33
Eden
El corazón me late más fuerte.
Esa misma magia parece envolvernos, aislarnos.
Pero me obligo a echarlo todo a un lado. He venido solo por una razón. Estoy haciendo lo que haría por cualquier otra persona. Es simplemente humanidad.
Me cuesta, pero logro ponerlo en pie. Paso su brazo por mis hombros y él se deja caer contra mi costado, luchando por no desmayarse. No hay que andar mucho, pero con lo débil que está se hace complicado, especialmente subirlo por las escaleras.
Lo siento en el sofá y le quito el abrigo. Eso también me cuesta bastante esfuerzo.
—Eden... —repite cabeceando, luchando por mantener los ojos abiertos—. Lo siento.
Trago saliva esforzándome en ignorar esas palabras, su voz, el hecho de que, incluso convaleciente, me esté buscando.
No contesto. Coloco dos cojines como almohada en un extremo del sofá y, después de quitarle el abrigo, lo ayudo a tumbarse. Maldita sea, está ardiendo y está empezando a temblar por la fiebre. Miro el reloj sobre la mesita, ¿cuánto tiempo más va a tardar la ambulancia?
Camino deprisa hasta la cocina, mojo un paño en agua fría y regreso al salón. Me arrodillo a su lado y, con cuidado, empiezo a pasarle el paño por la frente, las mejillas, el cuello.
Alex protesta incómodo con los ojos cerrados, palabras sin sentido pronunciadas demasiado bajo, pero yo no me detengo. Hay que bajarle esa fiebre.
Acabo de regresar de la cocina de volver a humedecer el trapo cuando el timbre de la puerta suena al fin.
—Está en el sofá —les digo a los paramédicos en cuanto abro.
Uno de ellos asiente moviéndose rápido hacia el interior de mi apartamento, lo siguen sus dos compañeros.
Comprueban la saturación de oxígeno en sangre de Alex, la fiebre, hasta qué punto está reactivo.
—¿Dice que se desmayó en la calle? —pregunta la mujer.
—Sí, comenzó a toser, parecía que no podía respirar bien y acabó en la nieve.
—¿Sabe si ha tenido hace poco alguna enfermedad pulmonar?
Recuerdo las palabras de Ted.
—Está convaleciente de una bronquitis severa.
—Pues ya no es una bronquitis —replica—, ahora probablemente sea neumonía. ¿Lo conoce?
Pienso en decir que no y hacer que se lo lleven al hospital, olvidarme de esta noche... pero, por mucho que algo dentro de mí esté en pie de guerra y no pare de repetirme que es lo justo, no soy capaz.
—Sí.
La mujer asiente.
—Necesita descansar, mucho —me explica.
En ese momento su compañero le inyecta algo.
—Es un analgésico —continúa la doctora al ver cómo me fijo en lo que hace el otro paramédico—.
También le hemos puesto algo que lo ayudara con la fiebre, pero, como le he dicho, lo que más necesita es descansar, hidratarse y, sobre todo, no andar por la calle en plena nevada —añade como si fuera obvio, ¡y lo es!
Alex vuelve a protestar adormilado. Parece bastante inquieto. Yo doy un paso hacia él con los labios apretados.
—Los delirios son normales con una fiebre tan alta; las pesadillas, también —me tranquiliza mientras sus compañeros recogen el equipo—. Aquí tiene la receta para más analgésicos. Si en tres días la fiebre no ha mejorado, debe verlo un médico porque necesitará antibióticos.
Asiento y cojo los papeles que me tiende. Los sanitarios se marchan y vuelvo a quedarme sola con Alex, aunque creo que lo más justo sería decir que estoy atrapada. No puedo echarlo.
Resoplo al tiempo que giro sobre mí misma, dándole la espalda, y cierro los ojos mortificada. No tendría que haberlo traído a casa, ahora estaría camino del Presbyterian y yo, tan tranquila en la cama soñando con un Chris, ¿Pratt, Hemsworth, Pine o Evans? Hoy es... miércoles, así que me toca Pine.
Vale, la situación es la que es y no voy a permitir que nadie me llame enfermera de la muerte; en la alta sociedad de Manhattan, les chiflan los motes.
Vuelvo a humedecer el trapo. Vuelvo a arrodillarme a su lado y comienzo a pasárselo despacio.
—Está frío —protesta con un hilo de voz, tratando de apartar el trapo de su frente, pero no tiene fuerzas y su mano acaba cayendo sobre la mía.
El contacto es como una reacción química que los dos conocemos de memoria y aun así nos sigue afectando igual. Por un instante dejo de respirar porque llevaba un año sin sentirla, pero creo que, aunque hubiesen pasado diez, mi cuerpo habría seguido reconociéndola.
—Deberías intentar dormir —digo encauzando el momento hacia un lugar menos peligroso.
Alex niega con la cabeza luchando por mantenerse consciente.
—No —pronuncia con voz débil, con la respiración acelerada por la fiebre—. Por fin estoy contigo. No quiero dormirme, Eden.
Aparto la mirada. Es imposible que el corazón me vaya más rápido.
Me esfuerzo en que no me afecte y, maldita sea, qué difícil es.
Me concentro en lo que mis manos hacen, el trapo, su piel.
Pero poco a poco me voy a haciendo demasiado consciente de él, de lo cerca que estamos, de lo íntimo que es todo esto, aunque yo no quiero que lo sea.
En lo fácil que sería olvidarme de todo.
Perdonarlo.
Estar con él como siempre soñé.
El pensamiento lo atraviesa todo, como una bala rompiendo una pared de cristal tras otra, y me levanto de golpe como si de repente el suelo de mi propio apartamento ardiera.
—Te preparé algo caliente —pongo como excusa para alejarme de él.
Voy hasta la cocina y, al llenar la tetera, me doy cuenta de que las manos me están temblando levemente. Estoy alterada, inquieta... En realidad, ni siquiera comprendo del todo cómo me siento y eso es lo que más miedo me da.
Cuando regreso con el té, Alex se ha quedado dormido.
Respiro hondo sin levantar los ojos de él.
Ha acabado con neumonía por no descansar lo suficiente para seguir buscándome.
Una parte de mí, básicamente, se ha derretido con cada palabra; la otra me recuerda que no le debo nada, que fue él quien decidió hace un año y yo nunca le pedí nada, mucho menos que lo dejará todo para encontrarme.
Decido agarrarme a esa idea. Es lo que necesito y, con franqueza, lo que quiero.
Me aseguro de que está cómodo y respirando con normalidad. Me pongo el abrigo y las botas y voy hasta la farmacia veinticuatro horas para conseguir las medicinas.
El aire fresco, una manera muy sutil de nombrar un frío alucinante, me viene sorprendentemente bien y también me despeja las ideas fuera del hospital improvisado de buenas samaritanas que ya no son tontas enamoradas (o al menos luchan con dignidad contra ello) volumen uno.
Me levanto varias veces por la noche para controlarle la fiebre y, cuando lo hago a eso de las cuatro, vuelvo a darle la medicina. Ni siquiera creo que esté del todo consciente mientras se la toma.
En la cama, con la luz a caballo entre un amarillo pálido y un suave gris entrando desde mi ventana, me pregunto seriamente si no habré cometido el mayor error de mi vida.
—Lo habría hecho por cualquiera —me repito en voz baja.