La noche que encendimos Nueva York 37
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Alexander

Oigo la frase y automáticamente mi corazón se agita contento al mismo tiempo que el animal sonríe lobuno, exactamente como yo. Voy a recuperarla.

Aun así, por encima de esa idea, está el asegurarme de que esto, sea lo que sea, es lo que ella quiere. Eden es lo primero. Siempre.

—¿Estás segura? —pregunto girándome.

Ella me mantiene la mirada y esconde un labio en el otro, no porque dude sobre dejarme quedar aquí o no, sino calibrando la mala idea que será. No se equivoca.

—Es temporal —me aclara—. Hasta que te recuperes un poco y consigas un sitio decente donde vivir.

—¿Y a tu novio no va a importarle?

—No es mi novio —repite rápido.

Una media sonrisa se cuela en mis labios. Por eso precisamente lo he dicho. Quiero que ella se oiga decirlo en voz alta. Cuantas más veces, mejor.

—Y, no, no le importará. Se lo explicaré y lo entenderá —añade intentando compensar la primera frase y yo suelto un gruñido mental al imaginarla con ese tío, sea quien sea—. Duermes en el sofá.

—Me vale.

Eden se queda mirándome. Yo le sostengo la mirada y soy plenamente consciente de que quiere apartarla, marcharse, pero no es capaz y yo debería ponérselo más fácil, pero no quiero. Por fin la tengo cerca después de un año y no pienso alejarla de mí nunca más.

—Gracias —le digo dando un paso hacia ella pero manteniendo las distancias, torturándola un poco.

—Humm... —contesta tardando un segundo de más en hacerlo—, de nada. Voy a darme una ducha —suelta nerviosa señalando la puerta del baño, dirigiéndose hacia allí prácticamente corriendo, y no puedo evitar sonreír al tiempo que muevo la cabeza girándome para seguirla con la mirada.

Cojo mi petate y vuelvo a dejarlo en una esquina de su dormitorio. Sigo poniéndola nerviosa. Perfecto.

***

Esa noche, tumbado en el sofá, con el salón iluminado suavemente solo por las luces de la ciudad que entran desde la ventana, no puedo evitar pensar una cantidad absurda de cosas.

Eden sigue siendo la persona con el corazón más grande que he conocido. Podría haberme puesto en la calle, podría haberme dejado tirado en la nieve después de llamar a la ambulancia y nadie habría podido culparla de nada, pero no lo hizo.

Quiero matar a ese Cole. Esa no suena tan poética, pero es la pura verdad. Es un imbécil. Me da igual no conocerlo.

Pero la más importante de todas, lo que brilla hasta cegar por completo lo demás, es cómo mi cuerpo está tenso de la manera más alucinante solo porque ella está cerca.

Soy capaz de olerla aunque esté en la otra habitación.

Las manos me hormiguean ansiosas por las ganas de tocarla y el corazón me late como un loco.

La tengo de vuelta en mi vida y es la mejor sensación del puto mundo.