sentencio ladeando la cabeza.

—No he hecho nada —dice el muy descarado, pero esa seguridad mezclada con arrogancia, con estar disfrutándolo, sigue ahí, brillando como Times Square.

Yo resoplo exasperada, pero no puedo evitar sonreír también porque, cuando juega, es imposible no jugar con él.

—Sabes que es mentira.

—Sí, lo sé.

—Alex... —protesto.

—Y no me arrepiento, nena.