36
Eden
La frase cae rara entre los dos. Me siento como si de pronto estuviese siendo muy dura y puede que sea así, pero también sé que lo necesito.
Alexander se humedece el labio inferior a la vez que asiente y de pronto me doy cuenta de cuánto echaba de menos verlo hacer ese gesto tan suyo. Me obligo a apartar la mirada o, por lo menos, a no observarlo como si estuviese recubierto de chocolate fundido. Una tiene su dignidad.
Alex asiente varias veces, una mezcla de hacerlo para sí mismo y para mí.
—Terminaré esto y me marcharé —contesta.
Nos miramos. Yo no quiero que se vaya, pero me da demasiado miedo que se quede, esa es la verdad, y por eso acabo asintiendo y me odio un poquito porque estoy dejando que el miedo decida por mí, pero es lo que hay. A veces no hacemos lo que queremos, solo nos lo ponemos fácil para sobrevivir.
Pero...
Resoplo.
¿Por qué tiene que haber un «pero»? Mis piernas deciden ponerse en huelga y no obedecerme, no llevarme a la seguridad de mi habitación, y mi respiración piensa que es superdivertido acelerarse ahora y recuerdo otras veces que he sentido que mi respiración era un caos: la puerta de su dormitorio, su coche, el beso.
Los labios me hormiguean porque lo recuerdan a la perfección.
Da igual que haya pasado un año, que haya habido otros besos.
Ese beso es mi Brad Pitt y yo soy Jennifer Aniston, mi Watergate para Nixon, los wéstern para Kevin Costner.
Lo que no puedo olvidar, lo que me destruyó para bien y para mal y lo mejor de mi vida, me guste o no.
Alexander tampoco se mueve y me pregunto si él se siente igual.
Creo que me gustaría, al menos no tendría la sensación de ser la única idiota con destino a la isla «malas decisiones sentimentales».
Pero es que, incluso ahora, después de haber estado muriéndose en mi sofá durante dos días, de que sepa que vive en un motel desastroso, sigue transmitiendo esa aura arrogante, peligrosamente salvaje, porque nunca fue una pose, siempre ha estado dentro de él, es él, y podrán quitarle el poder y el dinero, pero nunca podrán quitarle el hecho de que el suelo que pisa le pertenezca.
Mi móvil.
Gracias a Dios, comienza a sonar, me libera del hechizo y me devuelve mis capacidades motoras.
Lo saco del bolso y veo el nombre de Cole iluminarse en la pantalla con una foto de él delante del John Hancock.
Alex también lo ve.
—Tengo que cogerlo —digo rápida, con el teléfono en la mano, justo antes de echar a andar hacia mi habitación.
No me apetece hablar con Cole delante de él.
—Hola.
—Vente al O’Callahan’s —pronuncia al otro lado—. Nos tomamos unas cervezas y te cuento una reunión alucinante que he tenido hoy. Lo estoy celebrando con unos amigos.
Yo bajo la cabeza. Debería decir que sí y salir de aquí.
Volver cuando Alexander ya se haya marchado, pero, independientemente de los «debería» o de lo emocionalmente más sano, ahora mismo no me apetece estar en un bar lleno de gente al otro lado de la ciudad.
Estoy cansada y solo quiero meterme en la cama.
—Mejor lo dejamos para mañana.
Hay un segundo de silencio. Tengo la absurda sensación de que Cole se ha dado cuenta de que algo va mal y me preparo mentalmente para ponerle una excusa.
—Mañana no va a poder ser. Salgo de viaje de negocios, a Cincinnati. Volveré el viernes de la semana que viene.
Asiento.
—Nos veremos el viernes, prometido.
—Me vale —responde y, aunque no lo veo, sé que está sonriendo—. Adiós, ojazos.
—Adiós.
Cuelgo y resoplo y también muevo los hombros para sacudirme una sensación extraña que tampoco entiendo.
Normalidad. Es la clave del mundo. Esa, y los vídeos de animales hablando con voz de humanos.
Salgo de la habitación y me encamino de nuevo a la cocina.
Comemos. Se va. Esta «situación» se acaba.
Alexander está de cara a los fogones eléctricos, removiendo con cuidado la salsa en un cazo. Reconozco el olor. Está preparando salsa de tomate casera y parece un poco más tenso que antes, aunque intente disimularlo.
Yo me niego a reconocer la familiaridad que implica esta escena y empiezo a poner la diminuta mesa de la cocina. Necesito tener las manos ocupadas.
Durante el siguiente par de minutos funcionamos en silencio, cada uno a lo suyo, aunque el ambiente se está llenando de una suave electricidad, bajita, agradable... peligrosa.
—¿Cole es tu novio? —pregunta Alex sin girarse.
Respiro hondo.
—No es mi novio, pero estamos juntos —respondo poniendo una servilleta de papel a cada lado.
—Antes no hacías ese tipo de distinciones.
—Antes no las necesitaba.
El mundo da un parón. Alex se gira y los dos nos miramos.
Sí, he cambiado. Puede que no físicamente, al menos no mucho, pero sí por dentro, y puede que tampoco en muchas cosas, pero sí en las importantes.
Antes creía que, cuando estabas con una persona, era al cien por cien, al mil por mil, porque, si no lo dabas todo, ¿para qué intentarlo?
Pero aprendí que las cosas no siempre siguen esa lógica y que a veces es mejor protegerse, ir poco a poco.
—Supongo que he aprendido —añado restándole importancia.
Pero la mirada de Alex no se relaja y tengo la sensación de ver cruzar por sus ojos gris oscuro una rabia antigua y profunda. ¿Por qué?
Voy a preguntar, pero me ato en corto porque, sea el motivo que sea, no es asunto mío.
—Claro —responde al fin y vuelve a prestarle atención a la comida.
Nos movemos por la cocina con una familiaridad que me sorprende, como si las viejas costumbres no muriesen o Alex hubiese estado aquí un millón de veces. Intento ser comedida. Eso también lo aprendí en Chicago.
Alex termina de cocinar, lo sirve en una fuente y lo pone en la mesa a la vez que yo estoy dejando sus medicinas para que las tome después de la cena.
—Huele genial —se me escapa.
Sí, lo de ser tan dura no se me da tan bien como me gustaría.
Alex me dedica el inicio de una media sonrisa y los dos nos sentamos. Con el primer bocado me doy cuenta de que la comida está realmente buena. No me lo esperaba para nada.
—¿Sorprendida? —plantea Alex leyéndome a la perfección.
Yo pienso en negarlo, por aquello de tener deferencia, pero eso nunca ha sido lo nuestro.
—Totalmente —confirmo—. ¿Cuándo has aprendido a cocinar? La última vez que lo intentaste casi prendes fuego a la cocina de Ted.
Alex trata de disimular la sonrisa.
—Eso no es exactamente así.
—Mellow se acostó con un bombero gracias a ti —le recuerdo y ya no puede negar la evidencia y rompemos a reír.
Cuando nuestras carcajadas se calman, me quedo mirándolo, esperando una respuesta.
—He aprendido —contesta enigmático.
—¿Te estás haciendo el interesante conmigo, Vandervilt?
—No es culpa mía que te lo parezca —replica y yo pongo los ojos en blanco divertida como respuesta—. Últimamente, me lo estoy montando más por mi cuenta.
Intenta que las palabras suenen normales, como si no encerraran nada más, pero automáticamente recuerdo lo que me contó Val y el corazón se me encoge un poco.
—Pues está muy rico —digo tratando de animarlo—. Felicidades.
—Me lo tomaré como un halago viniendo de alguien que no sabe hacer un sándwich de queso fundido —afirma justo antes de meterse una cucharada en la boca.
Yo abro la boca muchísimo, fingiéndome indignadísima.
—Retíralo —le exijo entrecerrando los ojos sobre él, con mi mirada más amenazante.
—Ni de coña —niega en absoluto afectado.
—Es mentira —me quejo.
—No lo es —responde insufrible.
—Pues en los Hamptons te estuviste alimentando con ellos durante dos días.
—Por eso sé que no es mentira.
Le mantengo la mirada. Él hace lo mismo sin arrepentirse ni un poquito de tan vil comentario. Yo aguanto. Juro por Dios que lo intento, pero dos segundos después vuelvo a romper a reír. Al ver mi reacción, Alex sonríe.
—¿Te acuerdas de aquel viaje? —pregunta Alex.
—Imposible olvidarlo.
Era invierno. Los Hamptons es un lugar de veraneo, sin peros: playa y sol, ese es su cometido, pero a mí se me ocurrió que sería fantástico ir a principios de diciembre porque todo estaría tranquilo y el mar, bravío como en una novela de Edgar Allan Poe.
Los convencí. Estoy muy orgullosa de ello.
Fue un desastre. Aun así, nos quedamos. Las tiendas estaban cerradas.
Solo quedaba la gasolinera más pequeña. En la casa de la abuela no había de nada, así que nos pasamos todo el fin de semana comiendo sándwiches de queso y ganchitos, bebiendo Dr Pepper a una penosa temperatura y, en honor a lo del mar bravío, contando historias de miedo apuntándonos con una linterna.
—Lo pasamos genial —sentencia Alex.
Sonrío porque tiene razón.
—Sí.
Fuera empieza a llover.
—¿Qué tal te va en tu nuevo trabajo? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—Me gusta.
—¿Y dibujar?
—Sigo haciéndolo, en el trabajo es lo que me piden, aunque tengo bastante libertad creativa, y, en casa, dibujo lo que me gusta.
Alex me mira en silencio un par de segundos.
—Ese no era el trato.
Yo vuelvo a sonreír antes de que mi cerebro detecte el gesto. Recuerdo aquella tarde en su despacho, todo aquello de que no podía desperdiciar mi talento... la isla desierta.
—He hecho una enmienda —apunto muy convencida.
—¿Puedo saber cuál? —pregunta siguiéndome el juego. Siempre siguiéndonos el juego.
Tomo una bocanada de aire como si fuera a decir algo importantísimo.
—Pagarme mis propios sándwiches de queso fundido —afirmo.
Alex quiere mirarme mal pero no es capaz y sonríe y yo lo hago enseñándole todos los dientes solo por fastidiar.
—Además, paso de ti —añado porque sí, me apetecía.
Él asiente varias veces con la mirada sobre mí.
—Puedo no tener un pavo y puedo secuestrarte igual, Lockhart —me advierte.
—Promesas, promesas —susurro al aire.
Los dos sonreímos.
Y de pronto me doy cuenta de lo fácil que es, es que ni siquiera tengo que pensarlo, no tengo que... nada, solo ser. Con él solo tengo que ser yo.
Dios, esto huele a desastre por todas partes.
—Tienes que tomarte las pastillas —le recuerdo levantándome y llevando mi plato al fregadero.
El ambiente ha caído diez grados en un solo segundo.
Alex se ha dado cuenta. No es idiota. Por un momento me pregunto si no me valdría esto, ser amigos, algo completamente inocente...
y estoy a punto de preguntarlo en voz alta, pero yo misma me respondo.
No, no me vale. En realidad, nunca lo hizo, porque antes de aquella noche en el taxi tampoco éramos solo amigos.
Yo nunca escondí mis sentimientos, nunca dije «Me vale con esto».
Quería más y que ahora ya no lo quiera no significa que nuestra relación pueda mutar.
Alex nunca va a ser para mí como Ted, ni yo voy a ser para él como Mellow o Val.
Alex se toma las medicinas, recoge su plato y su vaso y los deja en la pila.
Durante los siguientes minutos volvemos a ese silencio funcional que poco a poco va haciéndose cómodo, aunque también sea un poco raro.
Fregamos los platos, sin mirarnos, el uno junto al otro, con mi cuerpo reconociendo perfectamente el suyo, con la electricidad salpicando la espuma del gel lavaplatos cada vez que nuestros dedos se encuentran en el agua.
—Recogeré mis cosas —dice Alex dando un paso hacia atrás, antes de darse media vuelta y salir de la cocina.
Mi corazón protesta, por supuesto que sí, y mi cuerpo, a coro, pero estoy haciendo lo mejor para mí.
Coloco bien un vaso que no necesitaba que nadie colocase bien porque estaba exactamente en su sitio y me armo de valor paras salir del fortín y caminar hasta mi habitación.
Me quedo en la puerta. No soy capaz de más. Alex está de espaldas, metiendo sus cosas en el petate que tiene apoyado en mi cama.
—¿Te vas con Ted? —le pregunto y mi voz suena diferente, más baja.
—No —responde sin girarse ni detenerse—.
Le encanta estar soltero —me explica y yo tardo un segundo de más, pero, cuando comprendo a lo que se refiere, suelto un gruñidito de asco.
No me gusta imaginarme a mis amigos teniendo sexo—.
La tercera noche seguida que una de sus amigas se equivocó de habitación y entró en la mía de madrugada supe que tenía que salir de allí.
Los dos sonreímos. Puedo imaginarme perfectamente la escena.
Ninguno dice nada más, pero el corazón comienza a latirme rápido, enfadado.
—Encontraré algún sitio para dormir, no es tan complicado.
Pienso que le quedan veinte dólares en el bolsillo del abrigo, así que, sí, sí que es complicado. Incluso el Taj Mahal donde recogí sus cosas debe de valer más que eso.
—¿Por qué no vuelves a la mansión Vandervilt?
Antes he esquivado el tema, pero ahora no quiero hacerlo. Son su familia. No pueden abandonarlo así.
Noto el cuerpo de Alex tensarse. La rabia está ahí, incontrolable, y si la tiene atada en corto es porque está luchando.
Puede que perdiera un poco el rumbo, no lo sé con exactitud, pero ha sido el mejor durante años, ha llevado el Vandervilt Group más lejos de lo que Sullivan o cualquiera antes que él lo hizo. No se merece que lo hayan tratado así.
—Mi padre decidió que dejó de haber sitio para mí en esa casa el mismo día que dejé de ser CEO —sentencia.
Tuerzo los labios enfadada. Ojalá pudiese plantarme delante de Sullivan y decirle todo lo que pienso de él.
Alex sigue guardando sus cosas como si no pasara nada, pero puedo verlo, le duele que su padre le hiciera eso, le duele también por su madre, estoy segura, y a mí me duele por él y sé que no debería.
No lo hagas, Eden.
No lo hagas, Eden.
—Puedes quedarte aquí —digo antes de pensarlo, pero, la verdad, tampoco hay dudas—. Hasta que encuentres otro sitio en el que estar.