La noche que encendimos Nueva York 35
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Eden

«Necesitará ropa.»

El pensamiento se mete en mi cabeza, por supuesto, sin que nadie lo invite y además cuando me estoy duchando para prepararme para el trabajo, lo que me incómoda un poco. No quiero pensar en Alex en la ducha, no másdeloquelohago . Es mi nueva teoría: Si piensas las cosas muy rápido, no cuentan.

El caso es que en algún momento tendrá que ducharse y necesitará ropa limpia.

¿Cómo he acabado metida en este maldito lío?

Me llevo la mano a la frente, me lleno los ojos de jabón y me enfado.

No me refiero solo al tema logístico, que también, sino a esto.

Muevo las manos confusamente a mi alrededor en un vano intento de abarcar la situación.

Resoplo.

Darle la vuelta número doscientos treinta y tres mil cuatrocientos ochenta y uno no va a solucionar nada, así que seamos prácticas. Tengo dos opciones. A: Me planto en Macy’s, le compro ropa, unos vaqueros, una camiseta de mangas largas, calcetines, bóxers, cosas de aseo...

—Para, para, para... —me riño.

No quiero parecer la sugar mama de un sintecho.

Así que tendrá que ser la B: Averiguo dónde está viviendo y recojo sus cosas. Rápido, aséptico, como un poli nórdico buscando pruebas en un Ikea.

Me preparo y regreso al salón ya vestida. Alex tiene mejor aspecto, respira mucho mejor y casi no tiene fiebre, aunque sigue durmiendo básicamente tres cuartas partes del día, como si estuviera demasiado cansado incluso para mantener los ojos abiertos.

Eso facilita mi misión.

Voy hasta su abrigo y meto la mano en los bolsillos.

—Me llamo Olaf Olsen —murmuro muy bajito por aquello de recordarme mi tapadera de poli nórdico—. Trabajo en el Departamento de Policía de Copenhague.

Encuentro veinte dólares, un blíster de ibuprofeno casi gastado. Al verlo tuerzo el gesto, debió de sentirse fatal estos días atrás, su cuerpo está completamente agotado.

¡Olsen, sé profesional!

Cambio de bolsillo y enseguida la noto entre los dedos. Una llave sujeta a un llavero de un disco de plástico casi igual de grande. Lo saco e inmediatamente frunzo el ceño al ver el número dieciséis grabado en uno de los lados de la chapa.

—¿Está viviendo en un motel?

Sé que es un motel porque, si fuera hotel, tendría una tarjeta, no una llave. Me quedo un segundo en blanco. No me lo esperaba. Vale, la única manera de saber el nombre del motel es que esté escrito en la otra parte del disco.

—Por favor, por favor, por favor —murmuro justo antes de girarlo entre mis dedos...

Y, voilà , lo tengo: el W 39th Inn. Su falta de originalidad en el nombre me ha evitado muchos problemas.

Me aseguro una última vez de que Alex está bien, le dejo en la mesita un vaso con agua y un sándwich por si milagrosamente se despierta con hambre además de una nota diciéndole que volveré en una hora.

Cojo el metro y quince minutos después estoy de vuelta a la superficie en la 42, en este caos imprevisible, pero a la vez extrañamente ordenado, de esta tierra de nadie entre la estación de autobuses de Port Authority y Times Square.

Te cruzas con viajeros que están de paso de cualquier lugar con actores de musicales dispuestos a comerse Broadway.

Llego al motel con la excusa preparada, pero no la necesito. El hombre de la recepción tras una ventana protegida con barrotes levanta la vista al verme entrar, pero no le preocupo lo suficiente para preguntar.

Subo hasta la primera planta. El sitio es... deprimente. Lo siento, he intentado encontrar una palabra mejor, pero es imposible. La puerta se atranca cuando intento abrir, pero forcejeo un poco y finalmente lo consigo... y, la verdad, no sé cómo sentirme con lo que me encuentro.

No es que sea horrible, al menos no demasiado, pero Alex es un Vandervilt.

Soy consciente de lo estúpidamente clasista que suena, pero ha crecido en una mansión que deja castillos a la altura del betún, su despacho era diez veces más grandes que esto.

Yo... ¿Qué es lo que ha pasado este año? ¿Lo ha perdido todo por mí?

Cabeceo tratando de quitarme esa idea de la cabeza porque sé lo que vendrá después, cargar con la culpa y no quiero.

Miro a mi alrededor tratando de ubicarme.

La habitación es diminuta, una cama individual, una mesita y una cómoda, cada mueble más viejo que el anterior.

A los pies de la cama hay una puerta que da un baño donde puedes tocar todas las paredes a la vez estirando los brazos.

Lo primero, la ropa. Voy hasta la cajonera. Abro el primer cajón. Frunzo el ceño. El segundo. El tercero. Más rápido. El cuarto. No hay nada.

Entonces me doy cuenta de que hay un petate apoyado junto al mueble.

La ropa está guardada. No es mucho, un puñado de camisetas, un par de vaqueros, un par de jerséis.

Es poca pero está limpia y bien guardada.

Sonrío. Alex siempre ha sido ordenado. Pero ¿esto es todo?

Voy hasta el baño y encuentro un pequeño neceser abierto sobre el lavabo con sus cosas de aseo.

No hay más zapatos. Es como si lo tuviese todo preparado para salir disparado en cualquier momento, como si se hubiese transformado en una especie de nómada terriblemente atractivo.

No quiero seguir pensando. Cojo el neceser, lo meto en la bolsa y salgo de la habitación.

No darle vueltas en el metro es un poco más complicado, pero me concedo un sesenta por ciento de éxito.

Es que no me entra en la cabeza. ¿De verdad su padre lo abandonó?

¿Y qué hay de la señora Vandervilt? Pero, tan pronto como me hago esa pregunta, yo misma me la respondo.

Es una mujer fuerte en las esferas en las que se le permite serlo, pero vive completamente supeditada a su marido.

Es una mezcla de amor absoluto, magistralmente usado por Sullivan, y haber sido criada para entender que, cuando te casas con el poder, el poder sigue siendo el poder.

Entro en mi apartamento procurando no hacer ruido.

Alex sigue dormido y el agua, el sándwich y mi nota siguen exactamente donde los he dejado antes, así que doy por hecho que no se ha despertado.

Al pasar junto a la mesita camino de mi habitación para dejar allí el petate, recupero la nota, la hago una bolita y la tiro a la papelera del baño.

No hay ninguna necesidad de que sepa que se la dejé.

***

Al día siguiente no me queda otra que irme al trabajo.

Afortunadamente, Alex parece más recuperado; con un poco de suerte podrá marcharse en un par de días.

No quiero pensar cómo me hace sentir esa idea, así que borro el tema de mi mente.

Negación y autoengaño, eso lleva manteniendo a la humanidad en pie desde el principio de los tiempos.

Tengo varias reuniones y uno de los proyectos se adelanta por un conflicto de fechas, así que ni siquiera tengo tiempo de respirar. No puedo permitirme parar para comer y cuando me doy cuenta son más de las seis.

Me doy el lujo de coger un taxi y me mentalizo para subir hasta un cuarto sin ascensor con cuatro manzanas de anterioridad.

Al abrir la puerta, inmediatamente frunzo el ceño porque mi mirada ha volado hasta el sofá sin pedirle permiso a nadie y Alex no está en él.

Entro con una mezcla de preocupación y nervios sin saber si es por la posibilidad de que haya intentado ducharse y se haya caído o algo parecido o directamente se haya marchado.

—Hola.

Me interrumpe cuando estaba cruzando el salón con el paso acelerado y lo hace saliendo de mi cocina con una pala de madera en la mano.

Está cocinando. Pero es que también se ha duchado y se ha afeitado y el corazón empieza a latirme contento, y eso también pasa sin permiso, pero lo entiendo, porque de pronto esto parece un hogar.

—Hola —respondo tratando de convencerme de que no estoy sintiendo lo que estoy sintiendo o que, al menos, no debería.

—Me encuentro mejor y he pensado en preparar la cena. He imaginado que vendrías cansada.

No. No. No. Esto no está bien y no es justo.

Es más, ¡es la hostia de injusto! Porque no puede estar guapísimo en mi casa, cocinando para mí y diciendo cosas como «he imaginado que vendrías cansada» cuando efectivamente lo estoy porque yo quiero mantener una distancia, una muralla, la muralla china de las distancias, y esto... esto no me deja, maldita sea.

—Si estás mejor, creo que deberías marcharte —digo rápido, porque necesito hacerlo.