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Eden
Me levanto temprano. Mi cuerpo se negaba a seguir durmiendo. Es como si estuviese llena de energía y, al mismo tiempo, con el estómago encogido.
He decidido que es mejor para mi salud mental no hacerme preguntas como por qué y, mientras me ducho, me canto los grandes éxitos de Harry Styles y después me imagino que me caso con Harry Styles. Llámenme señora Pop.
Me preparo para el trabajo y, tras subirme a unos bonitos tacones a juego con mi bonito vestido, salgo al salón.
Voy a mentir.
Ni siquiera me fijo en si Alex está en el sofá.
Ahora la verdad. Es lo primero que hago. Por mi salud mental también, voy a pensar que es porque soy una anfitriona excepcional, de las de nueve con ocho en el TripAdvisor.
El caso es que frunzo el ceño porque no está. La manta y las sábanas están dobladas y los cojines han vuelto a su sitio. ¿Dónde se ha metido?
Entro en la cocina a ver si lo encuentro allí y de paso hacerme café y...
He perdido el hilo.
Alex está tumbado con la cabeza casi metida bajo mi fregadero, y digo «casi» porque puedo verle la expresión concentrada y el flequillo cayéndole sobre la frente mientras aprieta lo que doy por hecho que es una junta con una llave Allen que no sé de dónde se ha sacado mientras sujeta la pieza con la otra mano.
Lo que significa, porque la gravedad y la biología son así, que tiene los dos brazos levantados, haciendo que se marquen los músculos de sus hombros, de sus antebrazos, con la camiseta remangada, con los vaqueros gastados, descalzo...
Creo que he vuelto a perder el hilo.
De pronto se da cuenta de que estoy aquí, o el muy maldito ya lo había hecho y estaba dando el espectáculo, y me mira desde ahí, con esos ojos absolutamente increíbles y una media sonrisa en los labios.
—Buenos días.
Sale de debajo de mi fregadero, se incorpora con agilidad y se planta frente a mí mientras se sacude las palmas de las manos en la parte trasera de los vaqueros y se echa el pelo hacia atrás con una de ellas.
Entrecierro los ojos sobre él. ¿Cómo puede tener ese aspecto tan injustamente atractivo antes de la ocho de la mañana?
—Eden —lo oigo volver a llamarme y solo entonces me doy cuenta de que, para mi bochorno total, no sé cuánto tiempo llevaba mirándolo.
Carraspeo al tiempo que aparto la mirada. Eso siempre corre un tupido velo.
—Buenos días —respondo.
Y aunque no la he visto, puedo sentir esa irritante sonrisita de «Me estabas mirando». Finjo que no he hecho nada malo porque soy lo más y camino hasta la cafetera para hacer algo con las manos... Frunzo los labios mentalmente, él ya ha hecho el café.
—He pensado que, ya que has dejado que me quede aquí unos días —me explica mientras me sirvo una taza—, lo justo es que te eche una mano con las cosas de la casa. Me di cuenta de que tenías un problema con el desagüe del fregadero y...
—¿Ya no tengo desagüe? —bromeo concentrada en mi taza porque aquí hace cada vez más calor.
Él se humedece el labio inferior tratando de ocultar una sonrisa y fracasando un poco, lo que claramente no ayuda.
Da un paso para acercarse, despacio, cadencioso. Yo bebo otro sorbo de mi café. Se inclina sobre mí y el aire cambia. Mi respiración, también.
—Ya lo tienes listo —replica con sus labios peligrosamente cerca de mi oído.
Yo me muerdo el interior de las mejillas tratando de seguir pareciendo indiferente, pero creo que también fracaso un poco.
Podría girarme y mirarlo, qué fácil sería, ¿verdad?
, pero, con toda probabilidad, este es uno de esos momentos en los que debería mantener la cabeza fría porque esto cada vez se parece más al Coyote y el Correcaminos y yo siempre he pensado que al Coyote le habría ido mejor si cambiara de distribuidora, pero es que este coyote es más listo y sabe claramente lo que hizo...
y creo que otra vez he perdido el hilo porque no tengo ni la más remota idea de dónde pretendía llegar con esta metáfora tan sutil.
—Gracias, de verdad —digo al fin, alejándome un poco como si quisiera coger algo de un mueble.
Abro uno completamente al azar, solo para seguir disimulando, y, genial, es el que tiene el alcohol.
Su vodka para desayunar, gracias. Qué europeo—.
Diría que no tenías por qué, pero me parece un trato justo —añado socarrona para compensar cerrando el mueble.
Él mal disimula una sonrisa porque claramente se ha dado cuenta de todo, el muy maldito, y entrecierra los ojos sobre mí.
—Lo sabía, no eres tan adorable como la gente cree —me pica.
—Cazada —susurro bajando la voz como si fuera a contarle un secreto y abriendo el armario correcto. Mi botín: Oreo doble crema—, tengo un abrigo de cachorritos de dálmata en el armario.
Él se apoya en la encimera, con toda esa seguridad, con esa familiaridad.
—Conociéndote —replica bajando la voz como yo—, será para taparlos cuando haga frío.
Lo miro un segundo, pero no soy capaz de aguantar y acabo sonriendo, casi riendo, y Alex sonríe encantado por mi reacción.
—¿De dónde has sacado las herramientas? —pregunto justo antes de sujetar una Oreo entre los dientes, quedándome con otra en la mano y ofreciéndole el paquete.
—El encargado de tu edificio me ha hecho el favor de prestarme algunas.
—Me parece genial que estés haciendo amiguitos, Alexander, pero recuerda devolverle sus juguetes —me río de él con la boca llena de galletas.
—Eres tan adulta con la boca llena de Oreo que me es absolutamente imposible no seguir tus indicaciones.
Me encojo de hombros para nada arrepentida.
—No cuestiones mis galletas —le advierto.
—Jamás.
Miro mi reloj de pulsera y entro en modo activación inmediata.
—Tengo que irme o llegaré tarde —comento mientras me termino lo que me queda de café y salgo de la cocina.
Me pongo el abrigo y la bufanda y me cuelgo mi bolso. Cojo mi portafolio y mis carpetas.
Abro la puerta.
—Eden —me llama Alex apoyándose en el marco de la puerta de la cocina.
Lo miro, porque mi nombre en sus labios sigue siendo una parada obligada. Da igual el tiempo que haya pasado.
Él inclina el paquete de galletas, ofreciéndomelas, y, básicamente, me ha leído la mente.
—Para el camino —digo cogiendo dos.
Me encamino de nuevo hacia la puerta, pero, cuando solo he dado un par de pasos, desando lo recorrido y vuelvo a por dos galletas más.
—Es un camino muy largo —me justifico.
Lo último que veo antes de salir de casa es la sonrisa de Alex y reconozco que es una buena manera de empezar la mañana.
***
El día en la oficina es una auténtica locura. Nos ha entrado un storyboard prácticamente en el último segundo, lo que, unido a la cantidad de trabajo que ya manejo, significa que voy a tener que dedicarle muchas horas en casa para tenerlo a tiempo.
En el trayecto en metro, saco el cuaderno y dibujo algunas ideas, posibilidades para el nuevo encargo. El director tiene claro lo que quiere, pero aún quedan muchos flecos sueltos y algunas cosas que ha preferido que decida yo.
A eso de las seis abro la puerta de mi apartamento, sin saber al cien por cien qué voy a encontrarme pero teniendo claro que a una parte de mí el camino se le ha hecho eterno; es esa parte la que siempre me mete en líos.
En cuanto cruzo el umbral, el olor a algo rico, a cebollitas y ajitos dorándose en una sartén, me recibe. ¿Alex ha vuelto a cocinar? Camino curiosa hasta la cocina y ahí está, dándole vueltas a algo con la misma pala de madera.
—¿Qué toca hoy? —pregunto divertida.
Él me mira muy serio, casi solemne, y consigue intrigarme de verdad.
—Comida —responde al fin.
Lo miro francamente mal y él sonríe encantado por mi reacción.
—Eres lo peor —me quejo entrando.
—He intentado aprovechar lo que había en la nevera.
Me siento en la encimera, con la mirada en los fogones.
—Así que tenemos verduras a la brasa con pollo con mantequilla —me explica.
Asiento maravillada.
—Suena genial —respondo robándole un trozo de tomate de la tabla.
Alexander coge un poco de lo que tiene en la sartén con la pala y lo sopla suavemente antes de acercármelo a los labios, entendiendo perfectamente que estoy muerta de hambre. Me lo como sin dudar.
—Está muy bueno —digo masticando todavía.
Él sigue pendiente de los fogones. Yo me bajo de un salto, voy hasta la nevera y cojo dos limonadas.
—Hay cervezas —le explico dejando una a su lado—, pero no puedes tomar alcohol hasta que no te termines las medicinas.
Él vuelve a coger otro poco de comida con la cuchara de madera, sopla, me la ofrece y yo la devoro.
—¿Te las has tomado? —le pregunto.
Alexander asiente.
—Me he portado genial —contesta claramente riéndose de mí.
Le saco la lengua antes de salir de la cocina porque obviamente se lo ha ganado.
Dejo las carpetas y el material que necesito para el storyboard sobre la mesa, pero, justo antes de ponerme a trabajar, veo algo, algo que lleva molestándome muchos días.
—Alex —lo llamo.
—¿Sí? —contesta desde la cocina.
Es hora de arreglar algunas cosas.