La noche que encendimos Nueva York 34
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Alexander

Abro los ojos.

Pero me cuesta demasiado mantenerlos así y vuelvo a cerrarlos. Frunzo el ceño. Es como si mi cuerpo no quisiese responderme, como si acabase de correr un puto maratón, o tuviese la resaca de mi vida, o me hubiese atropellado un autobús; probablemente una meticulosa mezcla de las tres cosas.

Vuelto a intentar abrirlos. Mi respiración suena errática, acelerada porque no me entra todo el aire que necesito.

También estoy mareado. Miro a mi alrededor.

Tengo que averiguar dónde estoy antes de que los ojos se me cierren de nuevo.

Si me voy a morir en un horrible motel de carretera cerca de algún sitio llamado Fort no sé qué, solo pido una cosa: que mi fantasma renazca en Nueva York.

Los moteles que me puedo permitir actualmente son demasiado deprimentes incluso para unos protagonistas de thriller de Tyler Perry.

¿Tyler Perry? ¿En serio estoy pensando en ese tío?

Los ojos se me cierran y entonces recuerdo perfectamente a Eden, acurrucada en el sofá de mi despacho, viendo una serie en su móvil mientras yo trabajo.

No para de decirme que es muy emocionante, que tiene muchos giros; entonces, la veo frotarse los hombros porque tiene frío, pero no tengo ninguna manta aquí, así que me olvido de lo que estoy haciendo, me levanto y me siento a su lado.

Ella se mueve rápido, levanta mi brazo y se lo pasa por encima de los hombros acomodándose contra mi pecho, sin dejar de mirar el teléfono, que mueve para que quede delante de los dos.

«La dirige Tyler Perry. Te va a encantar», me dice y yo asiento porque me da igual lo que sea que estemos viendo, solo quiero que deje de tener frío.

—¿Estás despierto?

Su voz. La distingo. Me obligo a abrir los ojos y la veo y creo que lo recuerdo... Me desmayé frente a su edificio y ella me trajo aquí.

—Gra... Gracias.

Los pulmones me arden con cada maldita palabra.

¿Qué demonios me pasa? Otro recuerdo, como un fogonazo, se abre paso entre la neblina que tengo en la mente.

Una paramédica diciendo que posiblemente tengo neumonía.

Aprieto los ojos con fuerza, lo último que quería era preocuparla.

Más fogonazos. Eden pasándome un trapo húmedo por el cuello y el pecho, levantándose y poniéndome el reverso de la mano en la frente para ver si la fiebre ha bajado, obligándome a beber algo de agua.

Quiero decir algo, pero rompo a toser. Joder, cada vez que lo hago me duele el pecho, debajo de las costillas, la cabeza.

—Tómate esto —me ordena suavemente sentándose en el borde del sofá.

Lleva una taza hasta mis labios. El líquido está caliente; no es café, es té. Bebo un puñado de sorbos y aparto la cabeza agotado. Hasta ese esfuerzo ridículo me supone una cantidad de fuerza enorme.

Al menos soy capaz de mantener los ojos abiertos.

La miro a ella. Con mimo, me pone de nuevo la mano sobre la frente y está a punto de sonreír, pero el gesto cambia por un asentimiento.

Algo más serio, más impersonal, y la conozco lo bastante como para saber que se alegra de que ya no tenga tanta fiebre como anoche, pero quiere mantener las distancias.

El resto del día pasa así. Yo me encuentro un poco mejor. Sigo débil, pero al menos no tengo la sensación constante de estar al borde de la muerte. Intento hablar con ella, frases pequeñas, tontas, pero Eden finge no oírme.

Me prepara sopa y tiene la paciencia necesaria para dármela cucharada a cucharada. Yo quiero comer solo por el tiempo que está perdiendo conmigo, pero no tengo fuerzas.

Me duermo una veintena de veces. Cada vez que me despierto no sé cuánto tiempo ha pasado, pero siempre la busco a ella, con la mirada, fijándome en los ruidos del apartamento.

En una de esas ocasiones está sentada a su mesa, dibujando.

Una de sus piernas está flexionada, recogida en la silla, mientras la otra le cae hasta casi tocar el suelo con la punta de los dedos, dejándome ver unos calcetines gruesos y rojos.

Lleva unas mallas y una sudadera, ropa cómoda, la que solo usas en tu casa o, conociéndola, en una visita superrápida al supermercado para conseguir helado de chocolate.

Se ha recogido el pelo de cualquier manera y está increíblemente concentrada en lo que sus dedos hacen.

La luz entra por la ventana suave, perfecta, como en una vieja fotografía tomada con una cámara analógica, e ilumina la mesa, su dibujo, sus manos y a ella.

Gira la cabeza ligeramente para tener la perspectiva suficiente mientras el lápiz continúa obedeciéndole y eso me deja ver su perfil.

Es preciosa. Eso siempre lo supe, incluso cuando tenía diecisiete y la idea me incomodaba más de lo que quería admitir.

Pero, cada año que ha pasado, esa belleza ha ido creciendo, afianzándose, volviéndome cada vez más loco.

Eden deja despacio el lápiz sobre la mesa y su cuerpo se tensa un poco, casi imperceptiblemente, y sé que se ha dado cuenta de que la estoy mirando.

Es complicado y suena un poco a locura, pero entre nosotros siempre ha sido así, como si hubiese un camino entre los dos que no le pertenece a nadie más, que no funciona con nadie más.

—Gracias —vuelvo a decir y esta vez mi voz suena más clara.

Ella se toma un segundo hasta que finalmente lleva su vista hacia mí por encima del hombro.

—No tienes por qué dármelas, lo habría hecho por cualquiera.

Es su respuesta, pero los dos sabemos que no es verdad, al menos, no del todo. Eden jamás le daría la espalda a alguien que necesite ayuda, pero tampoco lo habría subido a su casa. Sin embargo, entiendo que se está protegiendo y, francamente, es justo que lo haga, así que finjo que la creo.

—Aun así, gracias —contesto.

Ella asiente y los dos nos quedamos en silencio. Me mira a los ojos por primera vez en todo el día y el pequeño salón parece encogerse un poco más y las cosas que hay entre nosotros volverse más complicadas o tan fáciles que asusta.

—Tienes que tomarte las pastillas —comenta rompiendo el momento, levantándose y alejándose de mí.

Duele, joder, duele muchísimo, pero lo entiendo.

No voy a rendirme.