La noche que encendimos Nueva York 39
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Alexander

Eden ha dejado de brillar.

No es que ahora sea una princesa de hielo ni nada parecido, ni tampoco que esté llorando por los rincones, pero antes era como una explosión de luz, sensible y visceral, que se dejaba llevar por todo y a la que todo le ilusionaba, y ahora está apagada.

No soy ningún estúpido. Sé que el motivo soy yo, aquella estúpida fiesta de compromiso.

Camille. Aprieto la pala de madera con demasiada fuerza.

No hay un puto día en que no me arrepienta de aquello y estoy jodidamente orgulloso de ella por todo lo que ha conseguido este año, en el trabajo, en su arte, en su vida en general, pero la conozco lo suficiente para decir que no está bien, al menos, no al cien por cien.

—¿Le has devuelto ya las herramientas al encargado? —me pregunta desde el salón.

—No —respondo sin girarme—. Hay un par de cosas más que tengo que arreglarte.

Automáticamente, una media sonrisa se cuela en mis labios.

Me gusta la idea de encargarme de arreglar las cosas que lo necesiten en este apartamento.

No soy fan del bricolaje, pero no se me da mal y saber que estoy haciendo la vida de Eden más fácil me sabe mejor que firmar diez contratos millonarios.

Además, no se me escapó cómo me miró esta mañana.

A mi chica le pone el rollo del esfuerzo físico y yo nunca le negaría un buen espectáculo.

De pronto la veo pasar por delante de la puerta muy decidida con la caja de herramientas. Frunzo el ceño. Pero no me da tiempo a preguntar cuando la veo pasar de vuelta en dirección contraria con las manos vacías. Va increíblemente decida. Eso es lo que más miedo me da.

—Eden —la llamo dando un paso hacia la puerta.

No me contesta y vuelve a pasar, esta vez con una escalera de tres peldaños.

Mala idea. Muy mala idea.

Aparto la sartén del fuego y, con las prisas, me quemo la yema de dos dedos. La suelto donde lo necesito con un «Au» y me chupo el índice y el corazón medio segundo antes de salir disparado hacia el salón.

—Pero ¿qué coño, Eden? —digo cuando la veo subida a la escalera con un martillo en la mano y un cuadro en la otra, casi de puntillas. Reacciono en el mismo segundo que lo hago, camino hasta ella, la agarro por la cintura y la bajo de la escalera en el mismo movimiento.

—¡Alex! —protesta.

—¿Es que quieres matarte? —replicó dejándola en el suelo.

Tan pronto como sus pies tocan el suelo, se gira para demostrarme lo equivocado que estoy mientras mis manos aún están en su cintura.

Y las estrategias están claras. Yo quería bajarla de esa escalera mortal y lo he hecho.

Ella quería fulminarme con la mirada y lo ha hecho.

Pero han pasado más cosas sin que ninguno de los dos las hayamos medidos y de pronto estamos muy cerca, la tengo entre mis brazos, ella tiene la cabeza levantada para poder mirarme a los ojos y ya ninguno de los dos recuerda siquiera cómo hemos acabado así.

Huele demasiado bien, joder.

Eden traga saliva. Yo recorro su cara con la mirada antes de volver a centrarla en sus preciosos ojos castaños.

Si esto fuera un problema, estarían sonando todas las alarmas, pero es que es exactamente lo que quiero.

Sin embargo, también puedo ver el segundo en el que Eden acaba de pensar lo peligroso que es esto y se aparta un paso.

¿Me jode? Claro que sí. ¿Me encanta que siga reaccionado a mí así, olvidándose hasta del continente en el que vivimos? Por supuesto.

—Es una escalera de tres peldaños —me recuerda señalándola con el martillo—. Eso es prácticamente nivel del suelo.

—Nivel del suelo es nivel del suelo —le recuerdo yo—. No es interpretable. Todo lo demás es peligroso, y de puntillas, más.

—Tengo que colgar un cuadro y tú no vas a impedírmelo, Vandervilt —me deja claro.

—¿Apostamos algo? —replico arrogante y tocapelotas como solo me apetece serlo con ella.

—Lo que quieras —sentencia manteniéndome la mirada.

Por Dios, cómo la he echado de menos.

Le dedico una media sonrisa, la que sé que la pone de los nervios, por algo es mi preferida, y le quito el cuadro y el martillo de las manos.

—Esto en tus manos —le explico enseñando el martillo— es un arma de destrucción masiva. Eres un peligro, Lockhart.

—Y tú, un obseso del control. Serías superfeliz como líder de una dictadura distópica.

—Ya lo fui —contesto caminando hacia la pared—. Se llamaba «Soy el CEO del Vandervilt Group».

Levanto el cuadro y entonces la oigo reír, reír de verdad, y, antes de que el pensamiento cristalice en mi mente, me giro porque ese sonido es mi canto de sirena particular. Perfecto.

Ella se tapa la boca con la mano, pero en sus ojos sigue habiendo esa chispa por las carcajadas.

—No deberías bromear sobre eso —me dice tratando de no sonreír.

Me encojo de hombros.

—Mi despido improcedente, mis reglas.

—Siempre puedes ganarte la vida como chef.

Yo tuerzo los labios desdeñoso y, sí, sexy.

—Nah. Me veo más como manitas.

Ladeo la cabeza sin levantar la mirada de ella, recordándole sin palabras la escena de esta mañana en la cocina, el fregadero, ella huyendo hasta abrir el armarito del vodka... torturándola un pelín. Ella lo pilla al vuelo. Se sonroja y yo quiero follármela sobre el sofá.

En cuanto recupera la compostura, me dedica un mohín sin apartar sus ojos de los míos.

—Todavía tienes que demostrarme tus aptitudes colgando cuadros —me recuerda.

—Justo.

Me giro de nuevo. Subo al primer peldaño y solo el pie derecho al segundo. Pego el cuadro a la pared.

—Pásame un lápiz —le pido dejando el martillo en el escalón superior, que en realidad no debe ser usado como escalón.

—¿No llevas uno en la oreja? Qué decepción.

—Y tú, qué cliché.

—Es que ni siquiera llevas una camiseta de tirantes blanca, ni un cinturón con herramientas —replica yendo hasta la mesa—. Yo, aquí, esperando la versión Bricomart de Brandon Sklenar y tengo que conformarme con el tío del casco de los Village People.

Será...

Me giro hacia ella, que me entrega el lápiz como si fuera la cosa más inocente del mundo, y no sé si asesinarla o comérmela a besos. Presiento que eso va a pasarme mucho el resto de mi vida.

—Soy más guapo que Brandon Sklenar claramente —me quejo.

—Y respecto a los Village People... —deja en el aire.

—Ahí no puedo competir —sentencio haciéndome el resignado solo para hacerla reír otra vez.

Misión cumplida.

—Eres insufrible —protesta alejándose para ver cómo está quedando el cuadro.

—Le dijo la sartén al cazo.

Me aseguro de que el cuadro esté recto y hago una marca en la pared.

—No está recto —oigo esa voz insolente a mi espalda.

Me inclino hacia atrás. Compruebo el cuadro.

—Claro que sí —replico.

—No, para nada. Necesitas subir la esquina izquierda.

—No.

—Sí.

—No.

—Vandervilt —me amenaza.

—Lockhart —demuestro lo poco que me importa y cimento esa idea subiendo un poco la esquina derecha.

—¡¿Cómo te atreves?! —grita a mi espalda.

—Te encanta llevarme la contraria.

—No tendría que hacerlo si no tuvieras un ego del tamaño de Manhattan.

—Mi ego tiene un gusto excelente por la simetría.

Oigo un suspiro aspirado de pura incredulidad justo antes de que me tire un cojín.

La miro por encima de mi hombro y ella enarca las cejas.

—Te lo has ganado a pulso —afirma.

—Vale, ahora sí que voy a colgarlo torcido.

—¡Alex!

No puedo evitarlo y rompo a reír. Sienta tan bien y es tan fácil que se convierte en algo complicado de explicar.

—Última oportunidad —le advierto—. ¿Izquierda o derecha?

—Izquierda, un poco. —Lo hago—. Un poco. —Lo hago—. Un poco. —Lo hago—. ¡Te has pasado! —se queja.

—Señor, dame paciencia —suspiro melodramático mirando al techo.

—Sube la derecha un poco —vuelve a pedirme con esa voz con la que, no lo sabe, pero le daría todo lo que me pidiese—. Un poco más... Un pelín... Un pelín chiquitito.

—¿Qué tipo de medida es esa? —protesto frunciendo el ceño.

—Una muy práctica. ¡Listo! —anuncia encantada dando una palmadita—. No lo muevas. Está perfecto.

Marco y después de los pasos necesarios cuelgo el cuadro. Cuando ya está listo, bajo y camino hasta ella para observarlo.

Los dos lo miramos unos segundos en silencio.

—Está torcido, ¿verdad? —comenta resignada.

—Completamente.

Pero otro segundo más y los dos rompemos a reír.

—Ha sido culpa tuya —me dice entre risas girándose hacia mí.

—Perdona —hago lo mismo y quedamos frente a frente—, yo era el único que sabía lo que estaba haciendo.

—Tendría que haber contratado a los Village People.

Ella me mira, aguantándose la risa de nuevo. Yo me humedezco el labio inferior amenazante y, tomándola por sorpresa, la cojo de la cintura y la pego a mí.

—Eso es una afrenta en toda regla —le advierto bajando la voz.

Nunca podría cansarme de jugar con ella, de tenerla entre mis brazos.

Eden me mantiene la mirada. Siento su respiración acelerándose. Mi corazón latiendo cada vez más rápido.

El animal, feliz.

Joder, lo siento todo.