La noche que encendimos Nueva York 40
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Eden

Lo miro a los ojos y me pierdo en ellos disfrutando que esté así de cerca, la sensación perfecta de sus manos en mi piel, de él. Por Dios, supe con diez años que no habría un lugar en el mundo mejor que Alex y no me equivoqué.

Sus dedos se mueven despacio acariciándome la cintura sin soltarme y yo tengo que contenerme para no ronronear. Todos los músculos de mi cuerpo se tensan expectantes y mi estómago se encoge como si una mezcla de ansiedad y emoción hubiese decidido quedarse a vivir ahí.

Alex se inclina un poco sobre mí sin dejar de mirarme a los ojos mientras los míos, involuntariamente, bajan de los suyos a su boca y vuelven a subir.

Entreabro mis labios y tampoco sé por qué pasa, pero pasa y me gusta.

Su agarre se hace más posesivo en el momento exacto en el que necesito que lo haga. «Alex», gimo en mi interior. ¿Por qué se le da tan rematadamente bien? Es una locura.

Locura.

Error.

¡Para!

Me separo en el último segundo y me cuerpo se queda frío de golpe a la vez que protesta enfadadísimo.

—Creo que deberíamos dejar así el cuadro —digo torpemente, con el corazón retumbándome contra el pecho y cruzándome de brazos porque necesito desesperadamente poner algún tipo de barrera entre nosotros.

Alex me mantiene la mirada a la vez que una media sonrisa se va extendiendo por sus labios y tengo la sexy sensación de que está calibrando si dejarme escapar o no.

Mi cuerpo se enciende otra vez y el calor vuelve y el caos dentro de mí, como si el aire me sobrara y me faltara con la misma absurda rapidez.

—Como quieras —contesta, y parece inocente, pero no lo está siendo en absoluto—. Voy a echarle un vistazo a la comida —añade con toda esa seguridad.

Asiento, actualmente no puedo hacer otra cosa, y lo observo hasta que entra en la cocina.

Cuando me quedo sola en el salón, tomo una bocanada de aire al tiempo que me llevo la mano a la frente mientras soy consciente de que las piernas podrían fallarme en cualquier momento.

Todavía siento el calor de sus manos en mi piel.

«Esa ha estado cerca, tía», me digo.

Unos veinte minutos después, en los que yo no entro en la cocina y Alex no sale, nos sentamos a cenar.

La tensión sigue ahí, brillando y saltando con chispitas de colores, acelerándome la respiración y el corazón, pero entonces, sin venir a cuento, suelta el chiste más estúpido del mundo, rompo a reír y, sin darme cuenta, simplemente, me relajo, como si toda esa tensión se hubiese transformado en otra cosa y siguiese entre nosotros, pero de una manera bonita, íntima, nuestra.

Por la noche me quedo trabajando mientras Alex lee en el sofá.

Me recuerda a las tardes en su despacho del Vandervilt Group, cuando nos bastaba con compartir el silencio para convertirlo en nuestro oasis particular.

***

A la mañana siguiente me levanto, me ducho y me preparo para ir a trabajar. La discografía mental elegida esta mañana es los Jonas Brothers.

Estoy pintándome los labios delante del espejo del baño cuando llaman suavemente a la puerta del dormitorio.

—¡Adelante! —doy paso.

A los segundos oigo pasos atravesar el pequeño dormitorio hasta detenerse en la puerta del baño y ahí está —suspiro interno confrontado con maestría con un «Me importa un bledo» que se alimenta básicamente de autoengaño—, Alex.

—Buenos días —dice mirándome de esa manera que despierta mi cuerpo en contra de mi voluntad al tiempo que apoya el costado en el marco de la puerta del baño.

—Buenos días.

Dejo el pintalabios y con una sonrisa me ajusto la coleta alta de la que se me caen unos cuantos mechones. No sé por qué y me niego a saberlo, pero de alguna manera esa sonrisa tiene que ver con que él esté cerca, mirándome.

Me vuelvo y estamos frente a frente. Lleva esos vaqueros gastados, una camisa de cuadros y el marinero y me da igual que no haya nada italiano ni a medida ahí porque sigue estando espectacular.

Yo llevo un jersey azul que me está un poco grande, unos vaqueros, unas Converse, nada fuera de lo normal y, sin embargo, solo por la forma en la que me mira, siento como si llevase el vestido de gala más increíble del planeta.

—¿Lista? —pregunta.

Frunzo el ceño.

—¿Para qué?

—Para irnos a desayunar. No puedes alimentarte solo de Oreos por las mañanas.

—El monstruo de las galletas estaría en claro desa–cuerdo contigo.

Alex me mantiene la mirada.

—Tortitas. El IHOP de la 14 Oeste.

Siete palabras y Triki y yo hemos partido vías.

—Trato hecho —contesto llena de seguridad, yéndome deprisa hacia la puerta.

¡Adoro las tortitas de ese sitio!

De reojo puedo ver la sonrisa de Alex mientras, con las manos en los bolsillos y el paso tranquilo, me sigue.

Caminamos once manzanas hasta la cafetería especializada en tortitas y en el local nos sentamos junto a la ventana.

Me encanta observar la ciudad a través del cristal de una cafetería.

Te conviertes en un espectador privilegiado, como si fueras el personaje de una serie de televisión mirando hacia el otro lado de la pantalla.

Siempre encuentro algo para dibujar después.

—Joder —farfulla Alex metiéndose la mano en el bolsillo.

—¿Qué pasa? —pregunto justo antes de darle un trago al vaso de agua que una camarera muy amable me ha dejado en la mesa.

—He olvidado el blíster de pastillas en la cocina.

Niego con la palma de la mano para que no se preocupe y termino de beber rápido.

—Yo tengo —digo cogiendo mi bolso, abriéndolo y rebuscando en el—. Cogí uno y lo guardé para emergencias.

Sonrío cuando lo encuentro y levanto la cabeza tendiéndoselo, pero entonces me topo con una arrogante sonrisa tan de Alexander Vandervilt.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada —responde haciéndose el inocente, pero esa sonrisa sigue ahí.

—Mejor —replico desconfiada.

—Perfecto —sentencia exudando toda esa seguridad.

—¡Alex! —me quejo, pero no puedo evitar sonreír.

—¿Qué? —dice justo antes de tomarse la pastilla con un trago de agua.

Entrecierro los ojos sobre él suspicaz anotándome mentalmente que esta conversación no ha acabado y diciéndole telepáticamente a él lo mismo.

Pero Alex, lejos de sentirse todo lo intimidado que debería, me guiña un ojo y se levanta.

—Te acompaño al trabajo —anuncia.

Yo cojo una última mora y me la meto en la boca a la vez que me deslizo por el sillón corredizo y me pongo en pie.

Alex recupera mi abrigo y me ayuda a ponérmelo.

Sonrío como una tonta mientras me acomoda el cuello.

Sé que para muchas mujeres es una estupidez y a otras no les gusta nada, pero a mí me va que tengan esos detalles conmigo...

que me abran la puerta, que me dejen entrar primero en un ascensor.

Será que tengo una princesa dentro o a la vieja de Downton Abbey .

Alex me deja en la puerta del edificio de Kinetix Creative y, después de que alarguemos la despedida durante cinco minutos hablando de tonterías, subo hasta la planta catorce.

Sigo estando de trabajo hasta las cejas, así que el tiempo pasa muy muy rápido. Cuando miro el reloj, son casi las seis. Despejo mi mesa y voy directa hasta la parada de metro del Rock Center.

Estoy revisando un correo de mi jefe en el móvil cuando giro desde Waverly hacia mi calle.

—Deberías mirar por dónde vas —oigo que dicen.

Levanto instintivamente la cabeza y veo a Alex caminando desde el otro extremo de la calle.

Lleva una bolsa de papel entre uno de sus brazos y el pecho y de ella sobresale una barra de pan, apio y lo que sospecho que es, y deseo que sea, un bote de helado.

Mientras, con la mano libre va comiéndose una manzana verde.

De pronto el corazón me da un latido de más, contento al verlo así de saludable después de que acabara tirado en la nieve.

Cuando nuestras miradas se cruzan, sonríe y no puedo evitar hacer lo mismo.

—¿Has hecho la compra? —pregunto.

—Sí, la cena de hoy —responde— y una camiseta de tirantes blanca a lo Brandon Sklenar para cumplir fantasías —añade el muy descarado, deteniéndose a cinco pasos exactos de mí cuando yo hago lo mismo, los dos delante de las escaleras de mi apartamento.

Lo miro mal. Él no se inmuta. Y, con esa misma insufrible sonrisa, sube las escaleras y empuja la puerta manteniéndola abierta para que pase primero. Yo me hago un poco la digna, pero, por supuesto, subo.

***

Los días comienzan a pasar y casi sin darnos cuenta entramos en una especie de rutina. Desayunos juntos y Alex me acompaña al trabajo. Cada uno pasa el día por su cuenta, pero por la noche siempre siempre comemos juntos en la cocina la cena que prepara.

Después yo me quedo trabajando mientras él se queda leyendo en el sofá, haciéndonos compañía.

***

Los clientes siguen presionando para tener el storyboard listo y ya he perdido la cuenta de cuántas horas de oficina y noches aquí llevo trabajando en él.

—Eden —oigo que me llama Alex desde la puerta de la cocina.

—Hummm... —contesto distraída sin levantar la vista del dibujo.

—Tienes que descansar —me dice, pero estoy demasiado concentrada en lo que tengo delante.

—No puedo. Tengo mucho trabajo.

Sigo el trazo del dibujo que tengo en mi cabeza, aflojando la fuerza justo un poco justo al final para poder difuminarlo.

—Soy consciente de ello, pero llevas tres días sin parar, dejándolo solo para comer y acostándote de madrugada.

—Descanso cuando duermo —le explico cambiando el lápiz por otro, levantando solo un segundo la vista del papel.

—Y si durmieras más de cinco horas hasta me podría valer. Se acabó —sentencia plantándose a mi lado, apoyándose en la mesa de cara a mí—. ¿Me das el lápiz o tengo que quitártelo yo? —me advierte.

Levanto la cabeza y al fin lo miro.

—Tengo una fecha de entrega.

—Que va a seguir ahí aunque ahora descanses un poco.

—No puedo fallar.

—Y no vas a hacerlo, pero precisamente por eso tienes que reponer fuerzas.

Le mantengo la mirada pensando en sus palabras.

—Solo un par de horas. Podemos llamar a Val, a Ted y a Mellow y tomarnos algo aquí cerca.

Cuando lo oigo mencionar a mi hermana y nuestros amigos, me tenso. Lo disimulo rápido, pero él lo nota, por supuesto.

—¿Qué? —plantea.

—Nada —respondo mirando de nuevo el dibujo.

—Respuesta equivocada —replica con ese tono de profesor sexy que se le da condenadamente bien poner.

—No pasa nada, ¿vale? —contesto un poco irritada levantando de nuevo la cabeza, lo que claramente indica que, efectivamente, sí, pasa algo.

Alex me mantiene la mirada, con el ceño levemente fruncido, estudiándome, y, entonces, una chispa divertida cruza sus ojos y una media sonrisa se extiende por sus labios. Nítida señal de que va a disfrutarlo muchísimo. No me conviene nada esa sonrisa.

—No lo saben, ¿verdad?

—¿El qué? —pregunto haciéndome la inocente, incluso me encojo de hombros para que mi interpretación quede redonda.

—Que estamos viviendo juntos —especifica.

Abro la boca fingiéndose indignadísima. Mi táctica favorita de defensa desesperada.

—Para empezar, tú y yo no estamos viviendo juntos. Tú estás viviendo aquí temporalmente —recalco la última palabra.

—Llámalo como quieras, pero no se lo has contado.

Resoplo apartando la mirada. ¿Por qué tiene que tener toda esa seguridad? Es de lo más molesto.

—¿Por qué? —me pregunta.

—Por qué, ¿qué, Vandervilt? Pasa de mí.

Su sonrisa se ensancha. Sí, definitivamente, está disfrutando mucho con esto.

Sigue con sus ojos sobre los míos. Esperando una respuesta.

—No vas a rendirte, ¿verdad? —refunfuño.

—Para nada.

—No se lo he contado porque no he querido —confieso al fin—. Tampoco tienen por qué saberlo todo sobre mi vida.

En una frase tan corta hay muchas mentiras.

La primera es que, sí, básicamente, lo saben todo sobre mi vida, así que, sí, es raro que no lo haya contado, pero, y ahí va la única verdad condensada en dieciocho palabras...

es que no quería hacerlo. No sé qué está pasando.

No entiendo del todo cómo me siento al respecto.

Quería que fuera solo mío un poco más... Solo nuestro.

Alex se queda callado y yo me pierdo en sus ojos gris acero. La chispa divertida sigue ahí, grande y brillante. Se muerde el labio inferior y mi cuerpo recibe el gesto como una punzada íntima y traviesa en mi vientre.

—Me gusta que no se lo hayas contado a nadie —dice con la voz un poco más baja, un poco más ronca, sexy y sensual—. Es nuestro secreto.

Mi mirada baja hasta sus labios tras oír esas palabras y vuelve a sus ojos inmediatamente mientras sus ganas de jugar despiertan electricidad y mariposas dentro de mí.

Lo miro un poco más y no debería y lo sé y, sin embargo, aquí estoy.

—Cole lo sabe —sentencio cortando el ambiente.

Era necesario, como lanzarle un salvavidas a alguien que está a punto de darse media vuelta e ir a jugar a los náufragos.

Alex no aparta la mirada. Su sonrisa se transforma en otra más suave, pero también más peligrosa, como si supiera exactamente por qué lo he hecho.

—Solo una peli para despejarte —reconduce la conversación—. Si cuando termine tienes sueño, te acuestas; si no, sigues trabajando.

La verdad es que suena bien.

—¿Qué va a ser? —pregunta señalando el lápiz que aún tengo en las manos con un golpe de barbilla, con toda esa seguridad incluso en esas cuatro palabras.

Lo pienso.

—Yo elijo la peli —defiendo mi postura, dándole el lápiz.

—Chica lista.

Alex se gira, lo deja en su sitio en la caja y se endereza. Yo lo imito y nos acomodamos en el sofá. Cada uno en su sitio. Hay espacio vacío entre los dos. Tierra de nadie.

Cojo el mando, activo Netflix y voy hasta mi lista.

—¿Qué te parece esta? —digo señalando la tele con el mando.

¿Por qué estoy tan nerviosa?

Alex lee la pequeña sinopsis bajo el título.

—Un thriller . Genial.

—Genial —repito dándole al play y estoy a punto de tartamudear.

¡Cálmate!

Es porque estamos sentados juntos, y obviamente, sí, lo estamos, pero no es un juntos romántico ni sexy ni nada. Es funcional. Ver pelis es un acto social, mola más cuando hay más gente, comentas, intercambias impresiones, montas un debate, por eso digo funcional. Solo funcional.

—La noche promete —añado.

¿Por qué? Dios lo sabrá porque yo me rindo.

De reojo lo veo sonreír, esa sonrisa engreída, divertida y llena de seguridad, sin levantar la vista de la televisión.

—Ni que lo digas —sentencia.