La noche que encendimos Nueva York 41
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Alexander

Eden está nerviosísima. Lo sé y me cuesta un mundo aguantarme la sonrisa. Se ha sentado a mi lado, como un millón de veces antes, y esa cabecita ha empezado a darle vueltas a todo.

Yo podría decirle «No pasa nada, no hay problema», pero no quiero hacerlo. Quiero que, que estemos así de cerca, le afecte, que lo desee y se lo niegue, porque cuando te niegas lo que quieres es como admitir que lo estás deseando. En eso soy un puto experto.

Y podría comportarme como un buen chico, pero es que no lo soy.

Sin levantar los ojos de la pantalla, me inclino hacia ella.

—Eden —la llamo en un susurro, asegurándome de que mi voz suene un poco más ronca, de que mis labios estén un centímetro más cerca de lo necesario de sus labios.

Ella tarda un segundo de más en contestar, como si se estuviera mentalizando. Su respiración se ha acelerado suavemente y, al responder, tiene la vista tan fija en la pantalla que estoy seguro de que no está viendo nada.

—¿Quién es el tío de la camiseta roja? No me he enterado muy bien —miento.

—Es el hermano de la chica que está en coma.

Ya sabes, la que apareció en la piscina y la policía dice que se tiró, pero estoy completamente convencida de que la tiraron.

¿Has visto la cara de mala de esa criada?

—pregunta volviéndose hacia mí, olvidándose de que eso era justo lo que no tenía que hacer.

Cuando nuestros ojos se encuentran así de cerca, pronuncia las últimas palabras casi por inercia y no se aparta y eso es lo mejor de todo.

Yo levanto despacio la mano y le coloco un mechón de pelo tras la oreja.

—Menos mal que he preguntado. Parece importante —le digo sintiendo toda su atención sobre mí.

Pero, aunque he sido yo el que ha empezado a jugar, el juego en sí me gana la partida, porque estamos muy cerca, porque mis dedos se han quedado un segundo de más en su mejilla, en la piel tras su oreja.

Trago saliva.

No puedo dejar de mirarla. No quiero. Ella tampoco lo hace.

Es fácil. Joder, lleva años siendo fácil. Siempre ha sido la única persona a la que he querido tener cerca, sin importar el momento, la situación, las circunstancias. Solo ella.

—Alex —me llama casi en un gemido, casi en un murmullo.

Tengo que atarme en corto para no besarla ahora mismo y tumbarla debajo de mí.

—Deberíamos prestar atención a la película.

Yo la miro. Las manos me arden. Mi imaginación vuela libre y en un solo segundo me la como entera. Pero y, maldita sea, hay un «pero» enorme, hago uso de todo mi autocontrol y asiento.

—Claro.

Los dos nos giramos hacia la pantalla. Sin embargo, es más que obvio que ninguno de los dos está prestando atención. Su cuerpo sigue llamando al mío. La calidez, el calor, todo cuenta demasiado todavía.

Poco a poco nos vamos relajando y empezamos a ver la película de verdad. Despacio, también se nos olvida que se supone que no podemos estar tan cerca ni tocarnos, como si fueran reglas que solo se aplican si alguno de los dos la está pensando.

—Pero ¿cuándo ha llegado a la casa? —pregunta Eden escandalizada señalando la tele con las dos manos al tiempo que se cruza de piernas como un nativo americano sobre el sofá. Su rodilla acaba sobre la mía, pero no se da cuenta—. He estado superatenta y no estaba en la casa —protesta.

La película es malísima. No es un hecho subjetivo. Creo que incluso el director lo diría si se lo preguntaran, a no ser que se haya mudado a vivir a un templo budista al Tíbet tras replantearse su vida, cosa que también entendería.

Yo contengo una sonrisa. Eden nunca dice que una película es mala hasta que termina porque mantiene que nunca sabes si te sorprenderá de una manera increíble en los últimos quince minutos con un extraordinario giro de guion y se convertirá en tu historia favorita.

—A lo mejor ya estaba allí cuando la construyeron —replico.

—Eso... —Eden lo pienso por un segundo—. Eso es imposible.

En ese momento hay un tiroteo con una veintena de policías que no tengo ni la más remota idea de dónde han salido.

Eden se tapa la boca con ambas manos.

—¿Lo has visto? —pregunta asombrada, cambiando de postura a la vez que se gira hacia mí, lo que provoca que ahora prácticamente tenga las dos rodillas apoyadas en mi pierna—. El asesino es el hermano del abuelo del jardinero cojo.

—Ella ya se ha despertado del coma.

—Seguro que la abuela muda puede comunicarse con ella en una visión y contarle toda la verdad.

La trama más absurda que he visto en mi vida, pero no me importa absolutamente nada.

Durante un flashback sin ningún tipo de sentido sobre lo que el abuelo hizo en 1942, noto a Eden cada vez más callada, con la respiración más pesada, hasta que se queda dormida con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, ladeada hacia mí, con las dos manos bajo su mejilla.

Yo también giro la cabeza y por un momento simplemente la observo dormir, tranquila, relajada, cerca.

La película acaba. Apago la tele para que no le moleste la música de los créditos.

Voy hasta su habitación, destapo la cama y vuelvo hasta el sofá.

Lo que estoy a punto de hacer ya lo he hecho millones de veces y, sin embargo, no puedo evitar que las manos me ardan por la anticipación, que todo mi cuerpo se despierte.

Deslizo una mano bajo sus rodillas, la otra tras su espalda y la levanto. Automáticamente cada uno de mis músculos, de mis huesos, lo recuerda, el peso de su cuerpo, cómo encaja contra el mío, lo bueno que es, aunque sea esto y nada más.

Pero entonces Eden suelta un adorable gruñidito todavía dormida, se acurruca contra mí y hunde la cara en mi cuello.

Me quedo muy quieto.

Su olor me sacude.

Joder, no la soltaría por nada del mundo.

Es intimidad. Es que se sienta segura conmigo. Es que hemos hecho esto un millón de veces, pero sigue contando, sigue importando. Me sigue matando un poco por dentro y al mismo tiempo alimentando.

Empiezo a andar hacia su habitación, pero, cuando estoy a punto de entrar, Eden se estrecha más contra mí, pega su nariz a la piel de mi cuello y me huele.

El propio movimiento la despierta y de repente es ella la que se queda inmóvil, como si acabase de darse cuenta de lo que está haciendo, y prácticamente se baja de un salto.

—Perdona —dice casi gritando por lo nerviosa que está, roja hasta las orejas, sin mirarme.

Y yo podría hacer muchas cosas, pero elijo la más divertida.

—Creo que me has olido —comento fingiendo esperar una explicación, con el inicio de una sonrisa en los labios.

—Madre mía —murmura muy bajito. Carraspea un par de veces—. Estaba dormida. Debía de estar soñando que... estaba en una perfumería o algo así —pronuncia muy rápido porque es obvio que es mentira—. Me voy a dormir —añade señalando hacia el dormitorio.

Yo no digo nada, observándola. Por Dios, es adorable. Finalmente, asiente, como si se estuviera armando de valor, y hace el ademán de dar el primer paso. Entonces digo:

—Buenas noches, Eden.

Ella levanta por fin la mirada, como si su nombre en mis labios tuviera el mismo efecto que el mío en los suyos. El puto hechizo es instantáneo y los dos lo sentimos tan debajo de la piel que es imposible escapar de él.

—Buenas noches, Alex.

Quiero besarla.

Quiero tocarla.

Quiero que estemos así el resto de nuestras vidas.

Su respiración se acelera. La mía es un caos.

—¡Eden! —la llaman desde la puerta principal—. ¡Eden, ¿estás en casa?!

Los dos volvemos a la realidad y justo en ese momento oímos el timbre. No debía de ser la primera vez que llamaban. Eden reacciona y echa a andar hacia la puerta.

Abre. Entra. Y le da un maldito abrazo.

Aprieto los dientes. Quiero matar a Cole.